miércoles, junio 30, 2010

DE VACÍO

Hace años era uno de los últimos en abandonar cualquier fiesta; ahora soy de los primeros. En eso me parezco al pescador que ya ha aprendido que, si los peces no pican en la primera hora, no merece la pena pasarse toda la noche con el aparejo tendido, para volver de vacío.

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Me comenta esta compañera que le apetece leer algo de Pessoa, un autor, dice, del que sólo conoce "cosas sueltas que ha leído aquí y allá", y de las que ha entresacado frases que copia en sus cuadernos. Ignoro qué frases son ésas, o qué densidad tienen esos cuadernos; pero, atendiendo a la recomendación que me reclama, la animo a leer el Libro del desasosiego, del que le procuro un ejemplar. Ahí lleva frases, pienso, para llenar doscientos cuadernos. Claro que, cuando se lee a un autor con ese afán de espigar pensamientos más o menos ingeniosos o elevados, lo mismo da leer a Pessoa que, pongo por caso, a Paulo Coelho. Por eso odia uno las citas -aunque en este diario haya algunas-: fuera de su contexto, no importa tanto la autoría de ciertas frases como quién las cita y para qué. Aunque Pessoa, en fin, es mucho Pessoa como para no dejar su impronta en esta lectora inadvertida.

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Un traje corto y escotado es siempre más sugerente que un biquini; y no exactamente porque interese más lo que se oculta que lo que se enseña; por esa regla de tres, un hábito de monja sería incluso más provocador que el mencionado traje corto; y no es el caso.

martes, junio 29, 2010

MIGAS DE PAN

Mientras poso para la que entiendo que será la última sesión de mi retrato, J.A.M. me habla de la fauna que frecuenta la huerta que me sirve de fondo, y cuyo último espécimen declarado es un conejo al que nadie ha visto todavía, pero que ha dejado inconfundibles señales de su paso en el plantel de judías verdes, que al parecer es una verdura que gusta especialmente a estos roedores... Propone J.A.M., medio en broma, que le preste a K. para que mantenga a raya la nueva plaga. Pero K. es una gata doméstica, que sólo ha ejercido sus dotes de cazadora con algunos pájaros de nuestros balcón y los insectos que se crían en la leña amontonada en el patio, y en la huerta de nuestro amigo se han visto, no sólo topillos y ratones, que seguramente harían las delicias de la gata, sino también ratas y serpientes, ante las que no sé cómo reaccionaría. De estas últimas, por cierto, me menciona mi interlocutor un ejemplar de unos dos metros al que vio iniciando plácidamente la deglución de un sapo a la sombra de un seto. J.A.M. previó los terrores ancestrales que semejante bestia podría despertar entre los miembros de su familia y no dudó en aplastar la cabeza del animal con una barra de hierro; lo que, al parecer, le criticaron mucho sus vecinos, muy partidarios de este silencioso reptil que mantiene a raya a las ratas y a otros animales nocivos... Oye uno estas historias con la fascinación que estas manifestaciones de la vida silvestre ejercen sobre la gente de ciudad. Hay quienes, en nombre de esa fascinación, se embarcan en un safari, por ejemplo. Pero no sé yo si ese impulso puede presuponérsele a los gatos que nunca han salido de una casa. Ni siquiera a los que, como K., han acreditado suficientemente sus instintos cazadores.

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La crisis, por lo que se ve, apenas ha calado en la calle. Los bares y comercios siguen tan llenos como siempre, y el pulso bullicioso de la vida urbana apenas ha decaído. En la intimidad, me consta, la cosa es muy distinta: ahí es donde cada cual echa sus cuentas y da rienda suelta a sus incertidumbres. Y es como si entre la clase media en proceso de depauperización empezara a cundir el ánimo del hidalgo del Lazarillo, que guardaba las migas de pan para adornarse con ellas la pechera sólo cuando salía a la calle.

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Desde mi posición, la imagen pintada de mi mano en escorzo parece una tarántula. O será que acabo de ver Las manos de Orlac, la película sobre un atribulado pianista al que un médico demente trasplanta las manos de un asesino, y ando algo sugestionado por la idea de que estas extremidades puedan tener vida propia. Que sean ellas las que escriben por mí; como, en el caso del protagonista de la película, eran ellas las que mataban.

lunes, junio 28, 2010

HOMENAJE

Modesto pero sentido homenaje cívico a J.C., el amigo benaocaceño que murió repentinamente hace apenas un par de meses. Se congregaron en la plaza unas doscientas personas, puede que más; lo que, teniendo en cuenta que la población total del pueblo es de seiscientas, puede considerarse una gran multitud. Respetuoso silencio y, a ratos, ráfagas de emoción difícilmente reprimida. C., que en su vida se había visto en otra igual, llora en silencio. Las lágrimas le bañan el rostro. Y, aunque me conmueve verla llorar, pienso que no puede hacerle daño esta manifestación de empatía con el dolor ajeno, y que la honra el hecho de no avergonzarse de sus lágrimas. Su padre, que es quien esto escribe, seguramente ha tenido que esperar mucho y pagar un precio mucho más alto para adquirir esa imprescindible enseñanza.

El momento más emotivo de la ceremonia, en cualquier caso, fue cuando nuestro amigo J.A.M. le entregó a la madre del difunto un retrato de éste, pintado expresamente para la ocasión. Conocíamos ya ese retrato y nos había impresionado, no sólo su fidelidad al original, sino, sobre todo, la naturalidad con la que el modelo esboza su característica media sonrisa de hombre tímido y reservado. El pintor se refirió, en la entrega, a su propia experiencia en circunstancias parecidas, y al consuelo que le deparó haber pintado previamente el retrato de la persona entonces fallecida, que no era otro que su padre, y contar con la compañía de esa efigie. Me llamó la atención este valor de uso de la imagen pintada, que nos retrotraía a los orígenes mismos del impulso de representar gráficamente aquello con lo que se quiere mantener alguna clase de relación espiritual. Temimos la reacción de la receptora ante aquella imagen casi intolerablemente viva. Y, efectivamente, hubo una breve efusión de llanto, oportunamente interrumpida por la concejala que ejercía de maestra de ceremonias, que ayudó a devolver la tabla a su envoltorio, una fea bolsa de plástico que, sin embargo, puso una bienvenida nota de cotidianidad vulgar, impremeditada, a la excesiva solemnidad del momento.

