martes, diciembre 28, 2010

BASURA

Un amigo músico, Juan Antonio Verdía, ha armonizado uno de los poemillas navideños con los que suelo felicitar a los amigos. Lo "estrenó" el día 26, en un concierto navideño que ofreció al frente de una coral polifónica. Asistió uno con humildad, asumiendo la doble extrañeza de aparecer implicado en el más improbable de los géneros músico-poéticos con el que se me pudiera relacionar, y de que una pieza mía figurase al lado de otras procedentes del acervo popular, aquilatadas éstas por el tiempo y el favor de quienes las han cantado, mientras que la mía, pese a estar escrita en verso de arte menor y cumplir externamente las convenciones rítmicas necesarias, presentaba, digamos, una cierta incompatibilidad de pensamiento y espíritu con las demás. No ya por evitar intencionadamente toda referencia religiosa y sustituirla por una reflexión poética más acorde con las que suelen expresarse en mis otros poemas, sino por estar ésta plasmada en una dicción y un fraseo no del todo compatibles, creo, con el canto: oraciones largas, incisos y paréntesis, encabalgamientos... El compositor asumió estas dificultades como un reto añadido, y logró adaptar el metro a un sencillo esquema musical: una especie de sevillana lenta, a varias voces, un sí es no es irónica respecto a su letra... Me satisfizo el resultado, no ya por la mera complacencia de oír unos versos míos con música, sino por haber salido más o menos airoso del trance que se me planteaba. Porque, en efecto, quizá no sea del todo poesía aquello que no puede cantarse.

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Me pasa con ciertas acreditadas muestras del "cine artístico" de todos los tiempos lo que con algunas grandes obras literarias: puedo reconocer su mérito, sí, pero no llego a disfrutarlas. Lo comprobé ayer, de nuevo, con La gran ilusión, la conocida película de Renoir sobre unos oficiales prisioneros en la Primera Guerra Mundial. Se atreve Renoir a poner en escena la paradoja de cómo unos enemigos perfectamente civilizados, que en su trato diario se dedican las más exquisitas muestras de cortesía, y que pasan el tiempo entregados a aficiones cultivadas, tales como traducir a Píndaro o, en un terreno más lúdico, montar números de music-hall, acaban sucumbiendo a una barbarie que supera ampliamente las inclinaciones y creencias individuales de cada cual, y que los devuelve crudamente a su condición de enemigos enfrentados; o, más crudamente aún, de víctimas y verdugos. Veo la película con agrado, y asiento a su tesis, que me parece inteligente y oportuna -la película está filmada en vísperas de la Segunda Guerra Mundial-. Pero no logro implicarme en ella, no logro entender a estos hombres que parecen haber subordinado todas sus emociones a las exigencias de la situación, y parecen sobrellevar ésta con una insólita ligereza... Carencias, imagino, muy propias del cine de ideas, que se da por satisfecho si logra plantear una tesis, antes de suscitar una emoción. Y lo que es peor aún: este planteamiento está en contradicción con el modo de filmar de Renoir, con sus ampulosos planos y movimientos de cámara, que parecen incluir una promesa de mayor indagación humana y de sostenida atención hacia las cosas concretas, antes que hacia las abstracciones que éstas puedan encarnar. En fin, vuelve a decepcionarme (y van dos) esta prestigiosa película. Y vuelvo a constatar la terrible verdad de que, a la hora de hacerse con un cierto número de referencias artísticas con las que uno pueda identificarse o explicarse, de nada sirven los cánones o los repertorios hechos: hay que verlo todo, hay que explorarlo todo (o lo que buenamente uno alcance), y hacerse con un canon o repertorio propio, que es tanto como lograr una mirada propia sobre el mundo.

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Compras navideñas. La sensación, cada vez más patente, de participar en algo parecido al ataque de una bandada de aves carroñeras sobre un muladar. Y no me refiero sólo al lado moral del asunto: también a la evidencia física de que el objeto de nuestra avidez se deteriora con el manoseo, el trasiego, el amontonamiento, y termina pareciéndose demasiado a la simple basura.

2 comentarios:

Mery dijo...

Lograr una mirada propia sobre el mundo me parece un perfecto propósito para el Año Nuevo, ya que estamos en puertas.
Bien es verdad que no me gusta eso de hacer propósitos sólo porque llegue un nuevo enero; deberían ser actos cotidianos de madurez.

En cualquier caso, mi enhorabuena por ese poema musicado y mis mejores deseos para el 2011.

Un abrazo

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias,Mery. Feliz año. Y un abrazo.