jueves, noviembre 25, 2010

UNIVERSIDAD CENTRAL

De nuevo en la Ciudad Universitaria, donde asisto a una mesa redonda sobre Ramón Gaya. Ofician varios amigos del pintor, y entre ellos algunos que también lo son míos. Cada uno en su papel: el que fue gestor de la cosa cultural recuerda el cainismo con el que muchos acogieron los escasos y, en todo caso, muy tardíos honores oficiales que Gaya recibió en vida; el profesor lee un cumplido y ameno ensayo en el que explica que el verdadero y definitivo desengaño de Gaya respecto al arte de vanguardia sucedió durante su exilio mejicano, es decir, cuando vivió en sus carnes esa especie de punto cero del arte, en ausencia de toda tradición, que preconizaban irresponsablemente las vanguardias europeas; el poeta (había varios, pero éste era sólo poeta, y nada más) leyó un hermoso y elocuente poema sobre Gaya, escrito tras su muerte; el editor recordó al Gaya amigo; y el escritor que casi convirtió a Gaya en un personaje de su extenso diario contó los orígenes de esa amistad, surgida cuando él fue a hacerle una entrevista para la "revista estalinista" para la que trabajaba... Cada uno, ya digo, estuvo en su papel, y el resultado no pudo ser más convincente. La nota emotiva la puso el cortometraje que se proyectó a continuación, en el que pudo oírse la firme voz de Gaya leyendo fragmentos de su Diario de un pintor, como fondo sonoro a unas bellísimas tomas venecianas, algunas de ellas rodadas por el propio Gaya con una cámara de Súper 8.

A la salida, para evitar el empacho stendhaliano ante tanta exaltación del arte, me formulo algunos apotegmas malvados, mientras avanzo casi a tientas por unas veredas sin farolas, en busca de la avenida principal del complejo, donde está la parada de metro. Me digo, por ejemplo, que si el acto se ha celebrado en un "templo del saber", como dijo, creo que con cierta sorna, uno de los ponentes, la ofrenda que se eleva en ese templo a la deidad titular no es otra cosa que... tortilla de patatas, pues a eso huele obsesivamente el vestíbulo y los pasillos del edificio. Y que tampoco parecían estar muy de acuerdo con la sagrada serenidad propia de la sabiduría la proliferación de pancartas reivindicativas, alguna muy agresiva ("Se acabó la paz social"), en ese mismo vestíbulo, muy en consonancia con el olor proletario de esa mala tortilla de cantina... Me acuerdo también del susceptible de turno, que, en plena intervención de uno de los ponentes, protestó porque le pareció que éste le hacía un feo a Morandi, con quien Gaya, según se dijo, rechazaba que lo compararan; y creo que fue ése mismo el que, al final del acto, cuando el moderador le concedió la palabra a regañadientes, reivindicó el antiguo nombre de la universidad, "Universidad Central", frente al que actualmente ostenta, y señaló con dedo acusador un escudo universitario que había en la sala, todavía ornado por el águila franquista...

Previamente me había despedido de los amigos. La parada de metro de la universidad estaba atestada. Predominio femenino. Y me acuerdo entonces de que mi amigo el poeta-poeta, entre cuyos poemas más afamados hay uno dedicado a la belleza de una muchacha desconocida con la que se ha cruzado por la calle, me celebró en la escalinata de la facultad, como certificando la autenticidad de su poema, a una hermosa chica de rasgos orientales que nos obligó a separarnos para cederle el paso...

2 comentarios:

E. G-Máiquez dijo...

Yo estuve en la sesión inaugural y esta mesa redonda que nos cuentas me puso los dientes largos. Muchas gracias por la crónica, muy buena.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Vi tu nombre en el programa del otro homenaje, el de Rosales, y lamenté no haberme enterado antes. Un abrazo.