viernes, enero 29, 2010

HEMOS LLEGADO LEJOS

"Hemos llegado lejos, / pues la ciudad profunda es la ciudad del tedio, / las indolentes palmas / y el polvo de arrabales y de trenes", leo en Extravío, de César Simón. Y me acuerdo de estas palabras de Gautier, de las que tanto se ha abusado: "Es imposible ser infeliz bajo las palmeras". Depende, como ponen de manifiesto los desolados versos del poeta valenciano. Y es que, en esto de la poesía, ninguna moneda tiene un valor de cambio absolutamente fijo.

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O esto otro, del mismo, que tantos adoradores de lo oscuro deberían aplicarse: "Ofrece el sinsentido un sentido solemne". O viceversa.

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Y esta mujer gorda, desarreglada, que pregunta en la agencia por el precio del billete de tren y la noche de hotel en Madrid, a donde quiere llevar a su hija a un concierto de, por lo que adivino, cierta estrella de la canción arrabalera... La empleada, con buen juicio, le busca un hotel muy barato, a la vera de la estación. No lo suficiente, al parecer, porque la clienta dice que ha de pensárselo. Me pregunto si su afortunada hija sabrá valorar el esfuerzo que se adivina tras este intento de complacerla. Y, sobre todo, si merecerá la pena.

jueves, enero 28, 2010

DESEADAS

Leo en la edición electrónica de este diario que cierta página web que yo desconocía acaba de publicar su lista anual de las noventa y nueve mujeres más deseadas del mundo. Y como uno no aspira a otra cosa que a participar del sentir general, pincho en el enlace correspondiente y dedico unos minutos a contemplar las fotos de las susodichas… No es que no sean guapas, ni que a uno no les guste mirarlas. Pero desear, lo que se dice desear, antes desea uno a una vecina o a una compañera de trayecto en el autobús que a estas efigies en papel satinado. Pero tampoco esto último es exacto, porque incluso de esas mujeres que nos alegran la vista en la vida cotidiana diría uno, a lo sumo, que le gustan, o que le parecen atractivas. Aplicar el verbo “desear” sin ton ni son tiene algo de enormidad. ¿Desea uno de verdad a Penélope Cruz, a Scarlett Johansson, a Angelina Jolie? Depende. Hasta los animales, dicen, se excitan cuando se les muestra imágenes de una hembra deseable. Otra cosa es “desearlas” de verdad; es decir, reconocer en uno esa intensa apelación a la voluntad, y actuar en consecuencia, procurando conocer a esas mujeres, tratarlas, gustarles. Fuera del gremio al que pertenecen, casi nadie lo intenta. Entre otras razones porque, si uno realmente “deseara” a esos arquetipos de perfección, a los que sólo conoce por fotografías o imágenes animadas, la decepción de salir a la calle y encontrar sólo a mujeres de carne y hueso, más o menos imperfectas, agobiadas de inseguridades y problemas, resultaría descomunal, y suficiente en todo caso para contrarrestar el estímulo que pudieran haber supuesto aquellas imágenes.

Lo que gusta de ellas, supongo, es lo que tienen de repertorio anatómico, de mero catálogo de rasgos que a uno le gustaría encontrar, idealmente, en una mujer. Luego las mujeres reales son otra cosa, y lo que puedan tener en común con el arquetipo viene siempre acompañado de otros rasgos que sólo se explican por la vida que llevan, lo que piensan y sienten, lo que hay en ellas que nos atañe de un modo particular.

Posiblemente el verdadero deseo haya que definirlo en esos términos. Y no es que me esté poniendo sentimental: a uno también le gustan las mujeres de celuloide y su promesa de irrealidad. Le gusta que sean inmortales, como Marilyn, o etéreas, como la Garbo, o un tanto excesivas, como la Johansson. Tiene uno sus fantasías al respecto. Y como vivimos en un mundo que ni siquiera concede estatuto de individualidad a las fantasías, hay quien se ocupa de someterlas a público escrutinio y elaborar las correspondientes listas de aceptación. Resulta un tanto grosero. Y contraproducente, quizá. Porque, miren por dónde, ahora que sé que esas noventa y nueve mujeres son deseadas por tanta gente, y de un modo tan público y notorio, a mí empiezan a gustarme un poco menos.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

miércoles, enero 27, 2010

CONSTATACIONES

Entiendo muy bien a Josep Pla cuando se queja de lo frías y desabridas que eran las casas del Ampurdán: también lo son las viviendas modernas en la mayor parte de Andalucía, bajo la falsa creencia de que, como aquí el frío dura menos que en otras latitudes, no merece la pena dotar las casas de sistemas eficientes de calefacción. Si acaso, la única ventaja que tenemos respecto a Pla es que estos pisitos modernos son más pequeños que las masías del Ampurdán, y basta ponerse un radiador de aceite a la espalda, como el que tengo yo ahora, para contrarrestar eficazmente la sensación de frío, aunque quizá no tanto la de humedad, connatural a la proximidad del mar. Echo de menos los fríos secos, recios, de la sierra, y también el mayor realismo con el que uno afronta allí las vicisitudes del clima. En esto, como en tantas otras cosas, los andaluces malvivimos por culpa de nuestro apego a una falsedad atávica, que entendemos favorecedora. Otros dirían, simplemente, que se trata de puro y simple subdesarrollo. Pero es difícil dictaminar que fue lo primero, si éste o las confortables creencias que lo justifican y mantienen vivo.

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También K. tiene frío. Pero eso no le impide maullar para que le abra el balcón. Lo hago, y no aguanta a la intemperie más de un minuto. Pero en cuanto vuelve a estar dentro y le cierro la puerta, maúlla de nuevo, porque lo suyo, como lo de tantos, es la insatisfacción permanente, la añoranza de lo que no se tiene y acaso ni siquiera se desea, pero no por eso se deja de reclamar.

