viernes, diciembre 10, 2010

CHICLES

Quiero pensar que, si la noticia no ha sido más comentada, es porque a veces los columnistas que se ocupan de cosas importantes tienen la deferencia de dejarnos las minucias a los otros. No seré yo quien discuta este sensato reparto: hablen otros de la economía, de la política internacional, de las grandes cuestiones que preocupan a la humanidad doliente; que uno, consciente de sus limitaciones, se ocupará de noticias como… la decisión del gobierno de autorizar un cambio en la composición de los chicles, con objeto de que éstos sean menos pegajosos.

Se conoció esta medida hace apenas unos días, justo antes de que comenzara una de las semanas más aciagas sufridas en los últimos tiempos por la economía española. Y quizá sea eso lo que ha impedido que se hable de ella; y que no haya habido manifestaciones de agradecimiento por parte del gremio de los barrenderos, por ejemplo; o que el simple viandante, resignado a llevar en su suela tan incómodo residuo, no haya podido hacerse una idea de las inmensas ventajas que se le ofrecerán cuando éste deje de estar presente en el entorno: la posibilidad de andar sin ir mirando el suelo, o estando atento sólo a las deposiciones caninas (aunque quizá una oportuna regulación de la composición de la comida para perros podría hacer que éstas fueran menos untuosas). Ahora que tanto se habla de movilidad laboral, por ejemplo, qué duda cabe de que un mundo donde las personas no se vieran con frecuencia literalmente pegadas al suelo predispondría a favor de la falta de adherencia a otros sustratos, tales como la patria chica, donde no siempre hay trabajo, o la vocación inicial, que tantas veces te inhabilita para buscar empleo en profesiones distintas a la libremente elegida. Un mundo sin adherencias, ése parece ser el mensaje.

También en otras medidas de similar alcance, tomadas en tiempos menos duros, el mensaje solía estar diáfano. Cuando, hace años, el gobierno pretendía prohibir las hamburguesas extragrandes, o dar al vino la consideración de bebida alcohólica de alta graduación, o clasificar al mujerío en tres fenotipos arbitrarios (la mujer cónica, la mujer cilíndrica, la mujer en forma de ocho) para simplificar el tallaje, a lo que respondía era a un voluntarioso designio de control social. Eran otros tiempos. Ahora parece claro que la realidad es vasta e incontrolable. De ahí los nuevos mensajes: aligerarnos la vida, evitar la incómoda sensación de que a nuestros pies les han crecido raíces, reales o imaginarias. Será un mundo ligero y volátil, donde vientos incontrolados podrán llevarnos y traernos a su antojo, sin que quepa el recurso de aferrarnos a cualquier resabio que ofrezca estabilidad. Quizá en nombre del equilibrio, una nueva ley debería establecer que las pieles de plátano fueran menos resbaladizas. Pero eso sería pedir demasiado.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

4 comentarios:

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Por la ironía al paraíso. Hablaba justamente de eso esta mañana con mi mujer, en el coche, camino del trabajo. Sobre lo bien que estaría, pongo por caso, de que dejaran los chicles como están, coño, con perdón, y se pusieran las fórmulas no en la química suavizadora sino en la educación terca y paciente hasta, oh dorado el día, oh luz que agoniza en el quebradizo cielo, que ningún viandante arroje el susodicho chicle al goloso suelo.

J. G. dijo...

esa pintura, todo lo puede, más que tus escritos y los míos

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Buena reflexión, Emilio: qué ahorro supondría tener un país más educado; y en cuanto a la pintura, reconozco que es un lugar común; en todo caso, apropiado a la viscosidad del asunto tratado.

Mery dijo...

¡ Cómo es posible que esta noticia no sea primera página de El País, El Mundo, ABC, etc!

Esta España nuestra está perdidita del todo.
Un abrazo