viernes, octubre 29, 2010

EL ASFALTO

Debajo del asfalto está la playa”. O eso rezaba uno de los eslóganes más difundidos del llamado “mayo francés” de 1968. Ahora que una nueva oleada de protestas cívicas (o incívicas) sacude el país vecino, no han faltado nostálgicos de aquella revolución que se quedó en los preliminares, y cuyo verdadero desenlace fue la movilización masiva del voto conservador para darle al entonces hombre fuerte del país, el general De Gaulle, el más sólido y numeroso apoyo con el que contó jamás. Naturalmente, los nostálgicos lo son de las asambleas al aire libre, de los eslóganes arrebatados y de las posibles noches de amor en los pasillos de las facultades ocupadas; y no, como es de suponer, de aquella rápida reacción social que devolvió las aguas a su cauce en menos que canta un gallo. Aunque lo curioso de esa nostalgia, hecha hoy materia de artículo de opinión, es que puede constatarse por igual en los columnistas de derecha que en los de izquierda. En los segundos es comprensible; en cuanto a los primeros, ¿quién dice que no es bella también la melancolía del converso? Porque una cosa está clara: se puede llegar a desarrollar un temperamento conservador –de derechas o de izquierdas– por convicción, por el sereno decantarse de las ideas en el tiempo. Pero el entusiasmo, el verdadero entusiasmo, sólo se siente una vez, aunque se aplique a lo inviable o incluso a lo perverso. Y es legítimo dolerse de su pérdida, aunque sea a cambio de haberse provisto de convicciones mejor fundadas; o no, quién sabe.

Sea como sea, la actual ola de protestas en Francia nos está dando que pensar. Por un lado, se ha puesto de manifiesto la abismal diferencia que hay entre una protesta pactada y domesticada, como la llevada a cabo por los sindicatos españoles contra los “ajustes” –es decir, los recortes en el estado de bienestar– llevados a cabo por nuestro gobierno, y una protesta que no se aviene a la componenda fácil. La sociedad francesa tiene muchos defectos, como todas; pero una de sus virtudes es la excelente salud que allá gozan los mecanismos sociales de respuesta al poder político. A mí no me cabe duda de que el sustrato conservador, claramente mayoritario en el país vecino, premiará al actual presidente si éste sabe resistir la presión de la calle. Pero, en el fondo, incluso esa mayoría silenciosa y conservadora sabe que puede estar satisfecha de formar parte de una nación donde la sociedad civil todavía conserva la capacidad de hacerse oír.

Mientras tanto, pisa uno el asfalto y se pregunta si, por una vez, no serán verdaderos los axiomas de la vieja Europa protestataria. ¿Hay playa o no bajo nuestros pasos? Aunque también es posible reformular el eslogan de este modo: debajo de los cristales rotos y la basura quemada por las revueltas está… el asfalto, precisamente. Y da gusto caminar sobre él.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

martes, octubre 26, 2010

PEQUEÑO

No había leído uno como es debido Españoles de tres mundos, de Juan Ramón Jiménez. Y ahora que tengo ocasión de hacerlo, me hace gracia encontrarme, entre otras perlas, con la tan repetida definición de Neruda que legó el de Moguer a la posteridad: "un gran mal poeta". Sin embargo, yo no la veo tan malévola como dicen; porque, a la postre, parece que en esa formulación la palabra "gran" recibe más énfasis que el otro adjetivo. Hasta el propio Neruda, tan amigo de la desmesura, se habría sentido halagado. En eso el poeta de Moguer erró el tiro: Neruda es un poeta generalmente malo y, además, pequeño, porque refleja muy bien la pequeñez de todo un siglo, sus escandalosos reduccionismos, la absurda megalomanía de los actorzuelos que se repartieron los principales papeles de la centuria. Lo que no quiere decir que todo en él sea desdeñable, ni mucho menos.

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¿Borges antes que Neruda? No, tampoco. Vallejo, puede. Aunque el gran drama de la poesía hispanoamericana del siglo XX es que ni siquiera en sus momentos más brillantes igualó los grandes logros del Modernismo.

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Aquí tampoco: Machado, Unamuno, el propio Juan Ramón... ¿Quién los iguala?

lunes, octubre 25, 2010

MINIATURA

Quizá éste haya sido el primer día desde el fin del verano en el que el sol verdaderamente no pesaba; es decir, el primer día tocado de esa levedad que es característica del otoño. A nueva luz, nuevas realidades. Como para confirmarlo, estas dos desmesuras que nos salen al paso por esta vereda por la que nunca antes habíamos paseado: un majuelo o espino albar gigantesco, del tamaño de un árbol, y cargado de su característico fruto rojo; y una vaca que, a diferencia de todas las demás junto a las que pasta, tiene los cuernos vueltos hacia abajo, pegados al rostro, lo que le da una fisonomía extrañamente maligna. Me sorprenden estas dos anomalías, que dan al paisaje una curiosa cualidad de miniatura gótica poblada de criaturas simbólicas. Anda uno cabizbajo, quizá por todo lo comido y bebido el día anterior, que fue de celebración. Tal vez por eso el paisaje anda disfrazado de alegoría: quiere transmitirme alguna clase de lección moral. Pero tampoco acierto a descifrarla.

