martes, noviembre 30, 2010

PAUSA Y FINAL

Hago una pausa en mi trabajo matinal -escribo esto en la mañana del lunes 29- para anotar que está nevando. Debería molestarme esta nueva contrariedad, que se une a las muchas que me hacen presagiar que en la presentación de esta tarde seremos cuatro gatos. Pero no: ver caer los copos de nieve, visibles contra el fondo verde y dorado que aporta la arboleda de castaños, chopos y algún que otro pino que tengo frente a mi ventana, en este barrio disperso, es un regalo que me quiere hacer el azar, para que mi última jornada completa en Madrid destaque, no por los nervios y las expectativas más o menos incumplidas que acarrea siempre la pública exhibición del trabajo propio, sino por esta nota melancólica y silenciosa, que cae sobre mi ánimo como un bálsamo, y me recuerda que, pese a la soledad patente y a lo mucho que he echado de menos a los míos, he disfrutado del privilegio de poder dedicarme durante unas semanas a un único propósito libremente elegido. Que he paseado hasta agotarme, departido largamente con amigos hasta exprimir ciertos detalles de esa memoria impersonal que forzosamente compartimos con otros, y que a veces requiere del concurso de los otros para concretarse; que he disfrutado de la paz laboriosa de los archivos que no visita casi nadie y del tráfago de la multitud; que he tenido tiempo de escribir unas decenas de cuartillas, de mantener este "Cuaderno de Madrid", que hoy cierro, de pergeñar incluso algún poema. También la lenta enumeración de estas vivencias tiene un efecto balsámico, confortador, como la propia caída de la nieve. Y, en todo caso, éstas son las impresiones que deben prevalecer -y el agradecimiento a algunas personas-, antes que el siempre insatisfecho balance del acto literario que me queda por solventar.

He quedado a las seis con L.M.D., mi presentador, para discutir los detalles del acto. Ahora, unas horas antes de la cita, sólo se me ocurre desear que esta nieve tenue de las ciudades, que casi nunca cuaja, me roce el hombro esta tarde y me otorgue su bendición. No para la literatura, que no importa, sino para el viaje de regreso.

***

Escribo esto ahora pasadas las once, ya de vuelta a casa después del acto. Que ha salido bastante bien, después de todo, a pesar de la nevada y del fútbol y de ser lunes y de tantos otros inconvenientes. Nos congregamos una veintena aproximada de personas: familiares, amigos, algunos escritores amigos también; incluso algunas personas a las que no conocía, lo que, en estas circunstancias, es todo un logro. La presentación de L.M.D., extraordinaria, no tanto por lo halagadora, como por revelar una lectura atentísima de mi novelilla. Y yo, en el ambiente cuasi conspirativo sugerido por el local -la trastienda de una librería-, casi no tuve que mirar mis notas y monologué a gusto sobre mis propósitos, mis fuentes, mis recuerdos del tiempo novelado. Todo salió aceptablemente bien. De lo que se deduce: a) no hay que ser derrotista (ya me lo dice mi mujer); y b) no hay que adelantarse nunca a los acontecimientos, por más que llueva o truene.

***

En el metro. Miro a esa muchacha y, al mismo tiempo, veo a otro hombre que la mira y, a su vez, se percata de que yo la miro también, mientras la muchacha se da cuenta de que los dos la miramos, y de la extraña semejanza que tenemos los dos: ambos rondamos la cincuentena, ambos lucimos, con la coquetería de los viejos, una incierta barbita cana, ambos llevamos bufanda a cuadros y gorrito de pescador... Llega un momento, en fin, en que los tres nos sumimos en nuestros propios asuntos y nos desentendemos de este lamentable juego. En el que, indudablemente, ha triunfado la muchacha: sana, fuerte, hermosa, segura de sí misma y vagamente desafiante de los elementos, en su ropa ceñida y algo desabrigada. Y que es la única que no ha tenido que sacar un libro para pensar en otra cosa.

lunes, noviembre 29, 2010

DE CONSAGRAR

Paso por delante de la sede del Instituto Cervantes, en la calle de Alcalá, donde se anuncia una exposición sobre "México ilustrado", es decir, sobre las artes gráficas en el país azteca. Y aunque, en principio, en esta estancia madrileña soy reacio a sacrificar horas de callejeo por visitas a exposiciones y museos, pienso que puede merecer la pena hacer una excepción, habida cuenta del nivel alcanzado por los impresores mexicanos a lo largo del siglo XX, y la influencia que sobre ellos tuvieron los exiliados españoles tras la Guerra Civil. Dicho y hecho: entro en la mencionada institución. Y me veo ante uno de esos arcos de detección de metales, y ante un hosco guardia de seguridad que me pide, con unos modales más bien inaceptables, que deje en una bandeja todos los objetos metálicos que lleve encima... Ya sé que no es éste el lugar para entonar la palinodia de los excesos a los que nos expone la actual paranoia sobre la seguridad en los lugares públicos. Transige uno con ella cuando no tiene más remedio: en un aeropuerto, por ejemplo, porque la alternativa es quedarse en tierra. Pero ante un acto tan puramente gratuito como es consagrar una parte de una mañana festiva a ver una exposición, las exigencias son otras. Le digo al guardia que no pienso vaciarme los bolsillos, y que, como no hay componenda posible, prefiero quedarme sin ver la exposición. No aguardo a ver qué cara pone: me doy la vuelta. Y mientras termino de descender la calle de Alcalá, en dirección a los mucho más acogedores tenderetes de libros de la cuesta Moyano, pienso en que el Instituto Cervantes, al fin y al cabo, no es la presidencia del Gobierno, ni el Congreso de los Diputados, ni el Pentágono. Y si la exigencia de seguridad consiste en ahorrarles riesgos a los visitantes, con más razón habría que implantar medidas de esa clase en cualquiera de las populosas cafeterías adyacentes, antes que en la propia sala de exposiciones, donde a la sazón no había un alma... Y se me ocurre entonces que, con esto de la seguridad, pasa lo que con los séquitos y escoltas de algunos hombres públicos: que muchas veces dependen del boato que el afectado quiera atribuirse, y no del riesgo real para su persona y la institución que representa. Bien haría el mencionado Instituto en gastarse los dineros en otras cosas, antes que en esos alardes de seguridad. Digo yo.