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Lecturas. La de esta novela primeriza del cineasta M.G.A. sobre los acontecimientos del 11 de marzo. Quizá lo más doloroso de la misma sea su documentado estudio de lo sórdida que puede resultar la vida en ciertos ambientes no del todo marginales, pero sí abocados a un grado de embrutecimiento irreversible. De ahí puede surgir -y con frecuencia surge- cualquier cosa. Y es curioso que, a veces, incluso en testimonios literarios que parecen excluir, a priori, cierta clase de constataciones morales, éstas terminen imponiéndose de un modo casi irrebatible.

martes, enero 26, 2010

SOBREMESA

Veo un episodio más de esta espléndida serie de la BBC que acompaña a un viajero a lo largo de la línea del Ecuador. Ahora está en Indonesia, en concreto en la isla de Borneo, donde le cuentan cómo los naturales del lugar, los temibles dayaks, famosos por su costumbre de cortar las cabezas de sus enemigos, hicieron no hace mucho lo propio con la población inmigrante que les impuso el gobierno, a los que acusaban de todo tipo de crímenes y de haber degradado las condiciones de vida locales. Hay que decir que el viajero en cuestión suele manejar un discurso de una impecable corrección política, y que ha denunciado con rigor las injusticias se las que ha sido testigo a lo largo de su periplo. Ahora parece dispuesto a aplicar este riguroso rasero a los feroces dayaks. Sin embargo, éstos lo reciben entre danzas rituales, lo agasajan con un gran banquete y lo nombran hijo adoptivo del cacique local, no sin antes darle a conocer su particular punto de vista sobre el conflicto que les ha enfrentado con la población inmigrante -de la que ya, según muestra el documental, no queda vestigio-. El viajero reconoce, al abandonar Borneo, que lo hace con sentimientos encontrados: no parecen avergonzados, como debieran, de haber masacrado a sus vecinos, pero al mismo tiempo son encantadores con los extraños de quienes no tienen nada que temer.

Yo no dudo de que lo sean. Tanto, en fin, como cualquier otro pueblo cuando muestra su faceta amable. Y quizá lo que falla aquí, y resulta inquietante para quienes, como yo, viajan por el mundo de la mano de los documentales de la sobremesa, es la escandalosa inadecuación de los principios biempensantes a la naturaleza humana. Digo yo, sintiéndome también un poco irresponsable por emitir opiniones de tanto alcance desde la comodidad de mi sofá, mientras digiero el almuerzo.

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Cuando uno confía a este cuaderno impresiones tan ocasionales como la que acabo de referir, termina preguntándose siempre si acaso no había algo de más pertinencia que contar. A veces no hay más remedio que contestar que no. Y entonces tiene uno la sensación de que su propia conciencia de vivir se parece en ocasiones a esos tentetiesos que, por accidente, logran mantenerse en pie sobre la parte hueca, y experimentan el vértigo de lo que se sustenta en el vacío, antes de derrumbarse.

lunes, enero 25, 2010

TRES APUNTES INVERNALES

Lluvia y niebla a la vez. O quizá sólo niebla, deshaciéndose en pequeñas gotas de agua sobre nosotros conforme nos adentramos en ella.

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Los almendros en flor: esa extrema desnudez del pobre que, antes de protegerse del frío, prefiere adornarse.

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Ese hervor de los troncos mojados cuando empieza a evaporárseles el agua, al rato de ser incorporados al fuego. Parecen impacientes, nerviosos, como si supieran que les ha llegado la hora de actuar y temieran cometer un error en el último momento.

viernes, enero 22, 2010

HAITÍ

No hay más remedio que alegrarse de que la reacción internacional ante la tragedia haitiana haya sido tan inmediata y unánime. Los primeros en llegar al país devastado fueron unos bomberos… islandeses. En la CNN entrevistaron al ministro islandés del ramo. Dijo que ellos estaban muy acostumbrados a los terremotos y, por tanto, tenían a gente preparada para ese tipo de situaciones. Hay también sobre el terreno, se dice, soldados brasileños, cooperantes venezolanos y cubanos y personal de la Unión Europea, amén de la abrumadora presencia estadounidense. A poco que escarbe uno en esas presencias, encontrará esa mezcla casi inextricable de egoísmos, intereses particulares e impulsos altruistas a la que responden siempre las actuaciones aparentemente bienintencionadas de los gobiernos. Véase, si no, cómo el presidente español, que quizá vive las horas más bajas de su carrera, aprovecha la ocasión para sacar pecho como presidente de turno de la Unión Europea y, por tanto, máximo responsable de los esfuerzos coordinados que ésta pueda hacer para aliviar la situación de los haitianos.

Y sucede todo esto en uno de esos países que son la demostración fehaciente de que no existe ninguna garantía de que el invento humano de los estados nacionales haya de funcionar en todas partes. De la historia de Haití sabemos algo por las novelas de Carpentier. Y ya es significativo que, a la hora de buscar argumentos desmesurados, un cubano fuera a fijarse en la isla de al lado. Cuando los esclavos negros de Haití se emanciparon de sus amos franceses, no se podían imaginar que ganaban la independencia para entrar en una especie de limbo histórico. Nada ha crecido en Haití, como no sean las fortunas de unos cuantos caciques. Los haitianos han devastado sus bosques para calentarse, las lluvias han arrastrado al mar la mayor parte de su tierra cultivable, carecen de recursos económicos de cualquier tipo y han sido incapaces de dotarse de un régimen político mínimamente viable. Que su única aportación al imaginario universal sean los zombis, los muertos vivientes, no deja de ser una curiosa ironía. No se sabe si el mito del zombi fue inventado por los esclavos para aterrorizar las noches de sus amos. Pero el caso es que, desaparecidos éstos, la realidad del haitiano medio se parece mucho a la muerte en vida: a una existencia reducida al mero deambular, sin perspectivas ni futuro.

Ahora medio mundo anda volcado en la reconstrucción de Haití. ¿En la reconstrucción de qué?, cabría preguntarse. De ciudades que no eran más que inmensos barrios de chabolas, de caminos de tierra que no llevaban a ninguna parte, de formas de vida que no pasaban de la mera depredación. Ahora es el momento de los aviones descargando toneladas de comida, de las grandes excavadoras abriéndose paso entre los escombros. ¿Y luego?

