viernes, abril 30, 2010

PUERTO HURRACO

Quizá no tendría que haber escrito este artículo, porque supongo que los aludidos en él tienen derecho a que se les olvide, y la última noticia referida al caso –el suicidio por ahorcamiento del último de los condenados– es ya de por sí lo bastante triste. Pero hojea uno la prensa dominical y, en medio del sostenido bostezo que produce la actualidad nacional, lo único que resiste una lectura serena y distanciada es esta noticia. Ha muerto, veinte años después de la célebre matanza, el último de los asesinos de Puerto Hurraco. Todo el mundo recuerda el caso. Después de incubar durante años un odio referido a oscuros conflictos de lindes, a unos amores contrariados, incluso a la muerte nunca aclarada de la madre de los futuros asesinos, un domingo de agosto de 1990 éstos se armaron hasta los dientes y mataron a nueve vecinos de su pueblo.

Los crímenes horribles no son privativos de ninguna región o país ni de ninguna forma de vida particular. Ocurren en todas partes, y en todas partes opera el bendito instinto humano de considerar, contra toda evidencia, que esos sucesos son siempre singulares y excepcionales. Pero, en el caso de la matanza de Puerto Hurraco, la difusión de la noticia se adornó de inmediato con los tópicos sobre la llamada “España negra”. Influyó en ello, por supuesto, el entorno rural en el que ocurrió el crimen: si hubiera sucedido en una discoteca del extrarradio madrileño, pongo por caso, a nadie se le hubiera ocurrido esa generalización abusiva. También tuvo su peso el propio nombre del lugar, que parecía sacado de una novela tremendista. Y fueron determinantes, sobre todo, nuestros propios complejos respecto a la violencia inmotivada y ancestral, como si no hubiera español que no escondiera un cadáver en el armario o tuviera pendiente alguna deuda de sangre contraída por un antepasado.

No tengo yo la solución a este enigma. La propia aburridísima actualidad de la que hablaba antes ofrece ejemplos al respecto: anda medio país enfrentado al otro medio (excluida, claro está, la amplísima mayoría silenciosa, que también la hay) por el enjuiciamiento de un juez que pretendió investigar los crímenes del franquismo. De nada sirven las voces que aconsejan cordura, o las que alegan que hay otras cuestiones que considerar: han salido a relucir todos los fantasmas del pasado, y se han vuelto a invocar, como a los viejos fantasmas que movieron a los asesinos de Puerto Hurraco, a los muertos de uno y otro bando en la ya lejana, pero no olvidada ni superada, guerra civil. Todos guardamos uno en el armario, y lo sacamos gustosamente a pasear cuando la ocasión invita a esgrimirlo contra el contrario. Puede que eso explique la pervivencia de los tópicos asociados a la España Negra. Ésta reúne lo único que tienen en común las dos Españas que vociferan: un pasado sangriento.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

miércoles, abril 28, 2010

NECROLÓGICA

La calima se va cerrando en una bruma alta que enturbia la tarde. Hace sólo unos minutos el cielo estaba despejado. Ahora no, como contagiado de las emociones de quienes nos hemos ido congregando aquí, en el atrio de la ermita, a resguardo del sol de fuego. Asistimos a los funerales de un conocido. Un hombre joven, muerto de un infarto la madrugada del día anterior. Otro día contaré la novela de este hombre, o lo que sé de ella, y la curiosa relación que establecí con él, basada en ese magnífico pretexto para hablar que presta la afición al cine. En torno a ella seguramente se habrán cimentado amistades mucho más hondas que en relación a la literatura, pongo por caso, tan propicia a la discrepancia. No conozco a nadie que se haya enemistado con otro por causa del cine. Por causa de la literatura sí. Pero a lo que iba: abrigaba la expectativa de que con este hombre iba a tener una larga y profunda amistad, basada en ciertas querencias comunes. Ya no hay tal. Sólo un recuerdo y, como decía, una historia. Podría haberla escrito Josep Pla, al modo de La calle estrecha: una de esas historias sin historia, pero con mucho fondo. En el entierro estaba todo el pueblo. Todos contaban cosas buenas de él, de su generosidad, de su personalidad anárquica y desprendida, de sus intereses desordenados y variopintos, disimulados por una incurable timidez. El cine, ya digo, fue un buen antídoto para estas timideces. Se ha hablado de organizar un ciclo de proyecciones como homenaje. Anoto aquí algunas de las películas que podrían incluirse: Stalker, Berlín, sinfonía de una gran ciudad, Trenes rigurosamente vigilados... Y alguna de Santo, el Enmascarado de Plata, de las que él les ponía a los niños. Le vamos a echar de menos.

martes, abril 27, 2010

INTRISTEZIDO

Sigue la racha de languideces primaverales. Una compañera casi me lo afea: "¿Yo? A mí el sol y la primavera me llenan de fuerza y alegría". Otra, más comprensiva, me concede la mayor: "Sí, a mí también me va más el otoño". A uno le gustaría disimular sus debilidades y recibir el buen tiempo a pleno sol y con el torso descubierto, como lord Byron en Italia, mientras la procesión va por dentro. Pero...

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Aelita (1924), de Yakov Protazanov. Abordo esta curiosa película rusa sin otra información sobre la misma que el título y una vaga referencia genérica, que la sitúa como uno de las primeros filmes de ciencia ficción. Y como la desinformación es la madre del asombro, me sorprende que una cinta como ésta, en la que abiertamente se muestra la miseria ciudadana en los primeros años de la revolución comunista, el hacinamiento de la población en pisos comunales, la realidad del mercado negro, etc., pudiera filmarse y distribuirse en la Unión Soviética.

Además de estas, digamos, consideraciones políticas, la película me asombra por su agilidad -es una de las pocas películas de esa época y nacionalidad que no invitan al bostezo-, su belleza plástica -los hermosos decorados constructivistas en los que se desenvuelve la civilización marciana- y, por qué no, su punto de ingenuidad, que en algún momento lleva a la carcajada, como cuando los expedicionarios rusos en Marte consiguen sublevar a la población oprimida y proclamar la "Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas de Marte".

Pero sorprende aún más la manera cauta y, diríamos, descreída de manejar los materiales propios del género, hasta el punto de favorecer una lectura simbólico-alegórica antes que otra en clave más cientifista. En ese sentido,
Aelita -la película, y no sé si la novela de Alexéi Tolstoi en la que está basada- recuerda a la ciencia ficción de C. S. Lewis (Más allá del planeta silencioso, por ejemplo), en la que la especulación científica cede su lugar a la fantasía mítico-religiosa, en clave de alegoría cristiana.

En la película de Protazanov la alegoría es comunista, sí, pero de un comunismo
sui generis, desdeñoso con las tristes realidades en las que esa ideología estaba empezando a concretarse. Ni que extrañar tiene que, según me he informado luego, la película cayera en el olvido en tiempos de Stalin y casi llegara a darse por desaparecida. Hoy me alegra una tarde de domingo.

