lunes, diciembre 20, 2010

SEÑORES PECES

"Señores pájaros", llama José Jiménez Lozano a los susodichos en un poemilla que encuentro en la hermosa antología de poesía para niños que acaba de publicar Siltolá. Y no me parece nada forzado el apelativo, tan parecido al "señores peces" (zeñoreh pejeh) con el que oí una vez a un niño dirigirse a los barbos que se escondían bajo las piedras de cierto remanso del arroyo Bocaleones, en Zahara de la Sierra.

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En el mismo envío, que incluye el último número de la revista que edita dicha editorial, encuentro un poema de Pedro Sevilla dedicado a los burrillos de Fez, que al poeta le recuerdan los de su infancia en Arcos de la Frontera, con su "rastro de olor a pan y madre". También este poema cumplimenta, como el anterior, esa función de la poesía consistente en dar carta de fe de ciertas impresiones que, sin ayuda de la formulación memorable que les proporciona el lenguaje poético, parecen condenadas a la insignificancia o al olvido. ¿Quién, sin la ayuda de versos como éstos, reconocerá que a veces incluso la mera visión de ese humilde animal, tan poco prestigiado poéticamente, puede aportarle una imagen redentora? No está solo Pedro Sevilla en el intento: lo preceden, por supuesto, Juan Ramón y Chesterton, con su poema sobre el burro a cuyos lomos entró Jesucristo en Jerusalén; y José Julio Cabanillas, que retomó el asunto del de Chesterton, me atrevería a decir que incluso con mejores resultados.

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En el otro extremo del arco de las impresiones poéticas -este fin de semana ha dado para mucho en este aspecto-, los poemas que componen estos Blues de los bajos fondos, de José Luis Gracia Mosteo: poemas sobre putas y sobre los chulos de esas putas, en un libro que mereció en su día un premio literario y sobre el que, me cuenta el autor, recayó incluso cierta efímera atención mediática, dado lo llamativo del asunto. Lo leo con agrado, acordándome del Muro de las hetairas con el que el difunto Fernando Quiñones se adelantó al realismo urbano que triunfaría en poesía a lo largo de la década de los ochenta. Las lumis de Mosteo son más tiradas, si cabe, aunque sobre ellas gravita también el mismo desamparo, poéticamente muy bien aprehendido, que sobre las de Quiñones. Son otros tiempos; lo que, a efectos de constatación de ese desamparo, quiere decir que la distancia entre estas vidas marginales y la presunta raya que marcaría la normalidad es aún mayor. Las putas de Quiñones eran entrañables y maternales; éstas de Mosteo, aunque humanamente nos conmuevan tanto o más que aquellas, exudan una especie de halo tóxico.

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¿Qué decir, en cambio, de este curioso local al que me llevó la invitación de un amigo, que se disponía a presentar el libro con el que ha vuelto a la poesía después de veinticinco años? "Ambiente anarcofeminista", me dijo. Y lo cierto es que las encantadoras muchachas que allí había, y a las que parecía agradar que su local semisecreto fuera frecuentado ese día por extraños como yo -en otras circunstancias a lo mejor me hubieran tomado por un policía-, podrían haber encarnado muy bien las virtudes y encantos de la mentalidad libertaria en, pongamos, una película sobre los años de la Transición.

El caso es que, mientras esperaba el comienzo del acto -que, en ese ambiente anarquizante, tuvo lugar tres cuartos de hora después de lo previsto-, me fijé en los avisos y pasquines que decoraban el local. Unos conminaban a devolver los botellines vacíos al mostrador, porque en un local "autogestionado", supongo, no se concibe que unos hayan de recoger los desperdicios de los demás. Otros informaban muy atinadamente de los beneficios que se derivarían de una igualdad real entre hombres y mujeres: por cada mujer que no sea considerada débil desde el punto de vista emocional, decían, habría un hombre menos obligado a esconder sus lágrimas, etc. Menos a cuento me parecieron ciertos recortes o pasquines en los que se veía el nombre y la efigie de algún matón de la ETA y se denunciaba la actuación policial al respecto. ¿Qué tendrá que ver la ETA con el anarquismo?, se decía uno. Y lo cierto es que, cuando empezó a llegar el público propiamente dicho, entre ellos vi a algún notorio estalinista de la vieja escuela, lo que tampoco casaba muy bien con las ilusiones libertarias que uno se había hecho respecto al ambiente de la noche...

En fin. Mi amigo leyó unos poemas muy hermosos, amplios y versiculares, en los que se glosaba una doble historia de amor finiquitado y de amor renacido, construido este último sobre las ruinas del anterior. Me emocionaron los poemas de mi amigo y me emocionó aún más el hecho de saberlos obra suya, dictados por una musa esquiva que ahora, tras años de ausencia, acudía con presteza a poner voz a una crisis personal que ya parece felizmente superada. ¿Que por qué había elegido semejante escenario para presentarlos? Porque mi amigo, supongo (como yo mismo, en fin, aunque mi pesquisa siga otra metodología y otros derroteros) ha encontrado en este ambiente -sobre el que tanto ha ironizado, precisamente por conocerlo muy bien- los elementos de ese pasado al que volvemos cuando queremos hacer pie firme para reafirmarnos frente a un presente en descomposición. En esas operaciones incluso la propia capacidad para la ironía queda en suspenso. No del todo, quizá: capté destellos de esa vieja ironía en la conversación que cruzamos, en la inteligencia que gobernaba los versos que leyó, en esa timidez que no ha abandonado, y que sigue siendo su más eficaz recurso para defenderse. Fue una velada extraña e inolvidable. Y quizá haya sido la culpable de que este fin de semana yo no haya atinado a otra cosa que no sea leer versos.

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