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, enero 21, 2010

INICIALES

Esto, lo he contado ya algunas veces, es un experimento literario. O, al menos, lo más que puede aproximarse a ello una persona tan poco dada a experimentos como yo. El experimento consiste en escribir un diario íntimo en condiciones en las que se prescinde del carácter privado de lo escrito, aunque no de su pertinencia personal. Las reglas, naturalmente, no están definidas, y hay que ir estableciéndolas sobre la marcha. Algunas las tengo ya más o menos probadas, otras no tanto. Y quizá la única que creo absolutamente imprescindible cumplir es la que atañe a las personas cuya privacidad, digamos, pudiera quedar expuesta por el carácter público de este cuaderno. Por eso se limita uno a aludirlas de manera general: un amigo, un compañero de trabajo, un vecino... O a designarlas mediante iniciales, casi nunca genéricas -del tipo X. o Y.-, sino concretas, porque uno no quiere negarles a estas personas el mínimo principio de identidad que supone ser dueño de unas iniciales. Tienen también, por qué no decirlo, un cierto carácter mnemotécnico. Los lectores de este cuaderno conocen ya a los titulares de algunas de éstas: M.A., C., J.A.M... No hay nada que ocultar respecto a ellos: son mi mujer, mi hija, un amigo pintor. También está, cómo no, K., la gata. A veces el juego de las iniciales se extiende más allá, y se aplica a personas que han escrito un libro, por ejemplo. No citar sus nombres no se debe sino al propósito de que la referencia, de alcance particular, no tiene por qué llegar más lejos merced a las artes de Google. Eso es todo, y espero que ningún lector de estas confidencias piense que efectúo en ellas algún juego de ocultación. Soy consciente de que en el mundo de la literatura confidencial se ha abusado mucho de estos procedimientos. Pero uno está absolutamente convencido de que las setenta u ochenta personas que leen diariamente este cuaderno no pasan de ser un cenáculo particular, y que nada de lo que aquí se cuente tendrá mayor trascendencia, por lo que no procede hacer un uso perverso de las licencias propias del género. No sé si me he explicado. Vaya, en todo caso, por lo que ayer decía el amigo J.M.R. a propósito de las iniciales.

miércoles, enero 20, 2010

DISTANCIAS

A propósito de lo de ayer, se me ocurre que con las novelas sucede lo que con ciertos esfuerzos físicos: una vez se acostumbra uno a ellos, es el propio cuerpo el que los exige cada vez mayores. Lo sé de muy buena tinta porque, como anoté en este cuaderno en su día, en octubre empecé a practicar la natación. Las primeras sesiones fueron calamitosas: me creía morir, y el malestar me duraba días enteros. Ahora nado cómodamente más del doble de distancia que al comienzo y las sesiones, de cuarenta y cinco minutos, se me hacen cortas. Tal vez con la novela ocurra eso: la primera parece una hazaña sobrehumana y te deja literalmente exhausto. A partir de la tercera o la cuarta empieza uno a sentirse a gusto en el nuevo medio, y no quisiera otra cosa que persistir en él, cubrir cada vez mayores distancias, ponerse a prueba. Naturalmente, nada de lo dicho prejuzga la calidad del resultado.

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De todas maneras, el tipo de novela al que me refiero sigue siendo, en mi caso, un empeño literario personal, y no la mera construcción de un artefacto recreativo. No es que tenga nada en contra de los artefactos recreativos, y el arte de construirlos debe presuponérsele al novelista. Pero nada impide a éste buscar en ese medio las cotas de intensidad normalmente asociadas, pongamos, a la poesía.

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Un viaje: una novela. O eso me parece ahora, cuando, bajo la sugestión de la que me traigo entre manos, voy perfilando también los detalles de un viaje próximo.

martes, enero 19, 2010

ESTABLE

Va uno perfilando lo que será la segunda entrega de la trilogía que empezó con Vacaciones de invierno. Cuánto se alegra uno de alcanzar ese momento en que la historia parece irreversible, en el que ya no hay que tomar decisiones cruciales sobre los personajes o sobre el argumento, porque uno y otros gozan ya de vida propia y avanzan por su propio impulso, sin que uno haga otra cosa que arrimar palabras. Estoy a punto de poner el punto final a lo que podríamos llamar la primera versión más o menos estable del texto, después de la inevitable fase de tanteos. Ahora queda reescribir, lo que sin duda es la parte más placentera de este trabajo. Si uno no tuviera la vanidad de poner alguna clase de empeño personal en el mismo, me conformaría con eso: pediría a otros que me dieran sus textos en bruto y me limitaría a reescribirlos. En realidad, es lo que hago, por ejemplo, cuando traduzco. Pero eso es otro cantar.

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Una novela contiene siempre la promesa de la que sigue. Los poemas, en cambio, vienen solos. A veces, uno de ellos abre una racha afortunada, de la que salen cinco o seis. Pero de ninguno de ellos podría uno asegurar que no vaya a ser el último.

lunes, enero 18, 2010

PLACERES DE FIN DE SEMANA

El otro día apuntaba cómo me aburre últimamente la lectura de periódicos. Antes, la sola perspectiva de pasar una mañana de domingo con unos cuantos diarios por delante constituía por sí misma una promesa de felicidad. No entro a analizar por qué ahora no lo es. Lo constato y basta. Y este sábado, cuando me dirigía al apartado de correos para retirar la correspondencia acumulada a lo largo de la semana, pensé que este ritual, que antaño incluía también una promesa cierta de placer, empieza también a resultarme descolorido y gris. No tengo otro correo, en general, que las cartas del banco y los libros que me manda el suplemento para el que escribo una reseña de cuando en cuando. Las primeras ni las abro. Y los otros casi tampoco. A veces me dan ganas de dejar unos y otros en la papelera, y no lo hago porque la vida se sustenta en los hábitos adquiridos, y entre los míos está el del respeto a la letra impresa y el de un cierto orden doméstico, que implica guardarlo todo. En fin.