***

Eso fue el sábado. La noche anterior estuve en la Casa del Libro de la calle Hermosilla, presentando la novela de mi compañero de editorial Chesús Yuste. Un poco antes, di un paseo por los alrededores, es decir, por la muy exclusiva calle Serrano... Tampoco es uno partidario de la sociología fácil. Pero a veces las evidencias se imponen. Y no hay más remedio que constatar que el tipo humano que predomina en este barrio caro tiene poco que ver, pongo por caso, con el que se ve en Aluche, que es el honrado barrio obrero donde resido... Valga como ejemplo el tipo femenino, que es el que naturalmente absorbe mi atención, y más en estas semanas de melancólica soledad forzosa: aquí, en Serrano, predomina un tipo de mujer alta y extremadamente delgada, rubia casi siempre, bien vestida; en Aluche, en cambio, el tipo humano es diametralmente opuesto: mujeres menudas, de formas generosas, morenas, ataviadas con ropa barata de mercadillo o de rebajas... Abundan las inmigrantes de origen hispanoamericano, por lo que la belleza predominante podría relacionarse con la que ostentan artistas como Shakira o Jennifer López, mientras que las de las otras se parece a..., no sé... ¿Catherine Deneuve?. No es que un tipo de belleza sea superior al otro, o viceversa. Pero lo que está claro es la patente diferencia. Ante constataciones de esta clase, da uno algún crédito a La máquina del tiempo, la fábula siniestra de H. G. Wells, según la cual la diferencia entre clases sociales resultaría, con el tiempo, en una división de la humanidad en dos especies, los morlocks y los eloi, descendientes respectivamente de la clase obrera y de la burguesía.... Lo que no tengo claro, a diferencia de Wells, es cuál de éstas dos especies se convertiría en el depredador natural de la otra. Para Wells, ese vengativo papel recaería sobre los morlocks, por una especie de justicia histórica. Pero no: no me imagino yo a estas bellas princesas latinas, o a sus celosos acompañantes, con los que comparto la línea 5 del metro, asumiendo ese siniestro papel, que más bien correspondería a las vampíricas criaturas de Serrano. A los hechos me remito.

***

Tal vez por eso, para reconciliarme con la humanidad intermedia, dedico la mañana del domingo a dar un largo paseo que me lleva del Paseo de Oriente al barrio de Embajadores, y en el que me atengo exclusivamente a las calles menos concurridas. Sería demasiado largo anotar aquí los hitos de ese paseo, en el que constato otra realidad muy madrileña: la existencia de auténticas islas de calma y silencio en zonas en las que predomina, en las inmediaciones, un tráfago ensordecedor. Por ejemplo, la plaza del Conde de Barajas, casi al lado del muy concurrido y a veces inaccesible mercado de San Miguel: han puesto en esa plaza unos tenderetes (una veintena, aproximadamente) en los que venden cuadros. Los hay muy bonitos, y casi todos responden a una idea artesanal de la pintura que los "entendidos" de hoy despreciarían, por elemental y poco sofisticada. Llamo a mi amigo J.A.M., el pintor de Benaocaz, que anda organizando un mercadillo similar en su pueblo, y le describo el lugar en el que me encuentro y lo que en él sucede. No sé si aquí lo tienen más fácil. Supongo que el empeño de esos pintores de provincia es más puro y exigente, porque no se debe a una demanda más o menos previsible y permanente, como la del mercadillo que aquí tienen montado. Pero también es una suerte vivir y trabajar en una ciudad donde no hay empeño que no tenga su clientela. Claro que esto último, aplicado a la literatura, es una falacia: he conocido a escritores a los que el hecho de vivir en Madrid los ha convertido, si acaso, en autores más constreñidos a lo local, más limitados, más provincianos incluso que los que vivimos en el otro confín de la Península. Aunque acaso lo más prudente, a este respecto, sea no adelantar conclusiones.

***

Almuerzo con J. Y, después de las copas pertinentes, que nos llevan al filo del anochecer, damos un largo paseo desde Gran Vía al castizo barrio de Embajadores. La marea humana se adelgaza conforme nos vamos alejando de las calles céntricas. Y a la altura de las ruinas de las Escuelas Pías, antiguo refugio de yonquis y vagabundos, en la calle de Tribulete, la tétrica soledad de los barrios madrileños se nos echa encima. Tienen estas calles, sin embargo, una rara belleza, que se pone de manifiesto en su nomenclatura, en la fisonomía de sus comercios, en su capacidad de fagocitar para su tipismo incluso las novísimas oleadas foráneas que van monopolizando su comercio. Y mientras J., muy consciente de su papel de Virgilio en este peculiar Inferno, me va desgranando nombres y atributos de los distintos hitos del camino, anoto yo algunos de los que más me llaman la atención, o los que más eco tienen en mi memoria en trance de reactivación: el ya inexistente tabanco en el 21 de la calle Toledo, donde servían absenta; la mítica Bobia, en la calle San Millán (y que ahora, con otro nombre, es una cafetería insulsa); o la taberna de Antonio Sánchez, en la calle Mesón de Paredes, donde aún anuncian aquella especialidad de la casa que ya hace veinticinco años, cuando yo frecuentaba este lugar, me resultaba un tanto blasfema: el vino "de consagrar".

A las 1o J. se va a su trabajo nocturno y yo tomo el metro en la despoblada estación de Puerta de Toledo. Ha sido un día provechoso, qué duda cabe. Y estoy agotado.

viernes, noviembre 26, 2010

LOTERÍAS

Podría pensarse que es otra imagen de la crisis. Pero no: la que motiva estas líneas, aunque es una fotografía de gente que apela al milagro para salir de la estrechez económica, no es una imagen exclusiva de los tiempos de crisis. Se da incluso en los años buenos. Y lo asombroso, quizá, es que cada vez se anticipe más a su tiempo propio, que es el navideño. No es la nieve (¿qué se hicieron las nieves de antaño?), ni siquiera el adelanto de las compras propias de la estación. La imagen a la que me refiero es la de las largas, larguísimas colas ante las administraciones de lotería. Es éste un género que casi nunca se agota, lo que hace más misterioso aún el hecho de que muchas personas se agolpen ante determinadas expendedurías del mismo, como si temieran que se acabaran las existencias, o como si en otros establecimientos vendieran género averiado. Ni siquiera las leyes estadísticas pueden explicarlo. Porque lo lógico sería pensar que, por mera ley de probabilidades, un suceso ya de por sí muy excepcional, como es el que un número sea premiado entre muchos miles, es casi imposible que vuelva a repetirse en idénticas circunstancias que la vez anterior: por ejemplo, que se venda en el mismo sitio.

Pero en estas cuestiones relacionadas con el azar la lógica tiene poco peso. He pasado varias veces ante una de estas colas –en concreto, la que se forma ante un pequeño quiosco de lotería que hay en la madrileña Puerta del Sol– y en todas he estado tentado de preguntarle a alguno de los que allí esperaban: ¿Por qué hace usted esto? ¿Por qué no le compra un décimo a cualquier vendedor callejero, que los hay? ¿Por qué malgasta su tiempo, cuando la ley estadística dice que el décimo que le pueden vender aquí tiene las mismas posibilidades de ser premiado que el que le venden en cualquier administración lotera menos céntrica y renombrada?

