viernes, diciembre 17, 2010

ILUMINACIONES

Si la función natural de una lámpara es iluminar, cabría preguntarse: ¿qué iluminan las luces navideñas? No soy yo el único en plantearse esta cuestión: en muchas ciudades españolas, leo, se ha discutido ampliamente sobre la oportunidad de gastar sumas importantes en este exorno público, cuando las arcas municipales están vacías. Y en otras, en cambio, por eso de que en tiempos apurados lo mejor es tirar la casa por la ventana, han decidido emplazar dichas luminarias incluso antes que otros años, y alargar con ellas esa melancólica temporada en la que las calles aparecen consteladas de guirnaldas luminosas que representan cirios y campanillas, trineos y siluetas de renos, coronas de rey mago y estrellas de Oriente, cuando no, en las ciudades más avanzadas y cosmopolitas, minimalistas cascadas de escarcha luminosa. Pasea la gente bajo esas luces con una sensación de empequeñecimiento: ¿por qué la ciudad resplandece –se dirán– mientras yo aquí abajo tiemblo de frío y corro abrumado por mis prisas, mis preocupaciones, mis estrecheces económicas, mi falta de ánimo para encarar la fiesta ineludible?

El caso es, ya digo, que también en torno a estas luces autosuficientes y un tanto solipsistas ha revoloteado el fantasma de la crisis. Tuve la oportunidad de asistir a la inauguración más o menos extraoficial de las mismas en la capital del reino: fue, ya digo, una semana antes de lo acostumbrado: a finales de noviembre. Pero el ánimo navideño no se improvisa. Y si otros años, al llegar el puente de la Constitución, las muchachas madrileñas se encasquetan sus gorritos de Papá Noel, y el elemento masculino, siempre falto de recursos expresivos, recurre al matasuegras mustio o a la escarapela navideña en la solapa, y juntos salen a la calle a celebrar su propia novelería, esta vez el encendido de las mencionadas cascadas minimalistas y de la escarcha lumínica pareció suceder en una ciudad que hubiera proclamado la requisa general de dichos gorritos, matasuegras y demás aditamentos: la gente iba de acá para allá enfundada en sus abrigos negros, con los cuellos levantados, como esos fugitivos que, al pasar bajo la atenta mirada del policía de turno, se esfuerzan por esconder sus facciones. En la esquina de Serrano con Goya una banda de músicos mendicantes interpretaba una animosa selección de temas de jazz, y entraban ganas de danzar al son de esa música, por tal de que se nos pasara el frío. Pero nadie lo hacía, quizá por el temor de que se les tomara por mendigos también, de los que bailan su giga friolenta en las esquinas para que los transeúntes les arrojen unas monedas.

Sí, a la vista de ese espectáculo, pensó uno que a lo mejor el ánimo colectivo no estaba para fastos lumínicos. Pero luego torcimos una esquina y fuimos a parar a una calle oscura. Y nos sentimos todavía peor.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

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