Hay excepciones, de todas formas. O predisposiciones de ánimo que, por lo excepcionales, singularizan ciertos actos. Este sábado la rutina de hojear el correo resultó especialmente placentera, quizá porque tuvo un inesperado sabor retrospectivo. Revistas literarias y libros de poesía, como antaño, cuando uno cifraba muchas ilusiones en esa clase de correspondencia. Hojeo las revistas. Leo un buen poema de R. V. en un homenaje a un paisano suyo, muerto recientemente. Las revistas se imprimen para eso: para que uno encuentre en ellas, entre la morralla que inevitablemente se les cuela, una página que merezca la pena. Es mucho.

Hojeo también esta otra en la que viene una publicación mía: una de las recopilaciones que hago con las notas que voy escribiendo en este cuaderno. Me gusta -y espero que la confesión no me haga parecer vanidoso- verlas impresas. Y, a la vez, me produce un cierto vértigo: esas arquitecturas azarosas que uno crea tomando apuntes de aquí y de allá sugieren que de este magma podría salir un cierto número de combinaciones, de libros más o menos monográficos que, seguramente, nunca alcanzarán concreción, porque no habría quien los publicara y, sobre todo, quien los leyera. Para eso, también, están las revistas.

Y empiezo finalmente la lectura del libro de poemas que incluía la remesa: Baúl de sombras, de Javier Navascués. Se ve que estoy de ánimo receptivo: el libro me atrapa inmediatamente y me lo leo de un tirón. Y lo releo luego, con más serenidad, en la mañana del domingo, para llegar al mismo resultado: me ha sorprendido. Conocía los dos libros anteriores de Navascués, que me bastaban para tenerlo por poeta competente y prometedor, alineado con esa manera de entender la poesía que hace cuarenta o cincuenta años se llamaba "poesía arraigada", lo que no era sino un eufemismo para designar la que expresaba una visión no problemática del mundo, casi siempre amparada en creencias religiosas. Eso en sí mismo no es ni bueno ni malo. Uno, que se ha criado en una época que prestigiaba la disonancia y la protesta, abriga todavía el tópico de que un cierto grado de "desarraigo", de inconformismo crítico, nunca le viene mal a una obra literaria. Pero también ha constatado uno, en su existencia de lector, que muchos "desarraigados" no son más que bocazas que hacen ruido, y que esa rebeldía impostada no tiene otro objetivo que lograr el reconocimiento de los afines y el aplauso de los bobos... Pero se me va el hilo. Decía que tenía a Navascués por un poeta arraigado, tranquilo, como otros que han publicado en la meritoria colección en la que se incluye este libro que ahora me envía.

Y la sorpresa es que este Baúl de sombras no responde en absoluto a esas expectativas. Es, por el contrario, un libro sacudido por una corriente interna de inquietud, de angustia incluso, a las que no alcanzan a disipar esas "pocas creencias" que el poeta, pese a todo, sigue manteniendo. Se habla aquí de la infancia, pero sin nostalgias agridulces, sino como un territorio de reconocimiento de sensaciones que vuelven luego en la vida adulta, cuando ya no cabe acogerse a los consuelos ofrecidos al niño. Se habla también de la duda, del amor como lugar al que se regresa, lo que seguramente implica un tácito reconocimiento de que también al amor se le da la espalda a veces, en nombre de otras urgencias y pesquisas... Es, ya digo, un libro intenso e intranquilizador, muy bien escrito -alternando poemas de dicción clásica con otros de ritmo versicular en los que no se advierte el desaliño y la falta de tensión poética que a veces caracteriza a este tipo de textos- y rematado por un epílogo que constata bien, con muchísima sencillez, el grado de despojamiento de pretensiones al que hay que llegar para escribir de este modo.

Ojalá todos los sábados encontrara uno una remesa igual en el apartado de correos.

viernes, enero 15, 2010

PALOMAS, GATOS

En Salou la multa fue de ciento cincuenta euros y en Málaga de casi cuatro mil. La falta, la misma en ambos casos: dar de comer a las palomas en eso que los poetas llaman “la calle” y las autoridades “la vía pública”… La conclusión no puede ser más clara: la popularidad de las palomas atraviesa uno de sus momentos más bajos. Y, de la mano de la misma, decae igualmente la de los gatos, que también son objeto de esos modestos y antihigiénicos actos de amor. El amor, incluso entre personas, es siempre antihigiénico, pero se entiende que el alcance de esa falta de higiene se reduce al círculo íntimo de los implicados. Por eso hay viejos que se encierran en una casa con una docena de gatos, y acaban teniendo ellos mismos un no sé qué gatuno, que frecuentemente alarma al vecindario y a los servicios asistenciales, por lo mismo que otros dan en la fantasía de tener un palomar en su azotea, que es como materializar los pájaros que se tienen en la cabeza y permitirse el gusto de echarlos a volar cada mañana, a la vista de todos.

En otros tiempos, había quien veía una paloma por la calle y no paraba hasta echarle el lazo y hacerse con ella un puchero, como había también quienes cazaban gatos para venderlos a los circos como comida de leones. Si ahora a unas y a otros se les da de comer con lo que nos sobra, habrá que admitir que en eso hemos mejorado. Pero las sociedades opulentas son también remilgadas. Ayer vivíamos, como quien dice, amontonados, no ya con las palomas y los gatos, sino con las pulgas y piojos que engendraba la miseria. Hoy nos horroriza la deposición de un gorrión, mientras que no parece importarnos mucho verter a la calle nuestros ruidos, que no son otra cosa que basura sonora, nuestras prisas, nuestra agresividad. Y hay quien, cuando pasa bufando al lado de una vieja loca que dialoga con los gatos, siente hacia ésta el íntimo rencor de quien no tiene asiento ni ánimo para intentar esos coloquios, ni, si se diera el caso, nada que decir en ellos. Lo mismo vale para las palomas. Cuando yo era niño, todavía no se las consideraba “ratas con alas”, como ha dicho un concejal. Habría que preguntarles a las palomas qué piensan de los concejales. Pero a lo que iba: cuando yo era niño, los carritos de chucherías vendían también bolsitas de maíz, para que los niños se distrajeran en darles de comer a las palomas. No parecía que con ello se estimulara ninguna práctica antisocial. Todo lo contrario.

Naturalmente, entiende uno la indignación de los vecinos que ven sus calles, fachadas y portales sucios de restos de comida y excrementos de animales. Es un asco, sí. Lo es todo lo que entra en el turbión de la vida masificada, de la involuntaria promiscuidad, de la estadística. Las palomas, no sé; pero quién se lo iba a decir a los gatos, tan solitarios, tan individualistas ellos.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

jueves, enero 14, 2010

NUNCA PASA NADA

Es la primera vez que la lectura de este periódico me dura un trayecto entero de autobús, en detrimento de ese otro que leía antes y ya, en general, no leo. Sigo sin estar de acuerdo con el primero, pero me espanta el conformismo del segundo, su modo maniobrero de plegarse a los intereses y prioridades del poder. Al final va a ser verdad que la política, incluso cuando se manifiesta en el humilde terreno de las convicciones particulares de uno, se basa siempre en alianzas coyunturales, en amigos cosechados en una vuelta del camino y vueltos a perder en la siguiente. Aunque tal vez lo mejor, en este caso, sería dejar de leer todos los periódicos.

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A este conocido político andaluz los tribunales le han propinado un rapapolvo sin precedentes: han desestimado una demanda suya contra dos periodistas, han señalado que las informaciones de éstos contra ese político que habían sido motivo de la demanda tenían fundamento, y han criticado la actitud de éste contra los medios de comunicación en general. En cualquier otra latitud un político que sufriera semejante revés presentaría su dimisión y se retiraría para siempre de la vida pública, seguramente arrastrando consigo a sus colaboradores más inmediatos. Pero no. Aquí nunca pasa nada, como en esas novelas desesperanzadas que se escribían en la posguerra española.

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...Leo los párrafos precedentes y me hiere su impersonalidad. Opinar es bajar a la plaza pública. Y casi nunca tiene uno nada que hacer en ella.

miércoles, enero 13, 2010

UN DETALLE

No hay reseña que no tenga su contrarreseña, es decir, el relato personal de por qué ciertos libros le conciernen a uno. Un crítico no debe confundir lo uno con lo otro. Pero las buenas reseñas son las que, a partir de lo primero, permiten al lector imaginar lo segundo. Siempre que lo segundo, claro, sea lícito, lo que no siempre ocurre.

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Quien compara la lluvia con el llanto olvida siempre un detalle: al cielo nunca se le ve exhausto.

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Hay erratas que se parecen a un eczema o a una erupción de la piel. Y si suceden en la última línea del texto, como pasó con mi artículo de ayer en el Diario, del que quedaron colgadas dos o tres palabras sin sentido procedentes de otros textos que habían ocupado ese mismo espacio en la maqueta del periódico, peor todavía: es como si la prosa se te despeluchara.

martes, enero 12, 2010

LO OTRO

Fue una nevada modesta, sí, casi insignificante. Pero reunía los dos ingredientes principales de toda nevada que se precie: la lentitud y el silencio.

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Me dice que ha leído casi todos los libros de este poeta catalán, menos el más doloroso de todos, el que trata de la muerte de un ser querido; y que lo ha soslayado precisamente por eso, porque no quiere enfrentarse a ese dolor inmenso... Entiende uno esta humanísima reserva, a la vez que se pregunta: si en la obra de un poeta hacemos estas particiones, ¿qué queda? ¿Qué bocado es el que nos reservamos? ¿Y qué derecho tenemos a paladearlo, después de haber rechazado lo otro?

lunes, enero 11, 2010

LES NEIGES D'ANTAN





En B., para ver algún vestigio de la nieve caída veinticuatro horas antes. La encontramos en los tejados y en algunas umbrías, depositada sobre las hojas de las plantas que crecen en esos lugares. No siempre tiene buen aspecto: en algunos sitios, parece esos espumarajos que sueltan los extintores. Pero da gusto echarse a la mano la lengueta de nieve recogida en la cuenca de una de esas hojas que parecen paraguas invertidos, y frotarla entre las palmas... También están los carámbanos, que aquí llaman "chuzos". Por lo que nos explican S. y L., con quienes hemos coincidido en esta placita soleada, la expresión "llover chuzos de punta" no es simplemente metafórica, como yo creía, sino que tiene un sentido literal: cuando se camina por una calle flanqueada de casas de cuyos aleros penden estas agujas de hielo, conviene hacerlo por el centro, por si alguna de ellas -a veces, de considerable tamaño- se desprende y golpea en la cabeza al viandante... Pero eso, como L. se ocupa de especificar, ocurría en otros tiempos, cuando nevaba y helaba con esa constancia y persistencia que sólo tienen, en el recuerdo, les neiges d'antan. Lo de hoy es sólo anecdótico.

Pero L. no venía sólo a adoctrinarnos, sino también a invitarnos a probar el mosto que ha comprado, dice, en una "viña" de U. La palabra "viña" tiene aquí la acepción jerezana de casa o construcción aneja a la viña propiamente dicha, en la que a veces funciona un figón o ventorrillo modesto, en el que la gente de paso puede probar el mosto del año, acompañado de unas sopas de ajo y unas chacinas. El mosto de L. es áspero y turbio y tiene un regusto final a cieno marino: a esa barro suculento en el que se crían las almejas. Deja en la garganta un picorcillo alegre, que invita a trasegar más. Mientras lo hacemos, L. nos enseña su huerta, dominada por un nogal centenario por el que, nos dice, le han ofrecido mucho dinero, porque de él podrían hacerse muchos buenos muebles. Pero L. no quiere venderlo, porque a su sombra pasa los veranos. Los pobres, dice, no pintan nada en esos lugares de veraneo donde una cerveza y una mala comida cuestan un dineral. Para eso, mejor se está uno en su casa, con su huerta, con sus animales. Hay muchos aquí: palomos mensajeros y de competición y gallinas de distintas variedades, entre las que destacan, por lo cómico de su aspecto, las que él llama "chinas", que lucen un extravagante penacho de pelos en punta, como los de un punkie. Hay también algunos gatos: una gata persa que dormía en un capazo, la hija de ésta, que dice L. ha salido arisca y no se deja cepillar ni acariciar, y otro más cariñoso, de Angora, que acude cuando se le llama (L, lo hace emitiendo un extraño sonido inarticulado), pero que se retrae cuando ve a extraños... Nos cuenta L. que sus gatos no atacan jamás a los palomos, y explica cómo los ha adiestrado al respecto: cuando eran cachorros y se acercaban con intenciones aviesas a alguna de las aves, les lanzaba una botella de plástico en la que previamente había introducido un puñado de piedrecitas. El golpe y, sobre todo, el estruendo infernal de las piedras dentro de la botella, terminaba disuadiéndolos de atacar a los palomos.