No quiero imaginar las respuestas. Pero, seguramente, de ellas podría deducirse todo un tratado del comportamiento colectivo. Y quizá extrajésemos de él algunas enseñanzas. ¿Por qué el “tigre celta” (es decir, Irlanda) atraía inversores de todo el mundo hace apenas unos meses, y ahora se ha convertido en un apestado que debe pedir limosna en los foros económicos mundiales? ¿Por qué nuestro país, tan solvente y fiable hasta anteayer, se encuentra ahora al borde de ese mismo precipicio al que ya han caído irlandeses y griegos? Nos lo podría decir uno de éstos que aguardan para comprar lotería: “Pues… Verá usté… Me han dicho que aquí tocó el “gordo” hace veinte años… O que aquí están especializados en la venta de números capicúas. O que el vendedor es inmune al mal de ojo…”. Quién sabe. Juega uno poco a la lotería. Pero, visto lo visto, debería probar suerte con más frecuencia. Aunque sólo fuera para aprender algo de otras cuestiones aparentemente más serias.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, noviembre 25, 2010

UNIVERSIDAD CENTRAL

De nuevo en la Ciudad Universitaria, donde asisto a una mesa redonda sobre Ramón Gaya. Ofician varios amigos del pintor, y entre ellos algunos que también lo son míos. Cada uno en su papel: el que fue gestor de la cosa cultural recuerda el cainismo con el que muchos acogieron los escasos y, en todo caso, muy tardíos honores oficiales que Gaya recibió en vida; el profesor lee un cumplido y ameno ensayo en el que explica que el verdadero y definitivo desengaño de Gaya respecto al arte de vanguardia sucedió durante su exilio mejicano, es decir, cuando vivió en sus carnes esa especie de punto cero del arte, en ausencia de toda tradición, que preconizaban irresponsablemente las vanguardias europeas; el poeta (había varios, pero éste era sólo poeta, y nada más) leyó un hermoso y elocuente poema sobre Gaya, escrito tras su muerte; el editor recordó al Gaya amigo; y el escritor que casi convirtió a Gaya en un personaje de su extenso diario contó los orígenes de esa amistad, surgida cuando él fue a hacerle una entrevista para la "revista estalinista" para la que trabajaba... Cada uno, ya digo, estuvo en su papel, y el resultado no pudo ser más convincente. La nota emotiva la puso el cortometraje que se proyectó a continuación, en el que pudo oírse la firme voz de Gaya leyendo fragmentos de su Diario de un pintor, como fondo sonoro a unas bellísimas tomas venecianas, algunas de ellas rodadas por el propio Gaya con una cámara de Súper 8.

A la salida, para evitar el empacho stendhaliano ante tanta exaltación del arte, me formulo algunos apotegmas malvados, mientras avanzo casi a tientas por unas veredas sin farolas, en busca de la avenida principal del complejo, donde está la parada de metro. Me digo, por ejemplo, que si el acto se ha celebrado en un "templo del saber", como dijo, creo que con cierta sorna, uno de los ponentes, la ofrenda que se eleva en ese templo a la deidad titular no es otra cosa que... tortilla de patatas, pues a eso huele obsesivamente el vestíbulo y los pasillos del edificio. Y que tampoco parecían estar muy de acuerdo con la sagrada serenidad propia de la sabiduría la proliferación de pancartas reivindicativas, alguna muy agresiva ("Se acabó la paz social"), en ese mismo vestíbulo, muy en consonancia con el olor proletario de esa mala tortilla de cantina... Me acuerdo también del susceptible de turno, que, en plena intervención de uno de los ponentes, protestó porque le pareció que éste le hacía un feo a Morandi, con quien Gaya, según se dijo, rechazaba que lo compararan; y creo que fue ése mismo el que, al final del acto, cuando el moderador le concedió la palabra a regañadientes, reivindicó el antiguo nombre de la universidad, "Universidad Central", frente al que actualmente ostenta, y señaló con dedo acusador un escudo universitario que había en la sala, todavía ornado por el águila franquista...

Previamente me había despedido de los amigos. La parada de metro de la universidad estaba atestada. Predominio femenino. Y me acuerdo entonces de que mi amigo el poeta-poeta, entre cuyos poemas más afamados hay uno dedicado a la belleza de una muchacha desconocida con la que se ha cruzado por la calle, me celebró en la escalinata de la facultad, como certificando la autenticidad de su poema, a una hermosa chica de rasgos orientales que nos obligó a separarnos para cederle el paso...

miércoles, noviembre 24, 2010

TOPOGRAFÍAS

Paso medio día al pie del ordenador y medio día deambulando, que es también una forma de abundar en lo mismo; quiero decir, que es parte también del trabajo que estoy haciendo. Uno es hombre de rutinas, y acaso en la soledad se entienda mejor que nunca el sentido de éstas: llenar las horas, evitar el vértigo del vacío, tener en el propio trabajo el confidente que quizá le falta a uno. Pero no hay que exagerar: es una soledad elegida, parcial, alternada con largos y fructíferos intervalos de compañía que, a veces, como ayer, ocupan toda la jornada, o casi...

Hoy -escribo esto a las once de la noche- el día ha sido apretado: a primera hora de la mañana escribo la presentación del compañero de colección al que haré los honores el próximo viernes. Bajo luego a comprar el pan y a estirar un poco las piernas por este bendito barrio, tan laborioso y, al parecer, tan castigado... Dedico el resto de la mañana a dar forma narrativa a algunas ideas que terminé de concretar el día anterior, y que quizá den para un capítulo o dos de la novela en curso... Almuerzo, descanso un poco, acudo a una cita en el otro extremo de Madrid (una hora en metro), en la redacción del suplemento literario con el que colaboro. Y a la vuelta de la misma comienza el deambular propiamente dicho: me bajo del metro en la estación de Alonso Martínez y echo el rato en una conocida librería de la zona, especializada en libros en lenguas extranjeras. Pero, a pesar de que es una estupenda librería, no compro nada. Me lleva pasando desde que comencé este viaje: las bien surtidas y excelentes librerías madrileñas me dejan indiferente; y, en cambio, apenas salgo de la que motiva este comentario, me paro en un tenderete callejero de libros viejos, en la plaza de Santa Bárbara, y compro allí Brujas, la muerta, un libro de Rodenbach cuyo título me hechizó la primera vez que lo oí, y una bella edición de 1971 de Diario de un muchacho, de Kawabata, para la colección de libros japoneses de M.A.

Calmada la pulsión libresca, desciendo la calle Hortaleza, hoy muy tranquila, a diferencia de los fines de semana; me paro ante las estupendas zapaterías de la calle Augusto Figueroa, en silencioso homenaje a mi mujer y a mi hija, que no tuvieron apenas tiempo de hacerlo durante el fin de semana; me asomo a la plaza de Chueca, con intención de tomarme un vermú de grifo en cierta taberna en la que, sin embargo, desisto de entrar, porque hay demasiada gente, y sigo por Hortaleza hasta Gran Vía, no sin desviarme antes por la calle de la Reina, de la que me he hecho casi asiduo. El paseo tiene un propósito. Llevo treinta años viniendo a Madrid y, aunque me oriento con bastante exactitud por esta ciudad, y conozco muchos de sus lugares señeros, me falta a veces la interconexión entre esos lugares: es el resultado de ir siempre acompañado, de no tener necesidad de fijarme en los hitos o marcas distintivas de las rutas por las que me llevan. Estos largos paseos de ahora me sirven para unir las piezas de esa topografía dispersa; para sorprenderme, por ejemplo, de que la prolongación de Hortaleza, ya cruzada la Gran Vía, sea la mismísima calle Montera, que desemboca en la Puerta del Sol; desde la que busco, para engarzar una nueva cuenta a mi collar de lugares inconexos, la populosa plaza de Santa Ana, desde la que me oriento hacia la calle del León, donde tomo una caña en Casa Pueblo, y al final de la cual constato, casi con alborozo, que esta castiza calle conduce a... Antón Martín, mi punto de referencia para las tardes en la Filmoteca, las bajadas a Lavapiés o los paseos por Atocha hasta desembocar en la Plaza Mayor y, desde allí, bajar la calle Toledo para enlazar con el Rastro... Sé que estas anotaciones, digamos, topográficas pueden resultar aburridas. Pero ahora uso este cuaderno como mera libreta de anotaciones, y es esto lo que toca anotar.

