lunes, diciembre 13, 2010

NOSTALGIAS

Fin de semana sin pisar la calle, y, por tanto, sin nada que contar de esa realidad "objetiva" que depara lo visto y oído por ahí. Lo otro, la rutina doméstica, no cuenta para este diario. Quizá esto sí, el bullebulle interno, o lo que de éste logra uno encauzar a través de esos trasuntos de la locura que hemos convenido en llamar "vida intelectual", y que no es más que el ordenado sucederse de las pesadillas; eso sí, convertidas en lecturas, en películas vistas, en páginas escritas. Echa uno de menos el aire libre. No, eso de ahí fuera -ese cielo plomizo, esas nubes paradas- no lo es.

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Jugando con una vieja fotografía de los dos altos chopos que sitúan Casa Fardela -otra nostalgia del aire libre, en fin-, dibujo la torpe viñeta con la que quiero ilustrar mi poemilla navideño de este año, el villancico "laico" con el que felicito a los amigos. Intencionadamente -nadie podrá echármelo en cara, tan palpable es el homenaje y la diferencia de resultados- me sale un esquema compositivo propio de Ramón Gaya: los dos chopos y la silueta de la montaña que les sirve de fondo están impresos o dibujados en una cartulina doblada, apoyada en la pared, ante la que se alza una copa de cristal con una rosa dentro... El poemilla, también de contenido solipsista, lo escribí en un rato perdido del pasado puente. Me queda ahora imprimirlos en un papel bonito, preparar una docena de sobres -no más, en fin, porque tampoco es que tenga uno más amigos a quien enviárselos-. Vive uno de ritos. De ritos a fondo perdido, digamos, que son los únicos que en el fondo importan algo.

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Otros ritos de la fecha. Traigo a casa algún trabajo atrasado: ejercicios por corregir, calificaciones que poner... Quien inventó la posibilidad de hacerlo vía Internet, desde casa, estaba creando las condiciones para una nueva forma de esclavitud, por la que el trabajo ya no se circunscribe a un lugar y a un horario. Se dirá que el trabajo literario es así. Pero no: también he dedicado unas horas de este fin de semana a terminar un capítulo de mi novela en marcha. Y en esas horas no tenía la sensación de estar atado a un banco de galeote, sino, más bien, la de estar asomado a una ventana por la que no me cansaba de mirar. Eso sí, el dolor de riñones, después de permanecer tantas horas sentado ante el ordenador, es el mismo. O volviendo a la metáfora del banco de galeote: la diferencia estriba, simplemente, en que en el primer caso uno se limitaba a remar, y en el otro, además de remar, se deleitaba mirando el mar por la abertura.

5 comentarios:

José Miguel Ridao dijo...

Yo he pensado muchas veces lo que dices en el último apunte: "una nueva forma de esclavitud, por la que el trabajo ya no se circunscribe a un lugar y a un horario". Es una verdad como un templo. En el trabajo literario no sucede porque no es en realidad un trabajo, que en definitiva supone una obligación. Uno va a su ritmo, sin agobios. Salvo, claro está, que hayas fichado por Planeta o una de esas editoriales que te tienen cogido mismamente por ahí para que les entregues dos libros al año.

Un abrazo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Hablas con conocimiento de causa. Un abrazo.

Sara dijo...

Después de estar horas y horas escribiendo en el ordenador, no hay nada como una buena sesión de natación para aliviar esa molestia en los riñones. Saludos

Juan Manuel González Lianes dijo...

Internet nos procura toda una serie de ventajas de las que carecíamos antes; pero también, y lentamente, nos está llevando a una nueva forma de relación personal y laboral de la que deberían empezar a ocuparse los sociólogos. Es muy evidente en el caso del profesorado, y está muy bien que se mencione. Lo que en un principio iba a ser una nueva vía de libertad se está transformando, poco a poco, en un nuevo modo de control del que no es fácil escapar.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Lo de nadar ya lo hago, Sara, y efectivamente lo deja a uno como nuevo. Juan Manuel: como Ridao, se ve que sabes de qué estamos hablando. Saludos.