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He dejado estos tres libros en la casa de la sierra: Nada, de Carmen Laforet, que he releído estos días; y los dietarios de Javier Sánchez Menéndez y Rafael Fombellida, que he leído este fin de semana. Se ha consolidado la costumbre de dejar en esta casa los libros que leo o termino en ella, lo que me crea alguna desazón, porque acaso una biblioteca no pueda existir dividida, con una parte aquí y otra allá. Pero también cabe ver las cosas de otra manera. Si una biblioteca equivale a un retrato de la persona que la ha formado, es posible que ese retrato deje de ser fiel en el momento en el que sobre éste empiezan a acumularse pinceladas que no le son propias, lo que, en el caso que nos ocupa, se trasluce en todos esos libros que llegan a casa por azares que no dependen de uno, por obligaciones no queridas, o por esa curiosa fuerza magnética que hace que una masa de libros atraiga hacia sí a otros libros que le pasan cerca, y que contribuyen así a acrecentarla. Por eso, cuando ese pretendido retrato sufre estas deformaciones, no parece del todo inoportuno plantar la semilla de una nueva biblioteca en otra parte. Miro los libros que se me han juntado ya en ésta: algunos clásicos (Shakespeare, Cervantes, Dickens), algunas de las lecturas que más me han calado en los últimos meses (Morla Lynch, Grossman, Trapiello), algunos libros de amigos. Sí, qué duda cabe: esta nueva instantánea se parece algo al lector que soy hoy. Habrá que ver por cuánto tiempo se mantiene el parecido.

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También están aquí los libros japoneses de M.A. Pero ellos hacen rancho aparte. Eso sí, en buena armonía con el resto. Se me olvidaba decirlo antes: una biblioteca compartida necesariamente es una foto compuesta.

viernes, octubre 22, 2010

ALEGRÍA

Antes de que las exclusivas periodísticas y el afán de morbo consigan estropearnos esta hermosa historia, hay que decirlo sin ambages: el portentoso rescate de los treinta y tres mineros chilenos atrapados en su mina ha sido el único acontecimiento mundial de los últimos lustros que me ha hecho feliz. Más, incluso, que la victoria española en el mundial de fútbol; porque, aunque ésta me alegró, como a cualquier hijo de vecino, no dejaba de ser una alegría que operaba por simple contagio. Y, además, también en ella concurrieron detalles que me recordaron que éramos quienes éramos, y que ni siquiera un estallido de felicidad colectiva era capaz de hacernos olvidar nuestros resabios; y por eso hubo quien se encargó de constatar, con el celo de un comisario político, que algún que otro jugador no quiso envolverse con la bandera nacional y prefirió la de su región; o que el presunto triunfo patrio era, en realidad, del club que más jugadores había aportado a la selección…

Pero veo la alegría, mucho más fundada, de los chilenos, veo su ufano despliegue de banderas, veo la buena voluntad y la incontestable eficacia con que han actuado sus gobernantes, y no puedo evitar una constatación melancólica: yo también quisiera vivir, aunque sólo fuera por unos días, en un país que no sólo se uniera bajo el peso del dolor, como lo hicimos nosotros por unas horas cuando el atentado del 11 de marzo de 2004 contra los trenes madrileños, por ejemplo… Decía el novelista que todas las familias felices se parecen, pero cada familia infeliz tiene sus propias razones para sentirse desgraciada. Esto puede que sirva para describir las peculiaridades del comportamiento privado, pero en ningún modo las del proceder colectivo. El dolor es un poderoso aglutinante de voluntades. Pero ¿cuántos estarían dispuestos a alegrarse sin más con el vecino, con el que seguramente mantienen soterradas disputas? Pienso en los políticos españoles: cuántas acusaciones mutuas habrían cruzado, cuánta incomprensión e impaciencia habrían demostrado en un caso como éste. Pienso incluso en la prensa española, tan atenta a esos aburridos rifirrafes: cuántos listillos de columna diaria habrían querido darle lecciones al gobernante de turno sobre qué técnica usar para taladrar la roca; o qué no habrían dicho sobre los intereses ocultos que pudiera haber tras la decisión de las autoridades de contratar los servicios de unas compañías y no otras… Y, a lo mejor, hasta hubieran llevado razón, porque cuando una nación entera actúa bajo el imperativo de la desconfianza, todo se enturbia inevitablemente.

Así que me alegro por los chilenos, por su sencilla alegría, por su patriotismo, por su contagiosa empatía con quienes sufrían. Esta especie de catarsis colectiva sin duda les ha hecho todavía mejores. A nosotros no hay quien nos arregle.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, octubre 21, 2010

PRESENTACIÓN

Hicimos Antonio Rivero y yo la presentación cruzada de nuestros libros en la Biblioteca Provincial de Cádiz. Van aquí las palabras que dije yo sobre su Macedonia de rutas.

martes, octubre 19, 2010

DECÁLOGO DE LAS TRILOGÍAS

Presentar un libro - es decir, dar cuenta pública de sus motivos, de su siempre dudosa pertinencia, de las expectativas con que uno lo lanza a la calle- viene a ser una manera de desembarazarse de los hábitos y obsesiones generados mientras uno lo incubaba. Pero si este necesario proceso higiénico coincide con el de iniciar un nuevo libro, la cosa se complica: es salir de una enfermedad, digamos, para sumergirse alegremente en otra. A eso equivale la escritura de una novela triple: a aceptar gustosamente atravesar tres gripes seguidas, por miedo a que una no hubiese bastado para apurar todos los matices de la enfermedad.