***

Todas estas muchachas a las que no puedo evitar mirar a los ojos, pues van sentadas frente a mí en el metro, y ante las que tampoco puedo bajar la mirada, porque parecería que lo hago para mirarles las piernas, me hacen pensar en el verso de Baudelaire que culmina su poema "A une passante": O toi que j'eusse aimé. O toi, qui le savais.

martes, noviembre 23, 2010

COSA MENTALE

Posiblemente, nadie relacionaría un archivo público con un lugar de gozo. Y es muy probable que cualquier declaración que contradiga esta creencia redunde en demérito de quien la haga. En este mundo nuestro, donde las hazañas exteriores tienen tanto prestigio, la felicidad del hallazgo o de la mera gratificación de una curiosidad valen muy poco. Con todo, he de decirlo: esta mañana he sido inmensamente feliz durante las dos horas y media aproximadas que he pasado en el archivo de la Fundación Española del Ferrocarril. Un señor muy amable me ha puesto por delante una pila de tomos en los que había alguna posibilidad de que el solicitante (quien esto escribe) satisficiera alguna de las curiosidades que previamemente le había formulado. Tomos áridos, llenos de tablas, horarios, cuadrantes, datos técnicos. En los que encontré, sin embargo, no pocas confirmaciones de recuerdos borrosos, y no pocas incitaciones a nuevos recuerdos. El resultado: la concreción de un puñado de imágenes valiosísimas para mi propósito. Y la siembra de un puñado de dudas igualmente útiles. Por no mencionar, en fin, el valor intrínseco de este silencio estudioso, o la tácita comunidad de intereses establecida entre quienes aquí nos encontrábamos (entre los cuales no faltaba, en fin, un loco que hablaba solo), o la complicidad establecida con el bibliotecario, que dedicó esas dos horas de su trabajo a las mismas pesquisas y requisitorias que yo... Podría uno pasarse la vida en este ambiente, siempre y cuando se diera por sentado que esta existencia contemplativa es el reverso de esa otra vida más o menos inconsciente que retrospectivamente cobra valor gracias a la constatación de los detalles olvidados. Vida vivida doblemente, diríamos. Para qué, si no, escribe uno.

***

Y luego, el almuerzo con esta amiga que es también una impagable fuente de datos. Al principio, se siente uno un tanto vampiro, por este afán de sonsacar experiencias ajenas. Pero pronto queda establecido que esas experiencias, las suyas y las que yo, humildemente, aporto al intercambio confidencial, no son exactamente nuestras, sino las propias de un momento histórico, de un estado de ánimo colectivo, de un sentir. Lo que, sin embargo, no nos absuelve de determinadas culpas. Pero acaso sirva de algo haberse criado en una cultura cristiana: aquí también la confesión redime del peso de las faltas cometidas.

***

Acaso escribir, lo que se dice escribir, sea lo de menos. Es lo que decían aquellos pintores que, deseosos de ser absueltos de la tara de poseeer un oficio meramente artesanal, decían que lo suyo era cosa mentale. Lo es también lo mío. Pero hay que escribirlo, ay, además de sentirlo.

lunes, noviembre 22, 2010

TRANSGRESIONES

Quizá lo que más me ha llamado la atención de La red social, la película poco complaciente que han hecho sobre el artífice de Facebook, sea que presenta hechos acaecidos ayer, como quien dice (en 2003-2004, concretamente) como si hubieran sucedido hace décadas. El efecto distanciador se debe, en parte, al tratamiento fotográfico -predominio de tonalidades neutras, de una luz casi sepia, de nocturnidad e interiores-, y también a lo rápido que pasa el tiempo en ese mundillo de la innovación tecnológica; pero, sobre todo, a que la película retrata muy bien un ambiente, como lo es el estudiantil, por el que casi no pasa el tiempo: esa ranciedad característica de los colegios mayores, de los bares oscuros y ruidosos donde se concentra el muchacherío, de las habitaciones insomnes donde se estudia, se fuma, se bebe o se pierde el tiempo. Es lo mejor de la película, lo que prima sobre cualquier otro valor que se le quiera encontrar. Y contribuye poderosamente a su mensaje: ¿no estaremos todos los usuarios de Facebook siendo víctimas de una de esas agrias gamberradas urdidas por una mente aburrida en una habitación de colegio mayor?

***

O tal vez era yo el que estaba bajo los efectos de mis recientes merodeos por la universidad madrileña, tanto la privada -dejé algo anotado al respecto el otro día-, con sus crucifijos y sus maravillosas niñas malcriadas, como la pública, que aquí en Madrid presenta un aspecto preocupantemente ruinoso, con sus tristes fachadas de ladrillo visto recubiertas de pintadas absurdas, sus ventanas herrumbrosas, sus pretenciosos atrios porticados, con esa monumentalidad un poco siniestra de los edificios construidos bajo los auspicios de un régimen o un tiempo totalitarios (y que ahora, en fin, que vamos perdiendo el recuerdo de nuestro pasado fascista, recuerdan más bien a la arquitectura del otro lado del Telón de Acero...). Desde luego, si uno viene aquí, como es mi caso, a intentar una especie de experiencia de regresión, éste es el lugar adecuado. Almuerzo (muy bien, por cierto, y por un precio casi irrisorio) en la cantina de una de las facultades más antiguas del campus. La jovial camarera me trata como si yo fuera un joven estudiante de provincias o uno de esos "agregados a tiempo parcial" (lo he sido, ay, en mi universidad) que parecen aun más timoratos y despistados que los propios estudiantes. En otra cafetería me regañan un tanto expeditivamente por acercarme a la barra a pedir mi consumición sin haber previamente adquirido el correspondiente tique. También me asombra un poco la facilidad con la que un extraño puede deambular libremente por lugares que se suponen vedados. En el almuerzo antes aludido, me extravié buscando un retrete y acabé en un pasillo en cuyas puertas se anunciaban "bancos de tejidos" y otros horrores. Paseo con esa misma impunidad por otros edificios, mientras espero a mi anfitrión, J., que está impartiendo una clase. En el intervalo tiene lugar el impresionante crepúsculo madrileño sobre la inmediata Casa de Campo. Lo contemplo desde ese "pinarcillo junto a la Facultad de Letras" en el que Gil de Biedma situó su poema "Peeping Tom". Busco trazas de alguna escena similar a la descrita en el poema. Pero no, no hay envoltorios de preservativos ni ningún desecho de ese estilo, y sí muchos grajos y alguna que otra urraca hurgando entre la pinaza. Trato de imaginar aquí a mis personajes. Casi creo verlos. Es más, los estoy viendo, porque el desaliño, el aire inconsecuente, la mezcla de desamparo y fatuidad de estos estudiantes es la misma que la de aquellos otros. Siento una extraña emoción, que me oprime el pecho. Y me consuelo -eso fue el jueves- pensando que al día siguiente llegan C. y M.A.

