viernes, julio 30, 2010

LA RED

“La red” no era hace cuarenta años lo que hoy. Internet no existía, ni se intuía. “Niño, coge la red y ve a comprar una casera”, me decía mi madre. Y uno no se decidía, porque le daba mucha vergüenza lucir por la calle ese objeto de uso casi exclusivamente femenino, y pasar en actitud de recadero delante de los grupos de chiquillos desocupados y malintencionados que campaban por la barriada. La red, se entiende, no era sino la bolsa de malla de nailon en la que se llevaba la compra. Daban mucho de sí esas redes. En una sola red cabía la provisión diaria de frutas y verduras, los pequeños envoltorios sanguinolentos que contenían los alimentos de mayor enjundia, la botella de vino, la lata de atún. Las economías domésticas eran transparentes: veía uno pasar a la vecina con su red repleta y sabía qué se iba a comer ese día en esa casa. Otra cosa, ya digo, era que a uno le asignaran la tarea de salir a la calle con la red, que solía ser verde o azul e ir rematada por grandes aros de plástico macizo, a modo de asas. Tenía la red un cierto parecido con los aditamentos de los trajes de flamenca. Y uno, cargado de timideces y prejuicios, prefería llevar la compra en la mano antes de dejarse ver con ese airón en la mano, como una corista destocada.

Supongo que el éxito de las bolsas de plástico desechables se debió en parte a esos prejuicios. La bolsa de plástico era neutra. Un señor hecho y derecho podía pasar por delante de la frutería y salir de ella con una elegante bolsa de plástico en la mano, sin comprometer su dignidad. Era, además, una reafirmación del creciente individualismo. Salía uno a la calle en actitud de hombre sin obligaciones, con las manos vacías, y podía volver a su casa, si así se le antojaba, con una onerosa compra metida en sus correspondientes bolsas, proporcionadas por los propios comercios. La contrapartida fue que empezaron a verse bolsas desechadas por todas partes, y que el mundo entero se convirtió en un vertedero multicolor y volandero, hecho de bolsas infladas por el viento, de bolsas flotantes, de bolsas semienterradas en la tierra o prendidas de las ramas de los árboles.

Para conjurar esta nefasta consecuencia, leo, las autoridades quieren promover la desaparición paulatina de las bolsas de plástico y la vuelta a las tradicionales cestas o redes de la compra. La decisión me llega en el momento oportuno. Uno ha superado ya, no sólo las timideces de la infancia, sino también las ilusiones que se hacía respecto a ese individualismo despreocupado. La sociedad entera, quizá, anda desengañándose de lo mismo. Como todo lo superfluo, las bolsas de plástico eran símbolo de una época de optimismo desenfrenado. Ahora estamos en otra tesitura. Y vuelve la red, que es como decir que vuelve el sano menudeo, la predeterminación, la transparencia. Y el desamparo, ay.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

viernes, julio 23, 2010

PAUSA

Todo ha de tener una pausa en esta vida. Cierro este cuaderno durante un mes, aproximadamente, que es el tiempo que espero descansar de estas rutinas que también son trabajo, y que en las últimas semanas han ido unidas muy significativamente al trabajo propiamente dicho. Terminada la novela, bien puede uno prescindir de los rituales de calentamiento a los que ha recurrido para ponerse en situación de escribir. Volveremos a finales de agosto.

jueves, julio 22, 2010

BENÉFICOS

Ser “justos y benéficos” era una de las obligaciones que la constitución liberal de 1812 imponía a todos los españoles. Y no otro podría ser el objetivo de cualquier legislación progresista: lograr un mundo de hombres buenos, para sí mismos y para el prójimo. No es tarea fácil, y muchos diríamos que ni siquiera parece factible. Otros, más desengañados respecto a la condición humana, dirían incluso que esa meta ni siquiera es deseable, porque el resultado se parecería mucho a esas frías utopías en las que la libertad humana no cuenta. Que el hombre no es siempre benéfico, ni para sí ni para los demás, parece un hecho probado. Y también, que de esta desalentadora evidencia se derivan consecuencias positivas y negativas. Entre las primeras, la infinita capacidad del hombre para transformar sus debilidades en otros tantos estímulos para la innovación y la creatividad. Un hombre sano, como seguramente lo eran los de Neandertal, caza un mamut a garrotazos y lo devora a bocado limpio. Un hombre permanentemente ahíto se estremecerá de placer por el estallido en su boca de una simple burbuja aromatizada, perpetrada por un cocinero alquimista. Entre uno y otro extremo, siglos de civilización, de lento refinamiento de los sentidos, de vaivenes entre la escasez, que obliga a satisfacciones inmediatas y elementales, y la abundancia, que introduce la posibilidad de elegir.

A lo mejor ser “benéfico” significa simplemente eso: saber elegir lo mejor, para uno y para los demás, y que esa elección nunca vaya en detrimento de lo que en justicia corresponde a otros… Leo que las comunidades autónomas quieren prohibir la venta de bollería y refrescos en los colegios, que el presidente del gobierno quiere eliminar de los periódicos los famosos “anuncios por palabras” en los que las prostitutas ofrecen sus servicios, que el de la Junta intenta promover, por un propósito igualitario, la vuelta al uniforme escolar. Todos esos objetivos me parecen muy loables; como me lo pareció, en fin, que una ministra cuyo nombre no recuerdo quisiera prohibir la venta de hamburguesas gigantes, y que otra (o quizá era la misma) quisiera gravar con impuestos disuasorios el consumo de vino. Nuestras autoridades están empeñadas en que todos seamos “justos y benéficos”, especialmente en lo que a hábitos salutíferos se refiere, aunque sea a golpe de decreto. Hay otros medios, quizá: una educación digna de ese nombre; el ejemplo depurado por parte de las clases dirigentes; la observancia estricta de las leyes (las hay) que ponen límites a la zafiedad y el ruido; el respeto a la privacidad y la intimidad. Con todo eso, a lo mejor lográbamos una ciudadanía menos dispuesta a embrutecerse y un poco más respetuosa con el prójimo. Lo otro, la hipocresía ordenancista de los puritanos de turno, más bien puede conseguir lo contrario.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

