lunes, mayo 31, 2010

LEVEDADES

La levedad del caldo de caracoles, según lo hacen en mi tierra: infusión de hierbas, más que caldo. Y con un sabor muy peculiar, que no tiene parangón en ningún otro plato que yo conozca, ni de aquí ni de ningún otro sitio. Un punto oriental, quizá -algunos añaden un poco de jengibre al paquete de hierbas-. En ningún otro sitio comen estos caracoles pequeños, de indisimulada textura invertebrada. Alimento de nómadas hambrientos, de cazadores-recolectores de alguna remota edad de la humanidad... Ya casi nadie los prepara en sus casas, por lo que su consumo, en esta época del año, se asocia a la eclosión del buen tiempo y a la posibilidad de pasarse la tarde sentado en una terraza, al aire libre. Son también, por ello, un símbolo del ocio. Y uno, que suele andar bastante atareado en estas fechas, sólo los come en ocasiones contadas, aunque tampoco deja pasar la temporada sin probarlos. Comerlos es más un rito que otra cosa. Sientan bien, quizá por la sugestión de que, al ingerirlos, está uno asimilando una especie de destilado de jugos primigenios de la tierra... Algún antropólogo debería aclarárnoslo.

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El algún momento de la lectura de Y ningún otro cielo, el último libro de poemas de Abelardo Linares, me puede la emoción. Es una sensación extraña, que raras veces relaciono con la literatura. Ésta suele depararme placeres de otro tipo: cerebrales, sensoriales (la sugestión del ritmo, combinada con la exactitud...), etc. Las excepciones son pocas. Y ésta a que me refiero puede deberse al efecto de alternar poemas literariamente muy elaborados, que predisponen a esos goces intelectuales y sensoriales de los que hablaba antes, con otros muy sencillos, incluso de métrica popular, en los que la emoción golpea sobre una sensibilidad predispuesta... a otra cosa. No me lo esperaba. Y este factor sorpresa es, qué duda cabe, uno de los grandes aciertos del libro.

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La delicada ondulación de los trigales. En ellos la humanización del paisaje alcanza su máxima expresión. Campos de pan, los llaman en algunos lugares. Sin embargo, la impresión de frescura y limpieza que producen no se deriva de la riqueza que se espera obtener de ellos, sino de otra cosa, más insólita en la naturaleza de los países templados: su desnudez, su pureza de líneas, la uniformidad de su color -verde ahora, en primavera; dorado dentro de unas semanas-. Tocados, eso sí, por un punto de inquietud: cuando una ráfaga de aire los acaricia a contrapelo y uno ve cómo los recorre una insinuación de una sombra que, sin embargo, no llega a cuajar sobre ellos.

viernes, mayo 28, 2010

PALOMAS

Ha pasado casi desapercibida la noticia de la única reducción efectiva de personal llevada a cabo hasta el momento por la administración en estos tiempos de crisis. No es, como muchos anhelan, un recorte en el número de altos cargos, ni la supresión de algún que otro ministerio. No. La medida se tomó hace dos meses y ha entrado en vigor hace unos días. En cumplimiento de ella, el ejército –que, al fin y al cabo, es una rama de la administración– ha licenciado su cuerpo de palomas mensajeras… Mal año para estas aves. A comienzos del mismo, recuérdese, un ayuntamiento anunció su propósito de multar a todos aquellos que les dieran de comer por las calles. Ahora se han quedado sin trabajo. O, como eufemísticamente se ha dicho, “han sido puestas bajo la tutela de entidades deportivas”, que es la fórmula que se ha empleado para anunciar que las mandan al asilo. Bien mirado, se agradece que no las hayan sacrificado sin más, como hacen con los perros de caza que dejan de cumplir su función, o con los caballos viejos.

Al parecer, se da por sentado que las comunicaciones por satélite hacen innecesarios los servicios que prestaban estos animales. Esos satélites, se supone, no pueden averiarse, ni ser interceptados o dañados. Bueno. En estos países nuestros tan benditamente hechos a la paz, y tan incapaces de imaginar las consecuencias de un conflicto bélico generalizado, es inútil especular sobre la necesidad o no de mantener estas costosas mascotas, que requieren un riguroso entrenamiento y una atención permanente. Y si uno lamenta su desaparición, lo hace a modo de arrebato lírico, y también porque uno cree en una especie de ecología hecha por el hombre a su imagen y semejanza, y a la que se deben criaturas que, sin nuestros cuidados interesados, simplemente dejarían de existir, porque ya no tendrían razón de ser ni espacios donde vivir. A esa fauna debida a nuestros caprichos pertenece el toro de lidia, por ejemplo. No soy precisamente un entusiasta de la fiesta nacional. Pero cada vez que me encuentro con algún furibundo detractor de la misma, le hago la misma pregunta: ¿Qué hacemos con los toros? Otros animales hechos al hombre han demostrado ser más adaptables. En Australia, tengo entendido, los gatos asilvestrados son ahora legión y constituyen una amenaza para la fauna autóctona… Y quizá lo que los hace doblemente peligrosos, como al toro que ha probado el capote, es que ya nos conocen, porque han vivido con nosotros, compartido nuestros secretos, asistido a nuestras intimidades.