***

Que, tras el concierto de la cantante famosa que ha motivado el viaje de mi hija, necesitan urgentemente un lugar donde reponer fuerzas. Encontramos un restaurante a punto de cerrar. Donde una de las hambrientas melómanas (no es C., ni M.A.) pide... un cocido, a la una de la madrugada. Los miembros masculinos del grupo, que no hemos ido al concierto, y que ya habíamos cenado, la contemplamos primero con escepticismo, luego con horror, y finalmente... con envidia. Acabamos todos compartiendo el sabroso guisote. Y ése es, quizá, después de un largo recorrido por garitos de distinto pelaje, el acto más transgresor de la noche.

viernes, noviembre 19, 2010

LA RISA DE ORY

Recuerdo la anécdota con bastante precisión, aunque no acierto a ubicarla en el tiempo: tal vez a mediados de los ochenta. El poeta gaditano Carlos Edmundo de Ory impartía un “taller de poesía” en una conocida institución local. Era numeroso el público allí congregado; en todo caso, más de lo acostumbrado, incluso entonces, cuando todavía no recaía sobre esta clase de actos esa tristeza medular que ahora parece afectar a todo lo relacionado con la cultura. Entonces no: entonces, recién estrenada la democracia y más o menos intactas las ilusiones que ésta suscitaba, los llamados “actos culturales” mantenían su condición de convocatoria cívica a la que se acudía con ánimo de goce.

En esa ocasión, ya digo, oficiaba Ory. Y en un momento de su charla animó a los concurrentes a decir un verso que recordaran. Siempre he pensado que estos ingenuos juegos literarios que se le ocurrían al poeta escondían una cierta retranca. No se trataba, creo, de suscitar emociones simples, sino de obligar al público a constatar la insuficiencia de ese ánimo sentimental en el que se incurre fácilmente cuando nos ponemos a hablar de poesía.

El caso es que empezamos a decir nuestros versos. Los había realmente muy bien traídos, los había cursis, los había malintencionados incluso. Ory asentía a algunos, apostillaba a otros; pero, en todo caso, se las arreglaba para convertir toda aquella ganga en un fluido vivaz e ingenioso, que nos recordaba que esos versos más o menos muertos fueron alguna vez palabra viva en labios de alguien. Tal vez ésa era su intención.

El caso es que me llegó el turno. Yo era muy tímido entonces; y, con el exceso de autoconciencia del veinteañero que quiere a toda costa reafirmarse, sopesé mis opciones: no sabía si pronunciar un verso que me gustara mucho a mí o uno que desconcertara al poeta oficiante… Me salió éste: “Ínclitas razas ubérrimas…”. Supongo que las rotundas palabras de Rubén Darío sonarían más bien titubeantes en el divertido silencio en el que transcurría el juego. Ory tuvo una reacción que yo no esperaba: soltó una sonora carcajada. No creo que se estuviera riendo del maestro nicaragüense, al que trató su padre, el también poeta Eduardo de Ory, y cuyo ejemplo fue determinante en la formación del excelente oído musical del hijo. Tampoco creo, en fin, que se riera de mi timidez, que más bien se esfumó ante aquella explosión jovial. Se reía… no sé; quizá del efecto de los años sobre esos versos poderosos y huecos al mismo tiempo; o de la falsa solemnidad de la que se reviste a veces a la poesía, que debería ser algo tan necesario y cotidiano como el propio idioma del que surge… Desde entonces, yo mismo me he reído así de muchas cosas que parecían sublimes. Es la mejor lección que debo al poeta gaditano, fallecido hace unos días en su casa francesa. Descanse en paz.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

miércoles, noviembre 17, 2010

EXPRESOS

La antigua estación de Delicias, ahora convertida en Museo del Ferrocarril, es idéntica a la estación vieja de Cádiz; sólo que la han conservado tal cual era y no ha pasado por la ignominia de una "rehabilitación". Paseo por sus andenes y es como cuando lo hacía de niño por los de la ya inexistente estación de mi ciudad, reducida ahora a mera carcasa. También un museo es una carcasa. Pero estos museos industriales, con sus grandes espacios abiertos y con esa afluencia de público (niños y viejos, sobre todo) que les garantiza una ciudad tan dinámica como Madrid, nunca se resienten tanto de su condición como los museos encerrados en un edificio. Venía yo aquí con la esperanza de encontrar uno de aquellos trenes expresos que dejaron de utilizarse hace apenas veinte años, pero que ya entonces parecían cosa del pasado. Pero no tengo suerte: a lo sumo, alguna máquina más o menos coetánea, y un cierto aire de familia en el vagón, más antiguo y lujoso, que han habilitado como cafetería del propio museo (y del que emana un muy oportuno olor a café recién hecho, creo que algo mejor que el brebaje que se bebía y se bebe en los trenes verdaderos). Pregunto al encargado de la taquilla si tienen un archivo que se pueda consultar. Y me remite a las oficinas, donde, después de sembrar no poca inquietud entre los empleados, no muy acostumbrados a los requerimientos inoportunos, me muestran unas fotos digitalizadas, siempre de reliquias ferroviarias y de trenes lujosos, y no de los que la gente normal usaba en el país pobre y deslavazado que fuimos hasta anteayer -y que parece que volveremos a ser, ay, pero sin esos vestigios decimonónicos-. Hasta la empleada reconoce esa carencia. Tomo nota de una página web que me aconseja consultar y de la dirección de otro archivo público que podría serme de ayuda. Y salgo de allí con el corazón encogido por la certeza de que lo verdaderamente irrecuperable no es el pasado remoto, arqueológico, sino el meramente vivido, sobre cuyas ruinas hemos tenido que edificar el precario presente. Sin que nadie se ocupara de guardar las reliquias de lo que tanta prisa teníamos en destruir.

