viernes, febrero 26, 2010

SOLOS

Sé que lo que corresponde, después de que las lluvias interrumpieran el otro día las comunicaciones entre Cádiz y Sevilla, sería protestar por la vulnerabilidad de nuestras infraestructuras y por la sensación generalizada que tenemos últimamente los españoles de vivir en un país en el que todo es contingente e inestable. Otros columnistas lo habrán hecho, y a ellos remito. No es para tomárselo a broma: por la carretera cortada nos llega a quienes vivimos en este extremo de la Península casi todo lo que necesitamos, por lo que cabe imaginar que ese simple corte seguramente significó que miles de pedidos no fueron entregados puntualmente, que otros tantos trabajos dependientes de esos suministros no pudieron realizarse… Sí, tendría uno que haber puesto voz, desde esta columna, a la legítima indignación de muchos. Pero sucede que hay días en que este columnista se levanta con la cabeza a pájaros, y en los que cualquier suceso que se salga de lo normal despierta en él unas incontrolables ansias de que la realidad por una vez se ciña a ese curso caprichoso e imprevisible. La “ínsula gaditana” se convierte en isla con todas sus consecuencias. O, simplemente, en barco que se aleja lentamente de una costa que, de pronto, se cierra en sus nieblas y resulta, de lejos, extraña.

No soy el primero que ha tenido esa fantasía. El portugués Saramago imaginó que la Península Ibérica entera se convertía en una inmensa “balsa de piedra” que navega libremente por el océano. Con una imaginación más alada y mejor prosa, el británico Chesterton especuló una vez con que los barrios de Londres perdían de pronto su conciencia de partes de un gran todo y se convertían en pequeñas taifas independientes, sobre las que campeaba la figura sorprendente de un “Napoleón” de Notting Hill, abanderado de esa causa absurda. Fuera de la literatura, en nuestro agitado siglo diecinueve hubo quien quiso proclamar el “cantón” de Cádiz… En todas esas fantasías late un mismo designio: romper el determinismo de la realidad, las dependencias geográficas y políticas, la imposibilidad humana de soñarse desligado de coordenadas físicas o culturales fijadas de antemano.

Aunque yo no quisiera viajar en ese barco, o ser uno de los miles de robinsones abandonados a su suerte en esa isla. También hubo, en ese mismo siglo confuso y heroico que decíamos antes, quien empezó una revolución en este extremo de la Península y, al mando de un regimiento de exaltados, se sintió con fuerzas para imponer un nuevo rumbo a todo el país. Es cuestión de puntos de vista. Si el mundo es esférico, piensan algunos, siempre se halla uno en el centro de su superficie. Lo dijo James Cagney al final de Al rojo vivo: “Top of the world, ma” (“Madre, la cima del mundo”), antes de precipitarse al vacío. Ese vacío sobre el que flotamos, siempre solos.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, febrero 25, 2010

TACTO

Ahora entiendo un poco mejor eso de la "prosa asmática" de Proust. Tengo una referencia nueva al respecto, ahora que voy regularmente a la piscina: mis propios esfuerzos por aprender a sincronizar la respiración al ritmo de la natación. Empiezo a leer, aprovechando que estoy recuperándome de una afonía, Albertine desaparecida, el sexto tomo de En busca del tiempo perdido. Y hay frases en las que me pasa justo lo que experimento cuando, entre brazada y brazada, omito alguna toma de aire y tardo unas pocas brazadas más en volver a acompasar la respiración al ritmo de la marcha. La misma angustia, sí, pero también la misma certeza de que el restablecimiento -y, en este caso, la recuperación del sentido de lo leído- es sólo cuestión de tiempo.

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La plena salud -ese vigor que, en la mayoría de los casos, es sólo retrospectivo- es tan excepcional como la enfermedad. Lo normal es esto: la convalecencia.

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"¿Desde cuando las p... se ponen cachondas?", le dice este personaje de Canciones de amor en Lolita's Club, la película de Vicente Aranda, a una del gremio, después de realizarle muy a las claras, casi en primer plano, lo que llamaremos, en términos médicos, un tacto vaginal. No recuerdo que la frase -lo mismo me equivoco- estuviera en la novela de Marsé. Pero lo que sí es seguro es que determinados guionistas deben de pasárselo en grande cuando escriben una línea como ésa. Y que su gozo es inversamente proporcional, ay, a la vergüenza ajena que sentimos muchos espectadores.

miércoles, febrero 24, 2010

FALLEBA

Ignoro cuál será la afección visual que padece este chico que tengo sentado a mi lado en el autobús. El caso es que, para leer, lleva el libro totalmente pegado a la nariz, a una distancia a la que a cualquier otro le resultaría imposible enfocar las letras. El libro en cuestión es Cartas marruecas, un título que casi nadie lee por iniciativa propia a la edad de este chico, por lo que colijo que se trata de una recomendación escolar o universitaria. Su modo de leer, por lo forzado, apenas deja adivinar qué emociones le despierta la lectura. Posiblemente en su fuero interno no se sienta tan absorto como denota su posición. Pero la impresión que da es que el libro, literalmente, lo devora.

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En la conversación con este operario que ha venido a reparar un postigo roto aflora, de pronto, con absoluta pertinencia, la palabra falleba. Creo que, salvo cuando la aprendí en aquellos dictados en los que se practicaban palabras difíciles,, nunca la había usado. Ando toda la tarde como un niño al que han regalado un juguete nuevo: que si la falleba esto, que si la falleba lo otro. Justificadamente, creo: me han resucitado una palabra que yacía muerta en mi memoria verbal desde hacía lo menos treinta y cinco años.