Terminada la ceremonia, y mientras nos dirigíamos al lugar donde se iba a descubrir una placa en recuerdo del fallecido, un coro de mujeres rompió a entonar un cántico religioso. El rigorista que a ratos aflora en mí se sintió un tanto sorprendido por lo que me pareció una inoportuna interferencia religiosa en un acto cívico, que imputé a los oficios del cura, allí presente, y a su ascendiente sobre las mujeres de la edad de la receptora de aquellos homenajes. M.A., que normalmente me aventaja en estos rigores laicistas, se mostró esta vez más comprensiva: "Cada uno expresa su dolor como puede y sabe". Tenía razón. Y con esa nota rústica, un tanto fuera del tiempo, se disolvió el acto bajo los rigores mucho más pertinentes del sol vespertino. La vida sigue, y ahora las expectativas de todos se concentraban en el inminente partido de fútbol en el que la selección española iba a enfrentarse a la de Chile.

viernes, junio 25, 2010

PURGATORIO

No es la muerte el mejor momento para hacer balance de la valía de un escritor. Quienes se ocupan de estas cosas saben que, después del momentáneo repunte de publicidad y estima que acompaña la noticia del fallecimiento de un literato famoso, viene lo que se suele llamar “el purgatorio”: durante unos años la obra de ese escritor no se reedita ni se lee, y el sentimiento general del público, cuando se alude a ese nombre conocido, es de saturación. El muerto al hoyo, parecen pensar todos. Y a ese hoyo va a parar también la estima de la que gozó en vida. Para comprobarlo, basta visitar una librería de viejo. Tiene uno esa melancólica costumbre. Cuántos prestigios literarios se liquidan a menos de un euro el ejemplar, cuántos amarillecen o se cubren de polvo. Y cuánta consideración mundana clama inútilmente desde esas sobrecubiertas descoloridas o desde esas elogiosas notas de solapa. De nada sirve haber sido académico, como tantos, o premio Nobel, como Knut Hamsun (en la foto), o haber vendido miles de ejemplares en su día, como Darío Fernández Flórez. Ese despiadado olvido no podía preverse, desde luego, cuando se redactaron las exaltadas necrológicas que a muchos de ellos les dedicaron. Otros tuvieron menos suerte: conocieron la muerte de su prestigio antes incluso que la muerte física. Pero eso llevaban adelantado.

Pienso en todo esto mientras leo las altisonantes necrológicas que personajes de diverso pelaje, desde el presidente del gobierno a uno de los efebos que aparecen en las películas de Almodóvar, han dedicado al escritor portugués José Saramago. No me cabe la menor duda de que la potencia de estos elogios fúnebres es directamente proporcional a la duración e intensidad de su inminente purgatorio. Pero lo verdaderamente extraño es que los poderosos de este mundo, los que gestionan la paz y la guerra o administran los cauces por los que circula la riqueza, elogien unánimemente la presunta rebeldía e inconformismo de este hombre de aspecto hosco que, desde su dorado retiro, pontificaba solemnemente sobre los males contemporáneos. Extraña rebeldía ésa, que se ejercía desde las tribunas de mayor resonancia y tenía por interlocutores a ministros y presidentes. Una rebeldía, en fin, que, más que sembrar dudas (que es lo único que, en buena ley, puede hacer el intelectual crítico) parecía legitimar posiciones políticas y opiniones biempensantes, a la vez que tranquilizar no pocas conciencias. Como hacían los anacoretas respecto a la pompa mundana de los reyes y papas que después los hacían santos.

En eso el mundo ha cambiado poco. Descanse en paz Saramago, si es que lo dejan, al menos en estos primeros días de eterno reposo, el ruido mediático que ha suscitado y los estridentes honores militares que ha recibido en su país natal. Mañana se verá qué quedó de esas fanfarrias, de ese ruido.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

jueves, junio 24, 2010

NEBLINA

Larga conversación con C. sobre el futuro, esa neblina. Resulta un tanto forzado, y hasta violento, tener que decidir a esas edades cómo resolver la propia vida. Y el caso es que el cauce burocrático, estandarizado, por el que transcurren nuestras existencias nos obliga a tomar decisiones tempranas que frecuentemente no tienen vuelta atrás, o sólo tienen remedio a cambio de no se sabe qué imponderables demoras y renuncias en esta carrera hacia ninguna parte. Trato, no obstante, de suavizar un poco el dramatismo de la situación. Hay cosas que sí tienen vuelta atrás. "¿Si no doy Latín en cuarto ya no podré hacer el bachillerato de letras, en caso de que me decida por ese camino?". Le digo que no importa, que yo mismo la prepararía durante el verano para que no se viera en situación de desventaja. De qué otras carencias y situaciones de desventaja no la podré librar, me pregunto. A su edad no recuerdo haber sentido esas inseguridades. A mí siempre me gustó lo que me gusta ahora: la lectura, los libros, los idiomas como otras tantas opciones para multiplicar las posibilidades de lectura; y creo que nunca me planteé seriamente abandonar el ámbito escolar, en el que sigo. Pero ahora no estoy muy seguro de que esas certezas de entonces, que han dado lugar a lo que soy, no hayan sido fruto de otros miedos más profundos, de mayor alcance incluso que la mera inseguridad respecto al futuro.

miércoles, junio 23, 2010

MENTIRAS PIADOSAS

El lunes por la tarde tuve la oportunidad de narrar un terremoto en directo desde este cuaderno: sucedió mientras escribía en él. No lo hice, supongo, porque no di crédito a mis propias sensaciones. Noté la sacudida del suelo y luego, durante unos segundos, la vibración que experimentó el inestable conjunto que forman, a mi izquierda, la torre del ordenador y el sistema de altavoces que, a falta de mejor sitio, he colocado encima de ésta. Me inquietó sobremanera esa vibración: creí que eran los mecanismos internos del ordenador, que traqueteaban, presagiando un fallo general del sistema. Es decir: sustituí un temor pequeño, casi mezquino (las molestias que podría haberme causado una avería del ordenador) por lo que hubiera sido más natural: el espanto legítimo ante la evidencia de que la tierra había temblado bajo mis pies. M. A. me sacó de dudas: "Oye, ¿has notado el temblor?". K., más fiel a sus instintos, había salido disparada. Por un momento nos miramos, como si temiéramos la posibilidad de una sacudida más intensa. No la hubo. Y luego, a la mañana siguiente, cuando pregunté en el trabajo si alguien había notado el presunto terremoto, obtuve una rotunda negativa por respuesta, acompañada de no pocas miradas entre escépticas y divertidas. La prensa, sin embargo, lo ha confirmado: hubo un temblor de 3.1 grados en la escala de Richter.

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Publiqué ayer en el Diario un artículo muy escéptico sobre la figura e importancia del recién fallecido J. S. Y un conocido me ha felicitado por lo que él ha entendido como un sentido homenaje al escritor portugués. No sé cómo encajarlo. Quizá no ha leído el artículo, y me felicita sólo porque ha visto mi nombre en el periódico y eso le ha llamado la atención. O quizá lo ha leído y no lo ha entendido. O quizá soy yo quien no entiende lo que ha escrito, o quien no se entiende a sí mismo, y por eso juzga acerbo e impertinente lo que, en el fondo, no puede ser entendido sino como la única clase de homenaje relevante que puede recibir un escritor en esta sociedad nuestra: que se le tenga en cuenta, aunque sea para mal.

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Me pregunta este otro compañero a qué pienso dedicar este verano. Y le digo que a terminar la novela que debo entregar en septiembre. Enseguida advierto que, como respuesta a una pregunta amistosa, que no buscaba otra cosa que hilar una conversación intrascendente, la mía resulta del todo inapropiada. Tendría que haberle dicho simplemente que me iba a la sierra, a descansar. Se lo digo, de todos modos, para tranquilizarlo. Pero al rato me dice: "Bueno, y eso de escribir novelas... ¿Cuando las empiezas sabes ya cómo van a terminar?". Y, para no causarle más inquietudes, le respondo con una mentira piadosa (más para mí, en fin, que para él): le contesto que sí.

martes, junio 22, 2010

NI A LOS GATOS

Idea para un artículo: la actual proliferación de banderas españolas en balcones, azoteas, etc., al socaire de la fiebre futbolera. Como la de barras y estrellas en los porches y gasolineras americanas después del 11-S.