En el caso de las palomas, han portado importantes secretos militares. Ahora las han jubilado. Las imagina uno volando distraídamente, por pasar el rato, alrededor de las estatuas de nuestros héroes cívicos. Y, a despecho del acoso municipal, cubriéndolos de… gloria. Ellas, que tanto saben de eso.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, mayo 27, 2010

CLAÚSULAS

Paso toda una hora oyendo a una empleada de una compañía de seguros, a la que he acudido a pedir unos presupuestos. He sido yo quien, al mirar el reloj, le he dado a entender que tenía prisa. Pero mi premura se debía simplemente a que tenía otros compromisos, y no a que me aburriera esta simpática muchacha que, en estos tiempos de desconfianza y desorden, hace la apología de un mundo regido por instituciones sólidas y solventes, en el que incluso cabe confiarle a un incauto como yo que no todas las compañías tienen esa solidez y solvencia, y que, ¿sabe usted?, algunas dan gato por liebre... Eso me dice. Escucha uno esa música celestial como quien oye llover. Pero la oficina es limpia y fresca, la muchacha rebosa eficiencia y simpatía, y uno se halla en la tesitura de vender su alma a quien esté dispuesto a gastar en la transacción unos cuantos cumplidos y unas pocas atenciones: la calderilla mínima en la que se tasa la sociabilidad elemental. Ya habrá tiempo para las decepciones. No acabo de estar muy convencido de pertenecer a la llamada "clase media". No mientras mi condición de mero asalariado no me permita un mínimo margen de iniciativa respecto al nivel de bienestar que desearía para mí y para los míos. Y más en estos tiempos que corren, en que los asalariados somos carne de cañón. Pero debo reconocer que soy vulnerable a los ensueños de la clase media. Al ideal de vivir bajo un sistema de mutuas garantías previamente pactado, y en cuyo irreprochable cumplimiento aparentamos confiar. Es una ilusión, que sólo se sostiene en determinadas coyunturas de duración limitada, y que en los tiempos que atravesamos no parece demasiado sostenible. Uno se ha puesto ya en lo peor. Pero todavía se aferra a ciertos espejismos -esta amable señorita y sus seguridades- para suscribir determinadas cláusulas confiadas. Ya vendrá el tiempo de los definitivos desengaños.

miércoles, mayo 26, 2010

BAAL

La transparencia de los primeros días de primavera ha sido sustituida por una turbiedad que es del aire, sí, pero que parece más bien del ánimo. Tiene uno intervalos luminosos y transparentes, como el aire a primera hora de la mañana; y momentos de nerviosa imprevisibilidad, como los que anuncian esas nubes rápidas que empuja el viento sur, y que no se sabe si van a pasar de largo o a descargar lluvia.

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Lo de Hacienda es más bien religioso, en el sentido degradado que tiene esa palabra en determinados contextos -no, evidentemente, en su significado primigenio de religio o lazo espiritual entre el hombre y lo sagrado-. El Estado es la única realidad ominosa que pesa sobre el presuntamente libérrimo hombre moderno. Le abonamos el equivalente de tres o cuatro meses de nuestro trabajo, como campesinos obligados a la gleba. Asistimos pacientemente a sus arbitrariedades. Y encima, en el caso que nos ocupa, asumimos como normal el deber de confesarle detalladamente nuestros ingresos, que es también darle cuenta de nuestro modo de vida. Confesión, por otra parte, innecesaria -al menos, en el caso de quienes vivimos de un sueldo-, puesto que el receptor de la misma dispone de toda la información, y sólo espera un fallo por nuestra parte -un error aritmético, por ejemplo- para abrumarnos de culpabilidad. Como un dios caprichoso y vengativo, uno de esos baales del AT, contra los que justamente descargaba su ira el único Dios que los protagonistas de ese libro tenían como verdadero.

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The money conspiracy, denomina el protagonista de Dinero la estrambótica trama a la que está sujeto. Y que, efectivamente, termina mostrándose como una conspiración. Quizá el mérito mayor de esta novela sea hacernos reflexionar sobre esta circunstancia, que pesa más o menos sobre todos. Y ni siquiera vale, para distanciarnos de esa conclusión pesimista, la constatación de que no somos tan propensos al exceso y la desmesura como el atribulado protagonista. No, al menos yo no me paso el día borracho, visitando antros pornográficos y trasegando comida basura. No, no llevo esa "vida de animal", de la que este hombre parece incluso orgulloso. Pero, a la vista de que uno está sujeto a las mismas fuerzas arbitrarias que él, esta pretensión de virtud -de salud, más bien- resulta incluso una agravante.