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La afonía lo hace a uno más comedido; como si, por decir las cosas en un tono casi inaudible, todo resultara tremendamente razonable, oportuno, verdadero. Como si uno de pronto hubiese adquirido esa tremenda autoridad de la que gozan algunos hombres que no levantan jamás la voz.

martes, febrero 23, 2010

OTRO CIERRE

No sé por qué, me parece una pérdida que hayan cerrado la modesta papelería-librería que había junto a la parada del autobús. Nunca se me hubiera ocurrido comprar un libro de entre esa mezcolanza de lecturas recomendadas por los colegios de la zona, colecciones de quiosco y desangelados best-sellers: la imagen más desabrida que pudiera ofrecerse de la literatura. A veces, sí, compraba alguna película en DVD, de esas promociones de dos o tres por el precio de una con las que inauguran ciertas colecciones. Pero, con todo, distraía las esperas mirando ese escaparate desalentador, y hasta me decía a veces que era bueno que la literatura presentara ese cariz en según qué sitios, porque eso venía a certificar que todo lo que faltaba allí debía de encontrarse en otra parte... También me servía ese escaparate para mantenerme al tanto de todo aquello que, si no lo hubiera visto allí, ni siquiera habría sabido que existía. Ahora han echado el cierre, y anuncian que en su lugar pondrán... una zapatería. Lo que es seguro es que yo seguiré allí, Dios mediante, distrayéndome con ese escaparate, y a ver qué me sugiere entonces el ya previsible panorama de sandalias, mocasines, botas. Otra imagen del universo, quizá, que tiene tantas caras como sitios en los que perder la mirada.

lunes, febrero 22, 2010

LA HORA MALA

Carnaval, digamos, de retaguardia. Matrimonios con niños, adolescentes sin posibilidad de desplazarse por sus propios medios al verdadero meollo de la fiesta, treintaañeros en esa tesitura difícil de mantener los hábitos gregarios de la pandilla y, a la vez, atender al bebé que llevan en el carrito... Así es la celebración en esta localidad periférica. La alegría, no obstante, es genuina, y lo es aún más por voluntariosa. Y en esa hora mala de la tarde en que unos se retiran y otros están a punto de tomar la copa que les desequilibrará definitivamente el día, las terrazas se han vuelto familiares, como si todos y cada uno de los aquí congregados se conocieran de toda la vida. El cielo, mientras tanto, se ha vuelto negro. Y esta noche lloverá como si de la lluvia dependiera limpiar las calles sucias, baldear las terrazas, obligar a los feriantes zarrapastrosos a marcharse con su música a otra parte.

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Esa hora mala que decíamos tiene también su equivalente fisiológico: ese momento de la tarde en que a los enfermos, o a los que están a punto de enfermar, les sube la fiebre.

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Para conjurarla, como solemos hacer casi todas las tardes de domingo, vemos una película: No eran imprescindibles (They were expendable, 1945), de John Ford. No era, quizá, la más aconsejable. Porque lo que se anunciaba como una película patriótica, de las muchas que se hicieron durante la Segunda Guerra Mundial para consignar la aportación de cada cuerpo del ejército (en este caso, el de las lanchas torpederas) al esfuerzo bélico, pronto revela su condición de larga crónica de la vida en el frente en uno de los momentos más sombríos de la guerra: la invasión japonesa de las Filipinas, en la que las tropas norteamericanas fueron derrotadas y obligadas a rendirse. Hay pocas batallas, pocos momentos de exaltación heroica (que es, quizá, lo que uno buscaba para contrarrestar el ánimo apesadumbrado de la tarde de domingo, las décimas de fiebre de un catarro que no se decide a romper, la resaca de la fiesta pasada), y sí numerosas escenas en las que Ford muestra cómo la gran retirada estratégica, planeada desde las alturas, no consiste en otra cosa que en ir abandonando a su suerte a diversos destacamentos, los "no imprescindibles" de todas las guerras. Al final la exaltación llega por otro lado: de esos compases de "Red River Valley", por ejemplo, con los que Ford acompaña las apariciones de cierto capataz de astilleros, en el que adivinamos un pasado merecedor de ese himno de batalla; o las hermosísimas imágenes finales, en las que los últimos abandonados a su suerte se retiran por una playa al atardecer.

viernes, febrero 19, 2010

EFIGIES

No suelen llevar buena vida las efigies: a las que no cubren de excrementos las palomas las derriban las multitudes enfurecidas, como ha sido el caso de las de Lenin y Sadam Hussein. A las de Fidel Castro, en Cuba, y las de Kim Il Sung y su hijo Kim Jong-il, en Corea del Norte, nada las podrá librar de ese destino, en cuanto caigan los respectivos dictadores. Más cercana, la última que quedaba de Franco, en Santander, reposa ya en el limbo de los almacenes municipales, junto a las carcasas de las carrozas de los Reyes Magos y las máscaras de gigantes y cabezudos. Mal asunto eso de tener estatua. Incluso las de cera, que son a las de bronce lo que una novela barata a un incunable, andan de capa caída, a pesar de que las protege la popularidad y el hecho, sin duda muy respetable, de que para verlas haya que pagar la entrada de los museos populares que las acogen. Curioso fenómeno ése de los museos de cera: la gente va a ellos a ver reproducciones de gente a la que está harta de ver en periódicos y telediarios. Y no van a verlas por el mérito artístico de la estatua, como irían a ver, pongamos, al Doncel de Sigüenza, sino, simplemente, para constatar el parecido; es decir, para congratularse de que la estatua en cera de doña Letizia Ortiz, por ejemplo, se parece a la propia doña Letizia Ortiz, sólo que un poco más pálida y mortecina. Y para constatar, también, que las personas retratadas de esa guisa gozan de la popularidad suficiente como para merecer esa modalidad de exhibición pública.

