jueves, diciembre 09, 2010

PARENTESCOS

En el magazine del periódico El Mundo leo un reportaje sobre los worst sellers, es decir, sobre aquellos libros de los que las editoriales esperan un gran éxito de ventas -y en los que, consiguientemente, invierten grandes sumas en concepto de adquisición de derechos, promoción, etc.-, y que luego no cumplen esas expectativas. Las razones de estos garrafales errores de cálculo son variopintas, pero no del todo imprevisibles: a veces la apuesta se decide porque el libro en cuestión ha sido un gran éxito en otros países -sin tener en cuenta, en fin, que las razones idiosincráticas de ese éxito pueden no regir para el público hispano-, o porque otros libros anteriores de ese autor han sido grandes éxitos -sin considerar la posibilidad de que el público se canse, o las endebles razones coyunturales de esos éxitos anteriores-... Lee uno el reportaje con cierta satisfacción maligna. Se lo merecen, pienso. Por idiotas, por hacerle a la literatura los grandes menosprecios que se le hacen en nombre de las cuentas de resultados, por no conocer su propio mercado o no invertir lo suficiente en crear un verdadero público lector, y no una mera masa receptiva a cualquier fenómeno de moda. O por no apostar, en fin, por la propia cantera. Y esto es válido tanto para la literatura ligera como para la otra.

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Acudo a la exposición que han hecho con algunas de las fotos antiguas que reunió en vida el difunto J.C., en una paciente pesquisa para la que ahora su madre, piadosamente, busca reconocimiento... No sin algunos sinsabores, de los que la promotora de la exposición me da cumplida cuenta. Cosas de los pueblos. El caso es que las fotos tienen interés, y enfrentan al espectador con el misterio de lo que ha dejado de ser reconocible como escena cotidiana para erigirse en situación enigmática o incomprensible. Lo son estos rostros atezados, sobre los que parecen pesar en exceso las determinaciones de la herencia biológica y la circunstancia social. Lo son las ocasiones mismas que motivan las fotos. Y lo son, singularmente, algunas de ellas. Por ejemplo, ésta en la que posa un grupo de hombres armados. La figura prominente es un guardia civil de uniforme, que luce en bandolera su arma reglamentaria. Los demás portan lo que parecen escopetas de caza, y a todos los identifica una banda negra en el brazo izquierdo y una insignia en el pecho. Pregunto a la animadora de la exposición -que es también, forzosamente, la encargada de atender el local donde se celebra, un "museo" más o menos etnográfico que habitualmente permanece cerrado, y que sufre de todos los males de los edificios desatendidos, incluidas las goteras- qué representa esa foto. Me dice que seguramente esos hombres lucían esas armas e insignias porque se disponían a desfilar con ellas en la procesión del santo patrón. Pero esa explicación queda inmediatamente desmentida por las fotos en las que sí se ve al santo y a su séquito, y en las que los integrantes de éste van invariablemente endomingados, y no en la ropa de faena en la que posan los de la otra. Caigo entonces en la cuenta de que ésta me recuerda a las muchas que circulan por ahí de los antiguos somatenes catalanes, a los que correspondía, entre otras cosas, el mantenimiento de la seguridad en el campo y la caza de aquellos que la amenazaran, ya fueran meros bandidos o anarquistas. La foto que me ocupa bien puede datar, me digo, de la Dictadura de Primo de Rivera, cuando éste intentó extender la institución del somatén y sus atribuciones a todo el medio rural español. O tal vez date de la Guerra Civil -aunque no: faltan los uniformes e insignias característicos de esa circunstancia-, o de la primera posguerra, cuando se hicieron tristemente famosas en la zona las batidas de un tal "teniente Castillo" contra el maquis, de las que volvía con los cadáveres de éstos llevados a lomos de mulas... ¿Será el uniformado que preside el pelotón ese famoso teniente? Las menesterosas condiciones en las que se lleva a cabo esta exposición nos privan de toda referencia. Sea como sea, está claro que de la foto se desprende un halo intranquilizador. Las dichosas "cosas de pueblo" a las que me refería antes, ahora inofensivas, tuvieron en algún momento una dimensión fratricida. Y basta constatarlo para sentir que la distancia que nos separa de fotos como ésta, con ser grande, no lo es todavía lo suficiente.

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En la plaza, mientras tanto, se celebra un mercadillo de pintura. En el que, milagrosamente, se venden algunos cuadros. Asisto a una de estas operaciones de compraventa: el cliente se ha prendado de un lienzo que representa la calle en que nació. No es mala razón para comprar un cuadro; por más que dicha calle no ha cambiado apenas en los últimos cincuenta años y el comprador, un hombre de esa edad, no tendría más que darse un paseo por ella para satisfacer sus ansias nostálgicas. Pero prefiere la adquisición del cuadro-fetiche; y no, por lo que parece, porque admire la competencia del pintor a la hora de representar lo único verdaderamente interesante de la escena, el juego de luces y sombras, o la impresión de tiempo detenido que se desprende de haber captado ese delicado equilibrio de un instante... No: lo que interesa a este hombre atañe únicamente a su relación personal con la realidad representada. De la extrapolación de esta actitud primaria hacia el arte derivaría, qué duda cabe, una negación del arte mismo: el único motivo por el que nos podría interesar Guerra y paz, pongo por caso, es que esta novela contara la historia de algún pariente nuestro. Pero quién sabe si, en el fondo, nuestro interés por cualquier clase de obra artística no deriva de la constatación de algún secreto parentesco, por lejano e indirecto que éste sea.

1 comentario:

Rafael dijo...

Más de una vez me pregunto, y de tantísimo que se publica y a lo que se le da bombo y platillo, ¿qué quedará?

Aunque haya tenido cierto éxito de ventas, vas a comprar un libro publicado hace sólo 4 ó 5 años y ¡ya está descatalogado!

La civilización del usar y tirar ha llegado a la otrora perenne literatura. Supongo que es el signo de los tiempos.