martes, mayo 25, 2010

SANGRE

Me piden que pose para unos "recursos", que es como llaman los de la televisión a esas imágenes con las que acompañan las partes de una emisión en las que suena música de fondo o una voz en off, antes o después de entrar en la materia propiamente dicha. Y me filman mientras ando bajo las arcadas de un patio porticado, meditativo y serio, parándome a veces a mirar al tendido o a hojear el libro sobre el que acaban de entrevistarme... Cómo salir airoso de estos trances, cómo aparentar en ellos una mínima naturalidad. No sé lo que parezco: un impostor, seguramente. Y es que hay una distancia entre haber escrito libros y hacer esas cosas que se esperan de los escritores: que aparenten estar siempre absortos en elevadísimas preocupaciones, por ejemplo. Aquí puedo anotarlo (para eso es un diario íntimo): mi máxima preocupación en ese momento era disimular una mancha de sangre en el puño de mi camisa. Y no es que hubiera matado a nadie: simplemente, me herí en un dedo esa mañana -una herida escandalosa, de ésas que sangran mucho- y no había tenido oportunidad de pasar por casa para cambiarme. Lo que, después de todo, tiene también cierto valor metafórico: ¿qué otra cosa puede preocuparle a uno, en estos trances, que no sea ocultar por dónde sangra la herida?

lunes, mayo 24, 2010

PUNTO DE VISTA

Con C. en el concurso de pintura rápida de Benaocaz, en el que participa. La ayudo a llevar los bártulos y a encontrar un lugar en el que plantar el caballete. No es fácil: sopla un levante racheado, muy capaz de tumbar o llevarse por delante los endebles trebejos de la pintura. De hecho, los pocos pintores que hemos visto en faena a esta hora temprana han instalado sus avíos en la parte trasera de sus furgonetas o en los pocos lugares resguardados que ofrece la complicada orografía de este pueblo literalmente encaramado a la ladera de una montaña. Noto el desánimo de C., su impaciencia adolescente, que es también una modalidad temprana de una autoexigencia quizá algo excesiva. Probamos en varios sitios, en vano: o bien no ofrecen suficiente protección del viento, o bien el panorama abarcado no es del agrado de la pintora. Seguimos nuestros tortuoso camino, ella con la voluminosa bolsa en la que lleva las pinturas y yo con el caballete a cuestas... Hay expresiones metafóricas de cuyo abuso no somos conscientes hasta que tropezamos con su sentido originario y literal. "Punto de vista", por ejemplo: con qué tranquilidad hablamos del "punto de vista" que adopta un escritor, pongo por caso. Pero para cambiar de punto de vista o encontrar el idóneo, el escritor no tiene que trasladarse, no tiene que cargar con sus bártulos, ni combatir el viento o el sol. Las dificultades son otras, claro, y muy considerables... El día antes, en la presentación de mi Diario de Benaocaz, aquí, en el mismo pueblo, volví a repetir algo que ya dije en Cádiz, delante de algunos amigos escritores a los que respeto y admiro: que de los colegas del oficio se aprende poco, y que, en mi caso, mi amistad con algunos pintores ha resultado más enriquecedora respecto a los procedimientos y fórmulas de mi oficio que la práctica totalidad de conversaciones literarias que uno haya podido tener con destacados colegas. Cuando lo dije aquí, en Benaocaz, ante varios pintores, éstos asintieron, claro; pero no estoy muy seguro de que estuvieran dispuestos a asumir la tesis complementaria: la de que también ellos pudieran haber aprendido algo decisivo de la lectura de determinadas obras literarias, por ejemplo.

Pero a lo que iba: me acordaba de todas estas disquisiciones al día siguiente, mientras recorría con mi hija las calles en cuesta de Benaocaz. Un rincón abrigado y, a la vez, abierto a un panorama rico, en el que mereciera la pena ahondar: eso buscábamos. Y eso es lo que busca uno también cuando se sienta a escribir: un ánimo resguardado, abierto a un panorama mental lo suficientemente complejo como para poder extraer de él algunos temas y motivos... Pero las metáforas, ya digo, resultan pobres cuando se las confronta con la realidad.

Por fin dimos con un lugar que reunía las condiciones necesarias: un recodo de la escalera en la que termina la larga calle en cuesta en la que se alinean las últimas casas del pueblo, ya en descenso hacia un hondo valle. Al principio no entendí el porqué de esa elección: unas altas encinas obstaculizaban el panorama. Pero ése iba a ser el asunto del cuadro: una mancha verde, con sus huecos y honduras, sobre la que asomaba una línea quebrada de montañas y un cielo turbio. Un cuadro, digamos, sobre los árboles que impiden ver el bosque, o sobre la necesidad de levantar un poco más la vista para intentar ver al otro lado... Desde el primer momento me di cuenta de que no era un cuadro adecuado para un concurso. Y luego, cuando lo vi expuesto en la plaza, al lado de otros más abigarrados y detallistas, que parecían reclamar a voces la atención apresurada del jurado, me pareció una de esas personas discretas que, cuando están en una reunión de gente gritona y charlatana, optan por callar. Había otros cuadros de esa condición y les pasaba lo mismo. Sólo que, a diferencia de lo que hacen las personas tímidas, no terminaron entablando conversación entre ellos en algún receso del bullicio, sino que permanecieron en su soledad, orgullosos y desairados, mientras los elogios y premios iban cayendo sobre otros. C. aceptó el resultado con deportividad: lo había anticipado, como hacen la mayoría de las personas orgullosas para precaverse de un fracaso. Pero con una salvedad: en el proceso ha aprendido algo sobre la naturaleza de lo que gusta y no gusta a los demás, y sobre lo que uno mismo debe decidir al respecto cuando esa consideración entra en conflicto con las convicciones y querencias propias. Ése ha sido su premio esta vez. No es poco.