miércoles, julio 21, 2010

PUNTO FINAL

Punto final a la novela. Es la segunda entrega de la trilogía que empezó con Vacaciones de invierno y de la que ya sólo me queda por escribir la tercera. Tres episodios cerrados, ligados sólo por una muy lasa continuidad (auto)biográfica y por un similar planteamiento en cuanto a la relación que se establece entre la historia personal/familiar que se cuenta y los aconteceres externos, situados en ese confuso periodo histórico que llamamos "Transición"... Anoto aquí el propósito, que hasta ahora sólo había figurado en mi cabeza, y me doy cuenta de que las intenciones no terminan de materializarse hasta que no se encuentran las palabras justas con que expresarlas. Iré afinando, claro. Tampoco tengo aún el título de la trilogía, y a lo mejor ni siquiera lo necesita. Sí el de ésta segunda novela: Vida nueva. Y un esbozo ya de la tercera, cuya escritura no comenzará ni hoy ni mañana, porque hay que darse un respiro, y quizá discurrir por otros pagos durante semanas o meses, y atender otros proyectos, hasta situarse idealmente en el punto cero de toda creación, en el momento preciso en el que ésta no puede aplazarse más.

***

Esas personas que tienen una orquesta de percusión en la cabeza.Y que la ponen a sonar en cuanto se levantan.


martes, julio 20, 2010

ALUVIÓN

Una vez más, en el "mercadillo de intercambio" que organiza la biblioteca municipal para deshacerse de los fondos descatalogados. Lleva uno un par de libros de reciente publicación y puede canjearlos por otros dos de los allí expuestos. Y como en esta casa hay permanentemente una población flotante de varias decenas de libros que uno no cree que vaya a leer jamás, formada sobre todo por los que me envían del suplemento, doy por bienvenida la ocasión de deshacerme de algunos.

No es fácil: en las primeras ediciones de este mercadillo todavía podían encontrarse pequeños tesoros, que no se explicaba uno cómo habían sido objeto de expurgo. Tengo entre mis libros más preciados, por ejemplo, la Antología de poesía norteamericana de Ernesto Cardenal y José Coronel Urtecho, de la que encontré un ejemplar en excelente estado en la primera edición. Podría enumerar otros títulos igualmente inencontrables, felizmente hallados en esta mesa de desahuciados. Ya no. Ya los hallazgos, si se dan, aparecen muy disimulados entre las hileras de colecciones de quiosco prematuramente amarillecidas, en las que no faltan nunca títulos de interés que uno, sin embargo, no se siente uno animado a llevarse a casa, porque ya la vista de uno no es lo que era, ni tiene uno paciencia con el papel malo y quebradizo o con las ediciones feas...

Sin embargo, por no volverme a casa con los dos libros que llevaba bajo el brazo, los cambio por dos libros a cuya manifiesta fealdad se sobreponen las expectativas que tengo respecto a su lectura. Uno, encontrado en la mesa de los recién aportados por los visitantes, es la primera entrega de los Diarios de Arcadi Espada. Yo conocía la segunda, de cuya presentación en Cádiz escribí en su día una cuartilla. Esta primera, referida al año 2001, es incluso mejor: los asuntos se han enfriado aún más, y las aceradas críticas de Espada a los usos del periodismo contemporáneo ganan por ello en distanciamiento y generalidad. Lo devoré entero por la tarde, de una sentada: el texto dedicado a una periodista catalana que se disfrazó "de turca" para estudiar las reacciones de la gente es una pieza maestra de crítica al amarillismo y al sensacionalismo periodístico; y las páginas dedicadas a las reacciones del diarista a los acontecimientos del 11 de septiembre, un magistral registro del desconcierto que nos embargó a todos en ese día aciago, tamizado por la mirada crítica que Espada sabe imponer incluso a sus reacciones emocionales. Es extraño que el lector que poseyó este libro haya querido deshacerse de él. Sin embargo, lo entiende uno: se lee con tanta facilidad, y su mensaje resulta tan incuestionable, que apenas hay lugar para una segunda lectura; y más, si el libro se ha leído al calor de los hechos y se tiene la (falsa) impresión de que su vigencia ha caducado con la de los hechos.

He aquí, pues, mi hallazgo del día. El otro, para completar el cupo de dos, es un ejemplar de El amigo manso de Galdós, que leeré en uno de esos felices intervalos de lectura libremente elegida que logro intercalar entre mis ya demasiado onerosos compromisos. Creo que volveré un día de éstos, por curiosear entre lo que ha ido llevando la gente, o para completar mi colección galdosiana, que es una de las vetas más seguras que se pueden explorar en estos aluviones de materiales diversos, arrojados a esta orilla por uno más de los muchos azares a los que están expuestos los libros. Y aún puedo alegrarme: todavía no he encontrado en ellos ningún título mío (aunque sí una antología, ay, en la que había un relato firmado por mí).

lunes, julio 19, 2010

SUPERVIVENCIAS

Siempre que vengo a esta playa gaditana, a la que se accede a través de una conocida urbanización, me acuerdo de la primera vez que me trajeron a ella, hace -¿lo diré?- unos cuarenta años, cuando yo era un niño y nuestra distracción dominical consistía en hacer largas excursiones en un Simca 1000 en el que nos apretujábamos dos familias enteras con sus respectivos enseres. La urbanización no existía entonces, y en su lugar se extendía un frondoso pinar que alcanzaba el borde mismo de la playa, consistente en una sucesión de pequeños acantilados de arena compactada, consolidados por una abundante vegetación de enebros y otras plantas propias del entorno. Acostumbrado a las extensas playas llanas características de la provincia, aquel litoral abrupto causaba una desusada impresión de lugar salvaje, que en esa primera visita quedó reforzada -me parece estar viéndolo- por la aparición de un enorme lagarto sobre un promontorio. Era la primera vez que veía uno, la primera que tenía conocimiento directo de un reptil mayor que una lagartija. Que sigue siendo, si la estimación retrospectiva no me engaña, el mayor ejemplar de su género que he visto nunca. Una playa remota, en la que no había otra huella humana que el tortuoso carril de tierra que nos había conducido hasta ella, y presidida por un extraño animal totémico... Todavía hoy, ya digo, pese a la presencia de esta conocida urbanización turística en la que se cifra el quiero y no puedo de buena parte de la burguesía local; pese a los carriles asfaltados, que ya tienen nombres de calle, y la afluencia de coches, lo que se me impone al alcanzar este paraje es la impresión primera. Hoy lo hacemos a media tarde, después de haber pasado el día en casa de unos amigos. Hay un oleaje espaciado y majestuoso, y la luz sesgada de la tarde presta una textura aterciopelada, opaca y tersa, a las grandes depresiones de mar lisa que quedan entre ola y ola, en el momento que uno aprovecha para zambullirse y nadar unos metros, porque las olas propiamente dichas es mejor recibirlas cara a cara y con los pies bien plantados en el fondo, y si acaso dando un salto en el momento en que te alcanza la cresta espumosa... Lagartos habrá alguno, supongo, pero no van a dejarse ver en medio de este gentío. Los enebros sí mantienen su pujanza, pese a que la afluencia de gente ha convertido el acantilado en un lugar de paso, atravesado por infinidad de veredas y senderos más o menos escalonados. También el pinar mantiene su imponente presencia, pese a estar parcelado, y sigue siendo la fuerza dominante. Tanto, en fin, que sorprendo a uno de mis anfitriones recogiendo del césped los piñones caídos de uno de los enormes pinos que corresponden a su parcela. Es fácil imaginar que, de no hacerlo, las lluvias y la humedad los harían germinar; como ha sucedido, veo, en un chalé colindante, abandonado desde hace decenios, y cuya parcela está cubierta de pinaza y arbustos. Hay también, reparo, pese al renombre de la urbanización, algunas parcelas sin edificar, por las que nadie se ha interesado, al parecer, en los treinta y tantos años de vida que tiene el asentamiento. Esos abandonos y vacíos dan al enclave un aspecto decadente que seguramente no es del agrado de sus propietarios, pero que constituye uno de sus mayores atractivos, y el que le aporta una especie de pátina sentimental de la que carecen otras urbanizaciones más agresivas y pimpantes. Todo eso -las ruinas, las parcelas vacías, las sombras de los grandes pinos, la playa abrupta- resulta en un efecto de atenuación, en el que la naturaleza se impone a la presencia humana. Lo que se agradece, después de todo.

viernes, julio 16, 2010

EL REPORTAJE

No ha sentado muy bien por estos pagos el breve reportaje de la BBC en el que Cádiz aparece como ejemplo de ciudad depauperada por la crisis. Eso sí: nos lo hemos tomado con deportividad, porque, a diferencia de otras ocasiones, en las que una crítica externa ha sido recibida con cajas destempladas y su autor poco menos que declarado persona “non grata”, a la BBC no le ponemos cara, ni acertamos a adivinar qué oscuros intereses han llevado a esa empresa pública británica a denigrar nuestra alegre ciudad, en la que tan bien se vive, pese a todo, y en la que, a falta de pan, sobran otros alicientes para preferirla a cualquier otro rincón del planeta… ¿Será que el gobierno británico está interesado en que la situación empeore todavía más, para que sus conciudadanos puedan comprar segundas residencias en la costa gaditana a precio de saldo? ¿Será un mensaje en clave dirigido a la ciudadanía gibraltareña, para que vea qué mal se vive en la otra ciudad semiinsular con la que cuenta la provincia?

He visto el dichoso reportaje, intentando desenmascarar sus aviesas intenciones. Aparecen edificios a medio construir y urbanizaciones ya construidas de las que no se ha vendido una sola vivienda… ¿En qué quedamos? Si no se vende lo ya terminado, ¿para qué acabar lo otro? Sale también un señor que se queja de que le han bajado el sueldo. ¿Es que acaso las cuentas públicas británicas están en mejor situación que las españolas? ¿Va a ser menos la administración británica, y a tener menos coches oficiales, por ejemplo, que los mil doscientos que poseen las diecisiete comunidades autónomas españolas? ¿Son menores las dietas y gastos de representación de un político británico? Allí, recuérdese, a algunos políticos se les reprochó no hace mucho que cargaran sus pequeños gastos particulares a las cuentas públicas. ¿Alguna vez un político español ha tenido que pasar ese bochorno? Aparece también, por último, en dicho reportaje una cariacontecida pareja que acude a la oficina de empleo. Lo que indica que aquí, al menos, los desempleados quieren trabajar, y no se limitan a cobrar el subsidio y a hacerse hinchas del Manchester United.

Pero lo que peor ha sentado, al parecer, es que el reportaje concluya con unas imágenes de un tablao flamenco, y con la afirmación de que los gaditanos no desaprovechamos ocasión de pasarlo bien, pese a las contrariedades. Es el tópico de la España de charanga y pandereta, que aquí sabemos absolutamente falso: ¿alguien sabe qué es una charanga? ¿Alguien ha visto alguna vez una pandereta?

Quede a salvo el pundonor local. Como todo el mundo sabe, incluso los hechos probados están sujetos a la ley general de la relatividad. Ese Cádiz desconchado e indolente que ha mostrado la BBC, con un tercio de su población desempleada, sólo existe en la imaginación de los ingleses. ¿O no?

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, julio 15, 2010

SEÑUELOS



Marea alta; o, como decimos en Cádiz, marea llena, que se traduce también en una reducción de la superficie de playa sobre la que se distribuyen los bañistas. Resultado: sensación de indeseada promiscuidad. Desde mi posición puedo leer el título del libro que lee una muchacha situada frente a mí (el último de Dan Brown), oír la conversación de los dos matrimonios que tengo detrás, asistir -del todo involuntariamente, y haciendo verdaderos esfuerzos para que mi mirada distraída no se dirigiera a ese punto- a los retozos de una de esas parejas que cree que la posibilidad de desprenderse de determinadas prendas en estos espacios de tolerancia supone la desaparición de toda reserva respecto al uso que se da a las partes que han quedado descubiertas: ella no lleva sujetador y él se aplica a lamerle laboriosamente los pezones, lo que hace que la chica se retuerza literalmente de placer sobre la arena... El mar ruge, como corresponde al estado de la marea. No he traído lectura, para no cansar la vista, bastante tocada ya de las sesiones a destajo frente al ordenador a las que me someto por las mañanas. M.A. dormita. Mi distracción es la concurrencia. Que casi nunca decepciona.