***

En la conferencia de este escritor amigo, en una prestigiosa universidad católica madrileña. Entre el público, una veintena de alumnas. La conferencia tiene un tono bienhumorado y las muchachas ríen cuando la anécdota o la oportuna inflexión irónica lo exigen. La que tengo a mi lado, en concreto, emite una especie de gemidos que pueden interpretarse como signos de asentimiento y simpatía, lo que ya es mucho, sobre todo teniendo en cuenta que, para apreciar esta especie de revisión crítica de la historia oficial de la literatura española, primero hay que conocer esa historia, y tener alguna base para juzgar las razones de la discrepancia, y quizá eso sea mucho abarcar para una persona de apenas veinte años... Me digo que deben de estar bien aleccionadas, y quizá la ideología de esta universidad no sea del todo ajena a la defensa de ese ideal revisionista (en el que, pese a todo, encuentro muchas ideas atinadas). Las chicas, además de reír oportunamente, toman abundantes notas. Pero algo falla. Y entonces me doy cuenta de que la muchacha que tengo a mi lado, además de estar muy pendiente de la pantallita de un teléfono móvil, y de teclear de vez en cuando algo en él (lo que, después de todo, parecía simultanear muy bien con el seguimiento de la conferencia), mantiene un diálogo por escrito con la compañera que tiene a su derecha, y las notas afanosas que la he visto tomar no eran sino comentarios jocosos dirigidos a su interlocutora, y que ésta también contesta. Una utiliza un bolígrafo verde, la otra uno negro. Y caigo entonces en la cuenta de que los gemidos que antes tomé por muestras de sintonía con el humor del conferenciante no eran sino risas ahogadas, motivadas por el diálogo jocoso que mantienen las dos... Nada de esto, por supuesto, va en detrimento del valor intrínseco de la charla, que es brillante, y que me da que pensar. Pero, incluso en el caso de que estas muchachas pudieran estar verdaderamente interesadas por la historia y crítica de la literatura española, una cosa es evidente: en ese recorrido no hay atajos. Tendrán que apechugar, primero, con lo que dicen sus manuales. Y luego, si acaso, discreparán. Y de poco sirve intentar ahorrarles parte del esfuerzo.

***

Compra un montón de plátanos verdes, de ésos que se consumen fritos en la cocina hispanoamericana. La dependienta china se los va pesando y le va diciendo el precio total: dos euros, dos con cincuenta, tres... El comprador añade un par de plátanos más. Tres cincuenta. "Ya no me llega", le dice a su compañero. "Quita los últimos que has puesto". Pero se había equivocado al contar las monedas que tenía en la mano, y al final puede saldar la cuenta, y hasta le sobra: llevaba dos monedas de dos euros.

martes, noviembre 16, 2010

QUEST

Las peligrosas atribuciones que un novelista puede creer que tiene, y que le pueden poner en más de una situación comprometida ante los demás. No comenté ayer, por ejemplo, la profunda desconfianza con que no dejó de mirarme el encargado del bar de barrio en el que me senté a tomar notas, en medio de una clientela que estaba allí poco menos que en familia (alguno, literalmente, en pijama). "¿El señor está servido?", me preguntó, viendo que mi copa de Chinchón estaba casi intacta. "Sí, no necesito nada, gracias". Luego estaba la cuestión de la casa en la que quiero localizar la acción. Recuerdo con bastante exactitud cómo era. Pero J., mi acompañante habitual en estos paseos, me sugiere que tome el toro por los cuernos y llame directamente al timbre y le diga al actual inquilino que deseo ver su casa... No cometeré ese abuso, desde luego. Lo que sí sopesé, por fantasía, fue visitar un semisótano en venta, en el mismo edificio. Pero por la ventana abierta pude atisbar un poco de la intimidad de esa casa todavía habitada: un tendedero, un televisor encendido, una boisserie con los habituales bibelots seguramente baratos y sin carácter... No, tampoco voy a aprovecharme de las prerrogativas del presunto comprador. La memoria ya corre por sus fueros y bien puede imponerse ciertas limitaciones a su necesidad inicial de acicates externos. Peor fue lo del Archivo, el lunes por la mañana. La página de "servicios" de un periódico de hace un cuarto de siglo me pone en la pista de un dato que no lograba visualizar: la ubicación exacta de cierta comisaría. Me late el pulso con fuerza. Pero, como necesito más detalles, le pregunto a la bibliotecaria. Ésta me mira con cara de extrañeza: ¿para qué demonios le pregunta este desconocido por la ubicación exacta de una comisaría? Me siento en la obligación de dar algunas explicaciones, y tímidamente comento que estoy escribiendo una novela. Se lo toman muy bien. Para el detalle concreto que les preguntaba me traen una de esas impagables guías de comercios y servicios del año sobre el que estoy investigando. De alguna manera, siento que la búsqueda, la quest, está dando lugar a otra novela que quizá no llegue a escribir, pero de la que estas anotaciones son ya el esqueleto.

lunes, noviembre 15, 2010

CONSTATACIONES

Fin de semana resuelto en una serie de largos y fructíferos paseos. El primero, de contenido preferentemente gastronómico, el viernes. Por indicación mía, quedamos en La Venencia, en la calle Echegaray, en homenaje a mi amigo el pintor J.A.M., que siempre me ha celebrado mucho este sitio. Encanto bohemio sí que tiene; aunque me sugiere V., uno de los convocados, que incluso la mugre es falsa, y es más bien un efecto pictórico... No sé. La manzanilla, en todo caso, es buena, como lo es también la de El Patio, en la casi inmediata calle Arlabán, en la que V. es recibido muy cariñosamente, como reciben en estos locales a los compadres y amigos de toda la vida (él lo es, por vía paterna). Se siente uno un poco extraño en estos ambientes andaluces un poco de pega, aunque ni el vino ni la butifarra al estilo de Chiclana lo sean... Y pasa uno sin remordimiento de este exotismo cercano a este otro, algo más impostado, del Edelweiss, que es el restaurante que J. ha sugerido para almorzar. Cocina alemana, cerveza en jarras de cerámica, fotos del Berlín de entreguerras... Sólo falta que nos calentemos y entonemos el Deutschland über alles, el himno alemán, del que no se canta ya más que una estrofa, pues las otras han quedado asociadas a los fervores nacionalsocialistas... La comida, en cualquier caso, resulta tan apabullante como la más exaltada efusión nacionalista. La mini-bomba, que incluye codillo, chuleta de Sajonia, salchichas, puré de patatas y Sauerkraut, nos deja a todos anonadados. Para digerirla, vamos al O`Donnell, una taberna más o menos irlandesa de la calle del Príncipe, en la que tenemos un pequeño altercado con la camarera respecto a cómo se deben servir los gin-tonics de ginebra Hendrick's. Allí, por lo visto, no tienen noticia de que este aromático brebaje ha de acompañarse preferentemente de rodajas de pepino, y servirse en vaso ancho... J.M., que es quien había sugerido recalar allí, pide el libro de reclamaciones y consigue que nos cambien los vasos... Todo resulta un tanto desenfocado, irreal, y me alegra salir de nuevo a la noche madrileña y acompañar a J. al mercado de San Miguel, a donde va a buscar unos níscalos que necesita para un guiso que piensa preparar al día siguiente...