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¿Por qué será que a mí Saramago me recuerda a Pemán? Y eso que el gaditano sobrevivió a su tiempo y no llegó a conocer las honras fúnebres que seguramente le tenían reservadas.

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K. busca el sol todavía, como en invierno. Este verano en ciernes no satisface todavía a nadie. Ni siquiera a los gatos.

lunes, junio 21, 2010

VOYEUR

Empleamos parte de la tarde del domingo en ver El hombre de la cámara de cine, de Dziga Vertov. Una experiencia extenuante, todo hay que decirlo, y muy apropiada para sacudir la atonía de estas tardes que preceden la vuelta al trabajo. El placer de mirar, podría decirse. Y de verse a uno mismo como una vertiginosa coctelera de cosas vistas. El cine, debía pensar Vertov, es asunto de voyeurs, de gente que disfruta mirando, no ya el acto sexual, tan previsible, sino la inmensa variedad de caras, movimientos, vehículos, calles, carteles, detalles, etc. que un día cualquiera pone ante los ojos de uno. La cámara, si acaso, enfatiza la mirada, dota a cada imagen de un peso específico, de una significación. Más o menos como la palabra: lo nombrado -lo filmado, en este caso- inmediatamente nos plantea la pregunta de qué significa esa mención o esa captación. Vemos una multitud en una playa y nada parece llamarnos la atención; pero la mirada -la cámara- se fija en una mujer que se unta barro para refrescarse la piel y ya nuestros ojos y nuestro gesto han convertido a esa mujer no ya en objeto de nuestra mera atención -que también-, sino en objeto de deseo. De un deseo que busca apropiarse de sus objetos con sólo mirarlos.

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Por la mañana, como para preparar el ánimo para la experiencia de la tarde, paseamos por la playa. Digo "paseamos" porque el áspero viento norte no permitía hacer otra cosa: ni bañarse, por supuesto, ni apenas detenerse, a riesgo de empezar a tiritar de frío. No había mucha gente. Pero esa dispersión, extendida al puñado de kilómetros lineales que tiene la hermosa playa de Cádiz, daba como resultado una suma que podría estimarse en varios miles de personas: un punto cada una, un objeto en reposo o en movimiento, una historia determinada por la edad de cada cual, su modo de vestir o ir desvestido, su grado de autoconciencia ante la relativa desnudez en que andábamos todos. Guapos, feos, gordos, flacos, discretos, exhibicionistas, acalorados, ateridos, en movimiento o parados, empequeñecidos por la distancia o agrandados por la cercanía gradual. Previamente habíamos dudado si ir al cine, como hacíamos antes, a una matinée. Pretexté mi vista cansada, urgentemente necesitada de un día al menos de reposo, después de los excesos burocráticos a los que la vengo sometiendo en este ajetreado fin de curso. Creo que mereció la pena. Ninguna película puede ser tan interesante como este mero desplegarse de un horizonte que cambia ligeramente según recorre uno la curva de la playa, el desfile de personas, la alternancia de sol y nublado, las sensaciones a flor de piel.

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Esta tranquilidad debe de tener algo que ver con el hecho de haber terminado la revisión de mi novela hace unos días. Queda una última lectura, que reservo para los meses de julio y agosto. Hago repaso de los libros que tengo pendientes. La novela, para octubre; dos tomos de este diario, uno entregado ya, otro en proceso de montaje; una selección de los artículos publicados desde 2006, para la que todavía no tengo editor; un tomito de relatos del que ya tengo escritos los tres primeros... Sin contar, en fin, la novela ya escrita que debía completar la trilogía de la que formaban parte La raya de tiza y Las islas pensativas, y que sigue inédita; o los libros por escribir: la novela que ha de seguir a la ya casi terminada; la que quiero escribir a partir de un cuaderno de recuerdos que me confió mi madre; la que quisiera hacer, como divertimento, sobre P., el perro loco de Benaocaz, a la manera de Flush, de Virginia Woolf; y el libro de poemas del que todavía no he escrito un solo verso, pero del que ya siento la necesidad y el impulso. Terminar todo esto. Casi me agoto de sólo pensarlo.

viernes, junio 18, 2010

EL CHIRINGUITO

Se pronunció el juez sobre el caso del quiosco o chiringuito gaditano situado en terreno de todos, que es como decir en tierra de nadie. Y dictaminó que hay que derruirlo. Todo comenzó, recuérdese, porque el ayuntamiento autorizó su construcción y la Junta decidió impugnarla. No entiende uno de esas cuestiones. “Somos juguetes de los dioses”, decían los griegos, retratando la situación del hombre que, impulsado por su dios titular a llevar a cabo determinadas acciones, ofendía sin querer a otro dios no menos poderoso que el primero y sufría las consecuencias de esa animadversión involuntariamente lograda. Somos juguetes de la política, diríamos nosotros, poniéndonos en el lugar de los propietarios del quiosco que ahora deberá ser derruido, o no, quién sabe, porque todavía hay cuerda legal para rato…

Ha asistido uno al caso con cierta estupefacción. Primero, por el rigorismo legal y estético con el que algunos cuidadanos recibieron la decisión municipal de promover la construcción de establecimientos hosteleros en determinados espacios públicos. De pronto, la ciudad que durante décadas había asistido impasible al reinado de los chiringuitos de cañas y tablones, o al glorioso apogeo del puesto de helados en el que se vendían bajo cuerda cervezas y bocadillos, se volvía extraordinariamente puntillosa con el hecho de que se alzaran en ciertos lugares públicos establecimientos mejor concebidos y capaces de ofrecer al ciudadano un mejor servicio. Y esa animadversión, no sabe uno si espontánea o inducida, encontraba su justificación en toda clase de pretextos medioambientales, estéticos, históricos, arquitectónicos, etc. La ciudad que, en los albores de la democracia, asistió impasible a la conversión de su mejor plaza decimonónica –la plaza de Mina– en un feo jardín impersonal, privado incluso del quiosco de hierro que era su seña más característica, mostraba ahora un curioso celo arquitectónico respecto a actuaciones urbanísticas perfectamente reversibles y de limitadísimo alcance. Ante la extensión de la polémica, pensó uno en lo peor, en el inextricable cáncer de las ciudades pequeñas: la envidia, los rencores vecinales; y, sobre todo, el afán de protagonismo público de sectores que, al amparo de los procedimientos habituales de representación, no suelen alcanzar la repercusión que desean.