viernes, mayo 21, 2010

LA POBREZA

Parece definitivo que todos seremos más pobres. A quienes ya lo eran por efecto de los vaivenes de la economía (parados, empresarios arruinados, etc.) se unen ahora quienes cobraban del estado (pensionistas y funcionarios), cuyos estipendios se verán reducidos. No entro ahora a discutir si la medida es acertada o no. Tampoco si es justa, porque entiendo que de lo que se trata en este momento es de salvar la coyuntura, y no de crear doctrina. Sí, sería bueno castigar a los financieros sin escrúpulos que han provocado la crisis, y propinar un severo correctivo a la clase política que tan mal la ha administrado. Pero no está uno muy seguro de si quienes eventualmente pudieran aplicar tales medidas justicieras no terminarían siendo más onerosos para la ciudadanía que esos financieros y políticos. Ya ha ocurrido en Grecia: se le prende fuego a un banco (lo que, como símbolo, sin duda resulta grandioso) y termina ardiendo en ese fuego un pobre que pasaba por allí. Desconfío de quienes se cargan de razón. Ya hay demasiada gente vociferando y rasgándose las vestiduras como para que uno pretenda sumarse a ese coro.

Así que, si ustedes me lo permiten, voy a intentar ver el lado positivo de la cuestión. Ya que vamos a ser pobres (ya muchos lo son), aprovechemos para poner al mal tiempo buena cara. La verdad es que, en nuestra breve etapa de nuevos ricos, no hemos hecho muy buen papel. Hemos destrozado nuestros paisajes, hemos contribuido a establecer modos de vida contrarios al bienestar y al sentido común, hemos postergado el saber y la cultura y perdido el respeto a los encargados de acrecentar o difundir uno y otra. Y hemos creado un tipo humano agresivo y prepotente, cuyas máximas aspiraciones eran cebarse, avasallar al vecino y tener el televisor más grande o el coche más ostentoso que se pudiera comprar, a ser posible dotado de un equipo de música que atruene las calles... Ésos han sido, entre nosotros, los efectos tangibles de la abundancia. No digo que no pudieran haber sido otros. Con otras cabezas pensantes y otras prioridades, a lo mejor hubiéramos podido dotarnos de un sistema educativo eficiente, de unos valores razonables, de un estilo de vida sano y cultivado.

Nunca es tarde. Me dicen los amigos funcionarios que, con los recortes anunciados, cobrarán (cobraremos, porque uno come también de esa olla) cien o ciento cincuenta euros menos. Propongo aquí que el recorte se aplique a esos momentos y aficiones que nos hacen menos dignos. A las ocasiones de vulgaridad y ruido. A las expansiones que nos embrutecen y comprometen. Haga cada cual su examen de conciencia. No tenemos nada que perder. Y podremos ganar, entre otras cosas, el derecho de dirigir nuestros reproches a quienes no parecen dispuestos a asumir su cuota de sacrificios. A políticos y banqueros, por ejemplo.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

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Hoy viernes a las 20.00 horas se presenta en el Teatro Aznalmara de Benaocaz mi libro Diario de Benaocaz. Presentará el acto el escritor gaditano José Antonio Bablé e intervendrá el cantautor Juan Antonio Requejo.

miércoles, mayo 19, 2010

EN CIERNES

"Son cosas mías antiguas", me dice. "De cuando tenía catorce años". Se refiere al grueso cuaderno de poemas que ha puesto en mis manos. Paso las hojas con cuidado, como si estuvieran hechas de un material muy quebradizo. Y lo están: ese papel intangible en el que las emociones adolescentes se transfiguran en suspiros más o menos becquerianos. "¿Qué edad tienes ahora?", le pregunto. "Dieciséis". Le recomiendo que lea, que persevere en la escritura, que no se avergüence de ella. Le pongo en las manos un ejemplar de Veinte poemas de amor..., insistiéndole sobre todo en la lección rítmica que encierran. "Su autor no era mucho mayor que tú cuando los escribió". Le leo incluso alguna tirada, recalcándole los acentos y el cómputo silábico. "Puedes prescindir de estas cosas si quieres, pero al menos debes conocerlas, como cualquier artesano conoce las herramientas de su oficio". Parece que asiente. Y entonces me animo a decirle: "Sé humilde también, porque en esto no hace uno otra cosa que aprender y nunca se sabe lo suficiente". Y me acuerdo de lo que yo escribía entonces -tan similar, ay, a las probaturas desinformadas de este chico- y del cambio que mis ideas sobre la escritura y mi práctica de la misma experimentaron en cuanto di con quienes podían darme buenos consejos. Maestros, por cierto, de los que renegué en cuanto pude, pero a los que no por eso les niego la importancia decisiva que tuvieron en su día.