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La ortografía vacilante lleva a este joven poeta en ciernes a escribir intristezido en vez de "entristecido". Y yo casi estoy a punto de decirle que el palabro, con su aspecto entre provenzal y medieval, casi me parece, en su contexto, una de esas hermosas incrustaciones verbales con las que adornaba sus poemas Ezra Pound.

lunes, abril 26, 2010

FATHER & SON

La última novela del hijo me recuerda, quién lo diría, a la primera del padre, escrita hace más de medio siglo. Me refiero, claro está, a la recién aparecida The Pregnant Widow, de Martin Amis, y a Lucky Jim (que yo traduje como La suerte de Jim), de Kingsley Amis. Las dos pretenden retratar una época -la Inglaterra de posguerra la segunda, los años de la "revolución sexual" la primera- a través del más elemental de los esquemas narrativos: las vicisitudes de un chico -trasunto del autor- que duda entre dos posibles amadas, que representan, respectivamente, lo viejo y lo nuevo, la continuidad esencial del estado de cosas vigente y la posibilidad de alterarlo. Hay que decir que la del padre está más lograda -es, por así decirlo, más clásica, más redonda-, mientras que la del hijo parece un tanto más deshilvanada. Pero también hay que decir, a favor de este último, que acierta a complicar el esquema argumental básico para adaptarlo a la ambigüedad esencial de la época que pretende retratar: al final, la bella rubia desinhibida y exhibicionista deseada por Keith Nearing resulta ser una mojigata; mientras que una de las comparsas de la situación inicial, la aparentemente anticuada y convencional Gloria Beautyman, lleva una fascinante doble vida, a la que arrastra al desorientado protagonista... Amis hijo, como no podía ser menos, no se conforma con el confortable punto final de las novelas clásicas, a partir del cual los protagonistas viven felices y comen perdices... No. Martin nos describe la larga caída en el escepticismo y la incapacidad (incluso sexual) de actuar, propia del hombre contemporáneo. Suena a confidencia no pedida. Y eso también es parte de la contemporaneidad: la obligación de enterarnos de aquello que no querríamos saber.

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Todo esto, en un fin de semana básicamente contemplativo, determinado por unas inoportunas pero ya familiares fiebres primaverales. Mientras los pajarillos cantan y todo eso.

sábado, abril 24, 2010

BAJO EL VOLCÁN

Por si no tenía uno pocas cosas en que pensar, se le ha colado de rondón entre sus preocupaciones el ánimo apocalíptico. Me lo refuerzan diariamente los documentales que veo a la hora de la siesta: entre las muchas confluencias de catástrofes que podrían acarrear el fin del mundo, una de las que cuentan con más probabilidades es el encadenamiento de erupciones volcánicas. Anda uno hecho todo un experto en el tema, gracias a los citados documentales de la hora tonta. A ellos debo el dato de que la civilización minoica fue borrada del mapa por los maremotos causados por la erupción del volcán de Santorini, en la homónima isla del Egeo. Y que el invierno más frío de Europa, el de 1783, se debió a las toneladas de cenizas que proyectó a la atmósfera el volcán Laki, en Islandia, y que la hambruna subsiguiente fue uno de los detonantes de la Revolución Francesa.

El exceso de sabiduría, incluso de la adquirida con tan poco esfuerzo, conduce a la infelicidad. Ahora es uno más consciente de que el mundo es un lugar inseguro, y de que bastaría una mínima alteración de la densidad del aire para que la consiguiente variación de radiación solar resultara desastrosa para el planeta. Y es con este ánimo catastrófico, en fin, como recibo la noticia de que media Europa anda paralizada por la suspensión del tráfico aéreo decretada tras la erupción de otro volcán islandés, el Eyjafjalla, que ha esparcido una enorme nube de cenizas sobre el hemisferio norte. Llama la atención la facilidad con que estas conmociones planetarias se infiltran en la vida de uno: un amigo que está en Boston me dice que no puede volver a Europa, de momento, porque su conexión aérea, que pasaba por Dublín, ha sido suspendida. Resulta casi indecoroso poder soltar en una conversación que conoce uno a un afectado por la erupción del volcán Eyjafjalla, del que hasta hace unos días no teníamos noticia. En otras épocas, me imagino, no se tenía conciencia de estas sorprendentes concatenaciones de acontecimientos, de alcance planetario. Y si se lanzaba uno a tomar la Bastilla, pongo por caso, lo hacía sin saber que la causa inmediata de sus hambres y sus afanes justicieros era la erupción de un volcán en la lejana Islandia.

No creo que las cosas hayan cambiado tanto. Otras carencias, otras insatisfacciones nos acosan. Otras Bastillas caerán sin que quienes participan en su asalto sean conscientes de que el desencadenante de su cólera es una columna de humo que se eleva sobre una remota isla helada. Los animales, dicen, intuyen estas conmociones. Un gato sabe más de las secretas motivaciones que lo mueven que un hombre que se suma a una masa colérica. Está uno a veces triste sin saber por qué. El cielo, tal vez. Que, miren por dónde, cuando ya daba uno a la primavera por definitivamente asentada, ha vuelto a oscurecerse.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, abril 22, 2010

DIARIO DE BENAOCAZ

Recibidos los primeros ejemplares de Diario de Benaocaz, mi último libro de poemas. Y lo digo sin que se me pase por alto el ominoso doble sentido de la palabra "último": el más reciente, sí, pero también el postrero; al final de un ciclo de escritura poética nunca se sabe, en efecto, si el impulso que se da por agotado en el momento de cerrar una colección habrá de renovarse en un futuro más o menos inmediato. Todo libro es un testamento. Y sólo uno sabe qué oscuro legado es el que pretende transmitir con cada uno de ellos: casi siempre, el recuerdo más o menos cifrado de una parte de su vida; pero, también, un balance provisional de la totalidad. Nunca un comienzo.

Éste tiene el color -así lo quise, y los editores me han hecho caso- del cielo de Benaocaz algunos días.

Ahora, a otra cosa. En la recámara, la segunda entrega de este cuaderno, a la espera de que su editor le dé el visto bueno y le asigne fecha. Y en el taller, la segunda parte de la trilogía que se inició con Vacaciones de invierno; y que, si nada se tuerce, ha de aparecer en octubre...

