martes, agosto 31, 2010

UNIVERSOS

Alegría visual de las mañanas, desde el ángulo en picado que me proporciona el balcón de mi cuarto de trabajo, en un segundo piso: las muchachas casi en deshabillé que pasean por las mañanas a sus perros. Cada pocos minutos pasa una bajo mi balcón, a veces literalmente arrastrada por el ímpetu de su mascota, y otras empujada por los vientos despiadados que suelen azotar estas latitudes. Entonces dan impresión de fragilidad, y parecen encarnar ese característico desgobierno del propio destino que deparan la juventud y la relativa pobreza. Pero otras avanzan con pie firme, bien plantadas sobre sus piernas, el pecho firme, la cabeza erguida, la ropilla de andar por casa muy ceñida al cuerpo, como gustaba Fidias de representar los trapos con los que envolvía a sus figuras. Entonces sí: entonces uno interrumpe brevemente su briega con el teclado y les dedica una mirada.

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Nos perdimos en aquella película de Imamura. No entendíamos nada. M.A. lo achacaba a la mala calidad de los subtítulos. Yo, a un conjunto de factores, que incluyen mi incapacidad para retener rostros extraños -y más, si son japoneses- y mi escasa empatía con determinadas idiosincrasias narrativas. Y éramos nosotros, extrañamente, los únicos que quedábamos nítidamente retratados -y casi enfrentados, en fin- en esa sesión doméstica de cine, mientras los personajes y acontecimientos de la película propiamente dicha se nos desdibujaban y perdían.

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En uno de esos documentales inquietantes con los que distrae uno la sobremesa, un circunspecto científico (japonés también) da crédito al viejo principio poético que otorga condición de realidad a las acciones no realizadas y a los deseos no cumplidos: existirían, dice este hombre, y tendrían su adecuado cumplimiento en alguno de los infinitos universos paralelos que algunas teorías científicas postulan. Reducida a posibilidad científica, la idea pierde toda su fuerza poética; y. además, reduce nuestro andar por el mundo a una vaga gesticulación sin sentido: todos nuestros fracasos de este mundo son triunfos en otro, así que, ¿para qué esforzarse? Todos los lectores que no he ganado en este mundo me leen ávidamente en otro; todos los libros que no he podido escribir, o que no me han querido publicar, triunfan en los medios literarios de algún inconcebible universo paralelo. Y, a lo mejor, hasta están mejor escritos. O peor, quién sabe.

lunes, agosto 30, 2010

Z.

El verano se despide con la broma pesada de una gastroenteritis que nos tiene postrados todo el domingo. K., a la que también dimos a probar el comistrajo culpable, se pasa el día tendida a los pies de la cama, no sabemos si por empatía o porque también la gata ha pillado la infección. Más bien lo primero: en uno de los escasos paseos que se permite, descubre una salamanquesa en el despacho, y eso termina de reanimarla. Tanto que, para que no destroce el monitor o los demás trebejos informáticos que se amontonan sobre la mesa, mientras se encarama sobre ellos para alcanzar al bicho, somos nosotros quienes optamos por capturarlo y devolverlo al balcón, de donde ha venido. En vano: insensatamente, el animalillo vuelve al despacho, y esta vez no se libra de las garras de la fiera.

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En los días previos habíamos estado en Z., el conocido enclave costero gaditano, favorito de cierta clase media con ínfulas bohemias. Mujeres muy bronceadas vestidas preferentemente de blanco deslumbrante, jovencitos con rastas y pantalones bombachos, hombres circunspectos en pantalón corto con muchos bolsillos, en los que deben guardar las carteras con las que pagan todo esto. Entre estos hombres, por cierto, algunos famosos. En un restaurante con pretensiones, regentado por argentinos, encontramos entre la clientela a un conocido cocinero televisivo. En otro bar de cocina más tradicional, aunque no más económica, coincidimos con el líder de uno de los sindicatos mayoritarios, al que esa misma mañana, por obra del don de la ubicuidad de la que gozan estos personajes, habíamos oído en la radio tronando contra el gobierno y llamando a la huelga general... Tiene derecho el hombre a comerse tranquilamente su pescaíto, como todo el mundo, en sus días de asueto; pero no deja de chocar un poco, en fin, que quien se pone tan apocalíptico por la mañana se entregue luego tan plácidamente a estos placeres de clase media ociosa, en un ambiente, digamos, más bien poco proletario.