"Ven a verme cuando hayas leído este libro", le digo, "y ya me cuentas". No creo que lo haga. O sí, quién sabe. Y quién sabe también si no causa uno un daño inmenso por secundar estas aficiones, que a nada conducen, y que tan pocas satisfacciones van a deparar a quien las cultiva.

martes, mayo 18, 2010

NOVELA

Papeles. Aprovecho la ocasión de cumplimentar la declaración de la renta para revisar los acumulados a lo largo del último año. Inútiles casi ellos. Contienen la suficiente información sobre mí, sin embargo, como para que con ellos uno de esos pulcros biógrafos anglosajones compusiera un detalladísimo relato de mi vida. Más completo, incluso (mucho más, diría yo) que este diario. Mis idas y venidas, mis gastos, mis aficiones. La ligera trama social de la que dependo... Les dedico apenas una mirada y los descarto inmediatamente. Apenas guardo un puñado de extractos bancarios, relativos a algunos aspectos de la declaración, y poco más. De las muchas novelas que pueden salir de una sola vida, a Hacienda sólo le interesa una, y ésa es la que ahora debo escribir. Uno se debe a su público. Las otras -como ocurre, en fin, siempre que uno se decanta por una línea argumental, en detrimento de otras- van a parar directamente a la papelera.

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El lamentable espectáculo de una clase política desconcertada, puesta en evidencia y sin argumentos para defenderse. Hemos entregado el país -democráticamente- a un puñado de aficionados y ahora pagamos las consecuencias. Pero algo se gana también con la constatación: la certeza de la absoluta falta de importancia de éstos y de todo aquello por lo que han hecho ruido, su levedad, su transitoriedad. Dentro de diez años, sospecho, nos costará recordar quiénes fueron, qué pretendían, qué perjuicios nos causaron. Sin embargo, seguiremos hablando de algunas de las cosas que más nos importan hoy. De un libro que nos ha gustado, de un viaje que hicimos. Incluso del dichoso volcán cuyos humos traen de cabeza a media Europa. Un volcán sí es algo considerable. Un político no.

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A propósito de lo primero. Un libro hecho de la mera acumulación de facturas, pasajes de avión o billetes de avión, tíquets de aparcamientos, recibos de cajeros automáticos, cartas comerciales, nóminas, extractos bancarios, etc, pertenecientes a una sola persona o a un grupo de personas allegadas. Un título y la palabra "fin" en la última página. Y llamarlo "novela". Seguro que se le ha ocurrido ya a alguien -los experimentos de Dos Passos, por ejemplo, iban en esa dirección-. Pero supongo que lo que sobraba en lo de este novelista era, precisamente, la literatura.

lunes, mayo 17, 2010

RETRATO

Finalmente, la temida "firma de ejemplares" de Diario de Benaocaz se convierte en una especie de tertulia por turnos, en las que unos interlocutores -amigos y conocidos- relevan a otros y me mantienen distraído y feliz (¿acaso no desearía uno otra cosa que disfrutar de una eterna sucesión de momentos amistosos, en un ambiente educado y distendido?) a lo largo de las dos horas que dura el compromiso. Firmo, si no he contado mal, doce libros, entre ellos algunos ejemplares de Vacaciones de invierno, Sexteto de Madrid y -sorprendentemente- Gigantes y molinos, mi libro casi secreto sobre el Quijote. El demonio pesimista que llevo dentro me susurra que, para ese viaje, no hacían falta tales alforjas. Y que estos ejemplares despachados, unidos a los pocos que se vendieron en la presentación, no justifican el esfuerzo y la tensión a los que he sometido a mi familia, a las personas implicadas en la organización y desarrollo de estos actos y a mí mismo. Puede ser. Entre estos ajetreos, la carga de trabajo aparejada al final de curso y mi intermitente astenia primaveral, estoy literalmente agotado. O, mejor dicho, en un estado alterno de desánimo y euforia, que me recuerda, ahora que estoy leyendo a Martin Amis, a las caídas y subidones del protagonista alcohólico de Money.

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Me dicen mis amigos libreros que los vientos fríos que han soplado estos últimos días han desanimado un poco a la clientela de la Feria del Libro. Yo mismo lo compruebo: mientras permanezco en un rincón resguardado del estand, ubicado en una casamata de un antiguo fuerte, casi compadezco a quienes llegan de fuera, con los cuellos de las chaquetas levantados y ese estado de desarreglo que producen los cambios súbitos de tiempo. Esta Feria tiene estas cosas: no casa bien ni con el tiempo demasiado bueno (la gente prefiere irse a la playa, según los libreros) ni con el tiempo inestable. En eso se parece mucho a la propia mercancía que ofrece: la mayoría de los libros exigen un estado de ánimo particular, y basta la más ligera desarmonía para que su lectura resulte incómoda o improductiva. Los lectores más o menos avezados sabemos sobreponernos, pero...