***

Veo por fin Tiburoneros (1963), de Luis Alcoriza, una película de la que tengo conocimiento prácticamente desde mi adolescencia, pero que hasta ahora no había tenido oportunidad de ver. Es una película hermosa, con un punto de lograda asimilación del humor de Buñuel y de algunos de sus recursos. Pero lo que me llama la atención es que la crítica y los estudiosos se la hayan tomado tan en serio; porque ni la imagen idílica que proyecta de los pescadores de Tabasco es rigurosa, ni el superficial empleo que hace del tópico de "desprecio de corte y alabanza de aldea" es mínimamente creíble, aplicado a la historia de un hombre de negocios de México D.F. que, para reunir un capital, se dedica durante unos meses a la pesca de tiburones en el Caribe, y luego encuentra que no puede adaptarse de nuevo a la vida urbana y regresa definitivamente a la aldea de pescadores... Claro que el resorte de este ineludible influjo no es otro que la belleza de la tabasqueña Manela, interpretada por la bellísima Dacia González, de la que podría decirse que la cámara de Alcoriza se enamora, como se enamoró la de Giuseppe de Santis de Silvana Mangano en Arroz amargo o la de John Ford de Gene Tierney en La ruta del tabaco. Tres películas, por cierto, que aún hoy resultan a ratos tremendamente eróticas, y no porque incluyan escenas escabrosas o de sexo explícito, sino porque asumen sin ambages la fascinación que estas muchachas jóvenes y exuberantes son capaces de ejercer, no sólo sobre sus antagonistas masculinos, sino sobre el propio espectador. En ese sentido, Tiburoneros es una película de ese peculiar género consistente en la exhibición, casi siempre irónica, de un contundente señuelo erótico, que es el verdadero motor de la acción. Y cualquier otra consideración sesuda resulta siempre un poco traída por los pelos.

miércoles, julio 14, 2010

AUTOMAT

Releo el artículo de Camba del que me acordaba ayer a propósito de mi apunte sobre Easy Living, la estupenda comedia de Mitchell Leisen con guión de Preston Sturges. Artículo y película, decía, coincidían en dedicar una misma mirada de divertido asombro a una realidad cuya rareza seguramente pasaba desapercibida a sus usuarios inmediatos. O, como lo explica Camba: lo asombroso es que muchos neoyorquinos no van al Automat, al "restaurante automático", a divertirse, sino... a comer. Previamente, para que entendiéramos de qué estaba hablando, describió cumplidamente el restaurante y su funcionamiento: "A todo lo largo de las paredes, los manjares más diversos y las comidas más varias yacen en unas urnas de cristal. En una sección de quince pequeños departamentos hay un letrero que reza: "Panes". En otra de treinta se lee: "Pastelería"(...) Yo voy, vengo, doy vueltas y más vueltas, y cada vez que una cosa me apetece echo en la ranura los níqueles necesarios, y se produce el milagro". Leisen/Sturges vieron lo que este curioso negocio tenía de juego, y lo utilizaron en la película, explorando las posibilidades de un altercado en el Automat, en el que las urnas se abrieran todas a la vez y una turba de vagabundos asaltara el local... Y también para facilitar nuestra comprensión de la comicidad del suceso, previamente nos mostraron las urnas y secciones de las que nos hablaba Camba, y el funcionamiento del "milagro". Es una manera de concebir la literatura -y el cine-: el texto debe ser autosuficiente, no dar por sabido cosas que el lector o el espectador no tienen por qué conocer, o que exigirían una engorrosa nota a pie de página, como la que me aclaró, la primera vez que leí a Dos Passos, qué era el Elevated de Nueva York... Hay un cuento, por cierto, de Cheever en el que un dramaturgo provinciano que ha ganado un concurso viaja a Nueva York con su familia y tiene la novelería de comer repetidamente en un Automat. Comprendemos la novelería, pero no llegamos a visualizar adecuadamente en qué consiste la gracia del sitio, no vemos al hombre y a su familia corretear emocionados de urna en urna y echar moneditas en las ranuras.

Esta reflexión, naturalmente, tiene un motivo. En la novela que ando terminando el adolescente protagonista, en sus ratos libres, hace de aprendiz de su padre, que es escayolista. Conozco bien ese oficio, que es el de mi propio padre, al que yo ayudaba en sus chapuces para ganarme algún dinero. Hay capítulos de la novela cuyo tempo viene marcado por los laboriosos y delicados tejemanejes de este oficio, que es absolutamente necesario describir... Y recuerdo, a propósito de esta necesidad descriptiva, un comentario que oí una vez a los contertulios de Garci en Qué grande es el cine, a propósito de lo que ellos consideraban una característica permanente del cine clásico americano: su tendencia a enseñar el know-how, los pormenores de las actividades a las que se dedican los protagonistas, ya sea cuidar ganado, construir rascacielos (El manantial) o mostrar la vida de un jugador de billar (El buscavidas). Cernuda reconocía su deuda con el profesor que le enseñó que un poema debe tener un "asidero plástico". Yo, humildemente, reconozco la mía con estas lecciones del buen cine.

martes, julio 13, 2010

EASY LIVING

Intento cubrir en una piscina abierta la misma distancia que habitualmente recorro en mis sesiones de natación en piscina cubierta. Y, para mi sorpresa, me agoto mucho antes. Se lo comento a mi monitora, que me explica que la musculatura se contrae ante la frialdad del agua, por lo que, en una piscina no acondicionada, nadar requiere un esfuerzo mucho mayor. Pero lo curioso del caso es su traducción a meras sensaciones: la de que el agua fría resulta mucho más dura que el agua templada, y que, por tanto, ofrece mayor resistencia al avance. También ocurre con el aire: la sensación, algunas mañanas de invierno, de que éste es una sustancia sólida que opone resistencia a nuestro paso. Y las consecuencias morales de todo ello: la impresión de que algunas veces el propio medio físico en el que nos movemos nos resulta tan hostil como el medio humano.

