viernes, marzo 26, 2010

REGALOS

Ya se sabe que estas fiestas se inventaron para regalar, y que los regalos van por rachas. Por eso, no me ha extrañado saber que los más vendidos en el pasado Día del Padre han sido los artilugios electrónicos, en detrimento de otros más tradicionales. Un padre, a lo que se ve, no es ya un señor que ocasionalmente usa corbata y unos divertidos calcetines a rombos, amén de una colonia de olor viril y severo. Ahora un padre es un tipo abrumado al que le encanta volver ocasionalmente a la infancia, y para ello necesita rodearse de un aparataje similar al que gastan niños y adolescentes para guardar sus músicas, su agenda social y sus juegos; pues tales son las cosas con las que aspiramos a graduarnos en modernidad quienes crecimos con la televisión en blanco y negro y los teléfonos de baquelita.

Es un mundo complicado éste de la electrónica menuda. Te regalan uno de esos teléfonos con las mismas prestaciones que un ordenador y lo primero que advierte uno, a su pesar, es que la presbicia no le permite ver lo que hay en la pantalla. Por eso había renunciado uno ya a releer a los clásicos rusos: porque, para poder disfrutar de Guerra y paz, pongamos, en un tamaño de letra adecuado a la mermada vista de un hombre de cuarenta y tantos años, habría que buscar una edición de ese libro en diez tomos, por lo menos. La novelería, en fin, y el prestigio de la microelectrónica habrán inducido a muchos a olvidar esa valiente renuncia. Y ahora andarán humillados y cabizbajos, no atreviéndose a reconocer ante sus familiares que su vista no puede ya con los caracteres de la pantalla minúscula; y que mejor hubiera sido, en su caso, recibir los consabidos calcetines a rombos.

Claro que, puestos a echar de menos ciertas cosas, habría que decir que lo verdaderamente irrecuperable son los regalos que los niños urdían en la clase de trabajos manuales de sus colegios. El más socorrido era la pitillera de sobremesa, construida con palillos de dientes y cajas de cerillas que se podían abrir, como cajoncitos. Qué bien lucían sobre el televisor. Y que mal lo pasaría, hoy, el profesor de manualidades a quien se le ocurriera animar a sus alumnos a construir semejante cacharro: amén de denunciarle por familiarizar a los niños con comportamientos contrarios a la salud pública, los modernos guardianes de la moral lo encausarían por promover una práctica sexista y, en el caso de que el colegio no fuera explícitamente religioso, por hacer apología de una celebración confesional.

Así que se conforma uno con el adminículo electrónico de turno, y se resigna a devanarse los sesos para entender su funcionamiento, y a dejarse la vista en el intento. Ya vendrán tiempos más clementes. En los que, si acaso, al hombre sin pretensiones que seré entonces se le pueda agasajar impunemente con una bufandita, pongo por caso.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, marzo 25, 2010

LA MUJER DEL AÑO

Lo único que merece la pena conservar de ciertos días es lo aparentemente accesorio: un matiz de la luz, un rasgo de alguien con quien te has cruzado por la calle, una predisposición que luego se queda en nada... Es lo que uno intenta trasladar a este cuaderno. Por más que, cuando me siento ante él, muchas veces esas impresiones permanecen borrosas, o recluidas en un segundo plano del que no siempre es fácil sacarlas. Es difícil incluso reconocer los propios sentimientos. El de vergüenza ajena que me asaltaba ayer a ratos mientras veía La mujer del año, el alegato antifeminista de George Stevens, ¿nacía de alguna oculta predisposición mía a la corrección política, hasta ahora nunca reconocida? Tal vez de todo lo contrario: de que, por considerar muy acertados los pormenores concretos de la historia (la de un matrimonio que está a punto de fracasar porque uno de sus integrantes -en este caso la esposa- se ha embarcado en un tren de vida mundano absolutamente incompatible con el mantenimiento de una esfera de privacidad mínimamente preservada), me parecían abusivas las generalizaciones a las que el director y/o los guionistas pretendían conducirnos. Yo miraba de cuando en cuando a M.A., intentando apreciar en ella algún gesto de ironía hacia mi interés por ver esa película. Por suerte, estaba muy cansada, y a duras penas conseguía mantener los ojos abiertos. Así que este ramalazo feminista que me ha dado de pronto no tiene más testigo que mi propia conciencia. Para conjurarlo, diré que, en todo lo demás, la película me parece excelente. Y que, si la abstraemos un poco de su época, en la que el flanco femenino de la situación era el más propenso a la caricatura, ésta resulta aplicable a toda una clase social: lo que podríamos llamar la burguesía liberal con ínfulas progresistas. Pero a ver quién se atreve a proponer esta película para un cinefórum.

miércoles, marzo 24, 2010

ESFÍNTERES

Escribir a salto de mata, casi a escondidas, en estos días ajetreados en que no hay tiempo apenas para ningún otro acto que pueda llamarse "privado"... La paradoja es que el destino de estas líneas es público: podrán leerse en cuanto uno les ponga punto final. Pero cómo se recata uno de que nadie le espíe por encima del hombro. Private words adressed to you in public, como decía el pobre Eliot a esa esposa suya a la que, al parecer, no quería.

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Cómo le agradece uno a Léautaud que, tras los larguísimos preámbulos en los que cuenta la excitación sexual que siente hacia su madre, y cómo ésta -a la que hace veinte años que no ve- parece seguirle el juego, renuncie a hacernos creer que lleva a cumplimiento sus deseos. Eso no sólo salva la esencial ambigüedad de estos Recuerdos ligeros, que no sabemos si son autobiografía o novela; sino que, además, los salvan literariamente, porque también en literatura hay tensiones que, una vez liberados los esfínteres correspondientes, se quedan en nada.

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Conversaciones conspirativas. Lo cogen a uno curado de espanto. ¿De quién era este estupendo título, Conspiración de silencio? La única para la que podrían contar conmigo.

martes, marzo 23, 2010

CASA DE COMIDAS

A menudo, cuando he de comer fuera de casa por motivos laborales, busco un sitio donde tomar una copa de vino y algún aperitivo sabroso, por eso de gratificarme un poco en tan desabridas circunstancias. Pero traía uno el estómago castigado del fin de semana precedente, a lo que había que sumar un considerable catarro, de ésos que te hacen ver el mundo como desde detrás de una telaraña. Y lo que me apetecía era una comida caliente. De cuchara, para ser más exactos. Y entro en este restaurante obrero en el que ponen un menú de ocho euros y reina un aplicado batiburrillo de conversaciones de trabajo y susurros de matrimonios que hoy comen fuera de casa por motivos, imagina uno, absolutamente prácticos, a lo que se mezclan el trasiego de los camareros y la monótona repetición de las comandas.

Es un bar honrado y limpio, y la cocina no está mal. Podría uno incluso, si hubiera querido, haber pedido los platos más contundentes. Vi pasar, entre los primeros, uno de albóndigas en salsa que hubiera bastado para inducir en uno vapores soporíferos suficientes para una siesta de dos horas. Pero soy prudente y me conformo con una sopa de pescado -muy sabrosa-, un "rollito de atún" -que no es más que una de esas frituras imaginativas, hechas de casi nada, a las que son muy aficionadas algunas amas de casa- y un par de mandarinas. Todo ello regado por medio litro de agua mineral. Como con buen apetito; y me levanto de la mesa con la cabeza despejada y el cuerpo mejor entonado que cuando me senté. Me he ganado este pan, pienso. Y no es del todo malo un país, una ciudad, en los que uno puede coincidir a la hora del almuerzo con varias decenas de personas que comen este menú sencillo y se incorporan luego a sus trabajos.

La sensación de desamparo empieza luego, cuando el aire destemplado de esta primavera indecisa se me mete entre los pliegues de la ropa descolocada. Estar fuera de casa, ciertos días, es como estar literalmente tirado en la calle. Y sé que lo que me falta -lo que voy a procurarme en cuanto llegue a mi lugar de trabajo- es un poco de agua y jabón, unas abluciones abundantes en la cara y el cuello. Y ya me siento limpio por fuera y por dentro.

lunes, marzo 22, 2010

PERCAS

Este amigo mío limpia el pilón en el que piensa soltar algunas percas. Han crecido en una pecera y están ya demasiado grandes, por lo que parece que saldrán ganando con el cambio. Lo veo retreparse en la pared del pilón y meter el brazo entero en el agua helada, para alcanzar el tapón del desagüe. Luego, mientras el agua corre, lo veo restregar con un escobón las paredes del depósito. Hay caprichos que dan mucho trabajo. La finalidad: ver un par de cosas vivas moverse libremente en la transparencia del agua, y alegrarse la vista con ello. Algo parecido, en fin, a lo que intentaba Des Esseintes cuando le dio por procurarse una tortuga que, al moverse sobre la alfombra, aportara a ésta una nota huidiza...

Hace frío. La mañana nublada no invita precisamente a mojarse los brazos ni a trastear con el agua. Qué desagradable se volvería todo este esfuerzo, en fin, si obedeciera a alguna finalidad práctica. Yo mismo he dedicado un par de horas de la mañana de este domingo a terminar algunos trabajos que tenía pendientes. No he empleado ni la mitad de energías que mi amigo. Y, sin embargo, estoy mucho más cansado.

viernes, marzo 19, 2010

LA NOTICIA DEL DÍA

“El tiempo vuelve a ser noticia”, anunció a mediados de la semana pasada el presentador de uno de los boletines radiofónicos matinales. Se hizo uno ilusiones. Y lo que quería decir, ay, no era que la máxima preocupación de los españoles, como buenos hortelanos o pescadores que fuimos, fuera mirar el cielo. Lo que quería decir ese locutor era que habían vuelto los problemas en las carreteras, en los campos, en las urbanizaciones a las que llega un fluido eléctrico precario e insuficiente, en las barriadas construidas a la vera de los ríos. Lo que era noticia, en fin, no era el cielo, ni nuestra añoranza de sol después de muchas semanas de nublado, sino lo insatisfactorio de nuestra calidad de vida, la mala gestión que ejercen los actuales responsables de los servicios públicos esenciales, la voluntad poco constructiva con la que sus oponentes políticos los enjuician… Es decir, lo de siempre.

Pero, pese a todo, se alegraba uno de que la primera noticia del día se refiriera a lo único que, en realidad, es verdadera noticia en las vidas de la mayoría de las personas, cuyo ánimo depende en buena medida de llevar o no los pies secos, de respirar con soltura, de que las casas estén o no soleadas. Ha dedicado este columnista muchos artículos a esas cuestiones, por creerlas tan importantes como esas otras que suelen ocupar las portadas de los diarios. Sostiene este columnista –humildemente, porque estas cosas se defienden mal a gritos o aspavientos– que el curso silencioso de los días es más relevante que el griterío de los políticos o el caleidoscopio cambiante del mero acontecer; o que, en todo caso, las realidades palpables –el sol y la lluvia lo son– resultan más decisivas que las palabras vacuas, por más que la mayor parte de los titulares de actualidad se refieran, no a cosas que suceden, sino a opiniones o declaraciones de unos y otros que poco o nada afectan a la realidad. Eso piensa uno. Y por eso le agradó que ese día –el miércoles pasado, para ser precisos–un locutor radiofónico diese una noticia que concordaba con aquello que determina el ánimo de uno al levantarse, y que no tenía que ver –en principio, al menos– con otras historias.


Se dio el caso, además, de que, como en días anteriores, las imágenes que luego ilustraron esa noticia meteorológica mostraban a personas concretas, reales, humildes como lo son la mayoría. Nos mostraban las cámaras de televisión el interior de esas casas inundadas. Y lo que veíamos, por encima de la desgracia de sus propietarios, eran vidas normales, existencias que transcurrían en esas salas de estar amuebladas con sofás baratos y aparadores de pino o conglomerado… Es uno partidario decidido de la intrahistoria. Y la pena es que, ahora que ha salido el sol –cuando escribo esto, hace una tarde esplendorosa– ningún titular lo ha celebrado.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, marzo 18, 2010

EXCESO DE VIRTUD

La portada de Recuerdos ligeros de Paul Léautaud luce una hermosa pierna femenina, enfundada en una media de red. Mi vecina de viaje en el autobús no debe de albergar muchas dudas respecto al tipo de literatura que lee su sospechoso acompañante: este hombre bajito, un sí es no es abrumado y con la garganta exageradamente protegida por varias vueltas de bufanda. La viva estampa de un pervertido. Por un momento, miro la foto de Paul Léautaud que se muestra en la portada: una imagen, en fin, un tanto similar a la que acabo de describir, sólo que mucho más decrépita, y sin dientes... La imagen misma del hombre devastado por los vicios, supongo. O -pienso ahora en mi garganta, por la que ya no pasan humos ni bebidas frías- por un exceso de virtud.

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Ando tan irritado conmigo a propósito de cierto asunto mundano que no acabo de resolver a mi entera satisfacción, que me parece acusar, con el nerviosismo y la aceleración del pulso, los síntomas de un acceso de fiebre. Entiendo ahora las prevenciones de los padres del desierto: se puede enfermar de soberbia, que es el otro nombre que recibe la dignidad herida.

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Mimos de K. La siento dormir en mi regazo y pienso que el anhelo de afecto que sentimos las criaturas racionales no es más que una forma enrevesada de este afán por acaparar calor y sentirse a salvo.

miércoles, marzo 17, 2010

THIS IS

Los ingleses siempre logran sorprender. Desde hace algunas semanas ando siguiendo la espléndida serie de la BBC This is civilization. Un crítico calvo y algo entrado en carnes se pasea entre las obras maestras del arte universal y se interroga en voz alta, ante las mismas, sobre cuestiones tales como la relación entre arte y trascendencia, la relación entre arte y coyuntura histórica o la vigencia actual de los grandes temas que el arte se ha planteado a lo largo de los tiempos. Hace uno un esfuerzo por odiar a este hombre afortunado, al que la magia de la televisión permite empezar una frase ante un óleo de Whistler y acabarla en la casa donde murió Ruskin; pero lo más que consigo es admirarlo de un modo tan bobalicón que casi me da vergüenza. Creía que se me había pasado la edad de recibir lecciones magistrales. Pero no: lo que se me ha pasado son las ganas de ir a una sórdida universidad a recibirlas. Aquí, en casa, lo que hago es entregarme sin rebozo a esta magnífica ocasión de acompasar mi propio monólogo al de este hombre bienintencionado y redicho, que habla de cuestiones que uno sólo se atrevería a plantear ante personas de mucha confianza, por temor a suscitar las consabidas evasivas hacia la superficialidad que dominan la mayoría de nuestros intercambios verbales. ¿Debe un edificio ser un todo orgánico, como lo eran los templos góticos, con sus pequeñas irregularidades y su capacidad de integrar mil singularidades discrepantes? ¿No fue el Renacimiento algo intrínsecamente malo, por introducir en el arte un principio de mecanización y abstracción que ha acabado por matarlo? Puede que, en el sopor de la sobremesa, que es la hora en la que emiten este programa, alguna cabezada me haya hecho perder algún eslabón de estos sesudos razonamientos. Pero, al despertar, he sentido como si, incluso en el duermevela, mi mente no hubiera dejado de recrearse en ellos.

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El Dios más difícil: el que quienes nos decimos ateos nos vemos obligados a esclarecer a partir de la difusa noción de trascendencia.

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Y el más evidente: el de los animistas, que adoran a los pájaros y a los árboles.

martes, marzo 16, 2010

PÁGINA EN BLANCO

Realmente no sé por qué falté ayer a este cuaderno. Los fines de semana suelen ser pródigos en cosas que contar, y sentarse a anotarlas el domingo por la noche es una buena manera de conjurar el malestar de esas horas previas al regreso a la rutina. Lo hice: me senté ante el ordenador, y había materia para escribir: lecturas, conversaciones con amigos, algunas novedades en el quehacer de uno. Pero hubo algo más poderoso aún, que terminó imponiéndose a los buenos propósitos: una sensación de absoluta... futilidad. Me distraje con otras cosas (ya se sabe: Internet, ese pozo sin fondo), me persuadí de la inutilidad del esfuerzo, habitualmente grato, que me disponía a hacer. Y esa página en blanco, después de todo, me resulta ahora más elocuente que muchas que he escrito.

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Entre esas modestas novedades en mi quehacer estaba la corrección de pruebas de Diario de Benaocaz, mi nuevo libro de poemas. Entre el cierre del mecanoscrito que se envía a la editorial y su concreción final en forma de volumen impreso está este estadio intermedio, esta especie de prefiguración inmaterial -porque, el fin y al cabo, el PDF no es más que una imagen- resulta muy inquietante, porque tiene ya, como el libro impreso, las trazas de un objeto lanzado al mundo y, sin embargo, parece reclamar de uno los últimos retoques, un ya imposible esfuerzo por pulir lo que ya no podría arreglarse sin resultar irremisiblemente dañado o deformado. Por eso mismo, no sale uno del todo malparado al mirarse en este espejo: en unos pocos meses nada ha cambiado, siguen intactos los motivos, las convicciones que llevaron a cerrar el libro entonces. Cuando lo veamos impreso será otro cantar. Quizá la poesía no necesite, después de todo, ese inevitable trámite final, que la afea al convertirla en objeto sujeto a pública opinión y a los vaivenes y mudanzas propios del tránsito mundano. El objetivo es que encuentre sus lectores, y no dudo de que así será. Pero...

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¿Habrá experimentado estas mismas dudas este otro poeta hacia el que siento una especial afinidad (por su vida, por los asuntos de que trata, por el tono con el que los aborda), y del que recibo ahora su libro Nombres del árbol? Lo leo ante el fuego en la tarde del sábado. Pinos, castaños, un cercado, una bandada de vencejos... Casi anticipa uno lo que podrían decir de estos asuntos algunas voces del día muy autorizadas. Pero el testimonio sencillo de estos versos de Antonio Moreno resulta inapelable. Ha de medirse uno respecto a estas realidades modestas. Y ha de hacerlo uno sin levantar la voz. Lo demás es ruido.

sábado, marzo 13, 2010

CHILE

Entre las catástrofes reales y las que anuncia la fantasía desbordada de iluminados y milenaristas (por ejemplo, la muy extendida de que el fin del mundo se producirá el año 2012), llama la atención que el agente más catastrófico que podamos temer no sea otro que la potencialidad destructiva del propio ser humano. Lo han puesto de manifiesto los recientes terremotos de Haití y Chile. En el primero, los efectos del desastre natural se han centuplicado al actuar sobre un país previamente devastado por la miseria. El temblor de tierra no ha hecho más que asestar el golpe de gracia a lo que ya de por sí era precario e insostenible. En Chile, por el contrario, las infraestructuras básicas y el aparato estatal han soportado bien el cataclismo, y la cifra de víctimas mortales no ha llegado ni a la milésima parte de la alcanzada en el país caribeño. Desde el principio estuvo claro que no íbamos a contemplar las mismas imágenes de desastre bíblico, de inmensas multitudes desharrapadas, que había deparado Haití, y lo que se esperaba era ver desplegadas las fuerzas del poderoso y moderno estado chileno en un rápido proceso de recuperación para el que ni siquiera se requirió, en los primeros momentos, la ayuda internacional, que no iba a hacer falta... Y aunque la realidad ha superado con creces esas primeras estimaciones optimistas, nada hace suponer que la recuperación no vaya a ser tan rápida y eficiente como se suponía.

Sólo que, mientras llega ese momento, los motivos por los que el país austral ha dado que hablar han sido otros. Desde el primer día los medios de comunicación han difundido imágenes de saqueos y desórdenes públicos, y una de las prioridades del gobierno de ese país ha tenido que ser enviar tropas a las zonas devastadas para restablecer el orden. Es una triste paradoja que el ejército chileno, sobre el que pesa un lamentable pasado como represor de su propio pueblo, vaya a ser ahora el único garante de la convivencia en las regiones destruidas.

Escenas como ésas podrían haber sucedido en cualquier otro lugar. Pueden atribuirse a la desesperación o a la impaciencia, puede pensarse que traducen un malestar social previo. Pero también hay en ellas un ingrediente de puro oportunismo malvado: se aprovecha la momentánea desaparición de las estructuras del estado para actuar como si nunca hubiera habido estado ni leyes; se considera que la catástrofe concede un momentáneo lapso de impunidad, cuyos efectos pueden ser tan devastadores como el propio terremoto. El azar ha querido que hayan sido los chilenos, tan estimados y admirados por tantas razones, quienes han ofrecido al mundo este lamentable espectáculo. Pero lo que hay que preguntarse es qué pasaría en nuestro país si alguna vez nos vemos obligados a enfrentarnos a tan dura prueba. Yo no me hago muchas ilusiones al respecto.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

viernes, marzo 12, 2010

DELIBES

De camino al trabajo oigo en la radio la noticia de la muerte de Miguel Delibes. Algunos andaban anticipando ya la necrológica desde ayer; y el caso es que siente uno cierta pena respetuosa por la desaparición de este escritor, que fue también, por lo que entiendo, una buena persona y un periodista ejemplar, y que ha vivido de lo suyo hasta hoy mismo, sin depender de coyunturas ni de los apoyos ocasionales que pudieran prestarle los poderes políticos o mediáticos de cada momento. Literariamente, cultivó un tipo de novela no muy frecuente en España: la que, sin renunciar a la exigencia literaria, es capaz de recabar la atención de un público amplio. Fue nuestro Somerset Maugham. Ninguna novela suya me ha decepcionado, y algunas, como El camino o Diario de un cazador, las he disfrutado intensamente. Afinando un poco más, quiero anotar dos textos suyos que llegaron a mis manos sin referencias previas y que me sorprendieron: el libro Viejas historias de Castilla la Nueva, una especie de novela compuesta de episodios muy sueltos, casi relatos independientes, deliciosamente escrita; y los artículos de caza que escribió para cierto suplemento dominical, y que yo me resistí a leer durante meses, por aversión al tema, hasta que un buen día quedé atrapado por su prosa alada y exactísima.

Hace apenas un par de días me contaba M.A. lo que le decía un conocido a propósito del éxito de Pérez Reverte: "¿A quién teníamos antes? ¿A Benet?". M.A. estuvo tentada de nombrar a Juan Marsé. Pero yo, sin hacerle de menos al escritor barcelonés, me acordé de Delibes. Parafraseando al interlocutor de M.A., podríamos decir: "Después de Delibes, ¿quién nos queda?"

jueves, marzo 11, 2010

DONOVAN'S REEF

No, no es que La taberna del irlandés (Donovan's Reef, de 1963, el año en que yo nací) sea la mejor película de John Ford. Pero es una de mis preferidas, quizá porque refleja ese momento mágico en el que el artista maduro, desde el absoluto y despreocupado dominio de sus recursos, hace lo que le da la gana, y lo hace exclusivamente para diversión propia, porque el público ya ha dejado de contar...

La crítica biempensante ha señalado los defectos de esta película, que son obvios: los protagonistas masculinos son una cohorte de impresentables, que se pasan el día emborrachándose y dándose mamporros. El argumento es arquetípico. Y la idílica isla tropical en la que tiene lugar la historia responde a un sinfín de tópicos racistas y colonialistas. Bueno. Que yo sepa, la corrección que cabe demandar de un cargo político, por ejemplo, no es exigible a las fantasías y ensueños del ciudadano particular. Si la idea de paraíso de uno es, por ejemplo, hallarse en una isla tropical y que lo abaniquen una docena de muchachas semidesnudas, nadie puede demandarte porque esa fantasía resulte degradante para la mujer o para los nativos del Pacífico, pongo por caso.


Por lo demás, en ninguna de las críticas que he leído sobre esta película se alude a uno de sus detalles más sorprendentes: el insólito erotismo, a veces muy burdo y casi voyeurístico, que desprenden algunos planos. La protagonista, por ejemplo, que es una presunta puritana llegada de Boston, ha de comprarse un bañador; y, para seguirles la broma a sus anfitriones masculinos, elige un modelo de principios de siglo que la cubre de la cabeza a los pies. Pero, cuando llega la hora de medirse con John Wayne en una carrera a nado, se arranca este traje de baño pieza a pieza, en una inesperada escena de strip-tease, y se queda con un escuetísimo maillot, ante el que su deslumbrado acompañante debe cerrar los ojos. En otros muchos planos, en los que se muestran los constantes batacazos a los que Ford somete a su cariacontecida protagonista femenina, ésta deja ver sus espléndidas piernas enfundadas en ligueros, en fugaces destellos que parecen dirigidos expresamente al espectador masculino, puesto en la misma tesitura sorprendida y un tanto incómoda de los protagonistas de esta película. Y aunque uno pueda inclinarse momentáneamente a favor de la ruda hermandad entre hombres solos que ésta parece defender, ha de asentir también a los secretos poderes de la naturaleza destinados a destruir tan antinatural utopía. Llega una mujer y el ensueño se desbarata, para bien de todos. Es el mundo de Ford, basto y rudimentario, pero tan sincero como capaz de dar cabida a todas esas ambigüedades que definen el comportamiento humano. No hay paraíso perfecto, parece decir, porque uno no sabe lo que quiere y porque el deseo acaba imponiendo sus razones. Ése es el mensaje agridulce de este disparate fílmico. A mí me gusta. Otra cosa es encontrar con quiénes disfrutarlo.

miércoles, marzo 10, 2010

DECÁLOGO DE LA LLUVIA

Casi todo lo que se puede decir sobre la lluvia está ya en el refranero ("Nunca llueve a gusto de todos") o en la poesía ("Il pleure dans mon coeur / comme il pleut sur la ville").

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Más que limpio, este cielo despejado después de tantos días de lluvia parece exhausto.

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No sabría decir si el anhelo de limpieza que nos hace desear que llueva abundantemente es el mismo que nos hace anhelar el principio de cauterización -de desinfección, diríamos- que suponen unas horas de sol.

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Cuánta vida en estas breves escampadas entre chaparrón y chaparrón. Todo lo que acertamos a hacer en ellas parece escamoteado a la lluvia por venir.

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"Mojado hasta los cuernos" (Gil de Biedma): también eso está bien dicho, porque hay modos de mojarse a la intemperie que te convierten inevitablemente en una criatura grotesca.

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Signo de indiferencia por antonomasia: ver llover. Pero a ver quién acierta a hacerlo sin que se le moje por lo menos la mirada.

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Los charcos son los cristales rotos que quedan en el suelo después de que el trueno lance su pedrada.

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De qué bañista descuidada son esas prendas que quedan colgadas de los cordeles en las azoteas, mojándose.

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La depresión siempre tiene algo de redundante, como unos calcetines mojados dentro de unos zapatos mojados, sobre un suelo mojado.

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O dándole la vuelta al refranero: siempre llueve a gusto de alguien.

martes, marzo 09, 2010

AZORÍN

Mientras leo las primeras páginas de María Fontán, caigo en la cuenta de que, cuando alguien me ha preguntado alguna vez qué autores me gustan más, nunca he citado a Azorín. Quizá porque la pregunta tendría que haber estado formulada de este modo: "¿A qué autor te gustaría parecerte?". Y entonces sí: a este pulcro escritor que dio a la imprenta tantos libros, ninguno de los cuales parece haber cambiado decisivamente el rumbo de la literatura de su tiempo o la mentalidad del lector, por más que de todos ellos sus lectores salgan confortados por la constatación de que se puede escribir desde esa absoluta falta de pretensiones, desde esa coquetería de la sencillez; y que en ninguno de ellos falten hallazgos y primores suficientes para que, una vez leídos, ninguno de estos libros caiga fácilmente en ese olvido al que ni siquiera son inmunes otros más ambiciosos y de más empaque. Si me dijeran que ésa es la suerte que a uno le toca correr en esto de la literatura, preguntaría: ¿dónde hay que firmar?

lunes, marzo 08, 2010

DE DÓNDE


Les sienta bien a estos cuadros un cambio de aires. La mayoría los habíamos visto en el estudio del pintor, y aunque la casa de éste es ya, a muchos efectos, un verdadero museo, y para verlo acuden a ella muchos visitantes, no deja de presentar ese carácter de acomodo provisional que tiene siempre un atelier en funcionamiento, donde las obras allí reunidas parecen siempre inacabadas o, al menos, sujetas a retoques. Ya no. O, al menos, esos retoques no afectarán al carácter total del conjunto de obras que los asistentes a esta exposición de José Antonio Martel, una de las pocas que ha ofrecido en su ya larga trayectoria artística, hemos podido ver en la antigua ermita de San Juan de Letrán, en Ubrique.

Era una tarde lluviosa, desabrida, como lo han sido muchas de este ingrato invierno. Y uno corrió a resguardarse bajo el techo de la antigua ermita como en otro tiempo, imagino, lo harían los muchos que acudían a estos sitios a refugiarse entre unos muros más abrigados y acogedores que los de la propia casa. He leído en alguna parte que esta extraña ermita del siglo XVII, de cuya singularidad arquitectónica se han ocupado muchos estudiosos locales, nunca llegó a funcionar como lugar de culto. Una familia ubriqueña la utilizó como vivienda, y eso fue hasta que le llegó el abandono y la ruina, de los que acaba de sacarla el ayuntamiento. Pero el nuevo uso no ha borrado del todo el recuerdo de lo que fue, y eso es lo que uno siente al entrar aquí, dejando atrás la tarde inclemente: que ha irrumpido en la intimidad de una casa. Y no lo digo sólo porque quienes nos hemos congregado en ella seamos vecinos, amigos y parientes del pintor, sino porque los propios cuadros elegidos para la ocasión de entre los muchos pintados a lo largo de los últimos veinte años representan otros tantos instantes o imágenes de un mundo íntimo, personal, directamente vinculado a la propia biografía: paisajes cercanos, retratos de parientes y amigos, recuerdos de la infancia. Eso es lo que vemos en ellos, a asuntos tan modestos se aplica la minuciosa técnica con la que están ejecutados.

He frecuentado mucho a este pintor -es el "J.A.M." de este cuaderno- y su modo de trabajar me ha suscitado numerosos interrogantes respecto a lo que perseguimos quienes nos dedicamos a algún tipo de creación artística, y sobre todo quienes utilizamos como materia prima la propia biografía. Decir que lo que pretendemos es retener el instante fugaz suena casi a tópico. Y, además, ¿para qué quiere uno una colección de instantes sustraídos a su fugacidad, rescatados momentáneamente del impulso que los lleva a extinguirse? Se pinta -y se escribe- en esta clave autobiográfica porque la vida escueta, desnuda, es insuficiente, o porque, aunque normalmente nos quejamos de falta de tiempo, no hay hombre al que éste no le sobre para vivir su propia vida y, además, recrearla; y porque en ese acto de recreación, tan intenso como intencional, lo vivido cobra más fuerza y pertinencia.

Pero estas consideraciones, naturalmente, me las guardo para mí. Allí, en la exposición, en esa tarde lluviosa y fría de marzo, lo que hicimos fue contribuir a la mundanidad del acto. Hablamos con unos y con otros, nos reímos de las meteduras de pata e importunidades de algún que otro político presente, dimos buena cuenta del vino y las viandas a que nos convidaba el pintor. Aquello acabó como cualquier fiesta de amigos: todos muy contentos y prometiéndonos repetirlo en cuanto podamos. Ya de vuelta a casa, me acordé de otro creador y amigo al que esta campechanía le perjudicó no poco: el escritor Fernando Quiñones. Pero Quiñones mantenía una imposible dualidad entre su simpatía e inmediatez y las altas aspiraciones que, con todo fundamento, abrigaba respecto a su arte. Martel ni siquiera eso: ya ha costado lo suyo que se avenga a exponer. Que, además, llegue a ser consciente de su valía e importancia es harina de otro costal. No sé si merece la pena insistir en ello, porque a lo mejor así lo estropeamos, lo inducimos a una autoexigencia que ahora mismo no necesita, porque sus cuadros surgen del caos tan perfectos y logrados como podrían haber surgido de una disciplina más rigurosa, o de una vida exclusivamente dedicada a la creación artística, y no, como la de nuestro amigo, repartida entre la enseñanza, la familia, el cuidado del huerto, el deporte, la amistad y no sé cuántas cosas más. Aunque no sé si, sin todo esto, la pintura, como la literatura, tendría de dónde nutrirse.

viernes, marzo 05, 2010

EL SEÑOR TOYODA

El señor Toyoda es japonés y dueño, o así, de la empresa automovilística casi homónima. Ocupa el puesto vigésimo octavo en la lista Forbes de los hombres más poderosos del mundo. Y a este hombre tan importante lo hemos visto pedir disculpas y asumir toda la responsabilidad por un error de fabricación en sus coches. Y, además, lo ha hecho ante una instancia extranjera –una comisión del Congreso de los Estados Unidos– que no tiene ninguna jurisdicción sobre él, y ante la que ha comparecido voluntariamente. La sesión fue emitida el pasado miércoles en todos los canales internacionales. No así en los españoles, que ese día, como siempre, iban a lo suyo (a lo nuestro): a nuestros ríos desbordados, a las dimes y diretes de los políticos, a la trapacería circundante.

Dirán ustedes que qué nos va a nosotros en los apuros del señor Toyoda. Nada, por supuesto. O mucho, si atendemos a lo que dijo el sabio aquel de que nada humano le era ajeno. El caso es que, viendo a este señor Toyoda, tuve la impresión de que el hombre se la estaba jugando en ese momento, y que la ocasión era una de las más importantes, si no la más importante, de su vida. Confluían en ella dos exigentes códigos morales: el japonés, en el que tanto peso tiene la responsabilidad corporativa, lo que uno es y representa entre los suyos, y el protestante, que no tolera en los hombres públicos las debilidades que se le podrían perdonar sin más al común de los mortales. Ante tanta exigencia, casi nos temimos que al final de su declaración este señor Toyoda empuñaría un cuchillo y se haría el
sepukku, que es lo que los japoneses honorables hacen cuando su respetabilidad ha quedado gravemente comprometida. Si no lo hizo, piensa uno, es porque seguramente juzgó más urgente reparar el desaguisado y empeñar su palabra en ello… Muchos dirán que hay mucho de teatro en esto, y que la finalidad de toda esta puesta en escena no es otra que evitar que las ventas de esa compañía caigan en picado. Es posible. Pero está uno tan poco acostumbrado en estas latitudes a que el poderoso reconozca sus errores, que el ritual no pudo por menos que emocionarme.

Y es que no es difícil imaginar cómo hubieran transcurrido los hechos si este error empresarial hubiese tenido lugar en cualquier otra parte. El primero en eludir su responsabilidad habría sido el ministro del ramo, de quien dependen las certificaciones legales que garantizan que un producto cumple determinados requisitos. Luego habríamos visto lavarse las manos al presidente de la compañía y a sus allegados. Y así hasta llegar a algún remoto jefe de línea, o incluso a un simple empleado, que sería a quien obligarían a hacerse el
sepukku. No hace falta mirar muy lejos para encontrar ejemplos. Ah, el señor Toyoda. Cuánto podríamos aprender del Japón, además del arte de preparar el sushi.

Publicado el pasado martes en
Diario de Cádiz

jueves, marzo 04, 2010

DESASTRES

Llama la atención que lo que más se ha destacado del terremoto de Chile sean las noticias de los saqueos. Hablo sin conocimiento de causa, claro, pero se me ocurre que ciertos desastres naturales no hacen más que desatar un mal de fondo, más devastador incluso que la catástrofe propiamente dicha: en Haití, la miseria extrema, sobre la que nada se puede construir; en Chile, la inconsistencia del orden social. Y mientras la enésima tormenta de este duro invierno azota los muros de mi casa, me pregunto qué males más o menos soterrados no pondría al descubierto una catástrofe similar en estos pagos. No quiero ni pensarlo.

miércoles, marzo 03, 2010

EL ARTÍCULO DE S. DE T.

En ese mismo trayecto en tren leí en El País un artículo de Suso de Toro que me resultó inesperadamente divertido. Más que artículo, era un conjunto de notas deshilvanadas en torno, entendí, a la crisis del mercado editorial, lo poco que venden los novelistas españoles y la incertidumbre aparejada a la irrupción de las nuevas tecnologías en el mundo del libro.

El autor parecía congratularse de las buenas perspectivas con que algunos autores de su generación comenzaron su andadura editorial en la década de los ochenta, cuando un sector de la crítica y algunos medios de comunicación andaban empeñados en promocionar una presunta nueva narrativa española; lo que, unido al fenómeno de los anticipos desmesurados que por esa época empezaron a ofrecer algunas grandes editoriales, aseguró un impensado estatus de elegidos para la gloria a un puñado de escritores jóvenes. El articulista da a entender que esas prometedoras primicias no han dado los frutos apetecidos, y lo atribuye a un rosario de causas: a las deficiencias del sistema educativo, que aún no ha proporcionado un número suficiente de generaciones de lectores; a los nacionalismos, que han perjudicado la creación de un mercado literario de ámbito estatal; a "la derecha" centralista, que ha contribuido a ese despego de la periferia, etc.

Lo que no dice es que a lo mejor ese prometedor boom tenía los pies de barro, porque consistió en que las editoriales apostaran arbitrariamente por un cierto número de autores que quizá no fueran los mejores, o no tuvieran las características adecuadas para lo que se esperaba de ellos; y, al hacer esa apuesta, frustraron las perspectivas de muchos otros que, en un mercado desorbitado, no encontraron valedores. Y el caso es que eso sucedía en una época, los ochenta y primeros noventa, especialmente prometedora en lo que a literatura se refiere, porque en esos años fueron muchos los lastres que cayeron y muchas las voces que reclamaron una manera distinta de entender la creación literaria, libre de cortapisas ideológicas y de apriorismos estéticos. Esa potencialidad de la joven literatura de entonces quedó ahogada por la política editorial a la que antes aludíamos; y, como no hay operación comercial de envergadura que no busque amparo en el poder político del momento, en la que aquí comentamos también quedó gravemente comprometida la independencia de muchos escritores.

La literatura "de autor" siguió adelante, evidentemente. Y lo que parece haber quedado definitivamente estancado, como este articulista reconoce, es ese montaje político-editorial. Y es natural que algunos de los destacados de entonces, como el propio articulista, no se expliquen por qué no venden una escoba y atribuyan su fracaso, como los malos cineastas, a los fantasmas de la competencia externa y a las nuevas tecnologías.

Hoy por hoy, esas tecnologías sustituyen el antiguo fermento que para los autores de antes suponían las revistas literarias -ahora casi inexistentes- y las pequeñas editoriales -a muchas de las cuales ahogó o desnaturalizó el desbordamiento del mercado-. Y lo verdaderamente preocupante es que voces tan autorizadas como las de este articulista tan cercano al poder clamen contra ellas: seguramente lo que quiere dar a entender es que haría falta algún tipo de regulación restrictiva, o que se limitase la expansión de un futuro mercado editorial vinculado a la descarga directa de libros y a los nuevos medios. No lo conseguirá, porque no se pueden poner puertas al campo. Y fue su declaración de impotencia, en fin, lo que me alegró, después de todo, esa larga tarde pasada en un Talgo, de vuelta a casa.

martes, marzo 02, 2010

TETITAS DE NOVICIA

Tras la tormenta (la famosa "tormenta perfecta" que habían anunciado los periódicos), la mañana del domingo en las afueras de Madrid fue una de las más hermosas que habíamos podido ver en lo que llevábamos de invierno. Había venido uno aquí a un encuentro familiar, en Chinchón, que lució a lo largo de todo ese fin de semana, salvo en la mañana susodicha, un aspecto sombrio y ceñudo, al que contribuía no poco la ausencia de visitantes, achacable al mal pronóstico meteorológico. Los tenderos se quejaban y las terrazas de la Plaza Mayor andaban un poco alicaídas, frecuentadas sólo por los gatos, que son muy abundantes en este pueblo. Uno, grande como un terrier, estuvo rondando nuestra mesa durante uno de los escasos intervalos de sol que nos permitieron tomar una copa al aire libre, en la mañana del sábado. Era muy sociable: arqueó su lomo y se rozó sucesivamente con todos nosotros, y cuando uno de los presentes lo acarició, le faltó tiempo para tumbarse boca arriba y ofrecerle la panza. Una hembra blanquinegra, muy parecida a K., se afilaba las uñas contra uno de los venerables puntales que sirven aquí de guardaesquinas: a esa misma la vimos, en la mañana del domingo, dejarse querer por un macho que no atinó a hacer lo que correspondía, y que intentó una retirada digna, no sin que la hembra corriera tras él y le reclamara lo suyo. Intervino incluso un tercero, al parecer despechado. Todo eso lo vimos mientras comprábamos los dulces y recuerdos de rigor: los mantecados, los huevos de fraile, las tetitas de novicia.

Luego cada uno a su casa. A nosotros nos llevaron en coche hasta Ciempozuelos, donde cogimos el tren a Madrid. Todavía pudimos pasar unas horas en la capital, donde no llegué a encontrar abierta ninguna librería de viejo, para matar el gusanillo (porque, no sé por qué, me había hecho algunas ilusiones al respecto), pero sí pudimos tomar unos callos en una taberna de la Cava Baja y disfrutar del espectáculo de una multitud casi primaveral, ávida de sol y de pequeñas satisfacciones que compensaran un poco la grisura de las semanas precedentes: el antiguo mercado de San Miguel, por ejemplo, donde ahora sólo venden delicatessen, estaba atestado, y daba gusto ver con qué buen ánimo la muchedumbre trasegaba ostras, tostaditas con caviar o foie y demás chucherías. Un espectáculo, se diría, poco adecuado a estos tiempos de crisis; o quizá todo lo contrario, porque si alguna lección dejan las crisis es que nadie sale de pobre por privarse de un pequeño placer.

Reconfortados, en fin, por esta mañana casi primaveral nos subimos al tren. Nada más cruzar Sierra Morena volvermos a encontrarnos con las lluvias. O quizá era uno quien las llevaba consigo (como la faringitis, de la que todavía estoy convaleciendo) y no hizo más que reencontrárselas en cuanto volvió los ojos hacia dentro.