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El retrato del difunto J.C. que ha pintado J.A.M. Es la segunda vez que me enfrento a la experiencia de ver el retrato fiel de una persona a los pocos días de su muerte. Y, como la primera, que tuvo lugar hace años, la contemplación de la pintura me causa una pequeña conmoción. Tal vez porque no hay retrato que no presuponga la vida del retratado; o que no reclame para sí, de un modo que resulta un tanto intolerable, esa eternidad que palpablemente le ha sido negada a aquél.

viernes, mayo 14, 2010

FALAR PORTUGUÉS

El presidente de la comunidad autónoma andaluza ha estado en Portugal y ha anunciado allí su propósito de implantar el estudio de la lengua lusa en todos los colegios andaluces en los próximos cinco años. Es, que yo sepa, la primera medida en que se concreta el impulso que este político dice querer dar a la educación. Y se adopta, dice, porque el portugués se habla “en cuatro continentes” y su conocimiento abriría, por tanto, un gran campo a la economía andaluza. No me atrevo a poner en duda tan excelentes propósitos. Y menos, cuando se refieren a una lengua que aprecio y a un país que conserva mucho aún de lo que España ha perdido en nombre de una malentendida modernización. Menos entiendo que se pretenda justificar esta medida con razones pretendidamente utilitarias. Porque, aparte del gigante brasileño (en el que, por cierto, el español gana terreno a gran velocidad) y del propio Portugal, no sabe uno en dónde están esas otras oportunidades de negocio. ¿En Angola, Mozambique, Timor Oriental? Más difícil me parece lograr el encaje de otro idioma en el ya demasiado recargado currículo educativo andaluz; y hacerlo sin que resulten perjudicadas las otras dos grandes lenguas de comercio y cultura que en él se imparten, el inglés y el francés, o sin que esto implique la renuncia sine die a que en nuestras escuelas se aprendan otras lenguas muy importantes para nuestro turismo y comercio, tales como el alemán, el italiano o, por qué no, el chino, cuya creciente relevancia mundial nadie niega.

Ya se verá en qué queda esta promesa, que a mí me recuerda otro anuncio similar hecho por otra presidenta autonómica, Esperanza Aguirre, a propósito del catalán… Los políticos españoles, en general, no saben qué hacer con la rica variedad lingüística de la península. A lo más, la utilizan como arma arrojadiza. El portugués, a todos los efectos, es una lengua peninsular más, y como las otras lenguas romances peninsulares, en ella destacan más sus similitudes con el castellano que sus diferencias. A ningún político, que yo sepa, le ha dado por destacar esta evidencia: que cualquier castellanohablante de cultura media puede leer –y, con un poco de práctica, incluso entender de oído– las otras lenguas romances peninsulares; y que basta un pequeño esfuerzo autodidacta para conocer los rasgos distintivos de éstas.

Puestos a inventar asignaturas, se me ocurre que podría existir una que se basara en esta realidad, y que familiarizara el oído de los escolares peninsulares con las muy reconocibles sonoridades de las lenguas hermanas. Una asignatura en la que se constatara en la práctica que los titulares del lisboeta Diário de Notícias, por ejemplo, o unos versos de Fernando Pessoa resultan casi transparentes a un hispanohablante. Y que todo lo demás que nos separa lo han inventado los políticos.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

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Mañana sábado estaré firmando ejemplares de Diario de Benaocaz y otros libros míos en la Feria del Libro de Cádiz, en la caseta de la librería Manuel de Falla, de 19.30 a 21.30. Será un placer ver por allí alguna cara conocida.

miércoles, mayo 12, 2010

PUESTA DE LARGO

Una presentación de libros se parece más, en efecto, a una "presentación en sociedad" o a una puesta de largo, que a un bautismo. A partir de aquí, se siente uno como el padre que, después de haber hecho todo lo posible por su hijo, se resigna a que éste dé por el mundo los bandazos que tenga que dar, y ya rara vez se avendrá a soltarle un sermón o a darle un consejo... Él sabrá ingeniárselas para llegar a los lectores a los que esté destinado, sean éstos cincuenta o... doscientos, porque tampoco hay que esperar más de un libro de poemas, y ya sería todo un triunfo tener asegurados esos doscientos.

En esta primera fase, sin embargo, todavía cuenta algo la sombra tutelar del padre. Leo lo que los periódicos locales han extraído de lo que dijimos mi editor, M.B., y yo en el acto de presentación de mi Diario de Benaocaz. Por ejemplo, la cumplida crónica de Virginia León, en Diario de Cádiz. ¿De verdad ha podido uno hablar tanto de sí mismo, de los castillos en el aire que se persiguen en el ejercicio de la creación poética? Si hubiera sido otro quien hubiera pronunciado todas estas palabras, ¿qué concepto me habría formado de él? ¿No hubiera sido mejor mantener todo esto en secreto? Efectivamente afirmé, por ejemplo, que las indagaciones que ocupaban los últimos poemas del libro significaban una apertura a la trascendencia... No sin antes advertir, claro, que esas veleidades las tenía alguien que no se siente religioso ni se reconoce en la ortodoxia -ni en la heterodoxia- de ninguna religión... Los amigos asentían, comprensivos, no sé si porque me han entendido o porque comprenden que, cuando uno se suelta a hablar en público, es normal que se le enreden los conceptos de ese modo. También dije algo sobre el necesario sustrato plástico -cité unas palabras de Cernuda al respecto- que ha de tener todo poema, para conjurar el riesgo de convertirse en una mera declaración abstracta o en un enunciado filosófico. Y una compañera me interroga hoy: "¿Qué querías decir? ¿Qué te parece Eliot, por ejemplo?". Y entiendo que, en esto de los principios poéticos, no hay verdades susceptibles de ser enunciadas con demasiada rotundidad. Eliot, le digo, es el poeta que es porque bebe de maestros para los que ese "sustrato plástico" resultaba fundamental. Laforgue, por ejemplo. Pero también Dante, con sus exactísimas comparaciones empequeñecedoras, extraídas de la observación del mundo... De esto habla uno hoy en los huecos que le deja la rutina laboral, dejándose llevar sin duda por la leve deriva hacia la irrealidad que supone siempre la inmersión en la vida literaria. Sin dejar de sentirme por ello, también, un poco charlatán, porque ¿qué pintan aquí Eliot, Laforgue, Dante? ¿No sería mejor, ya digo, que nada de esto saliera de casa?