Ahora un juez ha decidido sobre el caso, lo que ya es un avance respecto a la indefinición anterior. El objeto en cuestión ha de ser derruido. Un empresario particular perderá su inversión, y un principio de incertidumbre se cierne sobre todos aquellos que en adelante quieran llevar adelante sus proyectos en un marco de torpezas administrativas –como la que se ha cometido si, efectivamente, el local no podía levantarse en ese lugar– y rencillas institucionales. Algunos lo celebran. Yo no.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, junio 17, 2010

QUE ESPERE

Extraña tarde, que empleo en ir a comprarme las aletas que me ha pedido mi monitora de natación y en llevar a la gata al veterinario, para que le mire unas manchas que le han salido en las fosas nasales y que alguien nos ha dicho que podrían deberse a una infección por ácaros... Tiene uno casi todas sus tardes amortizadas de antemano ante el ordenador, por lo que estas salidas por asuntos aparentemente cotidianos son una excepción, una ruptura de la rutina, y así las recibe uno: como pequeñas incursiones en esa confusa esfera de incongruencias y absurdos que llamamos realidad. Y ahí me veo, en los pasillos de unos grandes almacenes, sentado en un banco y mirándome las extrañas prolongaciones que les han salido a mis pies, como si hubieran sido objeto de un hechizo o de una metamorfosis que me hubiera convertido parcialmente en rana. Y luego ante el veterinario, que es un hombre menudo que viste una llamativa bata de colores chillones, como para restarle dramatismo a su cotidiano trato con las enfermedades de los animales y con las aprensiones de los dueños. Al final, los temidos ácaros no son más, nos dice, que manchas debidas a la decoloración natural del pelo blanco en contacto con las secreciones de la gata. Eso lo ha dicho después de encajarle con dificultad en los oídos el aparato de auscultar, y de recibir a cambio un mordisco de advertencia. Cuando llegamos a casa, K. me mira con rencor: debe de preguntarse a qué se ha debido esta excursión absurda, en la que no le ha dado tiempo siquiera a descabezarse una siesta, como cuando vamos a la sierra, y que no ha desembocado en esa extraña mutación de su espacio cotidiano que se traduce en una casa con patio en el que cazar toda clase de bichos. Y yo culmino la atípica salida ante este cuaderno, dando cuenta en él de estos sucesos insignificantes que vienen a interrumpir mi bien asentada rutina. La novela, que espere.

miércoles, junio 16, 2010

EN ZAPATILLAS

Es curioso: al último libro que he leído, y que era un encargo del suplemento literario para el que trabajo, he dedicado varias entradas en este cuaderno, surgidas al hilo de la lectura, y ninguna de ellas me ha llevado más tiempo del que materialmente exige teclear las palabras que las componen; quiero decir que apenas he tenido que pensar lo que he escrito en esas entradas, porque eran observaciones impremeditadas, espontáneas, mera transcripción de ese discurso paralelo que surge en la mente de cualquier lector más o menos entrenado mientras recorre un texto.

Sin embargo, cuando me he puesto a redactar la reseña propiamente dicha, esa espontaneidad ha desaparecido. Y, sobre todo, ha costado encontrar el arranque del texto, su justificación, podríamos decir. Tales preámbulos son innecesarios en este cuaderno íntimo, escrito por que sí. No es que esté descontento con el resultado del otro: ha sido una lectura provechosa, y hacer la recensión de la misma me ha resultado placentero por lo que tiene de balance formal de esa lectura, de repaso de las conclusiones que me ha valido, y de formulación de la idea que quisiera transmitir de la misma a otro posible lector. Sin embargo, me consta que alguna de las notas espontáneas que he ido dejando en este cuaderno también han cumplido esa función, incluso de cara a esos lectores a los que no pongo cara, y que prestan sentido a este acto solipsista que, sin embargo, requiere un público, siquiera sea a efectos de obligarme a una cierta continuidad y disciplina. ¿Podría prescindir del traje de calle, diríamos, con que me asomo al suplemento y presentarme en él en bata y zapatillas, como en este cuaderno? No sé. Sólo dejo constancia de la esencial diferencia que marca el medio para el que uno escribe, no sé si para bien o para mal.

martes, junio 15, 2010

RETRATO (2)

Hay una diferencia entre el pintor y yo: yo sé que él me está pintando, pero él no sabe que yo lo estoy pintando a él. Suena la radio: esa música ramplona que dejamos sonar cuando lo que pretendemos no es deleitarnos con tal o cual repertorio musical, sino simplemente llenar un silencio que enfatiza demasiado el paso del tiempo y la soledad. J.A.M., lo he constatado otras veces, pinta siempre con la radio encendida. No creo que la escuche, aunque lo cierto es que incluso a ratos hace amagos de silbar la melodía de turno; tarea que encomienda, supongo, a alguno de esos subsistemas nerviosos encargados de funciones tales como la digestión o la producción de hormonas...

Pero ojo, que ahora se levanta y retrocede unos pasos, para comprobar el efecto de conjunto de lo ya pintado. Se me ocurre que, aunque no le he dicho que yo también lo estoy "pintando", lo intuye, y por eso "posa" de pintor. Tampoco me extraña: uno de los rasgos más destacados de este hombre es, sin duda, la fidelidad a su propio personaje. Viste siempre de la misma manera: pantalones amplios de tonos neutros (marrón, beige), camisa a cuadros sobre fondo blanco, chaleco verde... Prendas buenas, de marca, que J.A.M. lo mismo usa para pintar que para ir al trabajo o para cultivar su huerta, sin que le importe que se manchen de barro o pintura. Se diría que las elige de buena calidad por eso: para que resistan el ajetreado ritmo de vida que les impone. J.A.M., como otros pintores que conozco, se caracteriza por su temperamento hiperactivo. Siempre está haciendo dos cosas a la vez (y ahora caigo que ésa es la función de la radio mientras pinta: proporcionarle esa segunda cosa en la que ocuparse mientras se dedica a la principal). Cuando no pinta, cocina, cultiva la huerta, ve partidos de fútbol en la televisión o participa en la liga local de pádel... En todos esos frentes proyecta su sociabilidad expansiva, engancha a gente, invita, organiza comidas, propone compras masivas de viandas o de vino... J.A.M. vive en medio de un torbellino. Y, como no hay torbellino que no tenga su centro inmóvil, el del suyo es la pintura. Sólo se le ve tranquilo cuando pinta; y podría decirse que, si le faltara la pintura, toda esa fuerza actuaría como una centrifugadora y el resultado sería la absoluta dispersión. "El ruido, el viento que golpea / contra los ventanales, los ladridos / y el galopar furioso de las bestias / en el despeñadero" escribí sobre él, sobre esa latente dispersión suya, en el poema que le dediqué en mi Diario de Benaocaz. Pocas personas, por cierto, se habrán mostrado tan entusiastas como él respecto a este librito mío, y eso a pesar del hecho indudable de no haberlo leído, porque (eso también lo tiene en común con la mayoría de los pintores que conozco) imaginarlo sentado leyendo un libro es tan inconcebible como la idea de una tormenta inmóvil o un ciclón en reposo.

Mientras he ido escribiendo las líneas precedentes se diría que se ha olvidado del doble juego al que me refería al principio: ya no posa, ya no hace gestos convencionales de pintor. Sus movimientos se han ido haciendo más rápidos y todo su cuerpo ha adquirido un extraño dinamismo, como de contorsionista o bailarín: lo mismo se agacha para dar una pincelada en la parte baja del lienzo que se estira para cazar, se diría, una mosca al vuelo en las regiones altas del mismo, haciendo en medio un quiebro para tomar pintura de la paleta situada en la mesita que tiene a su derecha. También lo veo, a veces, ponerse la mano a la altura de las cejas, a modo de pantalla, para contrarrestar el contraluz de la ventana que tengo a mi derecha, contra la que se recorta mi figura. Es divertido que alguien situado a apenas dos pasos de ti haga todas esas contorsiones sólo para verte. Pero no digo nada.

Mientras tanto, yo también he ido cogiendo carrerilla. Hay un momento en la escritura que participa de ese gozo físico que uno imagina aparejado a otras artes: cuando uno, olvidado de sí mismo, de la incomodidad de la silla en la que está sentado, de las propias manos con las que acciona las teclas, se ha dejado absorber por completo por la propia corporeidad física e imaginativa que va alcanzando lo escrito. Imagino que, en ese instante, uno también se contorsiona y hace morisquetas, como el pintor. Uno deja de posar. Uno ya no pretende "ser" escritor o que lo tomen por tal. Uno vive la escritura, como otros viven la pintura, la música o la danza. Uno también busca su centro inmóvil, antes de que las fuerzas centrífugas de todo lo demás lo empujen a la dispersión... Y paro aquí, porque me doy cuenta de que mi propósito de retratar al pintor ha derivado a autorretrato. Y eso es tanto como hacerle el trabajo.

lunes, junio 14, 2010

RETRATO (1)

Escribo esta entrada mientras poso para J.A.M., que quería hacerme un retrato al óleo... Me sugiere que escriba mientras tanto, lo que no me parece mala idea, ya que escribir es una de las pocas ocasiones en las que logro desprenderme de lo que podríamos llamar mi exceso de autoconciencia. La otra posibilidad era leer. Pero está uno acostumbrado a leer en lugares públicos -autobuses, plazas, terrazas, etc.-, y a componer determinada figura en ellos, en relación a la concurrencia, los curiosos, el ruido, e incluso la presencia especular de otros lectores. Así que aquí estoy, accionando el teclado mientras el pintor va esbozando su cuadro. Es una situación decididamente extraña, precisamente por esa ausencia de autoconciencia de la que hablaba antes... ¿Quién soy? ¿Qué dejo entrever de mí mientras me olvido de mí en este cuaderno? La respuesta, cuando el cuadro esté terminado.

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Mientras tanto, escribo. Por ejemplo, de la película que vi ayer, La cruz de hierro, de Sam Peckinpah. Las referencias que tenía de ella eran más bien descorazonadoras: a principios de los muy ideologizados años 70 la crítica no estaba dispuesta a reconocer la valía de este drama bélico en el que los personajes actúan según humanísimos impulsos de ambición o supervivencia, y no en nombre de discursos preestablecidos. Y tampoco es probable que entonces jugara a su favor el aprovechamiento que Peckinpah hace de lo que podríamos llamar el aspecto estético de la guerra, la sugestión que ejercen sobre el espectador la maquinaria bélica, la visión de la naturaleza vulnerada, el mundo reducido a su condición esencial de laberinto peligroso... El cine posterior sí supo aprovechar esa lección, y hoy no hay hallazgo de esta película que no hayamos visto luego en otras posteriores de Spielberg, Coppola, Malick o Stone -Platoon, por ejemplo, es casi un calco de ella-.

Hay quien dice que lo peor de la película es lo artificial del conflicto entre sus protagonistas. Un capitán de origen aristocrático se incorpora al frente ruso con la intención de obtener la preciada "cruz de hierro", la condecoración más estimada del ejército alemán. Su actitud inevitablemente contrasta con el realismo desengañado de las tropas hechas al terreno, encarnado en un aguerrido suboficial, el cabo (luego sargento) Steiner, interpretado aquí por James Coburn. Éste cae herido en el curso de un encarnizado combate y es enviado a un hospital de retaguardia, donde vive un desangelado romance con una enfermera y experimenta ese extraño trastorno del comportamiento que lleva a los combatientes a añorar el peligro y las condiciones de vida del frente (cuando Peckinpah rueda esta película todavía no se ha producido el regreso de las tropas de Vietnam, que dará lugar a una amplísima tipología de trastornos postbélicos). A su regreso al frente, el sargento Steiner será requerido para testificar a favor del presunto heroísmo del capitán en la susodicha batalla. Su negativa a hacerlo -el contraataque lo lideró un teniente, que encontró en él la muerte, mientras el capitán escurría el bulto- le acarreará la animadversión de su superior y pondrá en marcha el áspero desenlace de la historia, que incluye la azarosa retirada del postergado pelotón de Steiner a través de territorio enemigo y el enfrentamiento final entre los dos antagonistas, de alguna manera reconciliados en el mutuo reconocimiento de los motivos que impulsan a uno y otro... ¿Artificioso e injustificado este argumento? En absoluto. Y menos si los comparamos, como hacen algunos críticos, con las rivalidades entre antiguos amigos que determinan el conflicto en Duelo en alta sierra o Grupo salvaje, tan determinados por las convenciones genéricas en las que se sustentan ambas películas. La cruz de hierro va más allá: apela directamente a la naturaleza humana en un conflicto que, al fin y al cabo, nos resulta más próximo que las estilizadas escaramuzas del western.

Peor lo importante, como suele ocurrir, no es lo que el guión plantea sobre el papel, sino lo que las imágenes efectivamente filmadas logran transmitir. Ésta es una película desgarrada, violenta, dotada de una extraña belleza y transmisora de un mensaje de desesperanzado individualismo que hoy, quizá, podemos entender mejor que en el momento en que fue estrenada.

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...He redactado la parrafada precedente mientras mi amigo pintor procedía a "encajar" su cuadro. No ha tardado en hacerlo más que yo en resolver la nota precedente. No hay por qué presuponer mayor dificultad en una tarea que en otra. Pero... Siempre ha sentido uno nostalgia de la imagen. Escribir para lograr un resultado "plástico" -y no me refiero ya a que lo escrito resulte más o menos descriptivo-. La propia palabra "inspiración", tan degradada, da una idea de la verdadera esencia de esto. Palabras, viento. Palabras que se lleva el viento, porque son viento, aunque por un momento engañe la visión de estos caracteres aparentemente tan estables, tan tangibles sobre el papel o la pantalla como la pintura sobre el lienzo.

viernes, junio 11, 2010

LA FERIA

Pasa uno del mundo a la feria y es como si no hubiera salido del mundo, porque la feria es el mundo y el mundo es una feria. Y viceversa: sale uno de la feria a la normalidad del mundo y es como si no hubiera salido de la feria, porque feria y mundo se confunden. Hay ricos y pobres en el mundo y los hay en la feria; hay incluso mendigos en la feria, idénticos a los que uno encuentra en los portales de las iglesias. Y policías, y ladrones, como también los hay en el mundo real y en los mundos irreales de la política y las finanzas. Va uno por la feria y le apetece un refresco y, como en el mundo, hay establecimientos que los dispensan, y que, miren ustedes por dónde, aceptan la misma moneda de curso legal que circula fuera, e incluso la que no es de curso legal, exactamente como sucede al otro lado de esa barrera invisible e inencontrable. Y se acuerda uno de su tía ancianita, pongo por caso, y hay en la feria, como en el mundo, comercios donde uno puede comprarle unos dulces, unas flores secas, un león de escayola, o un centro de mesa extraño y complicado, en el que la tía anciana pueda distraer sus melancolías…

Así que anda uno confundido. ¿Dónde termina la feria? ¿Dónde comienza el mundo? Cierra uno los ojos, porque a veces la mejor manera de recuperar las coordenadas de la realidad es renunciar a algunas de las precarias guías sensoriales en las que fundamos nuestro conocimiento de las cosas. Se siente uno kantiano en medio de la feria, apela uno a los asideros de la Razón Pura. Y la razón pura te dice que todo es apariencia y confusión, y que el estruendo que oyes, y que parece definitorio de la feria, es idéntico al que hacen en tu calle los coches rutilantes en los que los galanes del barrio vienen a recoger a sus novias, o al que hace tu vecino cuando está de buen humor y decide ponerle fanfarrias estereofónicas a su alegría. Y aguza uno el olfato y el olor a fritanga que te llega bien podría ser el amargo tufo caliente de la realidad, que, como todo el mundo sabe, tiene un regusto a comida grasienta, y por eso resulta la mayor parte de las veces indigerible. Y le pregunta uno a un guardia: Guardia, ¿es esto la feria o es el mundo? Y el propio guardia te dice que él tampoco está seguro, porque una vez estuvo de servicio en el mundo real y todo le pareció levemente absurdo y desquiciado, como en la feria, y un año lo destinaron a la feria y comprobó que allí las cosas tampoco habían renunciado del todo al sagrado orden de la cotidianidad. Lo mismo me dijo el médico del dispensario, ante su porción de humanidad vencida por el coma etílico, y hasta el cura que regentaba una modesta barraca con campanario en la que se atendían las necesidades espirituales de la multitud me respondió del mismo modo… Y aquí sigo, despistado, sonámbulo. ¿Es feria todavía? ¿Ha terminado?

Publicado el martes en
Diario de Cádiz

jueves, junio 10, 2010

UNA MONEDA ARROJADA CONTRA UN MURO

Leo la amplia semblanza de la deportista Lilí Álvarez que se incluye en la biografía de Carmen Laforet de la que me vengo ocupando últimamente. Después de una vida de triunfos deportivos y éxito mundano por toda Europa, regresó a España en 1931, recién proclamada la república, como enviada especial del Daily Mail. Y quien podría haber sido un símbolo de la nueva mujer española, moderna y libre de prejuicios, se encontró con que había quien no le perdonaba su pasado mundano y sus relaciones con la aristocracia europea; hasta tal punto que la diputada radical-socialista Victoria Kent se permitió increparla en los pasillos del Congreso... Lilí Álvarez regresó a su mundo, y no volvería a España hasta después de la guerra civil, para constatar que tampoco gozaba de las simpatías de los nuevos dueños de la situación: el propio general Moscardó firmó la orden de inhabilitación por la que se le prohibía participar en competiciones deportivas nacionales, después de que la internacionalmente reconocida tenista y esquiadora protestara del trato denigrante que el jurado de cierto torneo de esquí daba a las participantes femeninas... Es un buen ejemplo de lo que una persona de mérito y con espíritu independiente podía esperar de unos y otros. Y un argumento más a favor de esa "tercera España" que no se cansa uno de postular, después de haberse hastiado definitivamente de las otras dos... y de sus incontables partidarios.

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Unos gruesos goterones empapan en unos instantes mi fino pantalón de verano, al mismo tiempo que un viento húmedo y frío me lo ciñe a las piernas. A este súbito acceso de mal tiempo le bastan unos minutos para convertirme en un pobre hombre desabrigado y urgentemente necesitado de cobijo. Y me acuerdo de cierto viaje que hice hace unos años a Madrid en mayo, en una de esas primaveras precoces que súbitamente se repliegan ante los coletazos del invierno. Hube de entrar en unos grandes almacenes a comprarme un anorak, que no bastó para hacerme entrar en calor. Viajaba uno "ligero de equipaje", como quien dice. Y eso sólo es posible hacerlo desde la inadvertencia -que era mi caso entonces- o desde el despojamiento absoluto -que también lo era, aunque por otros motivos-.

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"No creo que tengas más de cuatro o cinco años más que yo", le digo a esta compañera que presume de veteranía. Ella hace el cálculo. Y sonríe, complacida, lo que quiere decir que le acabo de hacer un cumplido. Igual podría haber errado el tiro, porque, ante ciertas mujeres maduras, esto de calcularles la edad se parece a ese juego consistente en arrojar una moneda a una pared: puede uno quedarse corto; pero, si te excedes en la fuerza del tiro, la moneda rebota contra el muro y el resultado es todavía peor.

miércoles, junio 09, 2010

ZOZOBRAS

Leo lo que cuenta esta biografía de Carmen Laforet* sobre el trasfondo de la primera edición del premio Nadal, el que ella ganó a los veintitrés años con su novela Nada. Al parecer, los promotores del premio no estaban muy seguros de contar con originales que merecieran la pena, por lo que alguno de ellos sondeó a César González-Ruano para asegurar su participación, lo que implicaba garantizarle el premio. Es, como se sabe, un procedimiento habitual en estos premios literarios de fuste. Pero luego se recibieron algunos originales alentadores, antes incluso de la recepción del de Laforet, y los promotores recuperaron el buen sentido y se aferraron al propósito que les llevó a convocar el premio, que no era otro que aportar savia nueva a la desfallecientes letras españolas de la primera posguerra.

El resto ya se sabe. El propio Vergés, no obstante, prestó su voto hasta el final a la opción de González-Ruano, al parecer con la intención de presentar el veredicto final como una reñida victoria de la principiante sobre el consagrado hombre de letras. Es fácil imaginar la irritación de éste al saber el resultado y al ver su nombre hecho público como perdedor. Él sólo pedía discreción -así lo hace saber en la sentida carta en la que se desahoga ante Dionisio Ridruejo-. Pero ¿de cuántas discreciones de este tipo está hecha la historia reciente de la literatura española? ¿Qué efecto desalentador hubiera tenido que ese primer premio Nadal, adornado de tan buenas intenciones, hubiera ido a parar a ese viejo tiburón de la literatura rezagada -aún faltaban sus memorias y diarios para darle en la literatura española el puesto que ahora tiene-?

Lee uno estas biografías de final anunciado y, sin embargo, experimenta con ellas toda la zozobra que produce la constatación de que nada de lo que figura en la plana mayor de la historia de nuestras letras parece haber llegado hasta ahí por un camino libre de asechanzas y zozobras; de las que seguramente no se han librado muchas cosas que quizá debieran estar también ahí, y de las que no tenemos noticia, mientras asistimos pacientemente al deterioro y olvido de muchas glorias consolidadas -el propio Ruano anterior a sus memorias y diarios, o casi todo Cela, por poner dos ejemplos-.

* Anna Caballé e Israel Rolón, Carmen Laforet. Una mujer en fuga. RBA

martes, junio 08, 2010

FUGITIVO

Nunca ha dado uno pábulo a teorías conspirativas, ni ha creído en poderes ocultos ni en tramas más oscuras, en fin, que las que constantemente deja entrever la ya de por sí bastante complicada realidad en que vivimos. Pero, ante la que está cayendo, no deja uno de hacerse algunas preguntas. ¿Qué misteriosa fuerza está obligando a la práctica totalidad de los países europeos a rendir cuentas públicas, a ajustar sus presupuestos y enjugar sus déficits, y a anunciar sin paliativos a la población que, como resultado de estas medidas "de ajuste", a partir de ahora va a ser más pobre; o, como ha dicho Cameron a los británicos, que la crisis "cambiará su modo de vida durante años"? Ante la sucesión de anuncios de esta clase, no salimos de nuestro asombro. Está claro que nuestras vidas van a cambiar. No es que no me parezca conveniente alguna clase de cambio, e incluso una cierta apelación a vivir de otro modo. Lo extraño es que sean los gobiernos, tan propicios a la inercia, los que parezcan haber interiorizado al unísono, y de un modo tan arbitrario, estos principios. ¿En nombre de qué o de quién? ¿Para satisfacer a quién?

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Con este ánimo un poco catastrofista veo Soy un fugitivo (I am a fugitive from a chain gang), de Mervyn LeRoy: la tragedia de un hombre bueno, víctima de una sociedad que no ofrece asideros ni oportunidades para rectificar. Frank Capra hubiera resuelto esta sombría historia con una apoteosis humanista y solidaria. LeRoy no se hace ilusiones: aunque en algún momento plantea la posibilidad de que la opinión pública pudiera influir sobre el destino de este hombre acosado, enseguida deshace esa ilusión: la opinión pública es variable y tornadiza, y se desentiende pronto de las historias que alguna vez rozan su fibra sensible. Nada más estremecedor que el final de la película, cuando la amada del protagonista, evadido por segunda vez del penal, le pregunta de qué come, y éste le responde desde la oscuridad, con la voz rota: "¿De qué va a ser? De lo que robo". Y si estas palabras vienen de la oscuridad es porque quien las emite ya ha pasado a la invisibilidad absoluta, o a una modalidad de supervivencia que ya no espera concitar simpatías.

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Un desamparo, en fin, no muy distinto del del gato solitario al que encuentro esta mañana en medio de la calzada. Anda desorientado, y por un momento dudo de que sea capaz de alcanzar la otra acera antes de que el tráfico, momentáneamente detenido por el juego de los semáforos, se reanude. Lo consigue in extremis, y luego trota animosamente por la acera, con el rabo levantado, de esa manera entre cómica y sigilosa que tienen los gatos de mostrar su ufanía. Es extraordinariamente pequeño, más o menos del tamaño de K. Da la vuelta a la esquina y lo pierdo de vista. Estoy tentado de ir tras él y devolverlo a la pródiga manzana de la que ha salido, llena de callejones sucios y viejos solares a medio tapiar, habitados por decenas de congéneres suyos. Pero se ve que, como el protagonista de Soy un fugitivo, quiere vivir su vida. Y quién es uno para interferir en su destino.

lunes, junio 07, 2010

MIRADAS





En ciertas ocasiones festivas soy básicamente un mirón. No sé hacer otra cosa. No sé bailar, no sé contar chistes, me canso de comer y beber. Miro. Miro y aprieto el disparador, para dejar constancia de que hubo una mirada y una ocasión de mirar. A veces pienso incluso que esto me podría costar algún disgusto, y me he trazado reglas para impedir que esta afición mía pueda vulnerar convenciones vigentes y, supongo, respetables. Fotografío vacíos, fragmentos de cuerpos o caras que no permitan identificar a sus dueños. Es, digamos, un tipo de fotografía que se aviene bien a las convenciones de privacidad que rigen en este diario íntimo y abierto a un mismo tiempo. No sé qué persigo con ello. Distraerme, en principio. Y adelantarme a la desmemoria, que sólo respeta lo casual, lo fragmentario, la luz, los detalles inconexos. Miro y constato el olvido de todo lo que no está en mi mirada. Miro y hago espacio para todo eso que no está.


viernes, junio 04, 2010

MAYO

Si abril era “el mes más cruel”, según decía el poeta, mayo no parece andarle a la zaga. Terminó el mes de mayo más amargo de los últimos años. Al menos, sobre el papel. Porque lo cierto es que, en la calle, este mes de mayo lleno de anuncios pesimistas, de recortes y de malos augurios, ha sido tan festivo y ceremonial como siempre. Comuniones, bodas (religiosas o civiles, tanto da), graduaciones, fiestas fin de curso: después del largo y riguroso invierno, mayo ha sido una fiesta. Y, como todas las fiestas, ha sido más producto de la voluntad de los participantes en la misma que de los severos condicionantes de la realidad. Si de éstos últimos dependiera, la mayoría de las comuniones y bodas se hubiera suspendido. No hay futuro, dicen todas las previsiones, resulta insensato endeudarse para dar un banquete a cien invitados, e inmoral gastarse el sueldo de una quincena en un traje nuevo.

Sin embargo, salía uno a la calle y no podía evitar tropezarse con alguno de esos tropeles festivos en los que concurren hombres enchaquetados y mujeres vestidas de fantasía. Casi siempre, delante de una iglesia, un ayuntamiento, un juzgado; es decir, de uno de esos locales públicos que prestan su solemnidad y su aforo a quienes no poseen un palacio, un jardín amplio o una capilla privada para reunir a los suyos. Hombres con chaqueta y corbata, decíamos, como los políticos cuando ofician en lo suyo, o los hombres de empresa cuando acuden a sus despachos; y mujeres con trajes de fiesta y sombreros caprichosos, como los que lucen las actrices de moda, las esposas de los banqueros y las queridas de los toreros en las revistas del corazón… Es decir, hombres y mujeres normales y corrientes que imitan, por unas horas, la elegancia de las clases altas, aunque un vistazo atento a sus prendas permita apreciar que esos trajes de chaqueta no están hechos a medida, como los de los políticos, ni esos vestidos alegres tienen la firma de un diseñador de moda, como los de las ricachonas y las fulanas… Hace uno sus cuentas y calcula que lo gastado en cualquiera de estas fiestas bastaría para enjugar la deuda de una familia apurada, o para encarrilar definitivamente la suerte torcida de algunos de los inadvertidos celebrantes. Cuesta el traje de comunión lo que un verano aprendiendo idiomas en el extranjero; cuesta el chaqué lo que el arriendo de un local para emprender un pequeño negocio.

Y, sin embargo, es uno firme partidario de estas alegrías de pobres. Y detesta profundamente a los agoreros que, al cruzarse con alguna de estas compañías festivas, pronuncian el consabido veredicto: “Sí, sí, mucha crisis. Pero ahí los tienes, gastándose en fiestas el dinero que no tienen”. Casi nadie lo tiene ahora. Pero, por eso mismo, las ganas de divertirse (de olvidar las desgracias, en definitiva) son mayores que nunca.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, junio 03, 2010

NIEBLA

Niebla a ras de playa. Un mundo atenuado, sin salientes ni aristas. Un mundo hecho de luz y agua.

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A vueltas con la biografía de Carmen Laforet que ando leyendo. Quizá los "excesos interpretativos" que mencionaba ayer vinieran dictados por la necesidad de cubrir un espacio sobre el que forzosamente, salvo en casos muy excepcionales, siempre hay pocos datos: la infancia en familia, es decir, en la intimidad, sobre la que no suele haber registros ni pruebas documentales. Todo lo contrario sucede con el tramo siguiente, dedicado al paso de la autora por un conocido instituto de enseñanza media de las Palmas de Gran Canaria, y prueba fehaciente de lo que un biógrafo competente puede hacer cuando cuenta con datos objetivos. No es que éstos sobren tampoco, pero el periodo está dominado por una personalidad excepcional, la de la profesora, y luego valiosa erudita y estudiosa de la literatura del Siglo de Oro, Consuelo Burell, de la que el capítulo en cuestión ofrece una hermosa semblanza; basada, además, en un testimonio un tanto novelesco: la existencia de un diario inédito de esta mujer de letras, escrito durante los años de la guerra civil, que coincidieron con los del bachillerato de la novelista.

Podría escribirse una gran novela con estos datos: la historia de una mujer que, empujada a medias por una posible decepción amorosa y por los avatares de la guerra civil, destila su melancolía en la retaguardia. Aciertan los autores de esta biografía en no cargar la mano respecto a la posible adscripción ideológica de esta valiosa intelectual educada en la Institución Libre de Enseñanza, pero sobre la que hubiera pesado, de haber permanecido en la España republicana, el pecado de ser hija de un prominente político monárquico. La guerra -y, sobre todo, la represión- también se dejó sentir en las Canarias. Pero lo que preside este capítulo es el sentido de continuidad, que es una nota frecuentemente ausente de la mayoría de los relatos sobre estos años. Con dificultades se reanudó el curso a la vuelta del verano del 36; y en esa inexorabilidad que parecen llevar consigo los ciclos académicos se afianzó también la continuidad de no pocas vidas; entre ellas, la de la adolescente sobre la que trata esta fase del relato, sí; pero también la de su abrumada y melancólica profesora, a la que yo conocía solamente por el prestigio académico de su nombre y por sus pulcras ediciones de Garcilaso.

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Podría considerarlo un anticipo de la clase de gloria que conocen los autores cuyos textos son objeto de estudio forzoso en determinados currículos académicos: estos chavales han leído y comentado un artículo mío en un examen. Su profesora lo juzgó apropiado para lo que se perseguía en ese ejercicio. Y ahora me siento un poco culpable de haberles endilgado alguna que otra claúsula larga, cuya sintaxis han tenido que someter a los habituales instrumentos de análisis que se estudian en estos niveles.

miércoles, junio 02, 2010

ÁNGELES

Empiezo con muchas ganas la lectura de esta biografía de la novelista C. L. y me desinflo a las pocas páginas, abrumado por los excesos interpretativos de los que hacen gala los autores, y que suelen articularse en razonamientos de este tipo: "Si este dato es cierto (cosa que no es del todo segura, y ni siquiera probable), éstas serían sus importantísimas consecuencias (de tal peso, en fin, que hacen deseable que el dato dudoso no lo fuera)". Con esos mimbres cualquiera hace una biografía imaginativa, llena de tesituras cruciales. Y el caso es que, prescindiendo de estos abusos, éste es un libro puntilloso y bien documentado, al que sólo aqueja el prejuicio, muy extendido, de pretender encontrar en la vida de un autor antecedentes precisos de los rasgos más destacados de su obra. Descreo del prejuicio opuesto, claro, muy en boga hace unos años: el que llevaba a pretender que biografía y obra no tenían nada que ver, e incluso consideraba ilegítima la lógica curiosidad que nos llevaba a interesarnos por la vida de un autor que nos había gustado. Pero de ahí a lo contrario hay una distancia. Y el caso es que uno siente una gran simpatía por esta novelista de la que casi todo el mundo ha leído sólo su primera novela; y daba por sentado que, leída ésta, tan transparente, sobraba cualquier otro testimonio exterior sobre su vida.

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Escritura y vida: cuánto de abusa de esta contraposición, que es también una correlación. Y con qué naturalidad se mezclan, en cambio, cuando no es necesario explicar la relación que existe entre ambas. En tardes como ésta, por ejemplo, en la que, mientras redacto estas notas y caliento motores para dedicarle un par de horas a mi novela, oigo el cansino ir y venir del tambor de la impresora en la que se están imprimiendo la declaración de hacienda, atiendo una llamada de teléfono en la que mi mujer me explica los pormenores de la cena, sigo con el rabillo del ojo las abrumadas idas y venidas de la gata, sumida como siempre en sus complicadísimos dilemas existenciales... Qué fácil sería postular la esencial heterogeneidad de todos estos mundos, o establecer una exacta correspondencia entre ellos. Y lo que hay, en todo caso, es un trasvase parcial, un tanto azaroso e impredecible. ¿Quién me dice que en las páginas de la novela que alcance a revisar esta tarde no se colará alguno de los elementos que he mencionado? ¿Que no los recorrerá una gata melancólica, que no se filtrará en ellas la necesidad de tener cocidas las pechugas de pollo para la hora de la cena, que no las abrumará el recuerdo de alguna servidumbre burocrática? ¿Y quién sabrá dilucidar que esos elementos, incrustados en una historia sucedida en diciembre del 78, provienen de esta tarde preveraniega de 2010?

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Cierro por fin el trato con la amable señorita de la oficina de seguros de la que hablaba el otro día. La veo revolotear de aquí a allá, con los papeles en la mano. Y pienso que la burocracia, después de todo, no sería tan mala cosa si estuviera en manos de los ángeles.

martes, junio 01, 2010

PLAYA

El calor lleva siempre consigo una invitación a una forma de vida más sencilla. Andar medio desnudo, o desnudo del todo, a la orilla del mar, con un vaso de bebida refrescante en la mano. Abandono a una sensualidad elemental. Relativización de todo lo que no se ajuste a esas mínimas exigencias. No sé si el calor nos hace más o menos civilizados: hay opiniones al respecto. O hay, como sobre casi todo, dos opiniones principales: la de quienes afirman que de un mundo de salvajes semidesnudos no puede esperarse nada que merezca la pena, y la que quienes asocian la barbarie a gente hirsuta y revestida de pieles, cabalgando por un páramo helado... Uno es ecléctico al respecto. La civilización posiblemente ocurre en el momento en que el bárbaro cubierto de pieles opta por la desnudez como solución estética, o en el que el del taparrabos encuentra un sentido ornamental, a la vez que simbólico, en las vestimentas que no necesita. La civilización es siempre gratuita. Y por eso su expresión más alta, en estos tiempos en que todas sus otras manifestaciones parecen sumidas en el descrédito, es la playa.