***

En el que me despierta el canto de una urraca que, al parecer, se ha afincado en el jardincillo que tengo al pie de mi ventana. Es una especie de graznido impertinente, en tono de reproche. Levanto la persiana y veo al pájaro con su plumaje arlequinesco. Su elegancia parece un tanto fuera de lugar en este entorno suburbano, con un descampado y una ruidosa carretera como fondo. Pero agradezco su bienvenida y me pongo inmediatamente en marcha. Quiero recorrer una zona de Madrid que asocio a determinados episodios de mi novela en ciernes. Tomo el metro hasta la estación de la Latina y salgo a la plaza de la Cebada. La calle está apacible; tanto, que invita a andar despacio y con talante contemplativo. La zona apenas ha cambiado en los últimos veinticinco años. Quizá entonces -no sé, lo tengo que comprobar- el viejo teatro de La Latina estuviese cerrado y ruinoso, y en el solar que se extiendo junto al mercado se alzase el perfil de un polideportivo, que han debido de derribar no hace mucho. Entro en el mercado: con muchos puestos desocupados, y con el imponente espacio que definen sus cúpulas racionalistas encuadrando un cierto desamparo, que no parece desentonar del todo con la estética de los puestos de casquería (dos) ni con la desorganización general. En los primeros, por cierto, zarajos, entresijos y cabezas de cordero lechal: esos terribles manjares para pobres que tan bien parecen armonizar con el humor un tanto descarnado de esta ciudad.

De la Plaza de la Cebada a la de la Paja, bajando por la Costanilla de San Andrés. Al final de la misma, interpuestos entre la plaza y la calle Segovia, los jardines del Príncipe de Anglona, a los que probablemente les queda grande el nombre -son unos modestísimos jardines, más propios de una casona sevillana o granadina que de este austero barrio-, pero que constituyen un islote de paz y silencio en medio del ajetreo de la ciudad. Sólo se oyen los chasquidos de unas tijeras de podar, manejadas por un jardinero invisible, y el zureo de las palomas... Y caigo entonces en la cuenta de que es la segunda vez, en el curso de esta mañana, en la que reparo en el canto de los pájaros.

Habrá una tercera: el canto de los periquitos en Las Vistillas. Me dice J., para rebajar el posible exceso de lirismo de estas constataciones, que esos periquitos o cotorras son aves parasitarias en el delicado ecosistema madrileño, y que están causando la extinción de los gorriones... Sea. Desciendo la Cuesta de los Ciegos, en cuyo nombre aprecio una nota de crueldad, dado el esplendoroso panorama que desde aquí se contempla, y tomo una copa de anís, para calentar las entrañas, en un desabrido bar que me trae recuerdos ambiguos y que ocupa la esquina de la calle Segovia con Mazarredo. Caigo entonces en la cuenta de que apenas me separan del río unas decenas de metros, y de que, a pesar de haber rondado muchas veces estos parajes, nunca me he dignado a asomarme al modesto y digno Manzanares, que discurre allá abajo. Lo hago. Me parece estar en otra ciudad. En Sevilla, por ejemplo, la ciudad fluvial por excelencia. Una Sevilla que admitiese entre sus bellezas la de un espectacular palacio neoclásico y la menos lograda, pero en todo caso imponente, de una catedral híbrida y falsa, que parece responder más a los furores neocatecumenales de un tiempo de fe insegura que a las certeras seguridades de los siglos en los que se alzaron las verdaderas catedrales... Sigo hasta Plaza de España, hago una última comprobación en la calle de Martín de los Heros y tomo el metro en la estación de Ventura Rodríguez, de vuelta a casa.

***

El domingo en el Rastro. Sin ánimo de comprar nada, ni siquiera libros ("Me estoy quitando", le digo a mi sorprendido acompañante). Unos caracoles en la calle de Toledo y unos callos en la Cava Baja. Un gin-tonic en la calle La Reina, para resarcirnos de la penosa impresión del otro día. Y una última copa en el café del Real, ésta ya por motivos profesionales: también forma parte este local de mi geografía sentimental; y, como no ha cambiado absolutamente nada en los últimos veinticinco años, pasar allí la tarde, discutiendo de lo divino y lo humano, constituye una auténtica experiencia de regresión... A casa cansado, pero satisfecho. A un escritor se le debería permitir dedicar su tiempo exclusivamente a estas constataciones. Y que el negociado correspondiente del Ministerio de Cultura (o del Interior, ahora que se ha librado de los toreros) corriera con los gastos. Digo yo.

viernes, noviembre 12, 2010

PREEMINENCIAS

La vida cambia y a veces es difícil encontrar argumentos para oponerse a los cambios, aunque la memoria sentimental de uno no termine de encajarlos. ¿Que la ley ha decidido zanjar la algo espinosa cuestión de la primacía del apellido paterno sobre el materno, y ha dictaminado que, a falta de indicaciones precisas por parte de los padres, sus apellidos figurarán por orden alfabético en la inscripción del recién nacido? Miel sobre hojuelas, porque resultaba difícil no asociar la costumbre abolida a resabios que hoy nos parecen reprobables. La única reserva que me planteo al respecto es de orden, digamos, lingüístico: tal como se ha formulado hasta ahora, el conjunto de nombre y apellidos entrañaba un significado. Si yo le revelo a alguien que me llamo “José Manuel Benítez Ariza”, no sólo le estoy transmitiendo el conjunto de letras o fonemas que uso para identificarme, sino que, además, le estoy comunicando, según las costumbres vigentes cuando me impusieron ese nombre y esos apellidos, que los he tomado de una nomenclatura que usan normalmente los hablantes de lengua española, que es un nombre de varón, que se inscribe en una tradición cultural en la que los nombres de las personas suelen tomarse del santoral, y que mi padre se apellida “Benítez” y mi madre “Ariza” (a no ser, claro, que en el momento de serme impuesto esos apellidos me afectara algunas de las excepciones que también la ley de entonces hacía al respecto). No digo que esos datos sean imprescindibles, pero el caso es que están implícitos en el nombre que uso, y así lo entiende la mayoría de las personas a cuyo conocimiento pueda llegar.

El tiempo ha ido aligerando esta carga semántica. En una noticia del año ochenta y seis que he leído por casualidad estos días, un juez de entonces negaba a un padre el derecho a llamar “Lenin” a su hijo. Hoy sería posible ese nombre, como ya lo son otros como Kevin o Elisabeth; con lo que la doble premisa de que el nombre pertenezca al ámbito cultural español y al santoral (bueno, depende de qué santoral: Lenin debe de ser un santo para quienes visitan su mausoleo) ha quedado eliminada. Algún nombre habrá ya por ahí que sirva lo mismo para hombre que para mujer. Y en cuanto a los apellidos, no quiere uno pensar en las complicaciones que tendrán los futuros genealogistas para rastrear los ancestros de sus clientes.