Pero no ha venido uno aquí a juzgar, ni a que lo juzguen. Son, dicen los boletines meteorológicos, los días más calurosos del año. El calor desaconseja incluso bajar a la playa, por lo que no salimos hasta el anochecer. El ambiente es extraordinariamente relajado, pese a la afluencia de gente. En el recinto acotado por los muros de una vieja fortificación ponen un mercadillo de baratijas. Y uno se pasaría horas enteras viendo pasear entre los puestos a estas espectrales mujeres de blanco, distantes e inasibles, que no parecen tener otra preocupación en la vida que probarse collares, mientras el flamenquito de turno desgrana su rumba sobre el tabladillo que han montado en medio de la plaza, y el suelo recalentado exhala sus olores a tierra regada, a remoto rastro de caballos, a patchuli y cáñamo. Podría ser un lugar extremadamente ruidoso, pero hay algo en la predominante horizontalidad de todas las líneas que produce algo así como una atenuación o dispersión de todo lo que pudiera resultar excesivo. Y así, a pocos metros de una terraza playera en la que actúan unos estupendos músicos cuyo estilo relacionamos con el de Camel, el rumor del mar ahoga por completo el ruido y tiene uno la impresión de hallarse en un entorno completamente salvaje, lejos de cualquier aglomeración.

Nos marchamos con pena. Nos espera, ay, la gastroenteritis final, como una purga por tanto placer. Y lo que vendrá luego, que es peor.

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No he encontrado el cadáver de la salamanquesa. Lo que quiere decir: a) K. la ha indultado. b) Pudo escapar. O -lo que es peor-: c) Se la ha comido. Lo que, en nuestro actual estado de absoluta inapetencia, nos resulta la peor de todas las opciones posibles.

viernes, agosto 27, 2010

VIEJOS

He dejado para agosto este artículo que a lo mejor podría haber escrito un poco antes. Y es que la placidez de agosto, su definitiva adscripción al ocio vacacional, parecen convenirle al tema. La Unión Europea sugirió, a principios del mes pasado, que la edad de jubilación debería ser los setenta años, y que, si no es así, los sistemas de pensiones quedarán desbordados y habrá casi tantos jubilados como trabajadores en activo. Puede que esto sea verdad. Lo que significaría, en fin, que hasta ahora habíamos vivido bajo una gran mentira, y que el principio de que los trabajadores en activo cotizamos ahora para que se nos asegure una pensión en la vejez era una estafa: cotizamos para mantener más o menos al día las cuentas del sistema, y mañana ya se verá.

Mientras se resuelve este enredo, y los políticos aciertan a encontrar el modo de dulcificarle la píldora a la población, parece conveniente empezar a hacerse a la idea. No está muy claro, de todos modos, para qué nos jubilamos. Lo ideal sería pensar que nos desprendemos de las ataduras laborales cuando aún nos quedan fuerzas y ganas para hacer otras cosas, y no solamente para morirnos. Y que, cuando desaparece la obligación de fichar a las ocho y permanecer la mayor parte del día en una fábrica o una oficina, es el momento de atender viejas aspiraciones postergadas: hacer un largo viaje, por ejemplo, o desarrollar nuestras capacidades artísticas... Lo ideal sería llegar a la edad de jubilación con esos ímpetus, y confiar en la estadística para contar con los veinte o veinticinco años de vida que ésta todavía nos concede. Ser como esos jubilados europeos que conocieron la prosperidad de los años sesenta y terminaron sus días en plácidas urbanizaciones mediterráneas, sacando a pasear el perro y comprando
The Times en el quiosco de helados.