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Trilogías, trípticos: un reflejo literario natural, tan lógico como que un argumento tenga planteamiento, nudo y desenlace, o una tesis venga seguida de su antítesis y síntesis. O lo que se dice del verdadero Dios, que es uno y trino.

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Aunque a lo que verdaderamente se parece una obra triple, o cuádruple (véase el Cuarteto de Alejandría) o incluso quíntuple es... a la visión multifocal de los insectos: a la esperanza de hacerse una idea clara de la realidad mediante el procedimiento de yuxtaponer múltiples miradas. O a la conciencia clara de que cada una de esas miradas simples, posiblemente más nítida que la suma de todas ellas, es insuficiente. Lo que no quiere decir que el conjunto deje de serlo.

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Acaso no haya trilogía que no aspire a convertirse en algo más. ¿Serían los Episodios nacionales de Galdós o En busca del tiempo perdido de Proust otras tantas trilogías salidas de madre?

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Tampoco hay trilogía que no aspire a que la posteridad lea sus tres entregas publicadas en un solo tomo. O lo que es lo mismo: no hay trilogía que no quiera llegar a ser, con el tiempo, una obra única.

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El lector de la tercera entrega de una trilogía es siempre el más afortunado: juega sobre seguro; y, si acaso, se ha ahorrado los tanteos, los primeros pasos indecisos. Siempre puede leer el resumen de lo anterior en la solapa del tercer tomo.

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Una trilogía verdaderamente lograda, y en la que se mantiene el principio de que cada entrega sea válida por sí misma y el de que el conjunto no sea una mera acumulación de novelas dispares: la "trilogía espacial" de C. S. Lewis. Cuando empecé a leerla, ignoraba que los tres títulos formaban un conjunto, y sólo compré dos: la segunda y tercera entregas respectivamente, encontradas en una librería de viejo. Luego rogué encarecidamente que se reeditara el primer tomo, lo que no sucedió hasta unos diez años más tarde. Cuando por fin pude hacerme una idea cabal del conjunto, descubrí una nueva característica de las trilogías: el orden de lectura no siempre importa, pero cada una de las entregas que el lector suma a su haber modifica sustancialmente el valor del conjunto.

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Una manera indecente de leer una trilogía: los tres libros a la vez, entremezclados, como en uno de esos tríos sexuales de los que tanto nos deleita oír hablar, pero en los que nunca quisiéramos vernos implicados.

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Si Dios inspirase sólo trilogías, la Biblia sólo tendría tres entregas. Y en función de cuáles fuesen esas tres, la visión del mundo resultante sería diametralmente opuesta. Puede que cada época haga inconscientemente esa elección. El siglo XX eligió el Libro de Job y el Eclesiastés (o quizá el Apocalipsis). Y luego, para alegrarse un poco la vida, y cuando ya era tarde, el Cantar de los cantares.

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También una trilogía puede equivaler a un fracaso triple. O lo que es lo mismo: quien yerra el primer golpe, yerra los tres.

lunes, octubre 18, 2010

PERDICES

Si uno fuera Miguel Delibes, dedicaría a este paseo por un pinar y al tableteo de las perdices -y al vuelo torpe de las que nos van saliendo al paso, o salen espantadas cuando me oyen quebrar una rama- una de esas páginas de prosa precisa y acerada que éste dedicaba a la caza en el suplemento Blanco y negro, hace años. A mí no me gustaba la caza, ni entonces ni ahora, pero me parecía, y me parece, mucho más difícil y meritorio encajar un adjetivo exacto o dejar trazado en una línea el vuelo de un bando de perdices que acertar a derribar una de un disparo. Disparos como los que oímos muy cerca, mientras vamos llenando nuestras bolsas de piñas caídas y ramas secas, de las que pensamos servirnos para prender el fuego en el largo invierno por venir. De no ser por esos disparos, en el pinar reinaría un silencio solemne, sólo interrumpido por el ya mencionado canto de las perdices y el piar de otros pájaros, además de nuestros pasos. Hace una mañana de otoño espléndida, diáfana. Ni frío ni calor, sino la temperatura justa para que no resulte pesada la caminata. Uno quisiera vivir siempre en estas estaciones intermedias. Pero ya se sabe que sólo duran unos días, unas semanas a lo sumo. Y que hay que prepararse para lo que ha de venir. De ahí estas piñas secas, estas ramas. Y ese horizonte de disparos lejanos, espaciados: el ruido del mundo, que pone siempre la música de fondo, discordante, a la felicidad.

viernes, octubre 15, 2010

SEÑORITA

Este viejo político socialista, al que uno creía ya jubilado, ha vuelto a atraer sobre sí la atención de la prensa por haber llamado “señorita Trini” a una compañera de partido, lo que ha sido considerado una grave ofensa por la aludida y otras militantes del mismo. Contraponía el viejo político a la ofendida, que acaba de perder unas elecciones internas en el partido, con el ganador de las mismas, a quien llamó “señor Gómez”. Entiende uno la irritación que han causado estas declaraciones. El viejo socialista, partidario del señor Gómez en esa coyuntura, creyó oportuno dirigirse a la rival de éste en un tono, si no abiertamente despectivo, sí un tanto empequeñecedor. Pero el lenguaje no sólo sirve para intercambiar cortesías versallescas (lo que los políticos hacen a veces con una hipocresía que hace chirriar los dientes), sino también para lanzar pullas; y si la pulla, como es el caso, se manifiesta tan sólo en el tono, bienvenida sea: peor hubiera sido un insulto soez o una descalificación plena, como las que otros políticos intercambian diariamente.

Pero a lo que iba: si me meto en este berenjenal, que ni me va ni me viene, es porque lo que me parece despectivo, o empequeñecedor, en la expresión “señorita Trini” no es, precisamente, el tratamiento de señorita, sino el uso público de un diminutivo confianzudo y privado. Y en eso, me temo, el viejo político no ha hecho más que atenerse a los usos consagrados en su partido. “Trini” es cómo llaman a la aludida incluso quienes la han apoyado en las susodichas elecciones internas; “Trini” es el nombre que ha aparecido impreso en los carteles. Y “Trini” es el nombre con el que esta baqueteada política, que es aún ministra, pasará a la Historia menuda de la corte madrileña, la que cantarán y escarnecerán los valleinclanes y galdoses del futuro.

Lo otro, el uso más o menos anacrónico de la palabra “señorita”, no me parece tan grave. Reconozco que a mí apenas me sale, tal vez por falta de ocasiones para usarla. En el trato social y profesional se impone enseguida el tuteo, seguramente porque ya nadie domina el arte de emplear las viejas fórmulas de cortesía en un trato que se quiere fluido y eficaz. Y sólo muy de cuando en cuando sorprende uno, en el habla de las personas mayores, o en el modo en el que éstas se dirigen a una mujer joven, este tratamiento al que, por qué no decirlo, no le sienta del todo mal el aire de ligero anacronismo que ahora tiñe su empleo. Antaño ser “señorita” implicaba no ser del pueblo llano, no ser meramente moza o muchacha, como lo eran las criadas y las campesinas. Esa discriminación real desapareció hace mucho. Lo otro, el tiquismiquis semántico que busca motivos de agravio en lo que son simples cuestiones de uso, promete en cambio tener larga vida. Como si no hubiera otras discriminaciones que combatir.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

miércoles, octubre 13, 2010

VIDA NUEVA

Llegaron por fin a mis manos los primeros ejemplares de Vida nueva, mi última novela, segunda de la trilogía en la que ando ocupado. La primera, Vacaciones de invierno, me deparó algunas satisfacciones, quizá porque lo que se sitúa en la infancia siempre facilita la identificación con los lectores; hasta el punto de que incluso algunos que, por su edad, era imposible que hubieran conocido determinados pormenores, digamos, ambientales, juraban reconocerlos, quizá por haberlos oído mencionar a sus padres o sus hermanos mayores y haberlos incorporados ellos a ese fondo de recuerdos inciertos que constituye la memoria que tenemos de la infancia.

En Vida nueva esos elementos de identificación siguen estando presentes; pero la fase que atraviesa la vida del protagonista, la adolescencia, es menos propicia a facilitar estos reconocimientos generales: la adolescencia es, al contrario, el momento de la individuación a toda costa, aun recurriendo a la extravagancia. Y si las extravagancias -ma non troppo- de estos adolescentes, encima, se nutren de elementos ambientales de una época tan confusa como lo fueron los años centrales de la llamada Transición a la democracia, es muy posible que no coincidan en absoluto con lo que algunos lectores recuerden de esos años; o, lo que es más relevante desde un punto de vista literario: que no coincidan con la historia más o menos oficial de ese periodo.

Pero una novela no puede consagrarse nunca a las generalidades, sino a lo concreto. Y esta memoria concreta de finales del año 86 en una ciudad de provincia -¿adivinan cuál?- es estrictamente fiel al recuerdo de este modesto cronista; y, sobre todo, a las tonalidades concretas con las que la memoria quiere pintar esos años; y que no coinciden, ay, con los de las imágenes algo gastadas de los documentales de Victoria Prego, pongo por caso; ni con la crónica triunfalista de quienes, por tener unos años más, se sienten protagonistas activos de ese tiempo. Uno tenía entonces sólo dieciséis años y veía las cosas de otro modo. Y aunque ese "uno" no se identifica necesariamente con el protagonista de la novela, por fuerza ha tenido que prestarle sus ojos y sus oídos. Lo que vio y oyó no siempre fue grato ni edificante; y, lo que es peor, parece tener todavía su peso sobre algunas percepciones del presente. La democracia española es un milagro, porque se construyo con materiales y personas que, en general, tenían muy poco de demócratas. La novela no responde -no es esa su función- a la cuestión crucial: ¿por qué logró estabilizarse y -felizmente- perdurar? Tal vez por que, más allá de lo que se decía y se vociferaba, la mayor parte de los españoles, absortos en sobrevivir a la crisis económica -la de entonces-, se oponía radicalmente a secundar cualquier aventurerismo político que empeorara la situación.