Pero fue un buen acto, qué duda cabe. Y no por lo que yo dijera o dejara de decir, sino porque congregó, como en otras ocasiones, a un puñado de amigos que parecen sentir respecto a estas cosas la ilusión que a uno ya empieza a faltarle, y terminan contagiándosela a uno, aunque sólo sea por las pocas horas de exaltación que suelen seguir a estos esfuerzos.

lunes, mayo 10, 2010

ANACOLUTO

A propósito del difunto J.C., de quien hablaba el otro día: me cuentan que era fácil encontrarlo en las bibliotecas de los pueblos adyacentes, siempre leyendo cosas que denotaban que estaba bien informado y tenía un gusto exigente y exquisito. Lo que me lleva a pensar en algunas personas que conozco, que han hecho un arte del cultivo personal, y que, en contra de lo que suele ser la norma, no dirigen este cultivo a alimentar sus propios intereses creativos; es decir, no son escritores, ni pintores, ni músicos, ni tienen afán por llegar a ser ninguna de esas cosas. Si disfrutan de una obra de arte, no es porque esperen aprender nada de ella, ni contrastarla con las propias pesquisas, sino simplemente porque les entretiene y divierte. Los envidio. En mí conviven ambos personajes: el dilettante entregado al disfrute de las obras de arte y el aspirante a creador que las somete a escrutinio y espera obtener de ellas estímulo e inspiración para el propio trabajo. El segundo es con frecuencia un estorbo para el primero, y al revés. Y suelo asistir con esperanza y entusiasmo a las pequeñas conjuras que uno y otro urden para desbancar a su competidor. Claro que no sé qué pasaría si alguno de los dos lo lograra.

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Cambios de tiempo. O la puesta en escena externa de un malestar casi siempre interno.

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"Su familia no te olvida", leo en la cinta que adorna una corona funeraria. Y pienso que el contrasentido de la muerte queda acentuado por el hecho de que te puedan enterrar bajo un anacoluto.

Mañana martes a las 19.30 se presenta mi libro Diario de Benaocaz en la Feria del Libro de Cádiz.

viernes, mayo 07, 2010

LA PULSERA

Anda uno un poco desinformado en esto de los campos de energía y las fuerzas cósmicas. Lo que sí está claro es que por algún lado se me van las pocas que tengo. O lo que es lo mismo: tengo la sensación de que las que confluyen en mi humilde persona no circulan por donde debieran, y un día me cargan un músculo y otro se me acumulan en el entrecejo o en las órbitas oculares. Anda uno, en fin, como casi todo el mundo, absorto en sus neuras, sin que le sirva de consuelo saber que éstas tienen causas generales de fácil diagnóstico, y que su solución dependería de una simple concertación de voluntades. ¿Seré uno de esos siete de cada diez españoles sometidos a un exceso de ruido? Es posible. ¿Estaré afectado por ese pesimismo crónico que lleva a muchos a dar por seguro que dentro de unos meses la cifra de parados alcanzará los cinco millones? ¿Vivo atenazado por los fantasmas del pasado, como todos esos españoles empeñados en sentirse herederos de uno de los dos bandos en liza en la última guerra civil? Puede ser. Como también podría ser que el sumidero por el que se me van las energías, o por el que pasan de largo las fuerzas cósmicas, esté causado por la imposibilidad de comulgar con las pesadas e indigestas ruedas de molino que cada día nos pone por delante el tragicómico espectáculo de la política nacional.

Sí, no puede uno con su alma. Y me asombra que los periódicos digan que este desfondamiento interno, este “dolorido sentir”, tan hispánico, esta abulia y esta neurastenia no los padecen, en cambio, personajes tan destacados y notorios como Patxi López, Manolo Santana, Severiano Ballesteros, Cristiano Ronaldo… Y no porque sean ricos y poderosos, sino porque… llevan en la muñeca cierta milagrosa pulserilla de silicona, que reequilibra las fuerzas cósmicas y los campos de energía del propio cuerpo, e impiden esa inútil y desesperanzada dispersión que he tratado de describir en el párrafo precedente.

Naturalmente, hay aguafiestas que dicen que es un fraude, y que incluso han interpuesto la consiguiente denuncia. Mientras tanto, la pulsera se vende como rosquillas. Es un síntoma más del estado de ánimo colectivo. Antes encomendábamos esa misma función a la medallita de Santa Úrsula que nos había regalado nuestra pobre abuela, o a la estampita de San Martín de Porres que poníamos en la banca para que nos inspirara mientras hacíamos un examen. Eran, también, modos de atraer sobre nosotros las fuerzas positivas del universo. Ahora esos benévolos poderes los concentra una pulserilla de goma. Negra, blanca o de colores, según. Y anunciada en los medios. El mundo progresa. La humanidad avanza a pasos de gigante. Uno no tendría más que sacudirse la migraña y tener un poco de fe. ¿En qué? En eso: en las fuerzas cósmicas, en los campos electromagnéticos, en las corrientes telúricas…

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

jueves, mayo 06, 2010

MARIPOSAS

Se me va una hora larga en instalar (desembalar, leer las instrucciones, conectar cables, etc.) una nueva impresora. Sustituye otra que tenía una pequeña avería que, al parecer, no merecía la pena reparar, porque hubiera costado más el palio que el santo. Cosas de la cultura de usar y tirar. En fin. Instalo el nuevo armatoste. Ha costado el equivalente a una cena informal en pareja; es decir, no mucho; y, en todo caso, una cantidad que podría equipararse con facilidad a cualquier pequeño gasto de los que se hacen a fondo perdido... Anoto esto para aclarar que los temores e inseguridades aparejadas, en mi caso, a la manipulación de esta clase de aparatos no se corresponde con el valor real de los mismos. Que no se juega uno nada importante ni arriesga nada valioso en el proceso. Y, sin embargo, nada más ponerme manos a la obra, e incluso antes, se me acelera el pulso, siento mariposas en el estómago, me sudan las manos. No soy torpe, contra lo que pueda parecer. Sé solucionar más o menos aceptablemente la mayoría de los pequeños contratiempos domésticos, e incluso con la informática me las apaño razonablemente bien. Pero el miedo es el miedo. Habría que analizarlo, si no fuera porque uno desconfía de antemano de los resultados de esos análisis. ¿Qué iba a descubrir? ¿Un secreto trauma infantil? No creo que haya tal. Simplemente, una ridícula debilidad nerviosa. Que anoto aquí por si es de ésas que, por el mero hecho de ser nombradas, se esfuman.

miércoles, mayo 05, 2010

ESPEJISMO

De pronto, en medio de la avenida, un inexplicable intervalo de casi absoluto silencio. Un largo tramo de semáforos cambió al rojo al unísono y la especial sonoridad del aire en estos días de clima cambiante hizo el resto. A lo lejos, como desde el interior de un túnel, voces de chiquillería, con algo de coro oído en una pesadilla no del todo ingrata, pero sí inquietante. Al cambiar los semáforos el espejismo sonoro desaparece. En vano trato de auscultar el estruendo, buscando al fondo del mismo algún vestigio del intervalo que acaba de transcurrir. Y que, sin embargo, parece ya muy lejano.

martes, mayo 04, 2010

ESTADO DE LA NACIÓN

Desacostumbrada conversación casual en el trabajo sobre lo que podríamos llamar "el estado de la nación". Y constatación inmediata de que ningún otro tema de conversación podría ser menos grato, menos acorde con la sociabilidad general que aquí se practica, menos favorable a la distensión que se pretende en estas pausas laborales.

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Primeras páginas de Money, de Martin Amis. Primeros pasos (cautos, aún) en un universo desquiciado. No estoy muy seguro de querer acompañar al escritor hasta el final del viaje. Del que, por otra parte, sé que no podré zafarme.

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Ráfagas de aire frío al mediodía. Recordándonos, quizá, que el invierno queda todavía cerca, y que, como algunos feroces enemigos en retirada, a veces vuelve grupas y dispara.

lunes, mayo 03, 2010

LA SELVA DESNUDA

¿Qué clase de pasado hemos tenido
que ya ni somos rojos ni hemos muerto?

Traduzco estos versos del poema inicial de Epitaphs and occasions (1949) de Roy Fuller. Que, no sé por qué, me recuerdan el título y estribillo de aquella canción de Jethro Tull: Too old to rock and roll, too young to die. No hay generación que no sienta, en un momento dado, que se ha sobrevivido a sí misma, y que se ha dejado en el camino todo lo que en su día consideró esencial para reconocerse y diferenciarse. O lo que es lo mismo: no hay generación que no perciba que alcanzar la madurez es sumarse a una especie de mayoría moral desengañada, precisamente aquella contra la que se alzaron en su momento. Claro que el proceso tiene a veces sus complicaciones. ¿Y si uno viene de una generación que se quiso prematuramente escéptica y desengañada? ¿Cuál es la estación de llegada en este caso?

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Primer día de playa. El espectáculo siempre renovado de la desnudez. Ahora, si acaso, más acusada que nunca, porque la piel ni siquiera ha adquirido aún ese tono dorado que, según las convenciones vigentes, es también un modo de cubrirla.

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"Veo que no está vestida". "Tampoco estoy desnuda. Y, además, somos marido y mujer". He aquí la primera conversación que mantienen los protagonistas de Cuando ruge la marabunta (que en inglés, por cierto, se llama The Naked Jungle, la selva desnuda). En dos líneas quedan retratados los protagonistas: el rudo hacendado, preso de las convenciones y temeroso de las mujeres, y la aventurera que ha aceptado casarse con él por poderes. Ni desnudos ni vestidos, sino todo lo contrario. Depende del punto de vista y del contexto. Como en la playa de la que hablábamos antes.