No parece que ése vaya a ser el caso. No quiero pensar en qué estado llegaré a los setenta sin haber parado de trabajar: ya los cuarenta y tantos me pesan lo suyo. Fue la mía una generación numerosa: cuando niños, copamos los colegios, como luego copamos los empleos e impusimos nuestros gustos en la moda y en el ocio. Ahora, si nuevos embates de la economía no terminan de arrebatarnos los puestos de trabajo que ocupamos, vamos a envejecer en ellos. Imagino el panorama: cuando un hombre joven dentro de veinte años vaya al médico, se encontrará con que éste probablemente sea un anciano; sus hijos tendrán profesores ancianos; sus padres no podrán ejercer de abuelos porque tendrán todavía obligaciones laborales que atender. Y como seremos muchos, los gustos, modas y valores de esa sociedad de ancianos en activo serán los de una gerontocracia. Una Europa de viejos asidos a sus puestos, como los políticos de ahora, y a los que nadie empujará para que hagan sitio. A ver cómo se lo toman los jóvenes.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

jueves, agosto 26, 2010

CONCIENCIA

Asombra la nitidez del horizonte en estos días. El primer síntoma del otoño no es de orden meteorológico, sino luminoso. Desaparecidas las calimas de julio y agosto, el aire se vuelve más transparente. Las construcciones, barcos, grúas, etc. que veo desde mi ventana, al otro lado de la bahía, parecen trazados por un dibujante extraordinariamente minucioso, que no hubiera sacrificado ningún detalle. Nada de "atmósfera", nada de abocetamientos ni difuminos. Hasta uno, que padece desde hace algún tiempo esa humillación sobrevenida llamada "vista cansada", adornada con esas burbujas y nubes que con el tiempo se adueñan de la retina de los miopes, tiene la impresión de tener la vista más despejada, la mirada más limpia. Mirar, al fin y al cabo, es también una cuestión moral. La conciencia también la tengo en paz. Debe ser eso.

miércoles, agosto 25, 2010

AXEL MUNTHE

Son los libros los que eligen a sus lectores, decía ayer, y no al revés. Y justo eso es lo que me ha pasado con este otro, que llevaba años saliéndome al paso en casi todas las librerías de viejo en las que entraba, y que yo rechazaba con igual contumacia. Se trata de La historia de San Michele, la autobiografía más o menos novelizada del médico sueco Axel Munthe. Debió de gozar de mucho predicamento ese libro en otras épocas, lo que sin duda explica las muchas ediciones que ha conocido. Yo lo esquivaba siempre porque, al hojearlo, desprendía ese mismo aire de objeto rancio que desaconseja, por ejemplo, llevarse a casa las novelas de Knut Hamsun. Un presentimiento, digamos, de sentimentalismo y moralina, que son otras maneras de denominar el oportunismo de los best-sellers, y también los motivos de su caducidad, porque las incitaciones al sentimentalismo y la moralina cambian cada veinticinco años... De Axel Munthe llegué incluso a comprar un título secundario, una recopilación de artículos y semblanzas que, con fino olfato comercial, su editor español tituló Lo que no conté en la historia de San Michele. Pero fui demorando su lectura, por las mismas razones que apuntaba antes. Y hasta ahora.

Y es que los libros, como las personas que se tratan en sociedad, necesitan venir de la mano de quien te los recomiende y te dé buenas referencias de ellos. En este caso, esas recomendaciones y referencias se las debo a Horacio Quiroga, que en los últimos años de su vida leyó con entusiasmo el libro de Munthe y se valió de él para reafirmarse en sus propósitos de llevar una vida apartada, en contacto con la naturaleza y de espaldas a las ambiciones mundanas. En su correspondencia, recientemente publicada en España, dejó el uruguayo repetidas muestras del entusiasmo que le suscitó esta lectura. Al confrontarlas, no pude por menos que acordarme de las muchas veces que había tenido ese libro entre las manos, sin decidirme a comprarlo. Fui a la librería de viejo de R. Y, como me temía, esta vez no lo encontré. Se lo comenté al dependiente, que, después de consultar su ordenador, me dijo que aún le quedaba un ejemplar en el almacén...