Naturalmente, los donnadies que alientan y parlotean en las páginas de mi novela no saben nada de tan importantes cuestiones: somos nosotros, en fin, los miembros de esa generación perdida que, entre los eslóganes que coreaban sus mayores y el desangelado pragmatismo de los más jóvenes, nunca terminó de levantar cabeza. Pero tampoco eso se cuenta en la novela. O, en todo caso, no es más que el fondo. Una novela es, tiene que ser, otra cosa.


Vida nueva se presenta en la Biblioteca Pública de Cádiz el próximo miércoles 20 de octubre a las 8 de la tarde. Me acompañará en el acto el editor de la misma, Antonio Rivero Taravillo, que también presenta su libro Macedonia de rutas. Posteriormente se presentará en Sevilla (30 de noviembre) y, en fecha aún por concretar, también a finales de noviembre, en Madrid.

lunes, octubre 11, 2010

SACHLICHKEIT

Encuentro a J.A.M. en faena ante lo que, por detrás, me parece que son dos lienzos. Le digo: "¿Es que ahora pintas los cuadros de dos en dos?". Pero cuando llego a su altura veo que lienzo sólo hay uno, y que lo otro es... un espejo. El pintor está pintando su autorretrato. Con su maestría habitual, todo hay que decirlo. Pero en su presencia me guardo el elogio, que cambio por alguna que otra pulla respecto al narcisismo que implica encerrarse con un espejo y dedicarse durante horas, o días (me dice que éste es el tercero que dedica al cuadro en cuestión), a contemplarse en el mismo. Disparo con pólvora mojada, claro; o, en todo caso, con esa clase de munición que hiere más a quien la emplea que al destinatario; porque ¿qué otra cosa hace un escritor sino mirarse toda la vida al espejo; esperando, de pasada, que ese espejo sea lo bastante grande para que también tengan cabida en la imagen -y, a veces, protagonismo- las figuras del fondo?

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Leo en este fin de semana Fuera pijamas, el libro de microrrelatos de mi amigo Antonio Serrano Cueto. El fin de semana pasada fue el libro de aforismos de Baltanás: me estoy convirtiendo en lector de brevedades, lo que no parece que sea malo (en estos casos, al menos), pero sí que define bastante bien a un hombre apresurado, al que asustan los tochos de quinientas páginas, por ejemplo.

Éste de Antonio Serrano tiene poco más de cien; pero, a cuento por página, su lectura exige un esfuerzo sostenido de atención y el frecuente recurso a la relectura de aquellos que, por haber sido abordados en un segundo de distracción, no han sido entendidos a la primera. No quiero insinuar con esto que la lectura de este delicioso librito haya sido fatigosa o aburrida: todo lo contrario, y eso a pesar de que, lo confieso, éste es el primer libro de microrrelatos que leo como es debido; es decir, no limitándome a pasar las páginas y a picar aquí y allá, intentando encontrarle la gracia a un género hacia el que me siento más bien refractario; y que, como el aforismo, rara vez he practicado de manera deliberada, y ello a pesar de haber sido incluidos algunos presuntos microrrelatos míos en un par de antologías... No lo eran, o lo eran sólo por aproximación, o por una estima meramente cuantitativa: porque eran cortos (aunque podían no haberlo sido), o porque, habiendo sido escritos bajo las premisas de otros géneros (artículo, entrada de diario, etc.), terminaron adquiriendo, por casualidad, características de relato breve.

No es éste el caso de los de Antonio: sus cuentos han sido concebidos desde el imperativo de intensidad y brevedad que exige el género; y, por lo mismo, estilísticamente están absolutamente despojados de ciertos elementos que delatan al texto breve concebido bajo otras premisas: no hay en ellos nada que parezca confesional o sentimental, no hay apenas lugar para que el escritor insinúe algo parecido a un punto de vista o juicio de valor respecto a lo que cuenta; y el tono predominante, como no podía ser de otra manera, es el que corresponde a un espectador ingenioso, distante y objetivo, a la vez que dotado de un afilado sentido del humor.

He disfrutado con estos cuentos, y es posible que su lectura me haya reconciliado, espero que definitivamente, con el género. Tras la lectura de un buen libro de microrrelatos el lector siente que el lenguaje común ha alcanzado nuevas cotas de precisión e intensidad, como en la poesía, sólo que la intención, aquí, no es hacer poesía, sino... otra cosa. Otra cosa que puede ser diametralmente opuesta, incluso, a la poesía. Y que, por tanto, es poesía también. Esa poesía desolada de la que están excluidos los sentimientos, pero no la inteligencia; como, pongo por caso, en algunos poemas de Rilke. La Sachlichkeit del poeta praguense podría ser, desde este punto de vista, la mejor poética posible de este género en boga.