A lo mejor en alguna entrada anterior respecto a estos afanes míos he dado una nota quejumbrosa. No. Soy feliz escribiendo, lo que no significa que la escritura sea siempre una actividad relajada o placentera. Es, también, la única actividad que me permite tener la sensación de que controlo mi pensamiento y lo dirijo a algo concreto. Escribir es, hoy por hoy, la única forma que conozco de vida interior. Amo, siento, sufro a veces, como todo el mundo, al margen de la escritura. Pero necesito la escritura para ser consciente de ello, o para calibrar el peso exacto de esas sensaciones, o para rescatarlas de la necesaria deriva de toda sensación hacia su extinción sin más, antes de deparar a quien la experimenta un principio mínimo de sentido. Lo demás es dispersión.

No sé si algo de lo dicho me vale como excusa.

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Diario de Benaocaz (Pre-Textos, 2010) se presentará en la Feria del Libro de Cádiz el martes 11 de mayo a las 19.00 horas. En el acto intervendrá el editor, Manuel Borrás. En la misma Feria del Libro habrá una firma de ejemplares de éste y otros libros míos en la caseta de la Librería Manuel de Falla, el sábado 15 de mayo, de 19.30 a 21.30.

Para quienes anden por la Sierra, el libro también tendrá una presentación en Benaocaz, en el Teatro Aznalmara, el viernes 21 de mayo a las 20.00 horas. Intervendrá en el acto el escritor gaditano José Antonio Bablé.

miércoles, abril 21, 2010

TRAMPANTOJOS

Copio esta frase del libro de José Carlos Llop (pág. 250): "Edificó su vida privada de una forma pública, sin dejar de levantar un formidable bastión de defensa alrededor de su privacidad". Con ella se refiere el autor a un respetado personaje de la vida cultural palmesana de su juventud. Pero cabría tomarla como divisa, e incluso como lema de quienes andamos a vueltas con la propia vida para transformarla en materia literaria. Un formidable bastión de defensa. Pero con los muros transparentes.

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También valdría para lo presenciado esta mañana. Estos dos jóvenes poetas amigos les leen sus poemas a mis alumnos, y uno le hace la consabida pregunta: "¿No les da vergüenza contar esas intimidades en público?". Dicho así, suena a reproche. Sin embargo, quien la hizo más bien parecía expresar cierta envidia por el hecho de que algunos pudieran disfrutar del privilegio de jugar al trampantojo con la propia intimidad. Esto le respondieron: con la madurez uno se atreve a ser valiente. Pero, ahora que lo transcribo, tampoco me suena como cuando lo oí. ¿La madurez valiente? Más bien parece lo contrario. La madurez no hace otra cosa que poner en primer plano toda una larga serie de miedos de los que uno antes se protegía bajo la falacia de que sus motivos y ocasiones quedaban demasiado lejos. La enfermedad, la soledad ya irremediable (e irrenunciable), el reconocimiento del propio fracaso, la muerte. La presunta valentía, quizá, resulta más bien cinismo: hablamos de esas cosas tan alegremente como para aparentar que no nos importan.

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Miran de reojo el libro que voy leyendo, en el autobús, y eso parece darles una idea para renovar la conversación ininterrumpida que llevan manteniendo desde que se encontraron en la parada. "¿Sabes? Hubo una época en la que yo también leía un libro detrás de otro. Pero ya...". Parece el testimonio de un viejo lector desengañado. Pero la chica que lo dice no debe de tener más de veinte años.

martes, abril 20, 2010

ASTENIA

Digan lo que digan, es imposible no sentirse secretamente halagado por la visita de ese mal del alma que llaman "astenia primaveral". Es como si te hubieran hecho socio del club que cuenta entre sus miembros a las plantas que florecen y a las bestias que sienten la llamada del celo o la pulsión de regresar del continente al que emigraron durante el invierno. Sí, el afectado se siente algo alicaído. Pero, también, inesperadamente abierto a fuerzas que te superan, que restan protagonismo a nuestra desmedida individualidad y, a la vez, dan sentido a nuestros actos, al inscribirlos en un plan mayor. Y conste que no lo digo por mí, sino por la muchacha que esta mañana me hablaba de inexplicables languideces, de una cierta propensión al desmayo, de un cansancio intraducible... Como una damisela de otro siglo, sí, pero en estos despiadados comienzos del XXI, que tan poco crédito conceden a estas cosas.

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Le pregunto a M.A. que cómo es que le gusta Mishima y, sin embargo, nunca le ha llamado la atención Jünger, por ejemplo, que tantas cosas tiene en común con este japonés pasado de rosca (la noche anterior hemos visto la película que le dedica Schrader). Y la respuesta implícita en su modo de soslayar la cuestión es ésta: a Mishima lo encontré al final de un camino que he decidido recorrer por mí misma; y a Jünger, por así decirlo, lo encontré en la calle.

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Preliminares del nuevo libro. Uno cuida los detalles de sus primeros pasos, aun a sabiendas de que a lo máximo a que se puede aspirar, en este terreno, es a renovar un rito ya más o menos consolidado entre una veintena de amigos. No cabe aspirar a más. Ni siquiera a que te "descubran" nuevos lectores, o a que entre ellos pudiera estar quien te diera la bendición definitiva -lo que, al fin y al cabo, resultaría incluso humillante a estas alturas-. No: el ritual de siempre. La recepción ilusionada de los primeros ejemplares, con su olor a tinta nueva. Los envíos de rigor, ya por pura rutina. La presentación o presentaciones. Alguna tibia reseña, aquí o allá. Y a otra cosa.

lunes, abril 19, 2010

INTIMIDADES

Leo "Cuanto sé de mí", el primer poema de Cháchara, de Juan Bonilla. El autor, o la voz que habla por él, nos da su DNI, el PIN de su teléfono móvil, el número y clave de su tarjeta de crédito, las de diversas páginas de compras de las que es cliente, etc. Supongo que son datos ficticios. Pero lo que sorprende es la conclusión final: "Creo que nunca antes un poeta había puesto tanta intimidad al alcance de sus lectores". Y es cierto. La intimidad reducida a una serie de números y claves. Ésos son los datos que verdaderamente procuramos ocultar al prójimo. Y qué poco nos importa que se sepa todo lo demás (qué hacemos, qué nos gusta, con qué personas nos relacionamos y en qué términos, etc.). Incluso este diario abierto, tan recatado respecto a esas cuestiones de índole estrictamente personal, podría ser un ejemplo de la curiosa verdad que encierra ese poema.