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Por lo mismo: la sensación de plenitud que se experimenta después de nadar cuarenta y cinco minutos, tras varias horas de atadura al banco de galeote que supone el ordenador. Que también, a veces, ofrece una extraña resistencia al avance, como el agua fría. Escribir: nadar en agua helada, con los músculos agarrotados, hasta alcanzar ese momento ideal en el que se logra la aclimatación al medio hostil y se avanza sin aparente esfuerzo.

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Las comedias de Mitchell Leisen: Medianoche, Si no amaneciera, Una chica afortunada... Presuponen un mundo donde el glamour y la inconsciencia, que son el medio natural del género, no ocultan que existen otras realidades. Esa conciencia sólo la tuvieron los cineastas que capearon la Gran Depresión. Y que mantenían, respecto a su entorno, una cierta capacidad de extrañeza. Pienso en la escena de Una chica afortunada (Easy Living), en la que los protagonistas se conocen en un Automat, un local de la famosa cadena neoyorquina de restaurantes de autoservicio. Julio Camba escribió sobre ellos, y ahora se me ocurre que es muy posible que fueran éstos los que le sugirieran el título de su libro sobre Nueva York, La ciudad automática. La mirada que el norteamericano Leisen -y su guionista, Preston Sturges- proyecta sobre estos curiosos locales no difiere mucho de la de nuestro genial gallego: la película los presenta como un ámbito en el que el naturalísimo acto de comer aparece desvirtuado o mediatizado, y ejerce sobre la concurrencia la misma violencia antinatural que los ritmos de la maquinaria imponían al desafortunado protagonista de Tiempos modernos.

lunes, julio 12, 2010

FUGITE HINC

El menudeo literario, que casi nunca da ni para comer: "Tengo tarifa de puta un poco vieja", dice Horacio Quiroga en una de sus cartas, a propósito de lo que cobra por sus colaboraciones en la prensa. Incidiendo, de paso, en otra de las descorazonadoras paradojas de este oficio: se pasa de ser un escritor "prometedor" a uno al que se da por acabado. No se puede generalizar al respecto, pero uno diría que, en el caso de aquellos escritores que han podido desarrollar una obra literaria larga y abundante, extendida en el tiempo, los mejores frutos han llegado en la madurez. En ese momento, en fin, en que uno no puede aspirar a otra cosa que a merecer "tarifa de puta vieja". Y si fuera sólo cuestión de tarifa, la cosa no tendría tanta importancia.

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"Para una hormiga el día es más largo, ¿verdad?", me dice E., de seis años. Lo contrario que para un hombre de cuarenta y siete, para el que una hora perdida o aburrida puede resultar eterna, pero al que los días se le van como agua entre los dedos. Y las semanas. Y los años.

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Eso ocurrió en la piscina municipal de B.; en la que, por cierto, vimos un escorpión muerto en el pavimento. Un ejemplar de unos seis o siete centímetros; pequeño, me dicen, en relación al tamaño medio que suelen alcanzar estos artrópodos. Pero, en todo caso, lo bastante capaz de generar aprensiones en la concurrencia. M.A. lo aparta con un palo, para que no lo pisen los niños que corretean alrededor de la piscina. A una de las madres le asalta una risa nerviosa. Y yo miro las grietas y aberturas en los muretes de piedra que delimitan el espacio y me acuerdo de un fragmento de Virgilio, muy a propósito, referido a otra alimaña: Frigidus, o pueri, fugite hinc, latet anguis in herba.

viernes, julio 09, 2010

BANDERAS

Durante las últimas semanas hemos asistido a una proliferación de banderas nacionales en balcones y azoteas, con motivo del mundial de fútbol. Resulta extraño, porque aquí las efusiones patrióticas suelen ser escasas y no están del todo bien vistas. En eso diferimos de la mayoría de nuestros vecinos, que lucen con orgullo su bandera y no consideran que su exhibición les comprometa o les adscriba a algún sector particular del espectro político. Nuestros sentimientos al respecto son más bien tibios. La mayoría aceptamos respetuosamente los símbolos nacionales vigentes, pero casi nadie se anima a hacer un uso espontáneo de ellos en su vida cotidiana, para sumarse de ese modo a los grandes acontecimientos colectivos, sean éstos gozosos o dolorosos. El fútbol, a lo que se ve, es una excepción. Pero no se ven banderas para celebrar una efeméride patriótica, o para manifestar adhesión a los valores constitucionales cuando éstos son atacados. Lo contrario nos haría sospechar: si vemos una concentración de personas en la que se exhiba la bandera nacional, tendemos a pensar que quienes se manifiestan son de derechas, o incluso de extrema derecha; y si lo que llama la atención es la ausencia clamorosa de la bandera legalmente vigente, y ésta es sustituida por una amalgama de banderas rojas, tricolores y regionales, es que estamos ante un acto convocado por la izquierda... Seguramente el acaparamiento abusivo que hacen unos de la bandera legal se debe a la dejación irresponsable que practican los otros, y viceversa: en esto, como en otros aspectos de nuestra desoladora vida pública, se junta el hambre con las ganas de comer.

Sería interesante indagar en los motivos de este desapego o de estos usos partidistas de la bandera. Seguramente concluiríamos que se deben al recuerdo de la guerra civil. Pero esa explicación no basta, porque no hay estado europeo que no tenga periodos de su historia cuyo recuerdo pueda resultar vergonzoso o doloroso, y no por ello lo asocian a la bandera vigente en esos periodos. Italianos y franceses, que yo sepa, no abominan de sus respectivas enseñas porque éstas hayan cumplido su función durante los regímenes de Mussolini o de Pétain. En ese aspecto, la República Española de 1931 cometió un inmenso error táctico en el momento en que, al cambiar la enseña nacional, regaló a sus enemigos la otra.