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(Caigo ahora en la cuenta de que las dos entradas anteriores hablan de lo mismo, o casi.)

viernes, octubre 08, 2010

CLEMBUTEROL

Entiende uno la desazón que debe sentir el ciclista Alberto Contador ante la posibilidad de que lo sancionen, después de que se haya encontrado en su orina un rastro de clembuterol. Pero quisiera uno, ante lo previsible y anodino de la realidad, a la que ni siquiera un acontecimiento aparentemente tan sonado como la reciente huelga general consigue inyectar un poco de emoción, que todas las noticias tuvieran los ingredientes de ésta: la capacidad de suscitar en el público un debate moral respecto a la actuación del deportista; la posible relación del aciago resultado del análisis con una extravagante cadena de sucesos previos, entre los que destaca la búsqueda de un solomillo jugoso por las carnicerías de Irún; y, por último, la posibilidad, siempre gratificante, de un final feliz, en el que el injustamente acusado, esperamos, obtenga el necesario desagravio… Así deberían ser todas las historias, lejos de esa eterna inmovilidad que parece afectar a la información política, por ejemplo, que apenas da cuenta de actos y sí de dichos, y en la que la única posibilidad de desenlace se reduce a que esos dichos sean desmentidos por unos y reafirmados por otros.

Lo de Alberto Contador, además, nos remite a la única realidad tangible de la que puede fiarse un español: al sustrato cordial de la España galdosiana. En efecto, la historia del ciclista presuntamente "dopado" por comerse un solomillo recuerda a la de ese cesante que el escritor canario introdujo en la trama de Fortunata y Jacinta, y al que la ingestión de carne, que apenas probaba, causaba los mismos efectos que la de alcohol. Para reírse de él, y verlo reducido a la embriaguez más abyecta, sus amigos lo invitaban a veces a comer un filete. Bajo sus efectos, al pobre don José Ido del Sagrario, que así se llama el personaje de Galdós, le da por imaginar que su mujer lo engaña con un hombre rico… Se ve que los excesos proteínicos nunca nos han sentado bien a los españoles. La fantasía de honra vulnerada que atormentaba al pobre don José se corresponde ahora, grosso modo, con la mala conciencia que atormenta a quienes ingieren un filete y piensan que con ello están condenando a la inexistencia al Adonis o a la sílfide que llevan dentro. Fantasía por fantasía: un campeón español ingiere un solomillo y su probada deportividad queda en entredicho, como la bonhomía de Ido del Sagrario.


En Irún, por supuesto, se lavan las manos: "Hace años que aquí no se nos intoxica ninguna vaca", dicen. Y uno, que sigue viendo como los filetes que compra se encogen penosamente en la sartén, piensa que la realidad, después de todo, no es lo que cuentan los telediarios. En la realidad la carne roja, la más contundente de las materias animales, es un incierto combinado de sustancias misteriosas. Ya lo dice el refrán: lo que no mata, engorda. Y cómo.

Publicado el martes en
Diario de Cádiz

jueves, octubre 07, 2010

LO VIVIDO

Esta muchacha de tipo y color inconfundiblemente africanos, seguramente procedente de uno de esos países que en la moderna geografía humana ahora se llaman "subsaharianos", y que antes conformaban simplemente lo que se denominaba el "África negra". Está libre el asiento a su lado, en el autobús. Lo ocupo y cruzamos una breve mirada. Como siempre, abro mi carpeta y saco mis arreos de leer: lo que ahora tengo entre manos son los originales de un concurso de cuentos del que soy jurado... Y se me ocurre, mientras paseo la mirada por la tipografía casera de estas historias más o menos previsibles, y siento en la palma de la mano el contacto del gusanillo con el que están cosidos los folios, que los cuentos verdaderamente interesantes son los que ocupan a cada uno de estos personajes que me rodean, y que incluso mi breve convivencia diaria con ellos bastaría, aliñada con alguno de esos ingredientes extravagantes que constituyen el desencadenante de los cuentos, para deparar otras tantas historias. Y de pronto, como si la negra me hubiera leído el pensamiento, siento su apretada pierna derrumbarse sobre la mía. La miro: se ha quedado dormida. Yo mismo doy a veces cabezadas en este trayecto que, con su traqueteo monótono, se cobra la deuda de sueño contraída a lo largo de la semana. No me muevo, ni siquiera aparto la pierna, por temor a despertarla. Lleva la cabeza caída sobre el hombro. Duerme, como suele decirse, como una bendita. El sol de otoño que entra por la ventanilla no es ajeno al efecto soporífero del viaje. Uno, reconfortado por ese mismo sol, no quisiera otra cosa que reclinar la cabeza sobre la compañera de trayecto y abandonarse también al sueño. Pero...

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Lo que me preguntan en este amable cuestionario que me envía la editorial resulta, qué duda cabe, de una pertinencia abrumadora. ¿Se le ocurre -viene a decir- algún motivo por el que alguien quisiera leer su libro? Lo que me piden, en fin, es alguna razón plausible que pudiera alegarse a la hora de promocionarlo. Buena pregunta, me digo. Supongo que, si uno ha escrito ese libro, y ha hecho las gestiones necesarias para que unos pocos troncos de árboles, convertidos en pulpa de papel, sean empleados en darle concreción física, es porque tendrá buenas razones para incurrir en esa petición de confianza (la que se hace a los lectores) y ese dispendio ecológico. Y se me ocurre que un buen argumento a favor de la pertinencia de esta nueva novela mía (Vida nueva se llama) es el que apela a la identificación generacional, en un sentido amplio, con el lector. Un lector al que se invita a recorrer el mismo camino que previamente uno ha recorrido, en busca, no de las experiencias más o menos consagradas por la memoria colectivamente recreada de los años vividos, sino de esas otras sensaciones y experiencias que esa memoria colectiva ha querido olvidar o soslayar. Aplíquese a todo eso al marchamo periodístico con el que se conocen esos años (la Transición) y cada uno encontrará razones para reconocer que, pese a que todo lo concerniente a esos años está ya contado, lo que verdaderamente concierne a cada cual quizá esté ausente de esos relatos con final feliz. O que ese "final feliz", en fin, supone precisamente el olvido de todas esas desazones individuales.

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Estudios no terminados, años pasados en París, en Marruecos, en diversas ciudades españolas; otros tantos hombres... A sus veintiocho años, esta chica ha vivido más, muchísimo más, que éste que le lleva casi veinte de ventaja. O menos, quién sabe, porque todavía no está claro que en el cómputo de lo vivido pueda anotarse lo simplemente esbozado y no apurado del todo. Digo yo.

miércoles, octubre 06, 2010

ANACRONISMOS

De pronto, en el trabajo, olor a sardinas, procedente de un chiringuito próximo, todavía en funcionamiento. En la playa, viejos y gente que de alguna manera se ha sustraído, voluntariamente o no, a la rutina laboral. Una mujer ya entrada en años -me cuenta M.A., que la ha visto desde el coche, mientras me esperaba- parece haber cedido repentinamente a la tentación y se despoja de sus ropas para meterse en el agua en bragas y sujetador. Del verano ya sólo queda eso: los flecos, los gestos aislados, la extravagancia de lo anacrónico. Uno mira el mar desde un ventanal. Anda encabritado. Sí, también él reclama un descanso.

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Nos pasa, sobre todo, a las personas que nos consideramos ordenadas. A veces se nos pierde algo y uno lo interpreta, no como un simple azar perfectamente asumible, sino como una especie de colapso de las facultades en las que uno más confía. Se ha extraviado un simple papel, sí, pero lo que tememos es haber perdido la razón, la lucidez o la confianza en nosotros mismos.

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Quienes saben de esto dicen que lo verdaderamente incontrolable de nuestras cuentas públicas es lo que depende de las autonomías; es decir, que lo que no es viable, desde un punto de vista meramente contable, es la organización política y territorial del estado. No sé si eso quiere decir que ésta debe cambiar. Uno nunca ha sentido el fervor regionalista, y, cuando me han preguntado si prefiero monarquía o república, siempre he dicho que ni una cosa ni otra, sino... république. Aunque también ese bendito estado, que concentra sus máximos poderes en un presidente elegido y confía la organización del mismo a un Código Civil y el gobierno de sus regiones a la prefectura, deja mucho que desear cuando descendemos a la menudencia de la política diaria.

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Y ahora pienso en esos voluntarios de mi tierra que, ataviados con uniformes de comienzos del siglo diecinueve, han renovado hace unos días el voto patriótico por el que sus antepasados juraron resistir al francés. Cosa de las efemérides que se andan preparando, y que prometen tener mucho de mascarada. Y uno presumiendo aquí de todo lo contrario: de afrancesado.

martes, octubre 05, 2010

ALQUIMIA

No, esto que estoy haciendo ahora no puede llamarse labor "de documentación"; en todo caso, de mera ambientación sentimental. Leo, por ejemplo, estas cartas de hace veinticinco años. La información personal que contienen me sigue concerniendo y emocionando, qué duda cabe. Pero lo que realmente me interesa de estas cartas, remitidas desde Madrid, Londres, Jerusalén o Nevada, no es lo que quienes las escribieron me cuentan de sí mismos -tan convencional, imagino, como lo que yo les contaría a ellos en mis propias cartas- sino los inesperados detalles que dan sobre la realidad objetiva circundante. La descripción de un paseo, del bar desde el que me escriben, del tiempo que hace, de los libros que leen y los discos que escuchan... Ésos son los datos que, de pronto, me devuelven el color y la tonalidad sentimental de aquella época. Lo que, a su manera, constituye también una lección literaria de primer orden. Lo que importa en una novela no es lo que los personajes dicen de ellos mismos, sino lo que el entorno creado o recreado por el autor induce al lector a pensar sobre esos personajes, despojados de las máscaras bajo las que ellos mismos se ven... Quienes me escribieron estas cartas, naturalmente, son ajenos al uso que ahora hago de ellas. Desde aquí les pido disculpas. Y les digo ya que los personajes que han de aparecer en la novela no son ellos, no podrán serlo nunca, como el protagonista de la misma, por eso de la alquimia que afecta al escritor en cuanto se decide a escribir ficción en primera persona, tampoco puedo ser yo.

lunes, octubre 04, 2010

FLORES AJENAS

Lo malo de los buenos aforismos es que, por su brevedad, uno se siente tentado a citarlos, es decir, a copiarlos, lo que equivale a adornar el jardín propio con flores ajenas. Es lo que hago aquí con éste de Enrique Baltanás, perteneciente a su libro Minoría absoluta, que he leído este fin de semana (buena parte de él en voz alta, porque no podía evitar compartir con quienes me rodeaban algunas de las certeras formulaciones que aparecen en sus páginas):

No estoy seguro de que en el cielo hablemos latín, pero sí de que en el infierno hablaremos en esperanto.

Absolutamente de acuerdo, amigo Baltanás (otra de las cualidades de los buenos aforismos es que no cuesta imaginar que uno los ha pensado también).

***

También he estado leyendo lo que parece ser la edición definitiva y completa de ese libro o cuaderno inédito del que solía aparecer una muestra al final de todas las antologías de Blas de Otero: Hojas de Madrid, seguido de La galerna. Lo compré por un impulso sentimental: hace años que no releo a Blas de Otero, pero tengo bien presentes un puñado de poemas suyos que me gustan mucho, como algunos de los que dedicó a su Bilbao natal... Y no esperaba mucho de este libro nuevo, porque lo que suele publicarse de él en las antologías son largos poemas versiculares, monótonos y doctrinarios, que no resisten la comparación con sus poemas más certeros y concentrados.

Pero hace uno bien en seguir sus impulsos. Este tocho de casi cuatrocientas páginas contiene, en efecto, muchos textos que apenas son poemas, y sí largas, o cortas, retahílas complacientes, en los que el poeta gusta de citarse a sí mismo o retratarse bajo esa luz favorable bajo la que suelen verse los portadores de determinadas ideologías que, al parecer, ofrecen respuesta para todo. Pero, en medio de esa ganga -que puede leerse, en fin, como la argamasa que presta uniformidad tonal al conjunto, o como meros apuntes diarísticos-, hay un cierto número de poemas que realmente están a la altura de lo mejor que el bilbaíno escribió nunca. Algunos sonetos, por ejemplo (pienso en uno que titula "Fonseca" -en alusión a la conocida marca de puros cubana-, en el que el humo del tabaco y el alma se equiparan; o en el que pensó como colofón al libro, "Todo lo humano", o el que titula "El huerto" y es una evocación de Orozco, un pueblo vizcaíno asociado a la infancia del autor), o muchos poemas de amor, como el "idilio" casi juanrramoniano que concreta en el poema titulado "Nadie".

He sentido al leer estos poemas una clase de emoción que hacía mucho tiempo que echaba de menos en la poesía más o menos "inteligente", pero casi nunca cordial, que suele caer en mis manos. Ha merecido la pena el viaje.

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Ya tengo casa en Madrid.

viernes, octubre 01, 2010

EL DOBLADILLO

Pese a los anunciados rigores otoñales, la bonanza del tiempo nos ha seguido manteniendo en una agradable prolongación del verano. Se nota en el ánimo, todavía libre de los efectos del inminente cambio de horario que oscurecerá las tardes, y en la vestimenta. Las calles atestadas a media mañana son un desfile de sudorosos hombres en mangas de camisa y apresuradas mujeres que, por mor de las costumbres indumentarias, sobrellevan mejor las calores gracias a sus etéreas blusas y a la venia general para llevar piernas y hombros al descubierto. No quiere uno dar la impresión de ser un mirón, pero sería negar la evidencia no reconocer que ese panorama alegra la vista y redunda, allá donde se da, en una atmósfera de sano optimismo. En otras sociedades las mujeres van cubiertas de trapos de la cabeza a los pies; y eso, que puede ser muy respetable desde un punto de vista meramente cultural o antropológico, no parece corresponderse, en cambio, con los indicadores de progreso humano o material universalmente reconocidos. En Occidente, al menos, la desnudez absoluta o relativa ha tenido siempre un cierto prestigio. Era prerrogativa de los dioses, como muy bien sabían todos los artistas que se esforzaron alguna vez en representarlos. Desnuda está la Venus de Milo. Desnudas están las figuras divinas que cubren la bóveda de la mismísima Capilla Sixtina.

Por eso merece algún crédito, me digo, la curiosa “teoría del dobladillo”, de la que se ha vuelto a hablar en estas últimas semanas con motivo de los desfiles de moda que se han celebrado en distintas ciudades. Han proliferado en éstos, al parecer, las faldas largas, y se ha recordado que ya en los años veinte algún economista diagnosticó que éstas eran signo de crisis, mientras que las cortas indicaban ciclos de optimismo y prosperidad. Cortas –para lo que se estilaba entonces– fueron las faldas en los alegres años veinte, en los prometedores sesenta, o en la década hedonista que se extendió desde mediados de los ochenta hasta el comienzo de la aciaga y confusa “globalización” que hoy nos atenaza, en la que conviven peligrosamente el desenfadado desaliño urbano que predomina en Occidente y el rigor que preconizan los habitantes del desierto... Y largas han sido en todas las demás: en los años de la Depresión y la guerra, en la nihilista etapa
hippy, y, por lo que se ve, en la que ahora se avecina. Cubrirse, dicen los observadores, indica incertidumbre y miedo. Y eso es lo que toca.

O no. Porque la calle, que siempre va un poco a rebufo de lo que se exhibe en las pasarelas y de lo que dictan las estadísticas, sigue apostando por la pierna descubierta, por el impredecible vuelo de la telilla ingobernable alrededor de unos muslos bien plantados, por los escotes y los hombros al descubierto… Eso parece. Claro que el invierno está aún por llegar.

Publicado el martes en Diario de Cádiz