Mientras nos cuenta estas cosas, me acuerdo de cómo empezaron nuestras relaciones con este hombre. Del modo menos prometedor posible, todo hay que decirlo. L. estaba acostumbrado a no tener vecinos a la espalda de su casa, y en su huerta actuaba con la impunidad de quien sabe que nadie lo ve y a nadie puede molestar: lo mismo podían él y su mujer pasearse por ella semidesnudos, en una mañana de verano, que colgar un altavoz de una rama del nogal y pasarse la noche escuchando tangos a la intemperie. Cuando abrieron la calle nueva, justo por la linde trasera de su huerta, y construyeron nuestra casa, esa impunidad se terminó. Una noche salí a darle las quejas, porque estábamos intentando ver una película y el estruendo que procedía de su casa ahogaba por completo el sonido de nuestro televisor. Luego tuvo un gallo que se pasaba las noches cacareando de un modo ronco y destemplado. Cuando vi a L. trajinando en su huerta, una mañana, le expliqué el problema y le dije que si no era posible encerrar al gallo por las noches, para que dejara dormir al vecindario. Me escuchó con cierto asombro. Creo que nunca se había visto en otra igual. Cuando terminé de hablar, atajó: "Bueno, ¿que el gallo molesta? Pues a la olla". Creí que bromeaba. Pero el caso es que del gallo no se supo nada más, y desde entonces he tenido ese cargo en mi conciencia.

L. no sólo no nos guarda rencor por esos desencuentros iniciales, sino que hoy nos obsequia con su mosto y con una ristra de pimientos que le ha dado a M.A., explicándole cómo ha de colgarlos para que no se le pudran. Sale uno confortado de esa casa, feliz de ir tejiendo poco a poco, en este lugar donde nadie nos conocía, una pequeña trama de afectos. No deseábamos otra cosa. Y, para colmo, a la mañana siguiente, cuando ya andábamos recogiendo los bártulos para volver a la ciudad, empieza a nevar.

viernes, enero 08, 2010

CINCO DE ENERO

No puede uno evitar sentirse nervioso e impaciente en la víspera de Reyes. No espero nada, no he escrito la consabida carta ni soy cómplice ya de la entrañable farsa que representaban mis padres, y de la que uno, en cierto modo apiadado de ellos, esperaba que les saliera lo mejor posible. Pero, ya digo, pese a todas estas renuncias, los cinco de enero siguen pareciéndome cargados de una extraña tensión. Quizá actúa uno por reflejo condicionado, como esos perros de Pavlov a los que se les llenaba la boca de saliva cuando sonaba la campanita de la comida, aunque no hubiera comida. Siente uno también la impaciencia del regalo, aunque no haya regalo, o el regalo previsto esté más o menos pactado y venga dictado por el sentido práctico de los adultos, y no por la fantasía impredecible del niño. El niño pide una espada láser porque quiere sentirse como los poderosos caballeros interestelares que portan esas espadas en las películas o en los tebeos o en los videojuegos. El adulto no pide nada, pero se conforma con que le regalen un batín con el que no coger frío, y con el que sentarse junto a la mesa camilla a pensar que alguna vez quiso ser un caballero interestelar y tener una espada láser… Y, ya digo, como esos perros que ya no necesitan oler la comida para sentirse en disposición de devorarla, porque se les ha acostumbrado a responder al toque de una campanilla, y no a la presencia palpable de los alimentos, tampoco uno necesita ya esperar la espada láser, o abrigar siquiera la ilusión de que unos magos misteriosos o unos padres voluntariosamente dispuestos a suplantarlos van a hacer lo posible por satisfacer esa fantasía, y basta la luz, el nerviosismo ambiental y hasta la propia climatología, que es siempre recurrente, para sentirse en esa disposición ansiosa.

De lo que no se acuerda uno es de que, al día siguiente, la espada láser con la que había soñado resultaba ser un deslucido armatoste de plástico al que se le acababan las pilas a los cinco minutos. Atribuye uno la decepción que le causa el batín o los calcetines a la incomprensión que el mundo suele manifestar hacia los propios deseos. Pero lo cierto es que esa decepción viene de antes, y es quizá de las primeras cosas que uno aprende. Uno la da ya por descontada. Se rompen las espadas, los coches teledirigidos se quedan parados incomprensiblemente, despintan los indios. El batín, los calcetines, el frasco de colonia no hacen justicia, a lo mejor, a la elevada idea que uno tiene de sí mismo. Y lo nuevo, quizá, lo que no viene de la infancia ni parece un reflejo condicionado, es la necesidad de hacer acopio de humildad para aceptarlos. Hay quien dice que todo esto lo mueve la hipocresía, y que resulta ridículo que el rito de regalar por estas fechas se haya extendido a los adultos. No les falta razón. Y, sin embargo…

Publicado en Diario de Cádiz el 5 de enero de 2010

jueves, enero 07, 2010

EN QUÉ MOMENTO

Con respecto al cine español cabría preguntarse lo que Zavalita, el personaje de Vargas Llosa, en Conversación en la catedral: "¿En qué momento se jodió el Perú?". ¿En qué momento -diríamos nosotros- se jodió el cine español? Nos pareció estar asistiendo a ese hito fundacional el otro día, mientras veíamos la aburridísima Vera, un cuento cruel (1974), de Josefina Molina: el estilo plano, inconfundiblemente televisivo, el recurso a argumentos "prestigiosos" de origen literario, el desinterés hacia los personajes, tratados como simples obsesos, el erotismo vacuo, la escandalosa limitación de medios (una casona alquilada, unos trajes de guardarropía)... Eran los rasgos que el cine español iba a presentar durante al menos una década, hasta que se impusiera en él el modelo de la llamada "comedia madrileña", en la que la casona es sustituida por un pisito en Lavapiés y una desprejuiciada promoción de jovencitos en permanente estado de satiriosis tomaba el relevo de los abrumados obsesos del ciclo precedente.

Y el caso es que esa película nos llegaba justo después de haber visto las secuencias finales de
Rosario, la cortijera (1935) de León Artola, un logrado ejemplo del cine nacional-popular que triunfó en tiempos de la República y contó con la predilección del público español hasta finales de los cincuenta. Naturalmente, no estoy diciendo que este cine sea artísticamente superior al que acabo de denostar en el párrafo precedente. Pero lo aventajaba en algunas cosas: contaba con el favor del público, se asentaba en una naciente infraestructura comercial e industrial (productoras, cadenas de cines, técnicos cada vez más cualificados) y había conseguido dotarse de un repertorio temático exclusivo, no imitado de fuentes foráneas, y de su propio star-system. Que todo eso se liquidara en pocos años dice mucho respecto a la mentalidad cainita y los designios de tierra quemada con los que las sucesivas promociones de profesionales abordaron su pasado.

Rosario, la cortijera no deja de ser un subproducto. Pero tiene su gracia. Está filmada con una sorprendente naturalidad, muy moderna, como si el operador se hubiera infiltrado de incógnito en los tejemanejes de los personajes. Conserva atisbos del repertorio técnico que los pioneros del cine iban aprendiendo de Hollywood: por ejemplo, el montaje en paralelo de la secuencia final, en la que la protagonista huye con su seductor en un coche mientras el novio desdeñado conduce una manada de toros hacia la carretera, para cortarles el camino, en una frenética cabalgata que remeda toscamente las que puso de moda Griffith con el desenlace de El nacimiento de una nación. Tiene su gracia también la caracterización de los personajes principales, exageradamente maquillados, al estilo de los del cine mudo: así, el seductor y su antagonista parecen tener los labios pintados... Todo esto sucedía, no hay que olvidarlo, en un contexto en el que los espectadores tenían bien a la vista los éxitos del cine sonoro estadounidense de los años treinta.

En fin: no sé a dónde quiero ir a parar. Quizá todo pueda reducirse a la consternación qur produce confrontar un cine en el que todo estaba por hacer, y que, por tanto, era muy prometedor, con otro prematuramente agotado y falto de ideas, y que además parece haberle perdido el respeto definitivamente a su público.

Y en estas cosas anda uno distrayendo sus vacaciones, que ya se acaban.

martes, enero 05, 2010

AQUELLAS ACTRICES




Aquellas actrices del destape... Nadiuska, Bárbara Rey, Yolanda Farr... Las encuentro en Zorrita Martínez (1975), de Vicente Escrivá, una de las últimas películas del género en las que todavía se respetan ciertos límites a la hora de mostrar la anatomía femenina. Ya sé que consignar aquí haberla visto no arroja una luz precisamente favorable sobre mis gustos cinematográficos. No es, por así decirlo, como comentar una de Bergman. Pero, a veces, cuando uno lee otros diarios o cuadernos de anotaciones personales, asombra ver cómo quienes los redactan jamás se apean de lo que podríamos llamar el "género elevado", tanto en lo que ven como en lo que leen o escuchan, y nunca reconocen haberse distraído con bodrios como éste. Claro que también hay maneras de justificarse. Yo podría alegar, por ejemplo, que ando escribiendo sobre esos años, y que estas películas suelen ser eficacísimos estimulantes de la memoria. Basta observar lo que aparece en segundo plano: los coches, la ropa, las paredes empapeladas, los "taquillones de castellano en serie" que evoca Pablo García Baena en un conocido poema, los peinados, los posters que adornan a veces las paredes, el fondo musical, la decoración de las cafeterías, etc. Todo eso se dejaría ver mejor, y con la conciencia más tranquila, si la atención no se viera a veces perturbada por un humor zafio y por ocurrencias que hoy día justificarían sobradamente una denuncia en el juzgado de guardia (y que conste que uno no es partidario en absoluto de esa clase de denuncias). Y está, por supuesto, para qué negarlo, la belleza de las chicas. También ha indagado uno en esa veta, a la hora de hacer memoria. Y merece la pena asomarse, por ejemplo, al "archivo histórico", o como lo llamen, de revistas como Lib y, además de mirar las fotos, leer lo que decían estas muchachas en las entrevistas que les hacían para acompañar los reportajes en los que aparecían desnudas. La mayoría, curiosamente, se consideraban a sí mismas "mujeres liberadas" y se les llenaba la boca con los tópicos de la corrección política del momento. Algunas, como Susana Estrada, estaban convencidas de andar haciendo una cruzada a favor de la liberación sexual. Las feministas de hoy arrugarían la nariz ante esas pretensiones.

Qué habrá sido de ellas. A algunas nos las tropezamos a veces en alguna de esas revistas que se hojean en la consulta del dentista: han envejecido, como no podía ser menos, y alcanzado la envergadura de aquellas feas mujeres raciales de las que fueron, en su tiempo, el exacto contrapunto. Las casas que muestran son también anticuadas y feas, como las de una peluquera retirada. Y en lo que dicen, curiosamente, difícilmente encontrará uno algún resto de la quincalla progresista que vendían entonces: ahora son beatas, moralistas y reaccionarias, como las putas viejas. Por no hablar, en fin, de las que fueron quedando en el camino. Piensa uno en todas esas cosas mientras las ve correr alegremente en bragas por la pantalla, perseguidas por algún maromo que ahora seguramente también estará purgando los pecados de juventud con una vejez penosa. Qué tiempos. Y qué sensación de que, juzgado por el rasero de alguna otra modernidad venidera e igualmente pasajera, los nuestros seguramente merecerán también el mismo veredicto.

lunes, enero 04, 2010

RITOS DE PASO

Este año, como los anteriores, el paso de un año a otro nos ha encontrado en B., en la sierra. Cena sencilla, acompañada de un buen vino. Las uvas, el brindis con cava. Luego, en contra de nuestra costumbre, salimos. Aunque aquí salir, lo que se dice salir, apenas si se diferencia de quedarse en casa, porque tampoco hay tanta gente a la que ver, ni lugares a los que ir, y todo queda en familia.

El caso es que unos amigos vinieron a buscarnos y nos llevaron a casa de otros amigos suyos, entre los que había uno empeñado en recibir el año nuevo con cohetes, y estaba aplazando el lanzamiento de éstos hasta nuestra llegada. Viven esos amigos en una zona nueva del pueblo, bastante expuesta y desprotegida, lo que, en esa noche inclemente, prestaba una dimensión un tanto insensata al hecho de estar allí fuera, a la intemperie, en medio de lo que no sabíamos si era una neblina demasiado espesa o una llovizna demasiado difusa, viento estallar cohetes. Que fueron doce, a los que siguió una bonita traca de cien. Mereció la pena ver la cara de asombro con que la hija pequeña de uno de los presentes asistió a los estallidos y a la lluvia de chispas. Dentro de la casa se bebía y se bailaba al son de las inevitables canciones de los ochenta con las que nos hemos criado todos.

Un poco aburridos, los últimos en llegar nos fuimos a la plaza del pueblo, donde habían instalado una carpa y tocaba una orquestina. Se habían congregado un centenar o centenar y medio de personas. Se siente uno siempre muy fuera de lugar en estas ocasiones de bailoteo y ruidos, pero se hizo lo que se pudo por estar a la altura de la ocasión. En la cola del servicio, una muchacha de unos veinte años, que lleva un sombrero tirolés, me pregunta si soy escritor. No es frecuente que una desconocida me aborde y me haga esa pregunta, por lo que supongo que debí de poner cara de sorpresa. Se explicó: había asistido a una lectura que di hace un año o dos en su instituto. Luego me preguntó por el profesor que me llevó allí, que no es otro que mi amigo J.A.M., el pintor. Se lo señalo: "¿Ves esos cuernos que se mueven en la pista?", le dije, apuntando a un casco de vikingo que sobresalía por encima de las demás cabezas. "Pues ahí lo tienes". La chica, con alguna copa de más, se acercó a la mujer de J.A.M. "¿Te importa que me lo lleve a Madrid?", le dice, aludiendo a una inminente excursión escolar en la que la presencia de éste es muy solicitada. La aludida se encoge de hombros.

Y así va pasando la noche. Ch., el francés al que solemos ver por estos pagos una o dos veces al año, me pregunta si yo también soy pintor. Y uno, una tanto esponjado todavía por el encuentro en la cola del servicio, le dice que no, que uno es escritor -"Pregúntale a ésa", estoy a punto de decirle, señalando a la del sombrero-, a lo que el francés pone una curiosa expresión de asombro, antes de emplazarme a quedar con él al día siguiente, "para hablar de pintura". Duda uno de que el día siguiente ni él ni yo estemos para conversaciones artísticas. En mi caso, por sueño, más que por cualquier otra cosa, ya que, salvo el vino de la cena y un par de copas de cava, apenas he bebido nada. Pero uno ya está mayor, así que, cuando miro el reloj y veo que pasan ya de las cuatro de la mañana, dirijo a M.A. y a C. una mirada que ni siquiera necesita ser implorante, pues ellas son del mismo parecer. Nos vamos a casa.

sábado, enero 02, 2010

EL VIENTO

Ha sido un año raro. No tan malo, quizá, como algunos dicen, pero sí extraño. Empezó bajo el signo de la crisis económica y ahí seguimos. Trajo consigo la amenaza de una temible pandemia, la de la gripe A, que al final se ha quedado en una simple racha de resfriados. Y trajo también, como anunciaba algún panegirista del actual gobierno, la inminencia de una conjunción planetaria de liderazgos progresistas, con Obama al otro lado del Atlántico y nuestro presidente ocupando el liderazgo rotatorio de la Unión Europea. El primer fruto de esa fabulosa conjunción fue la intervención del susodicho en la conferencia de Copenhague, en torno al cambio climático, en la que proclamó que la Tierra no es de nadie, que es del viento… Y como si los elementos lo hubieran escuchado, una colosal racha de ventiscas, tormentas y tornados se abatió sobre el escéptico y resignado hemisferio norte, el que alberga a todos esos países que, por su nivel de desarrollo, son los presuntos responsables de la alteración del medio ambiente y de sus consecuencias.

Un año raro, sí. La semana pasada comentábamos los sorprendentes resultados de una encuesta en la que los andaluces afirmaban otorgar a su calidad de vida una nota de ocho sobre diez. Una semana después se publica el dato de que esos andaluces tan satisfechos son los que estadísticamente viven menos de toda la Península: la media de esperanza de vida no llega aquí a los ochenta años. Lo uno no contradice lo otro: una vida puede ser corta y feliz, qué duda cabe. Por lo mismo, cabría deducir que un año malo en lo que a las grandes cuestiones colectivas se refiere no tiene por qué haberlo sido a nivel individual. Los balances vitales obligan siempre al optimismo, porque la primera condición para que uno pueda hacerlos es encontrarse vivo, y ese dato condiciona todos los demás, como dicen los físicos cuánticos que la presencia de un observador altera inevitablemente la naturaleza del fenómeno observado. Seguimos vivos, así que, con crisis o sin ella, vamos bien. No es poco.

La tierra es del viento, como decía nuestro inspirado presidente. El viento tiene una acreditada fama como agente histórico. Con una emisión televisiva de Lo que el viento se llevó celebró el actual partido gobernante su primera victoria electoral en 1982: ese viento histórico, apocalíptico, se llevaba consigo las fuerzas que habían impedido hasta entonces en España el relevo democrático en el poder. Quizá esa película debiera ser repuesta todos los años: todos traen consigo, en sus inicios, la esperanza de llevarse por delante todos los males que dejó el anterior. Casi me atrevería a formular aquí, por tanto, algún pío deseo de naturaleza colectiva para el que empieza. Pero los verdaderos deseos son siempre privados, intransferibles, incluso puede que incomunicables.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz