martes, septiembre 28, 2010

SOLOS

Me dejan junto a la parada del autobús, como todas las mañanas. Pero una extraña aprensión me impide sumarme al grupo que se apelotona bajo la marquesina. Misantropía matinal, quizá. O conciencia de que, teniendo tiempo por delante, una caminata de media hora es preferible al trayecto en ese cubículo atestado, iluminado por unas enfermizas lámparas amarillas, que prestan una cualidad de mal sueño a lo que, en rigor, debería ser la primera manifestación del día consciente. Así que emprendo la marcha. Y en el primer semáforo en el que me detengo, una alegre presencia saltarina reclama mi atención y me planta un sonoro beso en la mejilla. Mi sobrinilla, que espera allí a sus amigos para ir juntos al instituto. Y pienso que el día ha ordenado a uno de sus duendes alegres que me salga al paso, para espantar mis malos pensamientos.

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Me cruzo con más de uno que va hablando solo. Uno de ellos incluso me espeta una especie de "¿Hola?" interrogativo, que me hace volver la cara para mirarlo, sin que aprecie en él el menor signo de que haya querido dirigirse a mí. Pienso entonces que quizá le fuera hablando a uno de esos mecanismos de "manos libres" que incorporan los teléfonos móviles. Pero ¿tantos son los que hacen uso de esos aparatos a primera hora de la mañana, mientras pasean al perro o hacen ejercicio? Y se me ocurre que incluso esa posibilidad no es incompatible con la primera: se dirigen al aparato, sí, pero hablan solos.

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Y, por último, este barrendero selectivo: ha barrido todos los papeles del tramo de acera que lleva recorrido, pero no las plumas que, incomprensiblemente, salpican una parte del mismo. Y es como si, con ello, manifestara su respeto a la incomprensible circunstancia que las ha llevado allí. ¿La cacería de un gato?

lunes, septiembre 27, 2010

ULISES

Pensábamos subir hasta Casa Fardela, uno de nuestros paseos favoritos, pero amanece nublado y con la nube encajada en la mismísima montaña por la que pensábamos transitar. Nuestro gozo en un pozo. A cambio, subimos a la ermita, más cercana, y pasamos un rato contemplando el pueblo desde ese punto elevado. Esta luz de día nublado lo apesadumbra un poco, pero también amortigua sus desarmonías y estridencias, que no son pocas, porque también aquí hay más de un despropósito arquitectónico, y también aquí a veces el palpitar de la humanidad se traduce en músicas estruendosas o en el tráfago de coches y motos. El nublado lo apaga todo. Y produce tristeza, sí (la que causa el final del verano, y el hecho mismo de que todo esto suceda en domingo, el día depresivo por antonomasia), pero también esa secreta satisfacción aparejada al cumplimiento de lo que ya el ánimo reclamaba: un apaciguamiento general, una atenuación de todo lo que sobresale y hiere. Ya es otoño, y se nota.

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Por todo el pueblo, carteles que anuncian obras a cargo de no sé qué fondo público. Sumo las cantidades publicitadas: en total, unos 400.000 euros, que se van a destinar a la pavimentación de calles, al remozado de unas cuantas fachadas y a otras obras de poca monta. Uno no sabe nada de economía ni de inversiones. Pero se me ocurre que, con esa cantidad, bastaría para poner en marcha una empresa que diese de comer de manera permanente, pongo por caso, a una docena de familias; y que la única condición que debería ponerse a una inversión de esa clase sería el compromiso de que esa empresa fuera autosuficiente y autónoma en un plazo razonable, y a partir de ahí pudiera devolver lo que el erario público le ha dado; o amortizarlo en obras y servicios prestados a la comunidad, entre los que figurarían las que ahora, aisladamente y sin garantía alguna de que la inversión vaya a producir resultados duraderos, motivan este apunte.

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El libro de viajes de A.R.T. me lleva a releer algunos poemas de Tennyson, del que él ha sido traductor, en una de esas admirables antologías de poesía inglesa editadas por Penguin que me he traído a la sierra para llenar los ratos muertos, que aquí son muchos. Leo "The Lady of Shallott", "Ulysses", "The Lotus-Eaters" y algunos más. Es curioso cómo el tiempo me ha llevado a reconciliarme con este poeta al que en mi juventud consideraba tremendamente previsible y acartonado, como correspondía, según dictaban mis prejuicios, a su condición de poeta oficial y vocero de los valores de la Inglaterra victoriana. Ahora todo eso me da igual, y lo que aprecio en estos versos es su noble dignidad, el dominio técnico que demuestran y, sobre todo, la inteligente comprensión de la naturaleza humana que poseía su autor, y que no pareció embotarse por el éxito y la relevancia pública. Me conmueve, especialmente, el dedicado al protagonista de la Odisea, que en su vejez, según cuenta el poema de Tennyson, vuelve a sentir el prurito de lanzarse a la aventura.

No es que yo me halle en esa tesitura. Pero las impensadas condiciones que me he impuesto para iniciar lo que será la tercera novela de mi trilogía sobre los años de mi adolescencia (la que seguirá a la inminente Vida nueva, cuyas pruebas he corregido en la semana que termina, y que entra ya en imprenta) se parecen en algo al impulso que anima al viejo guerrero en los versos del victoriano. Tendré ese poema por divisa en las próximas semanas, mientras vagabundeo por ahí, en busca de datos para esa novela que transcurre en un Madrid pretérito, tan inasible como las fantásticas regiones que visitó el griego en su periplo de juventud, y a las que ahora necesita volver.

viernes, septiembre 24, 2010

ABUELOS

No entra uno a discutir el trasfondo de las declaraciones del gran estratega sindical que, ante la inminente jornada de huelga general, ha pedido a los abuelos que ese día no cuiden a sus nietos… Otros más sabios que yo dilucidarán si la huelga es o no oportuna y si con ese día de inactividad se va a solucionar alguno de los problemas que tiene el país. En cuanto sumarse a ella o no, eso es decisión que compete a la libertad de cada cual. Haga cada uno lo que le parezca, en la seguridad de que, al día siguiente, los problemas del país seguirán siendo los mismos y las distintas partes llamadas a entenderse para solucionarlos habrán de aunar fuerzas si no quieren tirar definitivamente por la borda los frutos de medio siglo de desarrollo económico.

Pero sí quisiera uno decir algo de los abuelos. Me parece que se les hace un menosprecio si se les considera meros coadyuvantes de la rueda económica a la que todos estamos atados. No creo que llevar al colegio a sus nietos o darles de comer a una hora razonable, mientras los padres están en el trabajo, no sea sino la parte que a ellos les corresponde del complicado modo de vida que obliga a sus hijos a aceptar esos horarios inhumanos, o a renunciar a ocuparse personalmente de sus vástagos. No son parte del sistema productivo, basado en obligaciones y dependencias contractuales, sino de un sistema de origen inmemorial y, por lo que se ve, mucho más resistente que la propia economía a los embates coyunturales. Es el mismo sistema, en fin, que explica que, en un país con una quinta parte de su población en paro, la calle no sea todavía una selva donde los hambrientos se lanzan sobre los que aún tienen algo que comer. Existe todavía una red de afectos y amparos basados en los meros lazos familiares, que posibilita que una buena parte de la población sobrelleve, no sólo las rachas de postración y miseria, sino incluso las dificultades del día a día. Y resulta obsceno que un agente externo a esa red, como lo es un dirigente sindical, pretenda dictarles a sus componentes, que tanto saben de la más natural y espontánea de las solidaridades, cómo deben actuar en un momento de conflicto social.

A los abuelos, por tanto, uno les pediría lo contrario de lo que les ha solicitado el sindicalista de marras. Que ese día paseen a sus nietos y se ocupen, como los demás días, de que coman caliente a la hora establecida. Que la huelga de sus hijos, si es que la hacen, es cosa del mundo regido por salarios y contratos, y no del que se gobierna exclusivamente por las leyes del corazón. Si sus hijos quieren hacer huelga, que duerman ese día, que falta les hará. Porque de lo que no cabe la menor duda es de que al siguiente habrán de levantarse antes del amanecer y volver al tajo como si nada. Eso sí, sabiendo que dejan a sus niños en buenas manos.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

miércoles, septiembre 22, 2010

A SOLAS EN SU GABINETE

Quizá a este cuaderno le convenga más la privacidad que el excesivo aireamiento. Le pasa lo que a esos libros que, cuando uno los lleva al campo o a la playa, parecen resentirse de que los roce el sol o el salitre. No es ésa mi condición, desde luego. Pero una cosa es la persona y otra los papeles con los que pasa de vez en cuando un rato a solas en su gabinete. Cada cosa tiene su hora, y ni siquiera está claro que la que dedico a este cuaderno sea la mejor del día.

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Sigo con el libro de ciudades y viajes de A.R.T. Si el sevillanismo es una ideología, desde luego se parece bien poco al gaditanismo -que tampoco profeso-. Acaso lo más grato que una ciudad pueda ofrecer a un temperamento introspectivo sea esa capacidad de algunas de abdicar momentáneamente de su realidad física para convertirse en materia puramente literaria. Sevilla la tiene. Y ha tenido también -y tiene- los intérpretes y exégetas que requiere esa gratísima metamorfosis ocasional.

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Iniciar otra novela: emprender un viaje cuyo final se ignora, y en cuyo recorrido avanzar es tan importante como desandar lo andado. Para constatar, acaso, que el final era el punto de partida.

martes, septiembre 21, 2010

EXCURSIONES

La semblanza sobre algunos pubs londinenses y los recuerdos literarios a ellos asociados que leo en Macedonia de rutas, el libro viajero de Antonio Rivero Taravillo, me aviva el recuerdo de mi propia experiencia de los mismos en mi viaje de la pasada primavera. Los pocos que frecuenté -The Minories, The Seven Dials...- porque viajábamos con C. y los menores de edad, con muy buen criterio, no son bien vistos en los locales británicos donde expenden bebidas alcohólicas...

Pero más viva incluso que la evocación de lugares me resultan, en el mencionado texto y en otros inmediatos del mismo libro, las de lecturas. Cada una de ellas me lleva a hacer la correspondiente excursión a mis estantes, de los que voy sacando, entre otros, la Poesía incompleta de Aquilino Duque, para recordar su "Elegía de Madingley Hill", el breve tomito que reúne las Obras de Rupert Brook, en el que releo "The Soldier"; o el de Claudio Rodríguez en el que viene su poema "El gorrión"... Se mencionan estos tres en el texto que Antonio Rivero dedica a Cambridge. Vale cada una de estas pequeñas excursiones como todo un viaje. Y acabo incluso algo cansado de tanto ir y venir, como al final de un impagable día fuera de casa.

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Creo que no falto al respeto que merece toda vida cumplida si anoto aquí que me causa cierta perplejidad el derroche laudatorio que ha suscitado el fallecimiento de José Antonio Labordeta. No es que no merezca el sincero homenaje de quienes lo conocieron y trataron, o de quienes simpatizaron con las actitudes que encarnó. Pero resulta, por un lado, un tanto contrario al decoro -en el sentido teatral o literario de esta palabra- que el catafalco de un inconformista vaya acompañado de ministros, o que su elogio fúnebre lo haga un monarca reinante; y, por otro, hasta un bisoño bachiller de los de ahora se habrá dado cuenta de que la simpática trayectoria del fallecido, que lo mismo lo llevó a rasguear una guitarra en los abigarrados conciertos protestatarios del último franquismo, que a emular a Cela en su faceta de andarín por trochas y figones, pasando por la política y la literatura, está recibiendo un tratamiento informativo digno de un premio Nobel. Ramón Gaya y José Antonio Muñoz Rojas, dos artistas grandes y hondos, hicieron ese tránsito con muchísima más discreción. Delibes mereció loas y portadas, pero en este caso sí se aunaba el reconocimiento público y la contundente realidad de una gran obra. Lo de Labordeta fue... otra cosa. Descanse en paz.

lunes, septiembre 20, 2010

REFLUJO

En la playa, en lo que seguramente sea la última ocasión del verano que termina. Se alterna el sol y los nublados. Poca gente parada en la arena y mucha circulando por la orilla, en lo que parece el ritual de constatación, de último esfuerzo por acumular sensaciones, que precede a las despedidas. Predomina la gente madura; y entre ella, curiosamente, muchas mujeres en topless, en lo que resulta una curiosa exhibición que recuerda más al abandono doméstico, al mero andar por casa en deshabillé, como se decía en las novelas antiguas, que al esplendoroso despliegue de desnudez consciente que predomina en los días centrales del verano. Ambiente de piscina vecinal, o de sauna. Uno mismo asume la parte que le corresponde en esta expansión de viejos, de la que, modestamente, y por comparación, sale uno favorecido... Incluso se me ha pegado algo el sol. Mientras escribo estas líneas, en la tarde del domingo, siento el inevitable reflujo del calor recibido sobre la piel más o menos reparada por la ducha y un rato de siesta. Y es como si la sensualidad del verano, casi ausente en esa mañana de viejos paseando al sol, quisiera dejar un último recuerdo de languidez, de pereza, de atenuación y casi desaparición de todo lo urgente y forzoso. Mañana será otro día.

viernes, septiembre 17, 2010

UN BOTÓN

Han querido las circunstancias que estos primeros días laborables después de vacaciones mi rutina se inicie con una larga caminata desde la periferia hasta el punto más o menos céntrico donde se ubica mi puesto de trabajo. No es poca suerte, porque, si algo tiene el mes de septiembre que ofrecer a los escépticos que encaran el comienzo de un nuevo ciclo laboral, es precisamente la transparencia de sus amaneceres, que se extiende incluso a factores que nada tienen que ver con la mera realidad física de la luz. Recorre uno estas calles ocupadas, primero, por naves industriales, y luego por modestos comercios de barriada, y en todas advierte la misma pugna: negocios cerrados, recientemente o desde tiempo inmemorial, frente a otros que animosamente levantan la baraja a primera hora del día; naves arruinadas, habitadas por gatos, frente a otras en las que media docena de trabajadores –casi nunca más– pugnan con una cizalla o con la llama de un soplete.

Imagino que la salud de un país se dirime en esta cuestión tan sencilla: si son más quienes encuentran motivos para el esfuerzo que quienes se ven obligados o inducidos a tirar la toalla. De estas constataciones extrae siempre uno algún motivo para un cauto optimismo, siquiera sea porque, entre quienes madrugan, siempre son más los que trabajan que los ociosos. Decía la leyenda que, mientras hubiese media docena de justos en el mundo, Dios no desataría su ira contra el resto. Lo mismo puede decirse respecto al esfuerzo: mientras haya unas decenas de individuos que se levantan temprano para iniciar sus misteriosos quehaceres –nada más misterioso, en fin, que el danzar de la lluvia de chispas contra el hierro, o que las minuciosas contabilidades de esa tiendecilla que vive de vender cintas y botones–, podremos decir que somos parte de un cuerpo social mínimamente solvente.

No es mucho. Un mal viento, lo sabemos –una ola de pánico financiero, por ejemplo–, basta para extinguir incluso estos heroicos atisbos de laboriosidad. Me contaba un panadero que hubo de cerrar su negocio porque una conocida franquicia de ese ramo abrió una sucursal justo al lado de su panadería y durante todo un año ofertó el pan a mitad de precio, hasta arruinarlo. Y me hablan por otra parte de empresas a las que sobra el trabajo, pero a las que los bancos les niegan el mínimo caudal de dinero contante y sonante que necesitan para financiar su negocio. Se ve que no basta el esfuerzo: el sistema tiene también un componente azaroso, del que es difícil sustraerse. Hay que tocar madera.

Mientras tanto, tiene uno la impresión de que la pugna la ganan, de momento, quienes mantienen el taller abierto y quienes levantan la baraja a primera hora. De gente como la mercera de la que hablaba antes. Acaso deberíamos entrar todos en ese modesto comercio y comprarle un botón.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

jueves, septiembre 16, 2010

NEGACIONES

Veo Next Door (Naboer, 2005) una claustrofóbica película noruega sobre un tipo que confunde realidad y fantasmas interiores, y en el que una y otros confluyen en una curiosa paranoia sadomasoquista, que por momentos llega incluso a confundir al espectador (no por demasiado tiempo, en fin, porque lo misterioso de esta clase de películas dura poco, y pronto agota su repertorio de escamoteos, y el espectador suele adelantarse a la aclaración final de la "verdad" del asunto...). Y esta mañana leo las páginas que Benjamín Jarnés dedica, en su estupenda monografía sobre Stefan Zweig, al pobre y a menudo decepcionante sensualismo moderno, que en las novelas de Zweig no era sino una mecánica trasposición narrativa de las ideas de Freud, adobadas con algo de fatalismo fin de siécle. Jarnés, que desde su exilio mexicano se expresa como un desengañado de la modernidad, no previó el último estadio de este sensualismo morboso: su conversión en reclamo para la cultura de masas. Zweig, cierto, fue un autor de éxito; pero todavía un cierto aura intelectual lo separaba de la figura del moderno autor de best-sellers. Faltaba todavía -este ensayo se publica en 1942- la definitiva decantación de la novela popular y del cine hacia este tipo de argumentos sensacionalistas, y la extensión de la influencia de la televisión. La idea, tan cara al psicoanálisis, de que todos estamos enfermos conviene bien al tipo de distracción que nos ofrecen estos medios: argumentos, historias que vienen a decir que, en la escala de la enfermedad, otros padecen la misma que nosotros de un modo más agudo. Nada más consolador para un psicótico en ciernes que le digan que otros muchos padecen ya psicosis aguda.

Jarnés, poco proclive a simpatizar con esta materia, no es ni siquiera piadoso con el suicidio de Zweig: lo ve impostado, como un gesto de cara a la galería. Y puede que tenga razón: el malditismo es siempre una impostura, incluso cuando lo ejercen personajes verdaderamente atormentados. Lo inexplicable es, quizá, la solidez de su prestigio.

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Pero acaso más inexplicable aún es que se pueda escribir todo un libro para denunciar lo que no nos gusta. Un libro debiera ser siempre un acto de afirmación. Y sus negaciones, en caso de tenerlas, no pueden ser sino argumentos preparatorios de esa afirmación.

miércoles, septiembre 15, 2010

CONTABILIDADES


Hay quien solicita cosas de ti y quien recibe, a veces, solicitudes tuyas. Y algo debe de fallar en esta singular economía en la que apenas se cruzan valores contantes y sonantes: tú atiendes rápidamente, y casi siempre con placer, las solicitudes que te hacen; las que haces tú, en cambio, frecuentemente obtienen la callada por respuesta. Pero acaso eso se deba a la naturaleza misma de lo que uno tiene que ofrecer: el hecho mismo de que te lo pidan equivale a la concesión de un favor, y es quien atiende la petición -quien ejerce el don de dar, diríamos- quien ha de sentirse agradecido. Ir más allá -es decir, adelantarse uno al ofrecimiento- resulta más bien un abuso.

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"La curva de la felicidad"; es decir, la poca airosa barriguita que luce el cuarentón. La mía, de momento, no está demasiado pronunciada. Pero tampoco parece ceder ni ante la natación ni ante las tablas de abdominales con las que me he castigado a lo largo del verano, en aras de no sé qué imagen mejorada de mí mismo que no consigo alcanzar. Y en la que, quizá, tampoco me reconocería.

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Veo películas de Elvis -King Creole, Kid Galahad- e incluso me gustan. En algún rincón de mi imaginario sentimental algo debe de ir muy mal.

martes, septiembre 14, 2010

FIN

Empecé -consulto la libreta donde anoto estas cosas- la lectura de En busca del tiempo perdido en marzo del 2009, y hace sólo tres días que terminé El tiempo recobrado, el séptimo y último tomo: un año y medio, aproximadamente, en el que naturalmente muchas otras lecturas se han intercalado con la de Proust, pero en cuyo transcurso puede decirse que ésta ha marcado la pauta, ha impuesto su tono, e incluso ha contagiado al lector no pocos de sus tics, de sus manías asociativas, de su característico pulso demorado, e incluso de su especial manera de considerar la materia narrativa como una especie de nebulosa interiorizada, en la que los hechos se esponjan y ahuecan como un polipero para acoger otros hechos, al mismo tiempo que los tentáculos y ramificaciones de unos y otros van mezclándose y enredándose hasta el infinito.

Ha valido la pena. Y no porque la "prosa de asmático" de Proust, sus inabarcables periodos, absolutamente reñidos con cualquier prosodia mínimamente reminiscente del lenguaje oral, no me hayan causado alguna perplejidad. De haber sido yo el traductor, no sé si habría resistido la tentación de sembrar el texto con algunos estratégicos puntos y coma, para pautar la lectura y hacerla compatible con el resuello de un ser humano. No critico a Carlos Manzano, en todo caso, que creo que ha salido bastante airoso del asunto. Pero el mayor atractivo de estas novelas no es, en absoluto, el estilístico. Tampoco del argumento podría decirse mucho: el propio narrador, con su apocamiento, su indisimulado esnobismo y sus amores neuróticos, no es, en absoluto, de los que suscitan en los lectores una adhesión incondicional.

Lo que admira de estas dos mil y pico de apretadas páginas es, más bien, la consistencia de la trama, los centenares de relaciones cruzadas, lo apretado del tejido; y cómo el funcionamiento de la memoria se asemeja a éste, y condiciona nuestra percepción del mismo, de modo que las ramificaciones de las complicadas relaciones sociales acaban coincidiendo con los vericuetos del recuerdo, y los atajos por los que a veces opera éste se corresponden exactamente con los que el azar, la iniciativa personal o las circunstancias imponen a veces al trato social, y hacen que un arribista se convierta en un reputado hombre de mundo, o un encumbrado aristócrata caiga en la inconsecuencia y el descrédito.

Eso es lo que Proust parece empeñado en enseñarnos: la falta de solución de continuidad entre nuestro pensamiento y la trama del mundo. Asistimos, casi siempre divertidos o encantados y, a ratos, agotados por la morosidad del narrador, a la exhaustiva descripción de una burbuja; y advertimos, conforme avanza el relato, que esa burbuja no es sino la propia mente del autor; y que la materia de la que están hechos sus fantasmas no es sino el tiempo, que equivale al fluir del pensamiento, a sus saltos y demoras, a la inconsistencia que hace que en este último tomo, por ejemplo, la Primera Guerra Mundial esté cerca y lejos al mismo tiempo, o que, también en esta entrega, la descripción del breve paseo que lleva al protagonista al nuevo palacio de la princesa de Guermantes -título que ahora corresponde, no a la aristócrata de sangre a quien designaba en las primeras entregas de la serie, sino a la desclasada señora Verdurin- abarque la mayor parte del volumen y requiera varias sesiones de lectura para elucidar lo que, en tiempo real, habría durado apenas unos minutos.

Podría uno arriesgarse a contar el final, a sabiendas de que no le estropea a nadie el disfrute de la trama: el narrador, al llegar al palacio de la nueva princesa Guermantes, experimenta un leve traspiés al pisar unas losas desniveladas, y esta sensación lo traslada momentáneamente al recuerdo que tenía de una experiencia similar en Venecia. La sensación, al mismo tiempo, le permite reconocer la naturaleza de la que experimentó en el famoso episodio de la magdalena, en el primer tomo, cuando la percepción del olor del té al empapar el bizcocho inició en él el hilo de recuerdos que le permitió enlazar su infancia con la juventud de Swann, el gran personaje de esta primera parte del ciclo. A partir de este paso en falso, se suceden las revelaciones de esta clase, probablemente no ajenas a la hipersensibilidad enfermiza que ha desarrollado el protagonista, al que vemos ya convertido en un hombre envejecido. Y de esa constatación nace en él el deseo de explorar literariamente esos atajos de la memoria, en lo que el autor considera que es el único modo posible de recuperar, mediante la escritura, el "tiempo perdido". Es decir: tras algo más de dos mil páginas escritas, el autor-narrador, al que hasta ahora habíamos visto rendirse cada vez que se suscitaba en él el propósito de dedicarse a la literatura, encuentra ahora la motivación que le faltaba para consagrarse definitivamente a ésta; lo que nos lleva a nosotros, retrospectivamente, a constatar que lo que acabamos de leer -lo que nos ha tenido ocupados, en fin, durante año y medio- es el fruto de esa decisión que tantas páginas escritas ha necesitado para ser explicada.

Mi hija, al verme cerrar el volumen, me pregunta: "¿Ya has terminado la historia esa de la magdalena? ¿Cómo acaba?". Le cuento lo precedente. Y ella, creo que no sin formularse alguna reserva interior a favor de una reconsideración futura, se encoge de hombros y pone la misma cara que cuando le digo, por oírla, que me quiero dejar el pelo largo o comprarme una de esas camisetas chillonas que usan los de su edad.

lunes, septiembre 13, 2010

UN PUENTE


Acaso hacerle el último escrutinio a los libros de un difunto no sea, después de todo, sino un acto piadoso. Cuánto se parece a veces la piedad al expolio. Pero el caso es que los libros de los que hablo no los quiere nadie. Y entre ellos hay muchos que ni siquiera el bibliómano más impenitente -tampoco es ése mi caso- se sentiría tentado de guardar: esta colección de tomos encuadernados de Selecciones del Reader's Digest, por ejemplo, a cuyo favor podría alegarse el mérito de la antigüedad, pues se inicia en los años cuarenta... O estas enciclopedias avejentadas, cuya tipografía e ilustraciones parecen haber adquirido, con los años, una belleza que sobrepasa en mucho el valor práctico que han perdido. No, de nada de eso puedo hacerme cargo, con todo el dolor de mi corazón. Pero se me acelera el pulso cuando encuentro, en la montaña de libros, las Obras completas de Jardiel, en una hermosa edición mexicana; o las de Wenceslao Fernández Flórez, en la primera edición en siete tomitos en octavo que hizo Aguilar; o las Memorias de Casanova, en dos tomos; o un hermoso Quijote y un bello ejemplar ilustrado de Las mil y una noches, de aquellas ediciones de lujo que hacía Sopena en los años cincuenta. Lleno una caja de libros. Y esa noche, mientras los ojeo, siento un extraño vértigo al pensar en el destino que aguarda a los que he acumulado a lo largo de mi vida, incluyendo éstos. Quién expurgará la colección, despreciando acaso aquellos a los que más horas he dedicado, y en los que se sustentaba mi rutina de lector.

***

El retrato que me ha pintado José Antonio Martel (el "J.A.M." de estas notas): hasta hoy no habíamos tenido ocasión de sacarle unas fotos. Las hace el propio pintor. Y, mientras tanto, observo algunos detalles en los que quizá no había reparado hasta entonces. La montaña que se ve tras la ventana, ocupando casi todo el hueco, es la que aquí llaman Sierra Alta; y el pequeño pico que asoma a su izquierda es el que da su nombre a la Sierra de la Silla. El librito gris que tengo a mi derecha, y sobre el que se apoya un objeto con brillos metálicos -mi reloj de pulsera, que habitualmente dejo en la mesa, a la vista, mientras realizo cualquier faena- es un ejemplar de mi Diario de Benaocaz. La luz es de principios de junio; y, sin embargo, voy abrigado -llevo uno de esos jerseys de excursionista que llaman polares-, porque el mes de junio aún acarreaba vestigios del invierno inclemente que acabábamos de dejar atrás... Cada vez que mire este cuadro, o alguna de sus fotografías, tendré presente esa extravagancia meteorológica. Es, junto con la presencia de mi libro entonces recién publicado, y la esplendorosa luz de junio, uno de esos detalles particulares que te devuelven la sensación de un momento vivido. Y que, por exclusión, permiten sondear el monto de lo que también fue vida y, sin embargo, está olvidado ya. Una obra de arte es sólo un puente. Un puente que atraviesa un vacío.

viernes, septiembre 10, 2010

PESADILLAS



Las imágenes de este sorprendente anuncio muestran el recorrido de un viejo colchón desde que su dueña, una mujer joven, se deshace de él hasta que llega al vertedero. La furgoneta recorre un desolado panorama urbano en el que no faltan las colas de parados. Mientras tanto, se oye una voz femenina que se despide, no ya del colchón, que ha sido sustituido por otro de la marca anunciada, sino de toda una serie de asuntos que seguramente han quitado el sueño en los últimos tiempos, no sólo a la chica del anuncio, sino a buena parte de la población española. Adiós, dice la dulce melopea, a las hipotecas, a los índices bursátiles, a los especuladores, a los oportunistas, al IPC. Adiós, remata, “a los que mandan”, a quienes, por si alguna duda quedara, tilda de demagogos e incompetentes... Pese a la libertad de expresión de la que alardeamos, no está uno acostumbrado a oír afirmaciones tan contundentes en un medio de comunicación. Y, mucho menos, a que reflejen con tanta exactitud el sentir general.

A mí, lo confieso, este anuncio siempre me hace levantar la cabeza y fijar la atención en la hasta entonces desatendida retahíla publicitaria. Dicen los expertos que la mayoría de los espectadores son absolutamente refractarios a los mensajes repetitivos, machacones, de los anuncios. De ahí que los publicistas procuren por todos los medios romper esa desatención. Y un modo de hacerlo es adaptarse al espíritu de los tiempos. En los ochenta, en los que tanto prestigio alcanzó el diseño, los publicistas se esforzaron porque sus anuncios tuvieran una cierta belleza estética y conceptual, capaz de suscitar la admiración de los mismos que apreciaban esas perfecciones en una silla o un coche. En la década anterior, la de la Transición a la democracia, hubo anuncios que aludían directamente a las ansias de cambio político que dominaban entonces en la sociedad española.

Por eso no es extraño que, en la actualidad, el anuncio de un colchón defina con crudeza a la clase política española y la incluya en la lista de las pesadillas que nos quitan el sueño. En eso no hace sino reflejar lo que dicen las encuestas. Hace meses, cuando las descalificaciones mutuas entre políticos alcanzaron límites insoportables, los encuestados no dudaron en incluir a la clase política entre los grandes problemas del país. Y ahora, coincidiendo con la emisión de este anuncio esclarecedor, leemos en los periódicos que un setenta y seis por ciento de los ciudadanos no quiere que los líderes de los dos principales partidos políticos vuelvan a ser candidatos en las próximas elecciones. Puede que el elector español no sepa lo que quiere; pero, en todo caso, parece tener muy claro lo que no desea. Y esta vez los publicistas han sabido expresarlo antes incluso que los costosos asesores con los que cuentan los partidos políticos.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

jueves, septiembre 09, 2010

SÍSIFO

"Abstenerse de pintar es pintar también", decía Gaya. Pero creo que se refería, más bien, a esa primera lección que aprende un acuarelista, por ejemplo: a salvar los blancos; es decir, a no poner pintura allí donde el propio papel aporta la tonalidad que se buscaba. Aplíquese a la escritura: no decir lo que pueda darse fácilmente por sobreentendido. Pero nunca "no escribir", lo que, para un escritor que se precie, equivaldría a no pensar. Pienso mientras escribo, ni antes ni después. The rest is silence.

***

Me aborda RM por la calle. "No, si es sólo para que mañana pongas en tu blog que has visto a RM por la calle" (como hice una vez, en fin, a propósito de unos achaques que me refirió). Puesto queda. Y constatada, con este guiño amistoso, la máxima aspiración de este cuaderno: ser espejo.

***

A Sísifo también podrían haberlo condenado a nadar en una piscina: un largo hacia allá, otro hacia acá, y no llegar nunca a ninguna parte. Pero aprende uno mucho de sí mismo en estos espacios acotados. Por ejemplo, que bastan unos pocos largos de veinticinco metros para agotarte. En un espacio abierto -un brazo de mar, por ejemplo-, la otra orilla parece siempre demasiado cercana. Y cuántos se ahogan al intentar alcanzarla.

