jueves, diciembre 30, 2010

FONTANERÍA DEL ALMA

No estoy escribiendo una novela: estoy, literalmente, viviendo en ella. Y lo que parece borroso, imaginado, apenas pergeñado, es la realidad. No sé si eso es bueno o malo.

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En cuántas presentaciones de libros míos me hubiera dado por satisfecho si hubiera firmado tantos ejemplares como comprobantes de compras con tarjeta bancaria firmé ayer, en una apresurada ronda de adquisición de regalos navideños, en la que iba sin dinero en efectivo. "Esto lo guardo para cuando seas famoso", me dicen algunos amigos a quienes he dedicado un libro de puño y letra. Pero qué duda cabe de que el verdadero valor contante y sonante de mi firma es el otro.

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"No le diga usted a la compañía que le he recogido las juntas de la cocina", me dice este fontanero que me ha enviado el seguro para instalarme un grifo y hacer algunas reparaciones menores". "¿Por qué no?", le pregunto. "Porque las juntas cuya reposición incluye la póliza son sólo las del baño". Me quedo admirado de tan afinada casuística, y de las igualmente afinadas consideraciones que habrán tenido que hacerse los autores de la misma para llegar a establecerla. Luego dicen que la teología. Porque, ¿qué diferencia verdaderamente esencial hay entre extender un cordón de silicona alrededor de un fregadero y luego recoger el sobrante con el dedo, y hacer lo mismo en una bañera? Pero el mundo es complicado, y uno debe conformarse con opinar de lo que entiende. Y eso, según.

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Ahora, al terminar esta serie de anotaciones, me doy cuenta de que la primera queda invalidada por las otras dos. No, no estoy tan en Babia como parece, me puede el peso de la cotidianidad. Y lo que verdaderamente supone estar escribiendo una novela, en relación a estas menudencias de la vida diaria, es hallarse, digamos, en ánimo de trasvase. Sí, no sería extraño que un personaje de mi novela se las viera con un problema de fontanería. De fontanería del alma, se entiende, que de eso es de lo que tratan las novelas que a uno le gusta leer y escribir.

3 comentarios:

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Todas las novelas son de conductos que van de un sitio a otro, cuentan una travesía, informan de un trayecto, desplazan ideas y emociones por cauces a veces dramáticamente estrechos o enseñan avenidas inmensas por donde no discurre ni un solo sentimiento y en donde los personajes transitan vacíos. La navidad, amigo José Manuel, es visa quemada, parajes huecos en donde arde el dinero. Tal vez sea solamente eso. Lo demás no es literatura, fontanería del alma, sino prosa vulgar, pero a mí cada vez me gusta más lo vulgar, los primores de lo real, que decía el poeta, esa especie de paisaje íntimo en donde no hace falta leer ni sacar la visa o ni siquiera entablar una conversación en mitad de la calle. Basta mirar, encontrarse con uno mismo con el asombro con que a veces nos encontramos con personajes de novelas. He estado en muchas ocasiones como tú, enfrascado en lo que escribe y descuidando, en cierto modo, sólo en cierto modo, lo cotidiano, lo aprehensible, las cosas que suceden en la vida real. Lo otro no sé si es vida real, pero necesita otra para que la llevemos a término. Yo escribo e noche, cuando todos duermen, en el silencio, oyendo jazz muy bajito, sintiendo afuera los coches(pocos) que van por mi cale. Feliz entrada de año, amigo. ¿Será en Benaocaz? Echo en falta esos paisajes, las montañas cerradas, volcadas sobre lo sucintamente urbano. El olor. Había un olor.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Hermosa apostilla, Emilio. Feliz año. No, no será en Benaocaz, ay (allí hemos pasamdo este año la nochebuena). Un abrazo.

José Miguel Domínguez Leal dijo...

En todo caso serán mejor las fontanerías, que las ingenierías del alma, como la de los viejos estalinistas, que nunca mueren, como los rockeros.
Que pases una feliz entrada de año en familia, y que nos sea leve, José Manuel.
Un fuerte abrazo.