Que ahora la veamos ondear con motivo de un torneo de fútbol da que pensar. Acaso es que los españoles, llegado el caso, saben olvidar sus diferencias, aunque sea por un motivo tan nimio. O tal vez lo que ocurre es que no vemos en los símbolos nacionales más que los colores de un equipo de fútbol. No sé si eso es bueno o malo. No pocos crímenes en este mundo se han cometido por seguir una bandera. Lo que a mí me preocupa, llegado el caso, es que tengamos demasiadas.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, julio 08, 2010

CARA DE PÓKER

No es lo mismo escribir en este cuaderno a primera hora de la mañana, como hago ahora, de vacaciones, que por las tardes, como suelo hacer cuando trabajo. La diferencia estriba en el modo de considerar la realidad: por las tardes pesa más el día cumplido -del que, no obstante, queda excluida la tarde-noche, que en estos días apretados puede ser una parte importante-; por la mañana, en cambio, uno suele inclinarse a las expectativas del día por venir, y, si escribe sobre el anterior, lo hace en tono de balance, porque ya entre ese día concluido y el que empieza media toda una noche. Si uno viviera solo y más o menos libre de consideraciones horarias, acudiría a éste diario justo antes de acostarme, al filo de la madrugada, a modo de éxamen de minuit baudeleriano, y daría cumplida cuenta en él de un día del que no faltaría siquiera el epílogo reparador, casi siempre dedicado al cine o a la lectura, que precede la hora del sueño. Pero eso también sería demasiado mecánico. Una de las funciones de este cuaderno, precisamente, es recomponer un tiempo descoyuntado, sobre el que pesan demasiadas obligaciones y servidumbres, voluntarias e involuntarias. Escribir en él supone, a menudo, reparar esa discontinuidad.

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Paul Muni. No se explica uno que, con esa cara y esa gesticulación simiesca, se pueda ser actor, e incluso buen actor. Lo veo en Scarface, terror del hampa, semanas después de haberlo visto en Soy un fugitivo, y teniendo en reserva La vida de Émile Zola. El mismo rostro y casi los mismos gestos al servicio, respectivamente, de un criminal sin escrúpulos, una víctima de la injusticia y un activista cargado de razón. Puede que ahí esté la clave. La cara no es el espejo del alma. Y un punto de gesticulación excesiva lo mismo alcanza a cubrir el vacío moral que las tribulaciones del hombre honrado. Lo contrario también es cierto, como lo demuestran las interpretaciones de Gary Cooper o John Wayne. Sin embargo, la inexpresividad no goza de tanto prestigio. Y la taciturnidad, menos, como bien sabemos los callados, los de cara de palo, los impasibles.

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Esta bruma que concentra todo el calor, y es en sí misma un atenuante del calor... Valga por lo de antes: esa bruma que viene a ser la cara de póker del cielo.

miércoles, julio 07, 2010

ESCRUTINIO (y 3)

Termino este escrutinio, que ya se alarga demasiado. Y que, en realidad, no tiene fin: ayer mismo recibí otra remesa de ocho libros, entre ellos varios de poesía. Uno de ellos, premiado en un certamen literario, se lo regalaré a un amigo mío que todavía concurre a premios. Los demás, una vez leídos, pasarán al montón de los que esperan relectura, impresión última y acomodo en las estanterías. Serán carne de otro escrutinio, no de éste.

Que ya remato. Mencionaba ayer alguna editorial nueva, y hoy he de referirme a otra, la Compañía de Versos Anónimos, al que pertenecen dos libros recibidos y leídos este curso, a los que ahora asigno ubicación más o menos definitiva: Juguetes de Dios, de Rosario Troncoso, y El exilio de las alas, de Manuel Bernal. Este escrutinio no puede ser otra cosa que la constatación de los vínculos que me unen a los escritores que voy mencionando, o a sus editoriales, y que explican por qué llegan a mi casa estos libros, casi siempre bienvenidos, pero muchos de ellos portadores de extrañas desazones. Éstos de la CVA, editorial en la que han publicado, como pasándose el testigo, varios autores jóvenes de Cádiz, en una continuidad que se me antoja básicamente amistosa, vienen a recordarme, y en cierto modo a reprocharme, la soledad en la que uno se encontraba cuando le tocó la tesitura de los primeros contactos literarios y la búsqueda de las primeras ocasiones de publicar. No me quejo: los ochenta, ya lo anoté ayer, fueron una coyuntura muy favorable. Pero faltaba, al menos en mi caso, esta alegre concurrencia de amistad y poesía que aprecio ahora en estos nuevos poetas de mi entorno. La poesía debe servir para algo más que aislarse. O no, quién sabe. En todo caso, estas consideraciones sólo pueden plantearse a posteriori, cuando uno hace balance, y no en el momento de vivir las ocasiones a las que se aplican.

Algo de balance final tienen también, en fin, estas ediciones de J.R.J. que, con periodicidad un tanto irregular, viene publicando la Diputación de Huelva, y que yo recibo desde que otra iniciativa de esa institución, la de publicar una serie de pequeñas antologías de poetas andaluces agrupados por provincias, que se regalarían a lo largo de un verano a los lectores del periódico Odiel, me puso en contacto con la persona responsable de ambas. Fue un regalo del cielo, que me supone recibir en un par de ocasiones al año unos voluminosos paquetes con obras de J.R.J. publicadas individualmente, en volúmenes separados. He dejado aparte, para una lectura más atenta, los dos últimos que he recibido de prosa: el espléndido Españoles de tres mundos, que no entiende uno cómo no se propone como modelo y ejemplo de las posibilidades de la prosa española en todas las escuelas y facultades en las que se estudia literatura, y un no menos interesante primer volumen de Poemas en prosa. Y lo que guardo ahora, porque tengo reciente la lectura de lo que contiene, en un tomo que publicó Galaxia Gutenberg, es Poesía escojida VI (1942-1954), que incluye la posible reconstrucción de los tres libros finales de Juan Ramón: Una colina meridiana, Dios deseado y deseante y De ríos que se van. No deja uno de imaginar un futuro libre de compromisos y débitos de lectura, en el que uno no tuviera otra cosa que hacer que releer esta biblioteca juanrramoniana, ya completa, y eventualmente escribir bajo su benéfico influjo... Llegará, supongo, si uno vive lo suficiente.

Y termino con el tomito de Poemas escogidos de Luis Rosales que la Junta de Andalucía ha repartido por colegios y bibliotecas para celebrar el Día Internacional del Libro. Descree uno de estas iniciativas y de sus posibles resultados; pero debo decir que, en esta ocasión, la relectura del librito en cuestión me ha merecido la pena, siquiera sea porque me ha hecho reconsiderar una etapa de la poesía de Rosales a la que hasta ahora no le había prestado atención: la que representa su último ciclo, La carta entera, del que leo aquí un gran poema titulado "Dónde puede llevarle la obediencia", y del que me entusiasman otros poemas ("Madrid en su tempranería", por ejemplo), que releo en la antología que se publicó hace años en la efímera colección de poesía de Mondadori, de la que yo compré varios títulos cuando se liquidó en las mesas de saldo de ciertos grandes almacenes...

Dije ayer que pondría algo de los libros comprados en Londres. Pero no, porque dejo para el verano su relectura. No me vendrá mal un poco de prosodia foránea, para desintoxicarme.

martes, julio 06, 2010

ESCRUTINIO (2)

Sigo con el escrutinio de los libros de poesía leídos en los últimos meses y todavía sin colocar en sus respectivos estantes. Uso este cuaderno para anotar una última impresión de lectura, o una simple huella mnemotécnica a la que poder confiarme cuando el tiempo haya obrado su efecto. A ello añado el gesto burocrático de ponerles mi ex-libris. No deja uno de ser, al fin y al cabo, un bibliotecario vocacional. Mi casa es una biblioteca. Y la certeza de que estos libros han de sobrevivirme, y que su destino, como el de todas las bibliotecas que ha juntado la vanidad humana, es la dispersión, no deja de resultarme algo contradictoria en relación a estos afanes. ¿Qué manos volverán a sostener, por ejemplo, este tomito de poesías de Maragall que tanta ilusión me hizo encontrar en una caseta benéfica de la Feria del Libro de Cádiz esta primavera? Tendrá que ser alguien que lea catalán al menos en la intimidad, como decía hablarlo aquel político; porque lo que son las traducciones, confiadas a todo un elenco de nombres más o menos conocidos de la poesía española, son muy decepcionantes, excepción hecha de alguna que firma Dámaso Alonso, por ejemplo.

Las mejores traducciones de poesía son las que traicionan abiertamente el original, porque a través de ellas se abre paso una voz que tiene algo que decir y encuentra que el poeta traducido ha recorrido ya buena parte del camino que el traductor pretende recorrer ahora. En ese sentido, una buena traducción siempre va un paso más allá -no mucho más- que el original. Es lo que hace, por ejemplo, Juan Bonilla en Cháchara, otro de los libros que me dispongo a sellar y guardar ahora, y que incluye una sección titulada "Imitraiciones", en la que recrea acertadamente a nuestro común paisano Fernando Quiñones, se burla de Ernesto Cardenal y desenmascara, a la vez que homenajea, los trucos de Quim Monzó y el desgarro algo impostado de algunos poemas de Gil de Biedma.

Y ya que estoy con libros de amigos y conocidos, pongo también el sello a Y ningún otro cielo, de Abelardo Linares, del que anoté algo en este cuaderno hace unas semanas. Añado ahora que una de las cosas que me ha gustado de este libro, desde un punto de vista estrictamente técnico, es que hunda sus raíces en un momento de la historia de la poesía europea que me es especialmente grato por lo que tiene de ambiguo y movedizo: la protovanguardia, la promoción de poetas que se formó en el simbolismo y desbordó ampliamente los presupuestos de este movimiento, en busca de un lenguaje más contemporáneo; pero sin sobrepasar ciertos límites de, digamos, comunicabilidad poética. Poetas como Paul Morand, por ejemplo, con su fascinación por el viaje y la nueva modernidad urbana, y su modo de constatarlo mediante poemas de una arrebatada visualidad, hechos de enumeraciones que, más que agotar su materia, parecen sugerir que ésta es infinita, y que lo que el poeta alcanza a acotar de la misma es sólo una pequeñísima parte.

Tiene también un toque de primera vanguardia el diseño de los libritos de Siltolá, de los que ahora paso a guardar el de Pilar Pardo, Temporada de fresas, y el de Tomás Rodríguez Reyes, El huerto deseado, junto con el primer número de la excelente revista de la casa, Isla de Siltolá. Un síntoma, supongo, de que me hago viejo es que proyecto una mirada restrospectiva sobre cosas que tienen más que ver con el futuro que con el pasado. A mí los libros de Siltolá, la impresión de frescura y juventud que causan, me recuerdan el florecimiento editorial de los años ochenta, en el que tuve la suerte de dar mis primeros pasos. Hacía tiempo que no surgía una iniciativa editorial como ésta, exclusivamente volcada a la poesía y con la mira puesta en descubrir nuevos valores. El único caso semejante, quizá, podría ser el de la también muy meritoria colección de Númenor; sólo que esta última lleva demasiado a gala mantener una línea poética e ideológica muy determinada, mientras que Siltolá, siendo una colección claramente de tendencia (como lo fue en su día Renacimiento, por ejemplo, ahora más ecléctica), no ha terminado de definir en qué consiste esa aspiración, no se ha autoimpuesto un ideario previo, y ha encomendado esa difícil tarea a los autores más o menos afines que ha ido espigando en blogs, tertulias, talleres de poesía, etc.

De nuevo, se me acaba el tiempo. Mañana Rosales, Juan Ramón, los libros que traje de Londres.

lunes, julio 05, 2010

ESCRUTINIO

Intento reducir un tanto la montaña de libros acumulados en los últimos meses, y que por falta de tiempo y espacio no he ubicado aún en las estanterías correspondientes. Y comienzo por los de poesía, que son los que más puntualmente leo, y los que más tardo en guardar, porque, cuando me parecen lo bastante interesantes, siempre pienso que merecen una relectura antes de que les llegue esa especie de condena al ostracismo que supone alinearlos en un estante con otros centenares de libros y confiar esa segunda o tercera lectura que seguramente merecen al azar de que un día yo pase los dedos por sus lomos y me detenga en alguno de ellos.

Pero es inevitable. Así que pongo manos a la obra. Quizá el más antiguo de los que he tenido amontonados hasta hoy sea Alianza y condena de Claudio Rodríguez, en la hermosa y oportuna reedición que hizo Cálamo. Merece la pena tenerlo a mano. Y le hago hueco junto a Desde mis poemas, el muy frecuentado tomito que le hizo Cátedra y que recogía sus cuatro primeros libros. Tiene su historia este libro, por cierto: guardo en él, por ejemplo, el recorte de la lectura que dio el poeta leonés en Cádiz en 1979 ó 1980 -no anoté la fecha-, y que fue el primer contacto que tuve con su poesía y con su persona, que dejo honda impresión en el adolescente que yo era: no tanto por el evidente estado de embriaguez en que se encontraba, y que luego supe que era una penosa dependencia que el autor arrastraba desde antiguo, sino por el contraste, digamos, entre las servidumbres personales, que este hombre parecía tener perfectamente asumidas, y la insólita capacidad de elevación de la palabra poética. Creo que fue entonces cuando entendí que la poesía, entre otras muchas cosas, incluye también un principio de redención. Que un buen poema bien vale una vida, y que ese mero derroche que es el vivir acrecienta notablemente su valía si su rastro tangible es la palabra poética... Bueno, es inevitable la hipérbole al tratar estos asuntos: valga como expresión balbuciente de una cierta clase de emoción, la que yo sentí entonces. En cuanto al librito propiamente dicho, las circunstancias de su llegada a mis manos fueron más bien pintorescas. Me llegó en un tren de libros que la institución correspondiente hizo circular por provincias ese año, y en el que compré no pocos títulos en los que hasta entonces no había reparado en mis todavía tímidas y titubeantes visitas a las librerías gaditanas.

...Pero ya veo que he agotado el tiempo de calentamiento, digamos, que dedico a escribir en este cuaderno, antes de centrarme en la novela que me reclama. Mañana sigo con este escrutinio de libros. Que ahora, mientras cierro el párrafo, me recuerda al que hicieron un cura y un barbero en casa de cierto conocido hidalgo manchego. Y cuyo resultado fue, ay, la hoguera.

viernes, julio 02, 2010

SEGUNDO Y ROSITA

Pasé yo también ante el escaparate de Segundo y Rosita, el centenario establecimiento fotográfico gaditano. Y me detuve, como tantos, ante las viejas fotos que el dueño del negocio ha decidido exponer en sus escaparates para despedirse del local que ha ocupado hasta hoy. Se muda de allí, sabemos, por discrepancias con el titular de la finca, que no es sino la Junta de Andalucía. Llama la atención la cantidad de infortunios que el ciudadano particular, e incluso el ciudadano con una historia notable a sus espaldas, debe a las administraciones públicas... Pero este artículo no quería referise a eso, sino al material expuesto en dichos escaparates que no son tales, sino ventanas ordinarias convertidas en vitrinas, porque el local en cuestión data de cuando el comercio no lo fiaba todo sólo a las apariencias, y no recurría, por tanto, al exhibicionismo chillón al que se ve obligado hoy.

En esas ventanas-vitrina ha colocado el dueño algunas fotos espigadas de sus archivos. Vistas de la ciudad, fotos de comuniones y bodas, retratos de recién nacidos, o de adultos que posan para la posteridad… Tienen ese aura que Baudelaire echaba ya de menos en el ciudadano de mediados del siglo diecinueve, urbano y burgués, y que, según él, sí tenían sus antepasados. Lo que no sabía el poeta francés es que esa pérdida no fue absoluta ni ocurrió de una sola vez, sino que sigue produciéndose desde entonces y es sólo apreciable cuando, como ahora, nos es dado enfrentarnos cara a cara con nuestros predecesores y con su modo de estar en el mundo. En su día, quizá, esos personajes retratados no se distinguían demasiado de quienes los veían desde la calle. La maledicencia gaditana llegó incluso a decir que esas fotos del escaparate eran las de quienes no las habían pagado. Supongo que esa leyenda urbana carece de fundamento. Más bien sería lo contrario: quienes se costeaban esos reportajes y retratos se sentían orgullosos de que todo el mundo los viera y reconociera la cuantía del dispendio y la relevancia social del acto (boda, comunión, etc.) que inmortalizaban. La vida se contaba en retratos, y una vida completa y feliz era la que contaba con un álbum completo, en el que no faltara ninguna de las fotos relevantes. Porque si se echaba de menos alguna de ellas, eso quería decir que algo había fallado por el camino.

Dicen que entre quienes se paran ante este escaparate suelen formarse corrillos que discuten la identidad de los retratados. La discusión es innecesaria. El tiempo, que es siempre justiciero, borra todas las diferencias. ¿Ve usted a ese tipo de los grandes bigotones, al de la guerrera de botones dorados, al niño que posa sobre un almohadón? Les pasa lo que al retrato de Gertrude Stein que pintó Picasso: no son nosotros todavía, pero ya el tiempo se encargará de que nos parezcamos a ellos.

Publicado el martes en Diario de Cádiz
Foto tomada del blog Memoria de Cádiz

jueves, julio 01, 2010

ELLA LO LLEVA BIEN

Me despierto justo un segundo antes de que suene el despertador; que hoy, como las campanas fúnebres del célebre poema de Donne, no suena por mí... Remoloneo, doy algunas vueltas en la cama, y termino levantándome una media hora después. No es que las vacaciones que inauguro con este horario intempestivo vayan a ser totalmente improductivas. En mi cartera tengo anotados, además de los artículos semanales, los dos que quiero dejar adelantados para agosto, una reseña y un prólogo. Eso, sin contar la novela que tengo ya escrita y que debo revisar a fondo antes de entregarla el 31 de julio. Con los años he ido descubriendo que el trabajo literario tiene también un ritmo estacional: a julio le corresponde la terminación de los trabajos pendientes y, en el caso de quienes escribimos en periódicos, el adelanto de las colaboraciones de agosto. Me gustaría pensar que en este oficio, como en todos, habrá privilegiados que se libren de estos trabajos a destajo. Pero creo que es más bien al revés: uno, al fin y al cabo, se dedica a esto intensivamente sólo en vacaciones, mientras quienes viven exclusivamente de la literatura deben mantener este ritmo todo el año; y, además, escribir su obra propia. No sé qué será peor. Y sobre todo, no sé si será muy recomendable dedicar la parte principal del tiempo propio a una actividad tan sujeta a los periodos en blanco, al pesimismo en cuanto a los resultados, a la insatisfacción permanente. Someterla a un horario casi de oficina, como hago en estos periodos vacacionales, es mi manera de bajarle los humos. Y ella lo lleva bien.