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Lo que se relaciona con otra de las lecturas que me han ocupado este fin de semana sedentario. La de En la ciudad sumergida, de José Carlos Llop. Sus consideraciones sobre la figura del escritor que permanece en su ciudad y provincia natales, sin obtener de éstas el reconocimiento que sí se prodiga al que se marchó y triunfa fuera. Poco importa que el primero pueda gozar también de ese reconocimiento exterior: sus vecinos, sus conciudadanos y, sobre todo, sus colegas locales se lo negarán. Y no, pienso, porque vean en él a un testigo incómodo, como dice el autor; sino por algo que también tiene que ver con el exceso de intimidad. ¿Cómo reconocer, no ya la valía, sino simplemente la singularidad del vecino de al lado, al que vemos a cada momento por la calle, o en el cine, o en la parada del autobús? ¿Cómo reconocerle, sobre todo, el grado de extravagancia -e incluso de comportamiento antisocial- que supone toda actividad artística? Mejor que sea así. En el mismo párrafo menciona el autor el alto compromiso con la escritura que se le supone a quien acepta ese enclaustramiento más o menos voluntario. Un compromiso que frecuentemente conlleva no pocas renuncias. Pretender, además, que sean respetadas e incluso admiradas por todos aquellos a los que el escritor forzosamente vuelve las espaldas (a veces, sus propios amigos y familiares inmediatos) sería, sin duda, excesivo.

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Conozco a algunos que, además de tener una intensísima vida social, encuentran tiempo para escribir. No quiero pensar a qué se lo quitan.

viernes, abril 16, 2010

MILLONARIOS

Si atendemos a lo que dicen los titulares, Como casarse con un millonario, la cínica película que protagonizó Marilyn Monroe, pasaría hoy por ser un título de ciencia ficción. Cada vez hay menos millonarios, dicen. Lo que, traducido a la precisión del dato estadístico, significa que se ha reducido espectacularmente la cifra de personas que disponen de un millón neto de dólares para invertir; o, trasladado a nuestra unidad monetaria, 750.000 euros contantes y sonantes. Los partidarios del igualitarismo a ultranza podrían pensar que, después de todo, ésta es una buena noticia: si el número de los que acumulan mucho dinero ha disminuido, eso debería significar que la riqueza está mejor repartida. Y también pueden estar contentos los partidarios secretos del exclusivismo y las aristocracias: que haya menos personas que alcancen el umbral estadístico de la riqueza significa que el número de arribistas, rastacueros y nuevos ricos que acceden impunemente al Olimpo del privilegio social ha disminuido, y que, por tanto, esos círculos tienen garantizadas la exclusividad y la solera por muchos años. O, lo que es lo mismo, que muchos de los que accedieron a ellos en los últimos tiempos, aupados por las ganancias que les deparó la coyuntura económica favorable, han tenido que salir de esos ambientes con una mano detrás y otra delante. También hay quien se alegrará de esta última circunstancia, por ver en ella el cumplimiento de una especie de decreto justiciero: quien se enriqueció demasiado, o demasiado pronto, debe ahora recibir su castigo.

Lleva demasiado tiempo sonando esta cantilena. Quien esto escribe, que no tiene un real ni aspira a tenerlo, y que consideraría una gran desgracia incluso que le tocara la lotería, porque eso traería consigo un sinfín de complicaciones indeseadas, cree sinceramente que en el mundo ha de haber de todo, ricos y no tan ricos; con la salvedad, en fin, de la pobreza extrema, que no parece necesaria ni conveniente para la salud del sistema ni para la tranquilidad general de las conciencias. Hay quienes parecen naturalmente dotados para que el dinero se les multiplique entre las manos, y hay quienes no sabemos hacer otra cosa con él que gastarlo. Y alguna relación hay, al parecer, entre quienes logran ese extraño milagro inconsútil de la multiplicación monetaria y quienes dependemos de una economía general medianamente saneada para cobrar nuestros salarios a fin de mes. Lo que explica esta extraña paradoja: al haber menos millonarios, todos somos más pobres.

Entiende uno ahora las prisas que se dieron todos los gobiernos, al inicio de la crisis actual, para salir en ayuda de los banqueros en apuros. Faltó poco para que se les declarara especie protegida. Ahora ha quedado constatado que, efectivamente, estaban en peligro de extinción. Qué risa. Y qué pena.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, abril 15, 2010

TRILOBITES

(Oído en el trabajo) "¿Te enseño mi trilobites?". Y el hombre chusco que habita dentro de uno no puede evitar... eso, hacer una asociación de ideas bastante impropia, en fin, de las pretensiones que uno abriga respecto a sí mismo, incluso sobre los asuntos propensos a ser entendidos de forma chusca.

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Y esta proposición, que me atrevería a tildar de indecente, y que me hace una compañera a la que presté hace unas semanas el DVD de Éxtasis, la película de Machaty que elevó a la fama a Hedy Lamarr: "¿Y si te pasamos un disco duro y nos grabas las películas que te parezca, y nosotros intentaremos imaginar cómo eres tú en función de esas películas?". No sé qué contestar. En caso de aceptar un reto así, ¿me esmeraría en quedar bien, grabando sólo películas de indiscutible calidad y prestigio? ¿O, por el contrario, me atrevería a incluir también las películas que veo por otros motivos? Y no me refiero sólo a mis cada vez menos frecuentes incursiones en los submundos de, pongamos, Jesús Franco, Russ Meyer y compañía, sino a cosas mucho más inocentes, pero de difícil comprensión por parte de extraños con quienes no se haya establecido antes una relación de complicidad. ¿Me seguirían creyendo un cinéfilo impecable si confesara que una de mis películas favoritas es Escrito en el viento, de Douglas Sirk? ¿O las gamberradas machistas que perpetraron Howard Hawks y John Ford en sus últimos tiempos, y de las que Hatari!, del primero, no es sino la más presentable (entre las otras estaría La taberna del irlandés, del segundo)? ¿O ese cine que sólo puede verse en horario de tarde, y preferentemente en un cine de los de antes, en medio de una chiquillería ruidosa? Corazones indomables, por ejemplo, también de Ford. Mejor sigue uno hablando de las joyas del cine mudo, por ejemplo. O se queda mudo uno también, que es el mejor modo de que no te descubran.

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"Papá, ¿quién es Mondrian?", me pregunta C. Y pienso que no, que no hay derecho a que la infancia -e incluso la adolescencia- pasen tan rápido.

miércoles, abril 14, 2010

INSTEP

La misma calle de ayer. Catorce años pasando por ella y nunca había notado estas cualidades suyas: su capacidad de remansar el aire, de bajar un punto la intensidad de los ruidos circundantes, de aplacar los malos vientos (los vientos confusos, indecisos, de la primavera) y de preservar una tibieza más o menos inmune a la propia variabilidad estacional. Sensación de irrealidad, y también de dejá vu; como si estuviera recorriendo un camino previamente soñado. Hasta que, como ayer, un extraño invade la calle. Un coche pequeño, ruidoso, que ha doblado la esquina y hecho sonar el claxon sin ningún motivo, sólo para anunciarse. Se ha roto definitivamente el hechizo. Y es que hay estados de conciencia que sólo pueden disfrutarse en soledad.

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Mi inglés casi eminentemente libresco y literario se ha enriquecido un tanto en el último viaje. Still water: agua sin gas. Pero también, pienso, aguas muertas, como las de esos mares malditos por los que navegan los barcos fantasmas. Tanto, que, puesto en la disyuntiva, casi me inclino por la otra alternativa: sparkling water. Agua chispeante, como una conversación alegre.

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También mi acervo literario, en fin, se ha visto ampliado. Por fin me he decidido a leer a Martin Amis. La primera noticia de su última novela, The Pregnant Widow, me llega por un medio que nunca antes me había parecido una fuente fiable de información literaria: la edición española de Harper's Bazaar, uno de cuyos ejemplares he podido hojear en el avión, en el viaje de ida. Venía en él una entrevista con el mencionado autor, en la que, como en otras ocasiones, habla de su relación con su padre, Kingsley Amis. Y pienso que ahí era donde me aguardaba una de esas pequeñas trampas en las que con tanta facilidad cae la vanidad: hablaba el autor de la novela paterna que yo traduje al castellano, y que el traductor de la entrevista llama -y es la primera vez que la veo nombrar de este modo, más allá de los cauces de difusión de mi trabajo- con el título que yo le di: La suerte de Jim. ¿Es ese detalle el que me ha llevado a buscar la otra novela, la del hijo, en Foyle's, la abigarrada y caótica librería de Charing Cross? Quién sabe.

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Y es en las páginas de esta novela, por cierto, donde encuentro la solución a otro de los innumerables acertijos lingüísticos que la realidad plantea a quien viene de otra dimensión del idioma: instep, empeine. Los amigos que viajaban con nosotros se vieron necesitados de ese término durante una visita a una zapatería, y hubieron de salir del paso como pudieron. Me contaron luego la anécdota. Y yo encontré la palabreja, uno o dos días después, en uno de los primeros capítulos de The Pregnant Widow. Como si me hubiera estado esperando siempre allí, para afincarse en mi memoria con la fuerza de lo que obedece a una cadena compleja de casualidades.

martes, abril 13, 2010

Y NO ESTAR LOCO

Por unos segundos, la solitaria calle peatonal que me lleva de la parada del autobús a mi casa se reviste de una inopinada serie de atributos primaverales: olor a madreselvas, cantos de pajaros, y un sol tibio y vagamente matizado por una ligerísima calima brumosa. Me dejo acariciar por estas sensaciones, a una hora en la que uno no desea otra cosa que abandonarse a cualquier impulso grato que le permita aparcar momentáneamente las preocupaciones del día. Duró, ya digo, un instante. Un toque de claxon y el rebufo de una boca de riego me devuelven a la realidad. Son las tres y media de la tarde y aún no he almorzado.

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Ya lo cantaba Machín, refiriéndose a otra cosa: es posible leer dos libros a la vez (o tres, o cinco) y no estar loco.

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Y hasta escribirlos.

lunes, abril 12, 2010

EL HONDÓN

Guarda uno todavía, del reciente viaje, una cierta saturación museística y pictórica. Por eso no sé si hago bien en acudir a esta exposición de mi amigo Manolo Morgado, en el claustro del antiguo Convento de los Capuchinos, en Ubrique. Traigo, por así decirlo, la vista cansada y la conciencia escéptica. Y no, como bromean los amigos aquí congregados, por estar recién llegado de Londón -como ellos dicen, para que suene como El Hondón, que es un paraje cercano-, sino por todo lo contrario: porque la experiencia de la pintura viva, todavía no consagrada por los libros de historia, es siempre más intensa y arriesgada que el cómodo asentimiento a los valores reconocidos. Se planta uno ante un Turner, por ejemplo, y puede uno poner en suspenso todas sus cautelas y entregarse a la admiración sin reservas: lo que tiene uno delante es una obra maestra garantizada, no hay posibilidad de error. Y aunque el deslumbramiento sea sincero (y lo fue más, contaba el otro día, porque acababa de pasearme entre los cachivaches expuestos en la Tate Modern, el equivalente londinense a nuestro Reina Sofía), opera sobre cauces trillados, y se alza sobre una abrumadora montaña de deslumbramientos previos. Uno quisiera remontarse a los primeros, a los de quienes superaron los recelos al uso contra la novedad que representaba ese pintor y supieron apreciarlo como es debido. Y quizá, pienso ahora, la única manera de recuperar esa sensación primigenia sea justo ésta: acudir a la exposición de un pintor actual poco conocido, muy modesto en sus pretensiones, y muy escéptico también -o, más bien, desinteresado- respecto a sus opciones de ir más allá de lo que hace, de deslumbrar a otros que no sean sus amigos, de recibir otro reconocimiento que no sea el de cada uno de los que se acercan a certificar ese milagro siempre un poco incomprensible de que uno de los nuestros, por así decirlo, un amigo con el que hemos comido, bebido y bromeado, sea el autor de unas pinturas que nos emocionan, nos intrigan, nos hacen pensar.

Así que aquí estoy, en el patio de este acogedor convento desacralizado, de cuyas paredes cuelgan cuarenta y cinco cuadros de mi amigo. Su estilo es inconfundible. Tiene, como muy bien ha dicho la profesora que ha leído unas palabras introductorias, claras influencias impresionistas, expresionistas y fauvistas; es decir, de ese singular momento en la historia de la pintura occidental en la que ésta buscaba desesperadamente emanciparse de la gran tradición académica previa, pero sin decidirse aún a arrojarse de cabeza al pozo sin fondo de la vanguardia. A Manolo Morgado le cuadra muy bien esa coyuntura histórica, porque él es también, ante todo, un pintor figurativo, pero es también un pintor al que no le tienta el academicismo, mucho menos en su actual y desairada pervivencia como pintura decorativa, costumbrista, localista, etc., que no proporciona gloria o notoriedad a sus cultivadores, pero les asegura un holgado pasar.

No. A Manolo me lo define un amigo común como "un hombre muy nervioso". Y lo es en un sentido: pinta rápido, y lo hace imparablemente, sin darse tregua ni dársela a sus modelos. Y ni siquiera eso le basta para matar el gusanillo de la impaciencia, el afán de que no se le escapa nada: pinta en el campo, por ejemplo, y abandona el cuadro porque ha visto unos espárragos, y se ha agachado a cortarlos, y luego le ha podido el afán y ha seguido rastreando el apetitoso brote por aquí y por allá. Para descubrir, cuando vuelve al cuadro, que éste ya estaba terminado, o casi, y sólo le quedaban unos retoques, y la llamada a abandonarlo no era tanto un rasgo de hiperactividad o nerviosismo como el imperativo con el que la obra reclama que se la dé por acabada. Para un artista es importante saber reconocer ese momento, y no ahogar lo ya logrado por un excesivo afán perfeccionista o, simplemente, por no saber ahorrarse la pincelada que mata, el adjetivo que estropea definitivamente un párrafo, el verso de más.

Manolo Morgado es rápido y certero. Lo mismo acierta en la caracterización de los singulares personajes (viajeros, bebedores, lectoras, etc.) que descubre en la realidad, que en la creación de las complicadas tramas visuales en las que a veces se resuelve esa realidad. Y como uno viene viajado, y acaba de estar en
el Londón, le espeta que algunas de sus composiciones recuerdan, en su abigarramiento, la pintura de Pollock; sólo que, donde éste hace garabatos -garabatos a veces muy sugerentes y misteriosos, todo hay que decirlo-, este amigo nuestro añade detalles, aporta rasgos caracterizadores, construye atmósferas, crea un mundo que, en definitiva, se parece a la realidad, o le da la réplica adecuada.

Luego comimos y bebimos, y todas estas cosas pasaron a un segundo plano. El arte es largo y además no importa, podría ser la divisa de estos pintores vitalistas y un tanto excesivos a los que tanto frecuento últimamente. Prefiero su trato, todo hay que decirlo, al de los escritores. Con ellos no hay recelo posible, ni envidia, ni el doble juego de disimular lo mismo la admiración sincera que el apesadumbrado reconocimiento de la incapacidad. Me aportan más ideas respecto a mi propio trabajo que la mayoría de los colegas con los que he tenido ocasión de hablar de las preocupaciones comunes. Ya casi me considero pintor honorario. Aquí, más cerca de El Hondón que de Londón. Y me gusta.

viernes, abril 09, 2010

SOLTEROS

Aumenta el número de “solteros definitivos”, leo en este periódico. Es decir, lo que antes se llamaba solterones y solteronas. Como es de rigor, el dato viene acompañado de la correspondiente interpretación sociológica: toda una generación, dice, ha antepuesto su carrera profesional y el disfrute de una libertad individual antes impensable a las ataduras presuntamente aparejadas al matrimonio. Dicho así, suena bien, y se alegra uno de que solterones y solteronas no respondan ya al viejo arquetipo de personas retraídas y reprimidas, a las que se miraba con cierta conmiseración. Leo la letra pequeña de la noticia, en la que se asegura que la moderna soltería no implica que quienes la padecen se vean privados de los aspectos más gratos de la vida en pareja; mantener relaciones sexuales, por ejemplo. Con lo que el estigma principal que antes recaía sobre los solteros, a saber, su presunta privación sexual, queda definitivamente descartado. Nada dice la encuesta de cómo se las apañan, de qué decepciones vienen aparejadas a la vida sexual transeúnte, o de si éstas son mayores o menores que las connaturales a las relaciones conyugales. Pese a las estadísticas, la vida de cada cual sigue siendo un misterio.

He conocido a solterones y solteronas de todo tipo, e incluso tengo la sospecha de que sólo un insospechado azar me ha librado de ser uno de ellos. Hay quien nunca se planteó ser otra cosa. Otros, en cambio, llegaron a serlo a través de un largo y costoso procedimiento de prueba y error: tras sucesivas relaciones llegaron a la conclusión de que a ellos no les convenía ninguna. En estas cuestiones la vida es absolutamente impredecible, y las presuntas generalidades no son más que la suma de un sinfín de casos individuales.

O no, quién sabe. Porque, si en otro tiempo podía suponerse que muchos se casaban obligados, o por el qué dirán, o para disimular un desliz o crear una cortina de humo respecto a la verdadera inclinación sexual, o incluso para santificar una alianza de intereses, ahora es muy posible que la soledad de muchos obedezca a un mismo cálculo interesado, o a la conveniencia, o incluso a la mera imposición. Hay quien no se casa, sencillamente, porque perdió la ocasión, o porque esperó demasiado, o porque antepuso otros intereses a las servidumbres de la vida en pareja. Las opciones vitales parecen hoy más variadas, sí, y eso da a nuestros comportamientos una apariencia de mayor libertad. Pero, en el fuero interno de cada cual, cada uno es hijo de sus circunstancias, de sus debilidades, de su egoísmo o, por el contrario, de su excesiva propensión a dejarse influir por otros. Luego vendrán las encuestas a demostrar que no somos los únicos, y que, casados o solteros, no hacemos otra cosa que plegarnos a las implacables exigencias de la realidad. Pero eso ya lo sabíamos.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, abril 08, 2010

THE SEVEN DIALS

No sé si lo de Chinatown fue el mismo día del British Museum. Los hechos se ordenan caprichosamente en la memoria y crean sus propios vínculos, no necesariamente coincidentes con la cronología o la realidad de los hechos. Y es la sensación de garganta seca la que me lleva de la tienda del coreano cercana al museo, donde compré una botella de agua mineral, a The Crown, un hermoso pub situado en una placita muy apropiadamente llamada The Seven Dials -las siete manecillas- por estar las siete callejuelas que allí confluyen dispuestas respecto al centro de la plazuela como lo estarían otras tantas agujas de un imaginario reloj. Enfrente está el Cambridge, un añoso teatro donde llevan años representando el musical Chicago.

La cerveza inglesa es extraordinariamente clemente con quienes padecemos afecciones de garganta. Especialmente la ale, o cerveza tostada, que aquí sirven a temperatura ambiente, y que, con su consistencia de zumo cereal, resulta más reconstituyente que otra cosa. Entiende uno que la gente la tome al final de la jornada, a la hora a la que en otras latitudes se prefiere tomar un vaso de leche caliente. Esta cerveza alimenta más que la leche. Y, además, bebida en la medida justa -una pinta, que es algo menos de medio litro-, resulta también reconfortante para el ánimo. A mí, en concreto, la pinta de Bombardier que me han servido en The Crown me ha hecho olvidar el ataque de nerviosismo que me ha causado la visita al Británico; y, en ese ánimo eufórico, propongo comprar entradas para el musical que anuncian en el teatro de enfrente. Siempre me han gustado las coreografías de Bob Fosse, su estética cínica y canalla, y doy por sentado que la obra de teatro será más fiel a su espíritu que la decepcionante versión cinematográfica que se hizo de la misma.

Almorzamos en un restaurante de Gerrard Street, el corazon del barrio chino. Somos los únicos occidentales, o casi, en el animado local. La cerveza Tsing Tao con la que acompaño el almuerzo, por cierto, no tiene nada que ver con la cualidad clemente de la ale británica: la sirven muy fría, como en España. Y tiene ese carácter acuoso de algunas cervezas españolas, ligeras y volátiles como la propia nación que las produce.

La obra, que vemos al día siguiente, supera en mucho nuestras expectativas. Los músicos son excelentes; y el cuerpo de baile, que canta y se despatarra alegremente en escena mientras desglosa el turbio argumento, lo traslada a uno a ese Olimpo ideal de gracia y belleza al que no le permitieron llegar el día anterior las multitudes del British Museum; sólo que, en vez de la severidad ática de las estatuas allí reunidas, estos bailarines muestran un sanísimo desparpajo muy londinense, muy propio del viejo cabaret inglés.

Salimos encantados; y ni siquiera basta, para disipar el hechizo, la constatación de que el Londres nocturno, que hasta ahora no habíamos vislumbrado -o vislumbramos hace veinte años, cuando era otro- es muy distinto del que vive y trabaja en pleno día. En el metro, atestado, no podemos pasar de la puerta. Y en la siguiente estación, en la que aguarda otra multitud, uno de los integrantes de la misma no duda en tomar carrerilla desde el andén y abrirse camino usando su trasero como ariete. Lo curioso es que, cuando consigue acomodarse en el vagón atestado, la emprende con nosotros, a quienes reprocha no dejar espacio para permitir el acceso de los nuevos viajeros.

Es un hombre joven, muy bien vestido, que seguramente ha empleado las horas que le separan de la salida del trabajo en trasegar toda la cerveza que ha podido. "Habrá tenido un mal día", me dice M.A.. Lo que, curiosamente, es comprendido por el acompañante del camorrista, que en un español pastoso replica: "Sí, es verdad lo que dices -disess-; pero también es verdad lo que dice él". Lo que nos devuelve a lo que comentábamos el otro día, a propósito de la Tate, de la capacidad de compromiso de los ingleses, y de su habilidad, llegado el caso, para disgustar a todos.

miércoles, abril 07, 2010

AGUA MINERAL

También hicimos la inevitable visita al British Museum, en atención a la curiosidad adolescente de C. y su afán por abarcarlo todo. Fue, con diferencia, el momento más decepcionante del viaje. Hace veinte años, recuerdo, el British era todavía abarcable. Sólo al cabo de algunas horas dentro te asaltaba esa sensación de saciedad e irrelevancia que los aficionados a las citas cultas llaman "síndrome de Stendhal". Había un cierto control a la entrada; y aunque la visita, como hoy, era gratuita, uno se sentía compelido a echar algunas libras de donativo en la urna dispuesta al efecto.

Hoy el British es, literalmente, una extensión de la calle. La gente entra y sale libremente, y no hay una solución de continuidad clara entre, pongamos, el Starbucks que hay justo enfrente de la puerta y el museo propiamente dicho. Y aunque la cúpula de cristal añadida por Norman Foster al severo edificio neoclásico crea una diferencia palpable entre el exterior, casi siempre desabrido y frío, y el cálido recinto del museo, esa benévola sensación queda pronto contrarrestada por la multitud que compra, grita, opina, corretea, dormita o come allí dentro. Hay salas, como la dedicada al arte egipcio, en las que uno no puede hacer otra cosa que dejarse llevar por el empuje de la marea humana. Y aunque puntualmente se siente uno confortado y agradecido por tener al alcance de la mano algunas de las creaciones más significativas del genio humano, lo que se experimenta al poco tiempo es la sensación de impotencia que produce no poder dedicar a cada una de esas obras el tiempo necesario, ni enfrentarse a ellas en unas condiciones mínimas de recogimiento y atención. La irritación cede pronto su lugar a la indiferencia. Y termina uno paseándose, no ya entre obras sublimes, sino entre meros cachivaches, acumulados allí sin ton ni son, como en una trapería.


Pero no es eso lo que parece irritar a algunos, cuyos comentarios no puedo evitar oír; sobre todo, españoles, a quienes parece molestar mucho que esas obras estén allí, en la institución creada ex profeso para albergarlas y cuidarlas, y no en sus ubicaciones originales, donde con frecuencia estaban sujetas al expolio o a la incomprensión, como sucedía con las esculturas del Partenón, utilizadas como blanco de tiro por los turcos o mutiladas a martillazos para vender los trozos a los visitantes por unos céntimos. Irrita mucho oír al demagogo de turno -casi siempre, ya digo, un español barbado, quizá con un titulillo universitario- pontificar sobre estos asuntos. Pero, a la postre, termina uno cediendo a la sensación de desencanto.

Salgo de allí corriendo, con la garganta seca. Y como no quiero aliviarla tampoco en el ya citado Starbucks -a todos los efectos, otra sala del museo-, doy la vuelta a la manzana hasta encontrar la tienda de un caritativo coreano, que me vende una botella de agua mineral.

martes, abril 06, 2010

VER CLARO

El barco que une las dos Tate, la Modern y la de siempre (que ahora se llama "British", a saber por qué, puesto que también incluye cuadros de pintores no ingleses) une también dos mundos. El recorrido, muy largo sobre el papel -ambos museos están situados prácticamente en los extremos del centro urbano, según queda este definido por las "zonas" que recorre el metro-, dura apenas unos minutos. Pero las realidades que pueden apreciarse en uno y otro extremo son, ya digo, diametralmente opuestas. Algo así como lo que puede apreciarse cuando uno pasa, en un mismo intervalo, del Museo del Prado, tan diáfano, al Reina Sofía, que sigue conservando el aire de lo que fue, un hospital de desahuciados.

La Tate Modern, hay que reconocerlo, no recuerda en nada a un hospital. El edificio que la alberga fue hasta hace muy poco una central eléctrica, la de Southwark, y mantiene el aire de destartalada eficiencia propio de estas instalaciones. Lo que contiene está también clasificado por técnicas y funciones, como las dependencias de una fábrica: texturas, movimiento, etc. Es agradable pasear por estos espacios amplios y despejados, y asentir a la lección que pretende impartir su insoslayable didacticismo: que los artistas plásticos de todos los tiempos han estado dominados por las mismas obsesiones respecto a la materia que trabajaban: los problemas de luz y perspectiva, las relaciones existentes entre la obra de arte y su modelo, la posición del artista respecto a uno y otro, etc. La Tate Modern es muy inglesa en eso: en intentar conciliar extremos; sólo que aquí incurre en el mismo error que los políticos británicos que intentaron llegar a entenderse con Hitler: el arte moderno, que es de naturaleza totalitaria, lo quiere todo para sí, no admite componendas. La serie "Ninfeas" de Renoir, aquí representada por un cuadro de gran formato, en la sala dedicada a "Texturas", casi se vuelve ininteligible en ese contexto; mientras que los cuadros de la misma serie presentes en la National Gallery, por ejemplo, parecen allí a sus anchas, y rinden el debido tributo a la gran tradición figurativa a la que pertenecen.

Al otro lado del río, a apenas unos minutos en barco, se encuentra el exacto reverso de lo que aquí hemos visto. Pero llegamos ya cansados, y lo único que nos empeñamos en ver de la Tate British son las salas dedicadas a Turner. Salgo entusiasmado de la de acuarelas. Como si hubiera sufrido una terrible afección de la vista, diríamos, y un bálsamo milagroso me hubiera devuelto la capacidad de ver claro.

lunes, abril 05, 2010

CHILD

Seguramente dedicaré varios días a pasar a este cuaderno las notas tomadas durante el viaje a Londres. Un diario, entiendo, no debe ser retrospectivo, por lo que es posible que esté violando alguna de las convenciones del género al escribir de este modo, sustituyendo lo inmediato por lo recordado. Pero no hace falta darle muchas vueltas. Lo inmediato, mientras reescribo mis impresiones de viaje, puede darse por supuesto: el trabajo, la rutina. Lo que se me impone a la hora de escribir es lo otro. Vive uno bajo el peso de una especie de arritmia: para vivir, a veces, hay que dejar de escribir (¿podría haberme encerrado a escribir en estos apretados días de Londres?); y luego, para dar cuenta de esos días, es necesario sacrificar el presente inmediato, que desaparece. Llevar un diario es vivir en dos velocidades: una, la de los acontecimientos, te sobrepasa inevitablemente; la otra, la de la escritura propiamente dicha, contiene siempre un débito y una renuncia.

***

Los libreros de viejo de Charing Cross no son quizá tan hoscos como sus congéneres de otras latitudes. Pregunta uno educadamente si puede pasar y ellos te dan la venia con un desparpajo dickensiano, aun sabiendo de antemano que no vas a pagar los cientos de libras que a veces exigen por alguno de los tesoros que guardan: mayormente, libros dedicados por sus propios autores, lo que aquí debe de ser un género muy preciado. Descarto pronto estos comercios fetichistas y busco los de batalla: donde encuentro, por ejemplo, un ejemplar muy bien conservado de las poesías completas de Roy Fuller, editada en vida del autor, un año antes de que yo naciera, y otro similar de Walter de la Mare.

En el avión, a la vuelta, tengo ocasión de leerme el primero. El hecho de que este poeta sea algo menos conocido en España que Spender, por ejemplo, o Philip Larkin se debe meramente al azar. Y el caso es que, bien mirado, este poeta aúna lo mejor de uno y otro: el atormentado compromiso con la realidad de los poetas de entreguerras, por ejemplo, y el cinismo desencantado de los que les siguieron. Fuller vivió ambos estados de ánimo, y a ambos aportó una especie de matiz particular: se desengañó pronto, por ejemplo, de las simpatías comunistas de los primeros, y satirizó abiertamente esa ideología; y, tras atravesar un breve intervalo de realismo desencantado, que abrió camino a los más jóvenes, adoptó una especie de clasicismo sin tapujos que le proporcionó una amplitud de temas y recursos sin parangón en ninguno de sus coetáneos. Así, el libro acaba en una larga serie de sonetos escritos al modo de los de Meredith ("Meredithian Sonnets", reza el título), en los que es muy difícil atisbar ningún propósito paródico o irónico. Van en serio, diríamos.

***

Mientras leo a este poeta en el avión, mi compañera de asiento come plátanos pasados. Y ahora recuerdo que vi una cesta de plátanos también demasiado maduros en una especie de tienda de delicatessen que encontré en Southwark, en lo que antes fueron sórdidas dependencias portuarias y ahora es un floreciente barrio de clase media, al pie del Puente de la Torre. Daba un poco de pena, y de risa también, la pompa con que exhibían esas frutas que aquí, en España, cuelgan obscenamente, en grandes racimos, de los ganchos de cualquier frutero. Pero en ese barrio de bohemia chic todo era así: escaso y escogido; como el sol que hasta unas horas antes (por ejemplo, cuando cogimos el barco que enlaza las dos Tate, la Modern y la clásica, situadas en orillas opuestas del río) había brillado a rachas sobre los embarcaderos, sin abrir brecha en el frío compacto que nos helaba las manos y la cara, pero que, por una cortesía muy inexplicable en ese ambiente húmedo, no penetraba debajo de nuestros abrigos.

***

En un bar de ese barrio se negaron a darnos de cenar porque nos acompañaba C., que es menor de edad. C. anda muy ofendida al respecto. Y también porque en su Travel Card dice ostensivamente: child.

sábado, abril 03, 2010

SE ACABÓ

Parece claro que los días dorados de Internet están contados. El diario británico The Times ha anunciado que pondrá en marcha un “innovador” sistema de pago por el cual acceder a su página web costará más o menos lo mismo que comprar el periódico en un quiosco. Y se pagará de la misma manera: en calderilla, es decir, abonando en el momento una cantidad similar a la del precio del periódico de papel. En otros lugares del mundo, como en China, se ensayan con éxito mecanismos de censura global, que remodelan la Red a la medida de los designios del gobierno. A unos les preocupa perder dinero, a otros perder el monopolio ideológico.

Quien esto escribe se siente tentado, en principio, a condenar tajantemente lo segundo y a otorgar una matizada aprobación a lo primero. Pero ¿y si una y otra cosa fueran lo mismo? Pasa con esto lo que con la revolución sexual de los años setenta: llegó el SIDA y se acabó la fiesta. Claro que, apoyándose en el mismo símil, habrá quien diga que la fiesta puede continuar, pero con algunas reglas. En el caso del sexo, éstas son de naturaleza higiénico-sanitaria; en el que nos ocupa, simplemente habrá que pasar por caja. ¿Es justo? No sé. Antiguamente, a un músico sólo se le podía escuchar en persona. Se inventaron los medios para que sus actuaciones se grabaran y pudieran reproducirse en cualquier parte y nació una poderosa industria que multiplicó las ganancias del músico en cuestión y, además, generó unos cuantiosos beneficios para sí misma. Ahora un nuevo avance de la tecnología priva a esta industria de su particular gallina de los huevos de oro: cualquiera que posea un documento sonoro o visual digno de ser compartido puede ponerlo al alcance del mundo entero, y hacerlo por un procedimiento que, formalmente hablando, es idéntico al que rige el intercambio directo entre particulares. Para entendernos: como cuando le prestamos un libro a un amigo, en la seguridad de que no por ello vulneramos los derechos de la editorial o del autor, que así se ven privados de la venta de un ejemplar. El problema es: si esto se generaliza, ¿de qué van a vivir los creadores de los productos susceptibles de ser intercambiados de este modo?

Sea cual sea la respuesta, el estado actual de la cuestión es el descrito en el primer párrafo: los días de absoluta libertad en la Red se acaban. Dentro de algunas décadas podrá contarle uno a sus nietos que hubo un tiempo en el que, cuando a uno le apetecía escuchar una canción o ver una película, se acercaba al ordenador, trasteaba un poco y en cuestión de minutos (o de horas, en fin, porque también en esa época dorada de las descargas indiscriminadas había sus limitaciones) el deseo se veía satisfecho. Algo así como hacer el amor en una comuna de
hippies. Claro que también eso era agotador, como cuentan algunos hippies de entonces.

Publicado el martes en Diario de Cádiz