Visto lo que les está pasando a las estatuas de bronce, hubiera dicho uno que, puestos a perpetuar la propia efigie, mejor en cera, como los cantantes de moda y los toreros. Pero tampoco eso parece del todo seguro en estos tiempos cambiantes y caprichosos. Figuraba la del aristócrata don Jaime de Marichalar, por ejemplo, en el grupo que formaban los integrantes de la familia real española en el Museo de Cera de Madrid. Y ahora, una vez anunciado su inminente divorcio de la infanta con la que estaba casado, lo han retirado de ese lugar prominente y trasladado a los almacenes; donde, dicen, en breve le retocarán la nariz y el vestuario y lo convertirán en figurante de una escena callejera o una corrida de toros.

Bien mirado, no es mal destino para una estatua. Mejor eso que la destrucción. Debería hacerse lo mismo con las de bronce. Con unos pocos retoques, la de Lenin podría convertirse en una del doctor Mabuse, pongo por caso, en un parque temático dedicado a la megalomanía desaforada. La de Castro, en una del profesor Bacterio. Y así. Saldrían ganando. Como ha salido ganando ya la de Marichalar, si es verdad que su destino, a partir de ahora, será hacer de figurante en, pongo por caso, el entierro de Manolete. Al sol, que siempre es muy sano. Incluso el sol fingido de los museos de cera.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, febrero 18, 2010

MIENTRAS

Mientras escribía lo de ayer me acordé de otra película del mismo autor, Camadanegra, de 1977. Ésta sí resultó escandalosa, porque los aludidos -una extrema derecha que aún no se resignaba a su condición marginal, y a la que le resultaba intolerable verse retratada, aunque el retrato fuera tan oblicuo y personal como los que acostumbra a hacer este director- no se resignaron al silencio, y organizaron un ruidoso boicot que, a lo que parece, obtuvo sus resultados, porque la película aún hoy es difícil de localizar y ver. Todo lo contrario, en fin, que los fanáticos de nuevo cuño denunciados en la que comentaba ayer: éstos, y sus cómplices, han preferido el cerco de silencio. Que es mucho más efectivo, qué duda cabe.

miércoles, febrero 17, 2010

LA MASAJISTA

La pesquisa de la que hablaba ayer -¿o fue anteayer?- me lleva a Todos estamos invitados, la última película (2007) de Manuel Gutiérrez Aragón. La vimos M.A. y yo sin hacernos muchas ilusiones, como colofón de un largo día de inactividad forzosa, determinada por el tiempo de perros y los achaques de uno. Y nos dejó de peor ánimo aun, si cabe. Con lo que cumplió admirablemente la función de este tipo de cine, que no puede ser otra que inquietar, remover conciencias, indignar incluso. Cuenta la historia de una persona amenazada de muerte por Eta en el País Vasco. Y los detalles que aporta al respecto son tan reales y certeros, y apuntan de un modo tan insoslayable a determinadas actitudes sociales (la indiferencia, por ejemplo, de los otros miembros de la sociedad gastronómica a la que pertenece la víctima, que son incluso testigos directos de la amenaza) e institucionales (el vergonzoso cursillo de autoprotección impartido por la policía autonómica), que no se explica uno cómo los aludidos no reaccionaron en su día e inundaron los periódicos de cartas exculpatorias o de protesta. Porque aceptar el alegato sin más no parece sino un nuevo motivo de vergüenza, añadido a los ya existentes. Quien calla otorga, dicen. Sólo que aquí ese silencio vergonzoso va mucho más allá del País Vasco, y afecta a la sociedad española en general y, específicamente, al entramado periodístico y cultural que suele encargarse de acusar recibo de estas cosas. ¿Por qué, en fin, los mismos que tanta importancia concedieron a La pelota vasca, el vacuo ejercicio de equidistancia e hipocresía que firmó Julio Médem, no se la dieron a esta película descarnada y valiente? Misterios de la vida política y cultural española, tan dada a hacer vindicaciones a toro pasado y tan poco propensa, en cambio, a constatar la realidad inmediata.

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K. ha vuelto a cazar un pájaro. La vemos salir del balcón con su víctima en la boca. Nos impresiona, claro, pero nuestra primera reacción es inhibirnos y dejar que la gata disfrute de su lamentable hazaña, de ya imposible enmienda. Hasta que constatamos, horrorizados, que el pájaro está vivo. Intentamos quitárselo de la boca. No hay manera. La gata aprieta las mandíbulas con una determinación desconocida, como si comprendiera que, en esta clase de cuestiones, concernientes a su verdad instintiva, no cabe retrotraerse a su condición espuria de muñeco de peluche, inofensivo y juguetón. La dejamos con su presa, y esperamos a que la suelte en el suelo -preludio del crudelísimo juego que la hemos visto practicar, a veces, con insectos y pequeñas lagartijas- para arrebatársela. El pájaro, después de todo, ha jugado bien sus cartas. Parecía malherido, pero el caso es que, en cuanto lo hemos echado al aire, ha levantado el vuelo más airoso del mundo y desaparecido de nuestra vista. La gata maúlla desconsoladamente y olisquea los rincones por los que ha transcurrido el poco glorioso drama. Entendemos sus razones. Lo verdaderamente complicado sería hacerle entender a ella las nuestras.

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La masajista. Clava sus dedos en mi carne en busca del punto doloroso, lo encuentra, reconoce su textura especial. El dolor, en sus manos, es un grumo del cuerpo. Ahora lo amasa con insistencia, sin piedad, y ese incidir en el lugar del daño resulta incluso placentero. "Dime hasta dónde eres capaz de aguantar", me dice al aplicarme un electrodo. Y me muerdo la lengua para no contestarle lo que se me pasa por la cabeza.

lunes, febrero 15, 2010

REPARTO

En general, salvo cuando se tiene en mente una pesquisa muy determinada, la vida intelectual de uno se rige por el mero azar, que no es quizá el hilo conductor más aconsejable. Por eso me someto de buena gana a las tramas que me van saliendo al paso: proporcionan, mientras duran, una cierta ilusión de orden, de finalidad, de sentido. Algunas de ellas dejan trazas en este cuaderno: las lecturas de Platón o de Proust, por ejemplo, los pequeños ciclos cinematográficos improvisados, las lecturas que tienen que ver con lo que yo mismo trato de escribir en un momento dado. Otras ni siquiera llegan a aflorar, y son como esos motivos de preocupación doméstica que, por insignificantes, no trascienden nunca de su ámbito, aunque a uno le ocupen durante días... Es difícil distinguir lo importante de lo que no lo es. M.A., por ejemplo, me pregunta por qué ando dedicando tanto tiempo estos días al cineasta al que he de presentar en un acto público dentro de un mes. Conozco algo su cine y tengo tablas, así que no me sería difícil improvisar un folio uno o dos días antes. Y, sin embargo, me he leído la novela que acaba de publicar este hombre, he encontrado entre mis libros de cine una monografía que le dedicaron hace años, he buscado películas suyas, algunas ya vistas, otras no. Es decir, me he aferrado a este encargo circunstancial para tejer la trama intelectual, digamos, de estos días. Tal vez la pregunta de M.A. se refiere a si estas tareas, digamos, periféricas no interfieren en mis intereses principales; por ejemplo, en la novela que ando escribiendo. Pero la experiencia me dice todo lo contrario: que en estas pesquisas secundarias encuentro a veces el justo contrapunto de mi ocupación principal, o un inesperado complemento de la misma. Por ejemplo, algunas de las películas de este director tienen mucho que ver con la época en la que sucede la novela en la que estoy trabajando. Así que miel sobre hojuelas. O no, quién sabe. Todo esto es muy complicado, y quizá se refiere a una cuestión que nadie ha terminado de resolver del todo: en qué ocupar el propio tiempo; y si merece la pena.

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Ciática: ese trastorno que uno asociaba a las tías solteronas. No hay impiedad de pensamiento que no tenga con el tiempo su castigo. Todavía recuerdo la mañana en la que, llevado de un humor poco caritativo, me burlé de la presbicia de un compañero: no pasaron ni seis meses antes de que constatara que yo también padecía ese trastorno de la edad.

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La fiesta multitudinaria que tiene ocupada a la práctica totalidad de la población aporta también beneficios tangibles a quienes no nos hemos sumado a la misma: este desacostumbrado silencio matinal, por ejemplo, mientras los juerguistas duermen. es la parte que nos corresponde en un reparto que, después de todo, no puede ser más equitativo: para unos la noche abigarrada, ruidosa, llena de promesas; para otros la mañana plena, transparente, cumplida.

viernes, febrero 12, 2010

EL HOMBRE QUE CAMINA

Una escultura de Giacometti, “El hombre que camina”, se ha convertido en la obra de arte más cara de la Historia, al alcanzar en subasta el precio de 74,1 millones de euros. Son muchos millones los que alguien ha pagado por tener cerca de sí a esta triste figura que parece un muñeco de alambre, y que, en el caso de que se le quiera buscar parentesco humano, evoca a esos trágicos esqueletos vivientes a los que nos han acostumbrado las imágenes de las hambrunas africanas, aunque no llega a inspirarnos ni la décima parte de la piedad que inspiran éstos. Ni siquiera es una obra única: por los museos del mundo andan esparcidas otras muchas figuras similares, que el escultor italiano prodigó con esa fe algo ingenua de quien cree haber encontrado un filón nunca antes explotado. Si acaso, ésta que ahora se ha vendido por tan astronómica suma es una de las más grandes: 1,83 metros, la estatura de un muchacho de los de hoy. Pertenecía a un banco y ahora no se sabe a quién pertenece, en qué jardín privado o en qué finca posiblemente rodeada de una valla electrificada y protegida por guardaespaldas dará su dolorosa zancada de hombre sin carne y casi sin humanidad.

No, no va a entonar uno aquí el denuesto del arte contemporáneo: otros lo han hecho ya, sin demasiada fortuna. Tenemos seguramente el arte que nos merecemos, el que corresponde a un tiempo que, a pesar de sus protestas de humanismo y su reivindicación constante de la dignidad humana, no ve en el hombre más que una caricatura insegura: un espantajo de piernas largas, tembloroso, sin rostro y sin facciones; o que, en caso de tenerlas, serían las de esos seres atormentados que pintaba otro artista que tampoco se cotiza mal, el irlandés Francis Bacon, que también descubrió su filón, el de los rostros acuosos y desfigurados, y lo explotó hasta el agotamiento.

Pero lo que más llama la atención de estas obras de arte es que, con todo su nihilismo, con toda su negatividad, encuentran siempre el modo de aferrarse a una única realidad tangible, al parecer más poderosa que las concepciones éticas y filosóficas de las que tan complacientemente se burlan: el dinero. Testimonian, dicen, el desamparo de la humanidad doliente, pero tienen el instinto de arrimarse a quienes tienen bien forrado el riñón, cuyas fortunas contribuyen a acrecentar. Desde luego, el banco alemán que ha vendido este “Hombre que camina”, por el que previamente había pagado otra fortuna, no ha salido perdiendo con la transacción. ¿Qué hubiera pasado en caso contrario? ¿Si, imaginemos, a quien dio cien en su día no le dieran ahora ni cincuenta, y al que finalmente pagara esos cincuenta no le dieran luego ni veinticinco? El mercado del arte se desplomaría. Y, con él, una de las más sorprendentes ilusiones que se ha dado a sí misma la época que nos ha tocado vivir.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, febrero 11, 2010

CON MUNDO

Como nota chocante en este otro día de climatología deprimente, me cruzo con esta mujer que porta... un tridente de demonio. Un accesorio, supongo, del disfraz carnavalesco que andará preparando, para ella o para alguno de los suyos. A no ser, claro, que se trate de un verdadero demonio que, aprovechando las fechas, se pasea impunemente por las calles.

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Termino de leer las memorias literarias de J.C. (no pongo el título porque, después de todo, lo que me han confiado son unas pruebas de imprenta, a la espera de que el verdadero libro esté en la calle, y eso hace que me sienta depositario de un secreto profesional). Hay de todo en él. Pero lo que a este humilde escribidor de provincias no puede dejar de impresionarle es el rumbo del que se presume en todas y cada una de las páginas de este libro. Cuántos "saraos", cuánto viaje de un lado al otro del océano para asuntos que, digo yo, bien podrían haberse despachado por carta o por teléfono. Cuánto bar escogido (en uno de ellos, por cierto, el del Hotel Suecia, tomé yo una vez una cerveza con mi editor: debe de haber sido el momento álgido de mi vida literaria...). No cabe duda: entre lo que hago yo, pongo por caso, y lo que hacen éstos hay una distancia abismal. No lo digo con resentimiento: tampoco creo estar hecho para esa vida. Pero, si antes de leer este libro pensaba que la literatura, digamos, de consumo y la de ambiciones artísticas debían de tener nombres distintos, porque una y otra no tienen casi nada en común, ahora pienso que habría que crear una tercera categoría: la de la literatura con mundo, pasada por hoteles y aeropuertos, en contraposición a esta otra que se hace en zapatillas y va destinada a cien lectores. Y ya puede uno darse con un canto en los dientes por tenerlos.

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Llueve con empecinamiento, sí, pero sin convicción.

miércoles, febrero 10, 2010

A LA VISTA

Una de las desazones de ayer estuvo causada por la extraña pérdida de unos libros que yo había dejado en la biblioteca escolar donde trabajo. Consulto la base de datos una y otra vez, para cerciorarme del número y condición de los ejemplares que echo de menos, inspecciono el estante correspondiente, pregunto por ahí y hasta levanto una efímera polvareda al propagar mi casi certeza de que pueda tratarse de un robo. Inexplicable, por cierto, ya que los libros estaban a disposición de cualquiera que quisiera llevárselos en préstamo. Al final, aparecen, traspapelados. Alguien los había colocado en otro estante. Y entonces caigo en la cuenta de un curioso comportamiento con el que me familiaricé en la otra biblioteca escolar de la que fui responsable unos años: hay quien, cuando le gusta un libro, o simplemente lo necesita, y no quiere que nadie le prive de él, lo cambia de sitio. Una simple traslación, que, de ser descubierta, ni siquiera podría penalizarse, basta para que el libro resulte inencontrable. Quienes están acostumbrados a tratar con libros lo saben. El autor de la broma no tiene más que ir a buscarlo a su escondrijo; que, como el de la famosa carta del cuento de Poe, es un escondrijo a la vista de todos.

Y lo curioso es que, mientras comento la incidencia, alguien me dice que suele hacer eso con los libros que le gustan de una librería: los cambia de sitio, para que nadie se los lleve.

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Retocar una novela ya escrita, aunque sea un simple borrador, es jugar a modelar vidas. Tacha uno unas frases, o añade otras, y esa vida -eso espera uno- parece fluir mejor... Lástima no poder hacerlo con la propia.


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El hombre de cuya muerte súbita hablaba ayer tenía cuarenta y siete años. Justo (toco madera) los que yo cumplo hoy.

martes, febrero 09, 2010

CIERRE

Desayuno y me visto sin siquiera levantar la persiana, por las prisas. Y hasta que no se alza la puerta del garaje no veo el día que hace: feo, desabrido, con una lluvia racheada, acompañada de un viento arremolinado que desaconseja abrir el paraguas. Uno de esos días, en fin, en los que más vale quedarse en casa. No me lo esperaba. Y todo la mañana ando bajo la impresión de esa sorpresa; y las pequeñas contrariedades que trae consigo la jornada, y que uno normalmente se echa a las espaldas sin mayor problema, revisten hoy ese carácter sorpresivo, abrumador. También respecto a ellas, me digo, conviene abrir las ventanas por anticipado. Para verlas venir.

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Menos mal que hay gente amable, que te ayuda a distraerte de tus preocupaciones. Por ejemplo, esta compañera, a la que hace unas semanas aconsejé sobre un ciclo casero de películas que pretendía organizarse, bajo el pretexto de que estuvieran todas basadas en un relato breve. A lo largo de la semana, su pareja y ella leían el relato en cuestión, y luego veían la película, precedida de una cena ideada a propósito... El ciclo, según me dice, se ha ido celebrando sin problemas a lo largo de los últimos meses. Han visto La diligencia (indirectamente basada en Boule de suif, de Maupassant), Forajidos (a partir de un relato de Hemingway), El nadador (adaptación del cuento del mismo título de Cheever), Dublineses, etc. Conozco poco a esta mujer, así que me cuesta imaginarla en estos ritos íntimos, que sugieren un grado alto de complicidad intelectual con su pareja y, a la vez, una cierta capacidad de ambos de retrotraerse a esa fase de toda relación en la que se propician estas ocasiones que llevan al mutuo conocimiento. Hablamos de otros ciclos posibles: uno de remakes, por ejemplo, para el que le sugiero revisar las versiones que Douglas Sirk hizo de muchos melodramas que previamente había filmado John M. Stahl... Y es agradable, después de todo, jugar este modesto papel en esta ceremonia ajena.

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Mientras escribo, llamadas telefónicas. La privacidad no es más que una oficina abierta, desde la que se despachan toda clase de asuntos relacionados con las necesidades y caprichos de uno. Pesa sobre mi ánimo la reciente muerte súbita de un hombre de mi edad, que ha sido muy comentada en el barrio. También él debió de ser, como todos nosotros, un despacho abierto, una especie de negociado del yo. Ahora ha echado el cierre, sin previo aviso.

lunes, febrero 08, 2010

NO COMPARECE

La montaña de libros recibidos había crecido ya hasta el punto de que su equilibrio era insostenible. Por eso me he decidido a hacerles sitio en los estantes correspondientes. No ha sido fácil: he eliminado los últimos huecos que quedaban, a fuerza de suprimir todos los sujetalibros, bibelots, cajas y demás baratijas con los que los tenía separados y más o menos firmes y ordenados. Ahora no hay solución de continuidad entre, pongamos, los libros de prosa española y los rusos, y María Zambrano, cuyo apellido la sitúa siempre en la cola de cualquier hilera, está ahora espalda con espalda con Chéjov; lo que, después de todo, creo que no es mala compañía. También ha habido que hacer un pequeño expurgo. Nada dramático, en fin: unos libros para regalar, otros para donar a alguna biblioteca acogedora, algún otro destinado a la casa de la sierra, lo que no sé todavía si es una postergación o una subida de categoría, porque allí sólo están los libros japoneses de M.A., algunos tochos que he terminado de leer allí y no había urgencia para devolverlos al grueso del regimiento (Grossman, Carlos Morla Lynch, algún Dickens), los catálogos de pintura y un puñado de antologías y silvas de varia lección que me gusta hojear en las horas muertas... Ordenar una biblioteca, dicen, es hacer de Dios en el trance del Juicio Final. Pero hacerlo, en fin, cuando falta espacio es como dejar a un puñado de justos fuera del Paraíso porque no hay sitio para todos.

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Me paso la tarde del domingo trabajando en la novela. La temida angustia dominical no comparece, no sé si porque he logrado conjurarla con el trabajo o porque, vistas las circunstancias, no quería servir de motivo de inspiración. Porque si hay algo que no consiente la angustia es que le den la bienvenida.

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Bertolucci-Bowles (El cielo protector): en la mayoría de los casos, o es buena la película o lo es el libro, nunca las dos cosas. Y lo verdaderamente difícil es que de un libro pésimo salga una película aún peor; o viceversa: que una película tan mala tenga como antecedente un libro más malo aún. Y que se haya gastado tanta palabrería en ensalzar uno y otra.

viernes, febrero 05, 2010

MICCIONES

No, no es que haya experimentado una regresión a esa etapa de la infancia en la que uno se deleitaba en repetir “pipí, caca, culo”. No. Es sólo que he visto la nota de prensa en la que el Ayuntamiento gaditano se ufana de su intención de instalar doscientos sesenta y nueve urinarios callejeros con motivo de los carnavales. Es legítima esa ufanía: igual que hay quien se ocupa de impulsar la construcción de hermosos jardines, o de promover ciclos de conciertos, ha de haber quien se encargue de disponer mingitorios. Los hay, incluso, en esos jardines y auditorios a los que acabamos de referirnos, porque, allí donde se congrega un cierto número de personas, hay que prever las humanísimas necesidades que éstas experimentarán durante el intervalo en el que permanezcan reunidas, y eso se aplica lo mismo a las descontroladas juergas del carnaval, con su dispendio alcohólico y cervecero, que a las morigeradas concentraciones de melómanos, pongo por caso. E incluso a veces ni siquiera hace falta una multitud. El célebre cineasta y director teatral Ingmar Bergman confesó en sus memorias que padecía incontinencia intestinal, y que lo primero que exigía cuando lo llamaban para dirigir un espectáculo era que le instalaran un retrete entre bambalinas. Si no, podría haberle pasado lo que a la reina Isabel II, que sintió una urgencia –dicen– cuando se dirigía a Cádiz y, para satisfacerla, hubo de apearse en cierto apartado paraje que desde entonces es conocido como Meadero de la Reina.

En previsión, en fin, de que a miles de personas pueda pasarles eso durante los carnavales, el Ayuntamiento ha ordenado instalar esos doscientos y pico retretes en determinados lugares estratégicos. Pasa uno junto a ellos y no puede dejar de experimentar cierta melancolía. Es la otra cara de la moneda: por un lado, el colorido, la música, la alegría real o impostada de los celebrantes, la exaltación de los entendidos; por otro, esos rincones apartados, que ni la más avanzada tecnología sanitaria logra evitar que, en cuestión de horas, se conviertan en lugares inmundos.

Claro que en otras zonas del planeta, como en el recién devastado Haití, darían cualquier cosa porque alguien erigiese unas letrinas mínimamente utilizables, para evitar que la multitud desamparada enfermara de sus propios desechos. Quizá el progreso y la civilización no consistan en otra cosa que en la erección de letrinas: allí donde ese trámite está cubierto, como entre las bambalinas de Bergman, el hombre puede dar libre vuelo a su espíritu e imaginar que no es una pobre criatura que digiere y defeca, sino una especie de dios que crea belleza o, al menos, disfruta de la que otros han creado. Aunque a veces, ante ciertas realidades abrumadoras. uno llega a dudar de que el hombre pueda producir otra cosa que lo que deja en los mingitorios.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

jueves, febrero 04, 2010

NO SUELE UNO

No suele uno ser tan bruto. Pero, a veces, ante los trastornos que provocan los despliegues policiales que acompañan los desplazamientos y reuniones de determinados cargos públicos -en la mayoría de los casos, personas de escasísimo relieve humano o profesional, más allá del que les presta el cargo-, le entran a uno ganas de repetir lo que, en tiempos menos clementes, oía con frecuencia decir a sus mayores: "Algo habrán hecho para tener tanto miedo".

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Sigo con lo de ayer: la mayoría de los rifirrafes literarios -alguno se cuenta, muy de pasada, en ese libro- suelen tener como origen un malentendido consistente en cruzar un juicio literario o intelectual con uno personal. La irritación de J.C., por ejemplo, con A.T. a raíz de un artículo que este escribió sobre Juan Marichal, y en el que descalificaba la pretensión de éste de que los legítimos depositarios de los diarios de Azaña debían donarlos al estado. En aquella época Marichal, por lo que da a entender J.C., estaba gravemente enfermo y era incapaz de participar en ninguna polémica, aunque no fuera más que en defensa propia. Pero el opinante en cuestión no tenía por qué tener en cuenta este dato -que puede incluso que ignorara- a la hora de ejercer públicamente su derecho a defender su propio parecer en asuntos sobre los que previamente sí se había pronunciado Marichal. El resultado: un agrio encuentro entre J.C., defensor del presuntamente agraviado, y A.T. Según quién lo cuente, se siente uno inclinado a ponerse de parte de uno o de otro. Y el caso es que los dos tienen razón, desde sus respectivas posiciones. Lo que es lo mismo que decir que ninguno de los dos la tenía del todo, o que era necesario el choque para que una verdad más completa se impusiera a las otras dos verdades parciales.

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Me cuenta M.A. que ha leído que en cierta residencia de ancianos tienen un gato que se anticipa a la muerte de los internos, y que la anuncia mediante el procedimiento de irse a dormir con quien va a morir en cuestión de horas... Creo que haría todo lo posible para alejar de mí a un animal tan aciago. Y, mientras lo escribo, observo de reojo los movimientos sinuosos de K. A veces parece que me ronda a distancia, como si supiera cosas sobre mí que sólo ella ve, y que jamás diría, incluso si pudiera.

miércoles, febrero 03, 2010

COMO SI

Leyendo este libro de recuerdos de un conocido editor y periodista, caigo en la cuenta de que, respecto a los libros y autores que conforman la trayectoria intelectual y sentimental de uno, caben dos actitudes: la de dar por bueno todo lo que lo pareció en su día, aunque la propia evolución de uno lo lleve por caminos muy alejados de los que frecuentó en su juventud; o la de ponerse en situación de permanente expurgo e inventario, como en una mudanza, e ir sacudiéndose todos los lastres adquiridos en cuanto uno toma conciencia de que lo son. Depende, supongo, del carácter de cada cuál. Quién no ha leído a Cortázar o a García Márquez, pongo por caso. Quedar deslumbrados por ellos a los diecisiete años, y en los años setenta, es perfectamente comprensible, y no es poco mérito por parte de estos autores haber logrado impresionar de ese modo a toda una generación de lectores. Ahora, quedarse ahí es algo muy distinto. Y limitarse a sumar, como si todo valiera lo mismo, muy peligroso.

martes, febrero 02, 2010

LARGA SOMBRA

La larga sombra de Valle: "Destiló brusca blancura la dentadura colectiva de los Kennedy", leo en Yo maté a Kennedy, de Manuel Vázquez Montalbán.

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Hay en esta novela un puñado de páginas, digamos, valiosas, aunque no sé exactamente en qué tasar su valor: valdrían como artículos, quizá, porque podrían funcionar bien como columnas de periódico -aunque debo decir que nunca me gustaron demasiado las que este escritor publicaba en El País-, o como estampas en un libro misceláneo. V.M. hubiera sido un buen escritor de páginas sueltas, al estilo de Azorín. Más coyuntural que éste, en todo caso, lo que tampoco hubiera sido un demérito, ya que Azorín -en el que sí reconozco un valor evidente y genuino- tantas veces se resiente de parecer que escribe desde el limbo. V.M. no: escribe en su día y para los lectores del día, por lo que a sus libros les pasa lo que al yogur: hay que consumirlos pronto, para que no se pasen de fecha. Aunque, como todo el mundo sabe, también hay algo de mito en eso de la fecha de caducidad de los yogures.

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De todos modos, nada como leer un libro caducado para rescatar el sabor del tiempo en que se escribió. Este libro trasciende a lo peor -y a lo mejor, tal vez- de los primeros setenta: cinismo, una fatua carga ideológica contra la que nada puede la ironía, una cierta afectación -muy burguesa, pese a toda la carga antiburguesa de la que el libro pretende adornarse- de mundanidad, con la que se pretende escandalizar a un público hacia el que se siente un manifiesto desprecio (aunque es posible que quienes componían ese público, uno a uno, creyeran que el cuento no se les aplicaba a ellos, sino a los otros...). No quiero decir que todos los que escribían en esta época lo hicieran de este modo. Pero...

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Sin embargo, no creo que haya perdido el tiempo con esta lectura. Me ha divertido. Me ha hecho añorar algunas cosas. Me ha dado que pensar. Me ha deprimido lo suyo. Me ha deparado, en ocasiones, la satisfacción del hallazgo. Pocos libros dan tanto por tan poco (dos euros en la librería de viejo de F.)

lunes, febrero 01, 2010

SIERRA ALTA

Dejamos el coche a comienzos del mismo carril que otras veces hemos tomado para llegar al mirador que llaman Ojo del Moro. Pero, en vez de seguir esa dirección, nos hemos adentrado en un prado que se extiende a la derecha del camino, y atravesado una cancela por la que se accede a la lengua de terreno que rodea el cerro.

Es un terreno áspero, sembrado de piedras que deben de haber caído rodando del propio monte; aunque los mismos elementos que las han empujado deben de ser los responsables de haber depositado entre las mismas esta esponjosa tierra negra, entreverada de estiércol, en la que parece un crimen que nadie haya sembrado nada: tal vez no han querido molestarse en quitar las piedras; o tal vez, simplemente, la franja está tan pegada al monte que sólo recibe unas escasas horas de luz al día, y ésta muy tamizada por las frondosas encinas que también crecen allí. Lo que no parece impedimento, en todo caso, para que abunde el tomillo, el hinojo, las esparragueras.

Avanzamos por este terreno complicado, ya con las botas embarradas. La tierra va disminuyendo y las piedras poco a poco van confluyendo en una especie de calzada ascendente. Estamos, todo hay que decirlo, en lo que desde la carretera no es más que uno de los muchos cerros que la obligan a adoptar su característico trazado sinuoso. Pero el paisaje no es el mismo visto desde la ventanilla del coche, donde no es más que una sucesión de estampas sin relieve, que con los pies en tierra. Vamos subiendo sin esfuerzo, aunque M.A., que le tiene algún respeto a las alturas, teme en algún momento que la pueda paralizar el vértigo si el camino se vuelve más expuesto. J.A.M., nuestro guía, asegura que no hay peligro. Sin embargo, señala una encina que brota de las peñas a unos diez o doce metros por encima de nuestras cabezas, y dice que hay que subir hasta ahí. Desde donde estamos no se ve el más mínimo resquicio que parezca insinuar un camino practicable. Sin embargo, lo hay: el sendero traza una especie de doble ese que, en pocos minutos, nos sitúa en lo que parecía un punto inalcanzable. Es lo que más sorprende del campo abierto: su condición de trampantojo, su capacidad de multiplicarse, de hacer surgir de la nada tantos mundos ocultos como cambios de perspectiva va deparando al paseante la cambiante orografía. Lo que es, también, su mayor peligro: esos mundos multiplicados empiezan pronto a parecerse los unos a los otros, y es fácil confundirlos y perderse en ellos. Ya nos pasó una vez.

Como para no desmentir esas aprensiones, apenas sobrepasada la encina descubrimos un paisaje que tópicamente podríamos describir como "lunar", si en la luna existiera la poderosa mecánica que moldea la piedra caliza para formar estos abrigos rocosos, estas sorprendentes chimeneas hechas de bloques cuarteados, esta sucesión de crestas que parecen evocar ruinas de castillos o trazados de ciudades perdidas. Discurrimos, por ejemplo, por un recinto que llamamos "la casa", porque al conjunto se accede por una verdadera puerta hecha de piedras en precarísimo equilibrio. Las estancias de "la casa" se suceden unas a otras, a cual más espaciosa y soleada. A poco que uno se molestara en techarla, podría vivirse en ella, y hasta utilizar los huecos de las piedras, limpios y secos, como alacenas o estanterías.

Un poco más adelante, descubrimos una abertura alargada en el suelo. Nos asomamos: no se le ve el fondo. Si alguien cayese en ella, jamás encontrarían su cuerpo. Por eso mismo, nos da por pensar que, en tiempos más conflictivos, más de uno acabaría sus días en ese agujero insondable... Caminamos ahora por una llanura irregular, salpicada de matas de tojo. Los conejos, nos dice J.A.M., gustaban de excavar sus madrigueras al abrigo de estas plantas espinosas. Ya no los hay, por cierto: los exterminó la mixomatosis hace apenas unos lustros. Lo que sí hay son vacas: no echan cuenta de nosotros, y sólo levantan la cabeza amenazadoramente cuando, en nuestro discurrir, interrumpimos la siesta de un ternero, que salta inesperadamente de la pequeña depresión en la que se solazaba y corre a refugiarse tras su madre.

Volvemos, porque no parece que pudiéramos abarcar más en lo que habíamos pensado como un simple paseo de dos horas. Ha sido nuestra primera impresión del paraje que llaman Sierra Alta -o Baja, nos dice J.A.M., porque todo depende de desde dónde se mire-. Y es que, si algún efecto tienen estos paseos sobre el ánimo de uno, es el moderado relativismo que infunden en su modo de mirar las cosas. Un relativismo que, paradójicamente, tiende también a confirmar algunas de las pocas convicciones absolutas que uno tiene.