miércoles, diciembre 15, 2010

RICO

Ritmos vitales algo descontrolados: el sueño, la digestión. Me digo que puede deberse al mes pasado fuera de casa, y a que el regreso ha coincidido con fechas que no ayudan precisamente a recuperar las viejas regularidades: un puente festivo, seguido de días de estrés y de doble jornada laboral; noches dormidas aquí y en la sierra, en camas de distinto tacto y bajo coberturas de distinto peso... Sólo unas pocas presencias y sensaciones me salvan de la absoluta dispersión: entre ellas, amén de las que se refieren a los seres queridos, la escritura, que es ahora, más que nunca, el único cauce seguro de un pensamiento que, privado de él, parece condenado a girar en círculos, como el agua bajo determinadas confluencias de fuerzas. Y también, curiosamente, algunos hábitos de disciplina impuesta, como las horas de natación, en las que el pensamiento se subordina a las necesidades del ejercicio y el cuerpo recupera una especie de preeminencia primaria. También la compañía de la gata K., que parece haberse vuelto más cariñosa, y que ahora reparte cuidadosamente sus afectos entre todos los miembros de la familia, como temerosa de que, por descuidar alguno, la manada pueda sufrir alguna merma.

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A vueltas con lo mismo, leo ahora un libro que en su día quedó injustamente postergado por la avalancha de los que me llegaron y tuve que leer por esas fechas:
Peatón de Madrid, de Miguel Sánchez-Ostiz. Encuentro en el prólogo un buen resumen de algunas de mis experiencias recientes, pero también una especie de reproche recurrente, referido a las puertas que no se le abren al visitante, a las citas eternamente aplazadas, a los esperados devengos amistosos que, sin embargo, no acaban nunca de materializarse. Lo que me parece un tanto absurdo en los razonamientos de este autor es que atribuya al madrileño -y más, al madrileño bien situado en los ambientes literarios- lo que parece un rasgo muy frecuente de la condición humana, y uno al que es especialmente sensible, sobre todo, quien se presenta como postulante de determinados reconocimientos y atenciones, merecidos o no. Bien que me hubiera lucido yo si me hubiera paseado por Madrid con ese ánimo, y no atento a mi pesquisa, a mi trabajo, y con el ojo puesto en mi necesario puerto de arribada. La lectura de este libro, sin embargo, me está resultando estimulante y provechosa. Pero no, no quiero contagiarme de aquello que he querido evitar a toda costa, con el mismo afán con el que, en mis supersticiosas oraciones de ateo, rogaba a mi ángel protector no enfermar de gripe o de mis temidas faringitis mientras estaba fuera de casa.

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La novela ya está escrita... en mi cabeza, o casi. Lo que es como no tener nada y sentirse rico.

3 comentarios:

Mery dijo...

Tu mente y tu corazón están plenos de riqueza, de una riqueza que mas quisieran muchos (algunos si incluso supieran de qué se está hablando).

Un abrazo

Sara dijo...

Suscribo el comentario de Mery. Gracias por dejar abierta esta maravillosa ventana.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracia a las dos por hace esa lectura tan cariñosa de estas ensoñaciones un poco maniáticas. Gracias.