domingo, diciembre 26, 2010

UN CRIMEN

Es difícil escribir sobre un crimen, y más construir sobre él la clase de argumentación algo capciosa que a veces utilizamos los articulistas para sacar punta a un suceso. Un crimen deja siempre su estela de dolor, no sólo en los allegados de la víctima, sino también en los del propio criminal, que han de bregar en adelante con ese difícil parentesco con alguien marcado por la terrible singularidad que proporciona haberse manchado las manos de sangre. Por eso mediré mis palabras… ¿Cómo diré, en fin, que los comentarios que he oído respecto al cuádruple asesinato de Olot denotan, digamos, una cierta comprensión? Matizada, claro, porque nadie compromete sin más su escala moral para alinearse con un asesino, por humanamente comprensible que resulte la desesperación que llevó a este hombre a disparar contra un antiguo jefe que le debía el sueldo de varios meses, y contra el hijo de éste, y contra dos empleados de un banco al que juzgaba cómplice de su ruina... Una tragedia común, sobre la que no hay que cargar las tintas. Tampoco quiere uno comprometer su integridad moral: un crimen es un crimen.

Lo curioso del que nos ocupa, quizá, es su relación con otras reacciones individuales a la tan traída y llevada crisis. No hace mucho, un constructor protagonizó una larga huelga de hambre ante las puertas de un ayuntamiento que le debía una suma de dinero, sin la cual su pequeña empresa no podía sobrevivir. Otro, creo recordar, hizo el amago de quemarse a lo bonzo por el mismo motivo. Ante la clase de abusos que está propiciando la actual situación económica, las únicas respuestas al alcance de algunas de sus víctimas parecen ser estas trágicas explosiones individuales, porque el caso es que los defensores tradicionales de los oprimidos (sindicatos, partidos que dicen representar a los trabajadores) miran para otro lado; y tampoco los revolucionarios de nuevo cuño, los chicuelos del turismo protestatario, que hoy rompen un escaparate en Davos y mañana queman un contenedor de basura en Barcelona, tienen mucho que ofrecer a los auténticos desesperados por la situación.

Miren por dónde, estos desgraciados sucesos parecen darnos la razón a quienes creemos en la preeminencia del individuo sobre la marea histórica: esta crisis la estamos afrontando a cuerpo, como quien dice, cada cual con sus recursos, y también con esa sorprendente y a veces terrible capacidad de reacción que posee la individualidad cuando se enfrenta a circunstancias hostiles. Caben otras alternativas, por supuesto: plegarse sobre la propia intimidad, salir de la espiral del consumo, aprender a vivir con dignidad en la pobreza sobrevenida, negarles la preeminencia social, ideológica y moral a los causantes de la misma. Quién sabe: hasta es posible que al final de esta crisis seamos mejores que cuando entramos en ella.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

2 comentarios:

José Luis Piquero dijo...

Muy buena columna. Un abrazo.

E. Cabello, "Las Cumbres" de Ubrique dijo...

Tienes mucha razón, podríamos quizás hacernos un poco mejores, pero da mucho miedo ver cómo reaccionamos y más miedo aún pensar en qué podríamos convertirnos ante la desesperación.