Lo he leído este verano. Me ha recordado por más de un concepto el Viaje al fin de la noche de Céline: como éste, el de Munthe cuenta la vida de un médico en una Europa convulsa; y, como el de Céline, el del sueco destila una especie de humanismo desengañado y resignado, nacido de la constatación de lo poco que un individuo puede hacer para disminuir un ápice el dolor humano o contrarrestar la estupidez circundante. La diferencia está en que a Céline se le ve el plumero desde el principio, y desde las primeras páginas sabemos que estamos ante un discurso nihilista, programáticamente desprovisto de soluciones o esperanzas, mientras que Munthe, sin salirse del todo de ese discurso de la negación, entreteje sus historias con humor, con unas gotas de sentimentalismo inteligente, e incluso con una religiosidad más intuitiva que dogmática, que le lleva a cerrar su autobiografía con una visión de su llegada a un Más Allá demasiado humano... De fondo, la tentación constante a apartarse del mundo y refugiarse en San Michele, la casa que el autor construyó con sus propias manos en la isla de Capri, que todavía no era en absoluto el enclave turístico en que se llegaría a convertir. Allí, entre campesinos, el autor intentará superar lo que el lector intuye que no es sino una intermitente misantropía, nutrida por no sólo por sus experiencias profesionales, sino también por una personalidad que adivinamos menos afable y ecuánime de lo que parece a primera vista, en la que intuimos los rasgos de un hombre obstinado, frecuentemente en desacuerdo con sus colegas, y también los de un mujeriego impenitente, cuya cuenta sentimental nunca está cerrada. Es éste es un libro en el que lo que se calla, o a lo sumo se deja entrever, tiene casi tanta importancia como lo que se cuenta. Quizá por ello sus lectores más sagaces lo tomaron, en su día, como una autobiografía modélica: por decir mucho de su autor sin incurrir en indiscreciones o exhibicionismos innecesarios.

A este libro he dedicado algunas horas muertas de este mes de agosto. Las doy por bien empleadas.

martes, agosto 24, 2010

LA HUIDA

Me habla J. de la tesis doctoral en la que anda ocupado. "¿Has visto esto?", le digo. Y le enseño un viejo mamotreto en dos tomos, editado hace ciento veinte años, que adorna los estantes altos de mi biblioteca. Es una compilación que coincide en gran medida con el campo y objetivos de la tesis de J. Se queda asombrado, y durante largos minutos ojea los dos tomos en silencio... Naturalmente, le invito a que se los lleve y los tenga consigo el tiempo que estime necesario. "Ya me los devolverás", le digo, sabiendo lo que valen estas palabras entre personas que con frecuencia experimentamos, al tener ciertos libros entre las manos, una sensación de avidez que apenas se corresponde con las actitudes y maneras más morigeradas que afectamos en casi todas las demás circunstancias de nuestra vida. Me pilla, sin embargo, con el ánimo desprendido: desde hace tiempo tengo la convicción de que lo que conviene a quien ha acumulado más libros de los que puede acomodar es, precisamente, desprenderse de algunos, antes de que la inevitable sentencia del tiempo te prive de todos ellos, y tus descendientes, con más juicio que tú, los vendan al peso...

Pero, a lo que voy: J. es mi cuñado; y los tomos en cuestión venían con los libros que su hermana trajo consigo cuando nos fuimos a vivir juntos. Aparecieron en su casa, en un altillo; pertenecieron a algún inquilino anterior de esa casa. De ese mismo legado formaban parte alguna novelita de Pereda o de Palacio Valdés que tengo por ahí, un hermoso recetario republicano ilustrado por Penagos y un curioso muestrario de caligrafía doméstica y modelos de documentos destinado "a las amas de casa". Esos libros habían pasado por completo inadvertidos para J., que era un niño pequeño entonces. Aunque, qué duda cabe, desde su escondrijo ejercían su secreto influjo sobre él, que treinta años después quiere hacer una tesis doctoral que parece inspirada por uno de ellos. O lo sucedido, simplemente, es que este libro ha estado todos estos años buscando su lector idóneo y no ha parado hasta encontrarlo. M.A. se ha desprendido de él con algún dolor de corazón: a ella, como a mí, nos gustaban los grabados que incluía. Pero aceptamos nuestra derrota: no lo íbamos a leer nunca, no sentíamos ningún interés por lo que pudiera decirnos ese mamotreto. Y él, que lo sabía, ha aprovechado la primera de cambio para huir a manos y entendimientos mejor predispuestos. Le deseamos suerte.

lunes, agosto 23, 2010

LA IMPORTANCIA DE LOS ACENTOS

Vuelvo a este cuaderno después de haberlo tenido cerrado durante un mes. Es la primera vez que me permito una pausa tan prolongada, lo que, en el momento de ponerle fin, me deja en una situación de cierta perplejidad ante la naturaleza de las cosas que habitualmente traigo a este cuaderno, y que, por haber sido aplazadas, o fiadas al capricho o a las ganas de escribir de un indeterminado momento venidero, que es éste, ahora comparecen ante mí como desvaídas, o faltas de inmediatez o pertinencia. Uno esperaba lo contrario. En un mes, me decía, serán tantas las anéccotas, observaciones, opiniones, impresiones de lectura o de películas, etc., acumuladas, que, cuando me siente a escribirlas, casi no daré abasto: escribiré ex abundantia cordis, como dicen que escriben los escritores que verdaderamente tienen algo que decir, y no con esos tiquismiquis y esa poquedad de los que exprimen la magra cosecha del no-suceder diario. Agosto ha dado para mucho... Eso me decía. Y ya veo que no. Se vive con diario o se vive sin él. Acaso esta pausa larga prefigure otro momento que también habrá de llegar, en el que este diario será definitivamente cosa del pasado, y uno afrontará la tarea diaria de escribir, o de vivir para escribir, desde otros presupuestos y otros procedimientos. Todo se andará. De momento...

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Sudo como un mono mientras escribo las líneas precedentes. Recién vuelto de la sierra, experimento toda la inclemencia del verano en la costa. Y me acuerdo del tonillo de suficiencia con el que todos los años me preguntan algunos: "Oye, ¿y en la sierra no hace calor?". Y mi respuesta de siempre: "Lo hace, porque es propio del verano que haga calor. Pero no como aquí. Y, en todo caso, remite por las noches, y para dormir incluso hay que recurrir a veces al expediente de cubrirse con una sábana o con una colcha fina, lo mismo que, para permanecer sentado en una terraza hasta altas horas de la madrugada, hay que haber previsto llevar una chaqueta o un suéter". Y es curioso: no he visto a ningún promotor de eso que ahora llaman "turismo rural" emplear este argumento. Tal vez porque lo que corresponde en verano es asfixiarse, y nadie quiere ser tan pobre como para no poder contar, a la vuelta de sus vacaciones, que se ha asado.

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Donde quería decir antes sábana encuentro, al revisar el párrafo, que he dicho sabana; es decir, que olvidé poner el acento. Lo que da como resultado una afirmación de un surrealismo un tanto telúrico: cubrirse con una sabana; o, lo que es lo mismo, arrebujarse entre montañas, abrigarse con bosques, calzarse un prado...

viernes, agosto 20, 2010

LA FRESCA

Igual que uno es más partidario de otoño o la primavera que del verano o el invierno, lo es más de las horas frescas del día –las primeras de la mañana, las que siguen a la puesta del sol– que de las centrales. Y, puestos a elegir, más de las matinales que de las vespertinas, porque son las horas en que todavía duermen los vencidos por la noche en blanco, los partidarios de la oscuridad y el ruido (uno lo fue, ay, en tiempos no lejanos), los que pasan directamente de la sábana sudada a la tumbona contemplativa bajo un sol de justicia. De todo tiene que haber en este mundo; y, como somos tantos, mejor que la población se reparta equitativamente las horas del día, y cada uno elija para sus quehaceres o sus ocios la que más de acuerdo esté con su carácter. La mía, la primera de la mañana; la hora en que se levantan las barajas de los comercios y en la calle sólo están los adultos con responsabilidades caseras o familiares, que han salido a hacer la compra; porque los otros, los desocupados y los adolescentes, no han despertado aún.

La mayoría de mis convicciones optimistas deriva de esta hora bienaventurada; porque, si me basara en lo que constato en las otras –el ruido, la avidez, el exhibicionismo–, mi visión del mundo sería absolutamente desesperanzada. Hay días que se enderezan desde el momento mismo en el que, de camino a mis quehaceres, paso por delante de un modesto quiosco y veo que su propietario se ha levantado antes que yo y ya ha desmontado los cierres de su establecimiento y colgado de las paredes del mismo la panoplia de periódicos, la muestra de los helados, la bandeja de chucherías. A esa hora intempestiva es poco probable que la ganancia sea grande. Y es seguro que en el propio entorno de este hombre honrado y animoso habrá quienes le reprochen el esfuerzo. ¿Para qué te levantas tan temprano?, le dirán. ¿Merece la pena vender cinco periódicos o media docena de chicles para fumadores? ¿Por qué no haces como otros, te levantas tarde, te quejas de lo mal que está todo, te escudas tras tus achaques, pisas al prójimo, alargas la mano para beneficiarte de la sopa boba? Él mismo puede que se haga esos reproches, y que de puertas afuera verbalice, para quien lo quiera escuchar, el eterno discurso de la insatisfacción y la queja. Pero se atiene uno a los hechos: el quiosco está abierto y en la calle desierta hay un principio de actividad y vida, al que uno se suma de buena gana.

A esos indicios benéficos el verano suma, a esta hora temprana, la bondad del clima. Es la fresca, la hora que los más diligentes aprovechan para solventar sus asuntos, y en las que los contemplativos sobrevenidos, como quien esto escribe, disfrutan de la ilusión de una vida ordenada y beneficiosa. Luego llega el calor y encrespa los ánimos. Pero uno ya se ha blindado contra esa eventualidad.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

viernes, agosto 13, 2010

OFICIOS DE AGOSTO

No sé si en las estadísticas más o menos triunfales que registran el habitual descenso del desempleo en verano figuran los músicos de feria. Deberían, porque en fechas señaladas, tales como el populoso puente de agosto, podrían contarse por miles los que tocan en otras tantas fiestas patronales a todo lo largo y ancho de la geografía patria. Y uno los admira porque, amén de envidiar la seguridad con que se mueven sobre los tablados y el aplomo con el que interpelan a la concurrencia para que ésta se desinhiba, tienen con lo suyo una relación que ya quisiera uno para con las cosas a las que dedica sus afanes.

Quizá la medida del verdadero artista sea aplicarse a lo humilde con el mismo entusiasmo que a lo sublime. Como nuestros clásicos, que lo mismo eran capaces de armar una coplilla popular de dos estrofas que un largo poema épico en octavas reales. A estos músicos baqueteados se les supone el oficio: basta verlos montar su tinglado, ajustar sonoridades, disponer sus partituras. En alguna parte, y llevados Dios sabe por qué impulso, aprendieron todo eso, tal vez con idea de triunfar en alguna rama “seria” o comercialmente productiva de su arte. Es decir, a lo mejor aprendieron a darle a la tecla mientras estudiaban piano en el conservatorio, o adquirieron su modo de conducirse en el escenario mientras soñaban con moverse sobre el mismo con el dominio y la personalidad de un Elvis o una Tina Turner. Luego la vida hace sus ajustes, y quien estudiaba para llegar a ser un Rachmaninoff termina aporreando un tecladillo eléctrico en la feria patronal de Salas de los Infantes, pongo por caso. Lo importante es poner en ello el entusiasmo que Rachmaninoff ponía cuando tocaba ante un auditorio de duquesas melómanas, y no cabe la menor duda de que estos músicos lo hacen, aunque sea para animar a la concurrencia a bailar un pasodoble. Y es curioso ver cómo la cantante que hace sólo unos minutos cantaba con acento de Brooklyn saca ahora una imponente voz racial y hace retroceder la imaginación a los tiempos patrios en que la única fantasía posible, la única expansión tolerada, era ver contonearse a una mujer vestida de lentejuelas. Todavía tiene uno cierta propensión a concederles un plus de belleza y de sensualidad a estas musas de tablado, no necesariamente guapas, pero siempre favorecidas por los focos y por la posesión de esos atributos de poder que representan los micrófonos, el traje de fiesta, la altura sobre el público…

A la luz del día son otra cosa. Pero uno nunca las verá a la luz del día, porque, al término de la actuación, vocalista y músicos se aplican a recoger sus bártulos, como si hubieran venido a arreglar el tendido de la luz, y se embarcan en una furgoneta, rumbo a otras ferias; o rumbo simplemente a la normalidad, que es como llamamos también al aburrimiento, a la rutina.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

sábado, agosto 07, 2010

LOVE PARADE

Parece casi lógico, dentro de lo trágico: si vivimos agolpados, si nos divertimos masivamente, si no hay un solo acto de nuestra vida que la estadística no relacione con los hábitos y preferencias de millones de personas, ¿por qué la forma más característica de morir en estos tiempos no iba a ser la muerte en masa, multitudinaria y, como todo lo que atañe al destino individual en relación a las multitudes, un tanto irrelevante y absurda? Ésa ha sido la suerte de las veinte personas aplastadas por la multitud de la que formaban parte, durante el evento masivo conocido como “Love Parade”, el Desfile del Amor, celebrado en una localidad alemana. Siempre me ha parecido que hay algo siniestro en estas ocasiones en las que todo el mundo hace lo mismo, corea la misma consigna, se divierte del mismo modo, baila al mismo son. Me recuerdan a los grandes actos de masas que organizaban los nazis, o a los desfiles cuadriculados de la Plaza Roja. Unos y otros se efectuaban a mayor gloria del tirano de turno; y los de ahora, desde Woodstock hasta hoy, se convocan para exaltar el innominado ídolo de la contemporaneidad, un dios con rasgos de monigote obsceno, vestido de colores estridentes, al que sólo satisface el aturdimiento y el ruido.

Lo del ruido no lo digo porque la ocasión que ha dado lugar a estas muertes fuera un festival musical. Hay ruido prácticamente en cualquier evento multitudinario, independientemente del pretexto bajo el que se convoque. Los buenos aficionados al fútbol, que los hay, me cuentan que se extrañan de que los estadios se llenen de gente que no va a ver los partidos, y que no presta la menor atención a las incidencias de éstos, sino que meramente están allí para corear el alirón o para hacer la ola. En los mítines políticos puede uno observar que, mientras el líder de turno va hilando las frases con las que espera merecer un titular de prensa o unos segundos en televisión, la concurrencia no lo oye, y se limita a repetir el pareado de turno o a menear la pancarta. No están allí porque quienes los han convocado esperen convencerlos uno a uno de la bondad de sus propuestas, sino simplemente para hacer bulto. No tienen consideración de personas, sino de puntos más o menos semovientes al fondo de un decorado.

Lo trágico es que la persona sola cobra toda su relevancia cuando sobreviene un accidente fatal. Se hunde una tribuna, se produce una estampida humana, se quema el local atestado, y entonces los puntos semovientes se convierten en personas con nombres y apellidos, de cuyas historias individuales se hace eco la televisión, y a quienes sus parientes lloran. Va a ser verdad eso que decían los filósofos pesimistas: la vida humana sólo alcanza su plenitud en el momento de la muerte. Es, quizá, el último reproche que el individuo le hace a la masa que lo ha aplastado.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz