lunes, diciembre 27, 2010

CRÍMENES NAVIDEÑOS

Durante tres días seguidos, la misma imagen al amanecer: el cielo despejado; y a nuestros pies, encajada en el valle, una nube densa, que nos hace pensar que cuanto queda por debajo de la cota que ocupamos está sumido en una espesa niebla. Por un raro privilegio, pues, habitamos el trozo de mundo que queda por encima de esa niebla, nos pertenece el sol, la gélida transparencia de estos días claros de invierno, los perfiles nítidos de las montañas circundantes, el azul apenas manchado aquí y allá por un girón de nube -algunos, prendidos de la falda de Sierra Alta, semejan humaredas inmóviles, procedentes de otros tantos vivaques improbables diseminados por la pared rocosa-. Sensación de naufragio, de estar rodeados por un mar encrespado y algodonoso, cuya apariencia blanda no nos engaña, pues sabemos que por debajo anida la oscuridad y el frío húmedo. Luego, hacia el mediodía, cuando no nos queda más remedio que descender a ese abismo -nuestro fin de semana ha terminado- la nube se ha disipado ya; o, simplemente, somos nosotros los que damos por bueno este nuevo cielo pasablemente turbio que cubre nuestra retirada.

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Me ha ido ganando este libro, Peatón de Madrid, de Miguel Sánchez-Ostiz, y ahora siento que sólo me queden unas decenas de páginas para terminarlo. No sé qué fortuna tuvo en su día; imagino que poca: los madrileños, en general, no entienden que su ciudad nos guste a los de fuera por razones que seguramente ellos detestan; que nos fascine su mezcla única de poblacho y megalópolis, las callejuelas sórdidas de sus barrios antiguos, la desfachatez con que en ella se manifiestan ciertos defectos de la vida nacional que en provincias, aunque quizá más patentes e insufribles, andan difuminados bajo una capa de complacencia localista que aquí no percibimos. No les gusta que nuestro catálogo de evocaciones quede reducido, entienden, a una lista de bares, medio centenar de nombres de calles y un difuso memorial de menosprecios y agravios -aquí a este hombre se le va un poco la mano- infligidos por los que llegaron antes y ocuparon las escasas plazas disponibles en el reducido anfiteatro de la preeminencia nacional... No es que quiera compararme con este escritor, más avezado que uno en ésta y otras batallas - aunque si a él le hubiese tocado situar el argumento de mi Vida nueva en su Pamplona semiabertzale, por ejemplo, no quiero pensar qué peligrosísimas enemistades hubiera sumado a las que, según confesión propia, ya ha concitado en torno a su persona-; pero me atrevería a decir que mi desdichado Sexteto de Madrid tampoco gustó a los escasos madrileños que alcanzaron a leerlo por las mismas razones. Y es que de ese Madrid sólo podemos escribir quienes no somos de allí. Lo malo es que no sabemos quiénes han de leer esos escritos.

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De todas las comidas navideñas, la más grata sin duda ha sido esta recena en casa de estos amigos: croquetas caseras, espárragos recién cogidos, un poco de jamón... Logran vencer estas viandas los reparos de quienes venimos ya un poco hartos de todo. Y el clima se relaja hasta alcanzar una de esas cotas de confidencialidad de las que salimos un poco abrumados, sí, pero también agradecidos por la confianza, por ese raro privilegio, a veces vertiginoso, de ser admitidos tan abiertamente en la intimidad ajena. En otros lugares, oigo al día siguiente en la radio, ha ocurrido lo de siempre: familias ha habido en las que el choque navideño ha terminado en asesinato.

3 comentarios:

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

He sentido eso que cuentas: vivir Madrid, disfrutar Madrid al modo en que los madrileños más la detestan. Es una cosa extraña: es una ciudad abierta que presume de ser abierta y luego exhibe estas contradicciones. El madrileño que conozco (varios, varias posturas, la misma, en todo caso) reniega del Madrid antológico. Lo quiero dar, pero lo quiero para él. No entiende al turista accidental, al viandante de afuera que se embelesa en la Gran Vía o en los Austrias, que vuelve gozoso siempre a recorrer las mismas calles y hacer (CASI) las mismas cosas.

Manoly dijo...

Para nosotros,"los de provincias", Madrid también puede llegar a resultar una ciudad contradictoria, sobre todo si la has habitado, no sólo visitado.
Es una ciudad a la que se puede amar y detestar al mismo tiempo, de la que quieres huir porque te traga y te aniquila, y a la que quieres volver una y otra vez para sentirte de nuevo un turista deslumbrado.

marinero dijo...

Yo, que llevo más de cuarenta años viviendo en Madrid, no reniego del Madrid "antológico", sino de cierta tendencia a reducirlo a eso. Es cosa muchísimo más complicada, y rica. Pasa un poco, en tono menor, como con la imagen reductora y folclórica que algunos tienen de Andalucía desde fuera de ella, y a veces incluso desde dentro; no es que sea necesariamente falsa, pero desde luego ¡es tan insuficiente!