miércoles, septiembre 08, 2010

RENOVACIONES

Sigo con mis hábitos tempraneros. Hoy a primera hora de la mañana he renovado mi inscripción y la de mi familia en el curso de natación que se imparte en ciertas instalaciones universitarias cercanas a mi casa. He rellenado nada menos que... siete papeles, entre las inscripciones propiamente dichas, las domiciliaciones y demás. Luego he ido a renovar mi matrícula como alumno de postgrado, que es lo que me permite disfrutar de estos servicios de la universidad, y eso me ha supuesto rellenar otro papel. Ayer, en el trabajo, decidimos el reparto de grupos correspondiente al nuevo curso... Doy cuenta de todo esto porque me llama la atención que la mera reanudación de la rutina -de una rutina, por otra parte, establecida desde hace años- exija tantos trámites y la renovación explícita y por escrito del compromiso de uno con todos y cada uno de los componentes de la misma. ¿Acaso es previsible que uno fuera a hacer otras cosas, a organizarse de otro modo? Lo sorprendente sería lo contrario. Entonces sí: entonces tendría uno que acudir al negociado competente para comunicar a quien corresponda que uno ha decidido dejarse rastas, por ejemplo, y dedicarse a la venta ambulante por las playas de la provincia; o hacerse mercenario en Darfur o en la frontera afgana, por ejemplo, donde se libran las últimas guerras de la Edad Media. Sería muy conveniente que alguien se ocupara de constatar estos preocupantes cambios en las perspectivas vitales; y, llegado el caso, de desaconsejarlos enérgicamente.

¿Y cómo sería la propia percepción del tiempo si no le impusiéramos la fantasía de su renovación cíclica? Un largo y lento transcurrir, sin duda, en el que no se tendría la apremiante sensación de ir quemando etapas para llegar, a la postre.... a donde llegaremos de cualquiera de las maneras.

martes, septiembre 07, 2010

PASEO MATINAL

Mi horario laboral de estos primeros días de septiembre me permite dar un largo paseo a primera hora de la mañana desde el punto de la periferia donde me deja M.A. hasta mi lugar de trabajo. Cada día tomo una ruta distinta, y si ayer atravesaba una populosa barriada por la que hacía años que no pasaba, hoy acorto camino por unas calles ocupadas casi en su totalidad por talleres y naves industriales. Y por una y otra ruta advierto la misma pugna: comercios cerrados, recientemente o desde tiempo inmemorial, frente a comercios nuevos que animosamente levantan la baraja a primera hora del día; naves arruinadas, con los cristales rotos y habitadas por gatos, frente a otras en las que media docena de trabajadores -casi nunca más- pugnan con una cizalla o con la llama de un soplete. No he hecho la cuenta de si son más los establecimientos cerrados que los abiertos, pero imagino que la salud de un país se dirime en esta cuestión tan sencilla: si son más quienes salen adelante que quienes tiran la toalla, y si el acto de levantarse temprano y descorrer una baraja o encender un soplete sigue teniendo sentido o no para quienes han hecho de ellos sus oficios. Hay algo, no obstante, en el aire mismo de la mañana, y en la inmensa respetabilidad que asumen para el espectador todavía ocioso quienes ya han iniciado su faena, que invita al optimismo. Decía no sé qué leyenda que mientras hubiese media docena de justos en el mundo Dios no desataría su ira contra el resto. Lo mismo puede decirse respecto al esfuerzo: mientras haya unas decenas de individuos que se levantan temprano para iniciar sus misteriosos quehaceres -y nada más misterioso, en fin, que el danzar de la lluvia de chispas sobre la chapa de hierro, o que la trastienda de esa modesta mercería en la que no sabe uno cuántas cintas habrán de venderse para igualar al menos el sueldo de la dependienta-, mientras siga en marcha el complicado mecanismo del que hemos venido a depender, podrá decirse que vive uno en un cuerpo social mínimamente solvente. No es mucho. Un mal viento, lo sabemos, podría extinguir incluso estos insuficientes y heroicos atisbos de sociedad laboriosa. Me contaba un panadero el otro día que un compañero suyo hubo de cerrar el negocio porque una conocida franquicia de ese ramo le abrió una sucursal al lado de su panadería y durante todo un año ofertó el pan a mitad de precio, hasta arruinar a su competidor. Y me hablan por otra parte de empresas a las que sobra el trabajo, pero a las que los bancos les niegan el mínimo caudal de dinero contante y sonante que necesitan para mantener el negocio en marcha. Se ve que no basta el esfuerzo: el sistema tiene también un componente azaroso, del que es difícil sustraerse. Toca uno madera. El sol ya ha salido y uno ha llegado a su lugar de trabajo. Aún me queda tiempo para garrapatear estas líneas. Y empiezo la jornada.

lunes, septiembre 06, 2010

DESMEMORIAS

En nuestro deambular por el barrio alto de U., aprovechando la excusa que brinda el concurso de pintura rápida, damos con un pintor alrededor del cual se han congregado media docena de chiquillos y algunos viejos. Nos paramos también ante el lienzo, a una distancia prudente, y entonces el pintor se vuelve y hace señas en mi dirección. Vuelvo la cabeza, por si éstas van dirigidos a otra persona que se me haya colocado detrás. "Ya veo que no me reconoces", me dice. Efectivamente, le digo que no, y adelanto una disculpa por lo que ya adivino que es una nueva mala pasada que me está jugando mi incapacidad de recordar las caras de las personas a las que sólo he visto una o dos veces. Hasta tres ocasiones recuerda este hombre en las que hayamos coincidido. Me las va desmenuzando y yo asiento humildemente, mientras voy desgranando nuevas disculpas. M.A., divertida, mueve la cabeza, aunque tampoco ella ha andado fina en esta ocasión. "Tú debes de ser amigo de...", comenta, esperando suavizar lo que parece una enorme e injustificada muestra de desconsideración por nuestra parte. Pero tampoco acierta. Nos vamos con la cabeza gacha, mientras yo doy crédito a mi teoría de que la imposibilidad de reconocer rápidamente un rostro debe tener su origen en alguna tara constitutiva, similar a la afasia o la dislexia... Por suerte, hay muchos otros encuentros más afortunados en este día, y olvidamos el incidente. Y, además, ya al final de la jornada volvemos a encontrarnos con el pintor de marras, y éste nos dice que ha vendido el cuadro que estaba pintando y otro más que tenía en exposición. Nos alegramos sinceramente de ello, y doy por sentado que la expresión de este hombre serenamente satisfecho, que no aspiraba a ningún premio y que ha conseguido una modesta remuneración por su jornada de trabajo, es de las que ya no olvidaré. Algo hemos ganado nosotros también.

viernes, septiembre 03, 2010

CALOR

Desde el lugar donde llevan la cuenta de estas cosas nos han dicho que acabamos de vivir los días más calurosos del año. La “ola de calor” ha llenado los depauperados telediarios de agosto de imágenes de gente sudando la gota gorda, de desaprensivos bañándose en las fuentes públicas, de personas bienintencionadas que se animaban a divulgar los trucos caseros con los que combaten el calor: desde rociar las cortinas con agua a colgar bolsas de hielo delante de un ventilador, o ingerir alimentos muy picantes, como hacen en los países tropicales, para provocar la sudoración e inhibir la sensación corporal de agobio térmico…

Si no fuera por estos sucesos sin suceso, por estas noticias que encubren la falta de noticias, rara vez vería uno en un telediario a un ciudadano normal dando cuenta de sus actos cotidianos, y no, como suele suceder, en el más habitual papel de víctima de un accidente, una injusticia o un crimen. No se cansa uno de escucharlos, de admirar los recursos con los que afrontan la anomalía térmica, o el alcance de su memoria, que les lleva a proclamar, con más seguridad que cualquier fuente estadística, que no se recordaba un verano así desde tal o cual año, mientras entornan los ojos como para contemplar en el recuerdo las imágenes desvaídas de ese otro lejano verano en el que también se sudó la gota gorda, en que la gente salía a la calle con pañuelos mojados en la cabeza. La esencia del clima es su carácter cíclico: lo que ocurre hoy ya ocurrió ayer y probablemente habrá de repetirse mañana. Estos calores insólitos, que nos creemos incapaces de soportar, ya tuvieron lugar en un pasado del que algunos guardan exacta memoria, y se repetirán en un futuro en el que a quienes no la tenemos tan buena volverán a parecernos desusados y cercanos al límite de nuestro aguante. En eso el clima es como la Historia: a quien la conoce, nada le extraña, porque todo lo que haya de suceder ha sucedido ya. A quienes la han olvidado, en cambio, o a quienes han confundido sus deseos y expectativas con la estricta verdad, los hechos siempre acaban sorprendiéndoles y superándoles.

No a estos pacíficos ciudadanos que sudan en las aceras, ante un escaparate, o se duchan en plena calle con agua mineral, o agitan animosamente un abanico. En un mundo en el que la gente se hiela en verano con el aire acondicionado, o se pasa el invierno en manga corta entre calefactores a plena potencia, ellos son la confirmación de que el clima repite sus ciclos implacables. O, trasladado a otros ámbitos: que no hay mal que cien años dure, ni situación económica o social que permanezca invariable, ni mal gobierno eterno. Lo que pasa es que no nos acordamos; y que, cuando llega la hora de sudar, o de morirnos de frío, creemos firmemente en la singularidad del suceso que nos ha tocado padecer. Y el mundo gira.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, septiembre 02, 2010

OCIO

Ha querido el azar que la vuelta al trabajo haya tenido lugar en horario de tarde, con lo que mi rutina de mañana, estos primeros días, ha permanecido prácticamente idéntica a lo que ha sido en las últimas semanas: me levanto, oigo las noticias en la radio mientras desayuno, garrapateo estas líneas y me entrego luego a la gama de quehaceres libremente elegidos a los que he venido dedicando el tiempo desde finales de julio. Con una diferencia, sin embargo, que tiene que ver con nuestra percepción subjetiva de la continuidad temporal: el discurrir de antes, en el que apenas intervenía la conciencia de ajustarse a un horario, o de que incluso el día sin obligaciones está acotado por algunas exigencias -comida, reposo- que contrarrestan la sensación del libre fluir temporal, ha sido sustituido por la pedregosa textura del tiempo medido, del tiempo ajustado a plazo, del tiempo que se amortiza al ser vivido. La peor invención del hombre han sido los horarios. Y este pensamiento no lo dicta la pereza sobrevenida ante la vuelta al trabajo: posiblemente, mi "productividad" -si la medimos por el número de cosas hechas y por el aprovechamiento y gozo de las mismas- sea mucho mayor durante las vacaciones de lo que jamás pueda serlo en las condiciones presentes. Yo sería mucho mejor profesor, pongo por caso, si pudiera serlo al modo de Sócrates, dialogando libremente con mis discípulos a la sombra de una higuera. Escritor no digamos. E incluso ciudadano, porque sólo un ciudadano sin prisas puede departir sabiamente sobre los asuntos de la cosa pública bajo los pórticos de la plaza. Tal vez a eso se reduce la time conspiracy -por remedar esa otra money conspiracy de la que hablaba Martin Amis en su conocida novela-: a no dejar pensar. Porque la sabiduría, como el arte e incluso la hombría de bien, son cosas del ocio.