Yo sé que mi abuelo fue Benítez, como lo fue mi bisabuelo, etc. Para establecer esa cadena, muchos apellidos de mujeres han quedado postergados, y eso es injusto. A cambio, yo le encuentro alguna utilidad a mi nombre: me permite saber algo de mí, dónde he nacido, quiénes fueron mis ancestros masculinos. La nueva norma difumina todo esto en aras de la equidad. Bienvenida sea. Pero acaso hayan quedado difuminadas muchas otras cosas, además de la preeminencia masculina.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, noviembre 11, 2010

LENTEJAS CON FOIE

El paseo de hoy termina en el bar del NH del Paseo del Prado, donde el amigo J, y yo degustamos unas lentejas con foie y unas manitas de cerdo con sepia... Un capricho dentro de nuestra frugalidad, pues estos paseos consisten principalmente en largas caminatas donde se habla de todo y se deja volar la memoria hasta que aflora lo más insospechado. Esta estancia en Madrid es, sobre todo, una experiencia de regresión, apoyada en lugares, nombres, perspectivas. Y, sobre todo, contrastes. Qué lejos estas lentejas con foie de, pongo por caso, las tortillas con salsa brava para cinco con las que nos dábamos por cenados en el Callejón del Gato, hace veinticinco años... Por la mañana había escrito cinco folios a un espacio, el equivalente a unas doce páginas impresas... Me asusta esta facilidad, que no es tal, sino mera afluencia de datos, escenas y personajes largamente premeditados. No volveré de Madrid con una novela acabada, sino con una deuda contraída, que habrá que satisfacer a lo largo de muchos meses. Entonces vendrá lo difícil.

***
A la vuelta, me critica J. por mi presunta devoción, dice, hacia el columnista A., al que yo leo en su periódico y él oye en la radio. Dice J. (y yo lo creo) que en las tertulias radiofónicas A. no dice más que simplezas. Y yo le digo que eso es comprensible, y que no hay ninguna correlación entre el acto de razonar bien por escrito y el de defender un papel en una tertulia. Se puede hacer muy bien lo primero y muy mal lo segundo, como es el caso. ¿Que por qué se emperra un escritor competente en hacer lo que no sabe? Ésa es la cuestión. Tal vez porque añora el aplauso que no le deparan sus columnas. O tal vez porque, cuando se critica a un extremo, uno se gana frecuentemente la admiración del otro, y es más difícil prescindir de estas adhesiones sobrevenidas que haberse labrado previamente la hostilidad de los detractores naturales de uno. Digo yo. Que. como no tengo ni detractores ni admiradores, sobrevenidos o no, de estas cosas no hablo más que de oídas.
***
Previamente, J. me lleva a una relojería de la calle Serrano, a la que ha confiado un hermoso reloj de pulsera comprado a un anticuario, con la pretensión de que esa relojería certifique la autenticidad de la pieza. Nos atiende un hombre pálido y estirado, de apariencia metódica. El reloj ha sido enviado a Suiza (ha hecho dos veces el viaje, puesto que la primera vez volvió con la corona suelta) y allí han dictaminado que la maquinaria sí es original, pero que la caja es "nacional"; es decir, que el reloj es una especie de imitación, explicable por las leyes arancelarias de la época, que ponían trabas a la importación de relojes, pero no a la de piezas sueltas, lo que favorecía la creación de estos híbridos. Esta complicada gestión no le ha costado nada a mi amigo: la casa sólo presupuesta la reparación de relojes originales. Salgo de allí admirado, no sólo del ojo clínico de J., que no se engañaba sobre la valía de la pieza, sino de la probidad de la marca, que tan exacta memoria guarda de su trayectoria y sus productos. Uno, que se conforma con que un reloj dé la hora, no tiene tantas pretensiones al respecto. Pero reconozco la belleza de estos trajines, y agradezco a mi amigo que me haya hecho partícipe de este pequeño capricho suyo, de tan largo recorrido.
***

Las putas de Montera. Todavía no hace frío, pero uno las imagina siempre ateridas. Debe de ser por lo exiguo de los vestidos, y por el gesto característico de esperar con los brazos cruzados.

miércoles, noviembre 10, 2010

UNA PROMESA

Nieve en el Guadarrama, especialmente en la montaña que llaman Bola del Mundo o Alto de las Guarramillas, visible desde la zona de Collado Villalba a donde he venido a pasar el día con una amiga. Frío de sierra, limpio y cortante, bien distinto de ese otro frío un tanto polvoriento y como cargado de pesadumbres que anida en las ciudades, en la ciudad por antonomasia de estos contornos. Ya en el trayecto de ida me sorprendieron los grandes encinares que se extienden desde donde terminan las afueras de Madrid, más allá de la Ciudad Universitaria, y donde empiezan los primeros polígonos y núcleos de población de la Sierra Norte. Extensiones en las que extraviar la mirada, y en las que no desentona del todo la irrupción de un machadiano tren de cercanías. Ya al amanecer, después de la noche hosca, un arcoiris un tanto melodramático puso su nota dulzona y colorista sobre las arboledas de Aluche. Un arcoiris, no hay que olvidar el mito bíblico, es una promesa. Y el día la cumplió.

martes, noviembre 09, 2010

HIGADITOS

No, no es que existan una España negra, atrasada y retrógrada, y una España renovada que tenga que vencer la resistencia de la primera para aflorar. Existen dos Españas negras, de signo contrario. Y, en ocasiones, un mismo acicate las saca a las dos a la calle, donde cada una cree estar representando todo lo contrario de la otra. Pero no: representan lo mismo: ignorancia, simpleza, reducción del pensamiento libre a eslóganes más o menos biempensantes, ostentación gratuita de convicciones que se creen irrebatibles, vulgaridad. Y es que las dos ignoran lo esencial: tanto el pensamiento libre como la espiritualidad verdadera -que no deben confundirse con el librepensamiento burdo o con la beatería- son flores que sólo crecen en la soledad. Porque tanto el uno como la otra se traducen -tendrían que traducirse- en formas más depuradas de individualidad. Y qué mal parada queda la individualidad cuando pretende reafirmarse en una masa que vocifera.

***

El tiempo ha empeorado; es decir, empieza a mostrarse como corresponde a la estación. En buena ley, si la perfección reside en que cada cual alcance la plenitud que le corresponde por naturaleza, tendríamos que decir que ha mejorado. Ya es lo que tiene que ser. Aunque quizá, como ocurre con ciertas personas, hubiéramos deseado que persistiese en el error más tiempo.

***

Mientras examina las bandejas en el expositor de carnes del supermercado, a esta mujer se le cae una al suelo. Higaditos de pollo, creo. Ni corta ni perezosa, recoge con la mano las vísceras esparcidas por el pavimento y las vuelve a poner en la bandeja, que cierra y deja en el expositor, a la espera de que algún incauto se la lleve. Siento el impulso de delatarla a algún empleado. Pero, ¿quién me dice que los propios empleados, cuando se les cae algo, no hacen lo mismo? ¿Quién se anda con tanto escrúpulo? Desecho de inmediato el pensamiento: sería imposible vivir en un mundo en el que no concediésemos un mínimo voto de confianza a los demás. Aunque la experiencia lo desaconseje.

lunes, noviembre 08, 2010

CONCIENCIA TRANQUILA

Sin escribir en este cuaderno desde el miércoles. Y eso que se supone que estos días soy dueño absoluto de mi tiempo. Pero el tiempo tiene a veces un modo particular de llenarse, independiente de los deseos o expectativas de su presunto dueño y administrador. El jueves asistí a un acto literario y luego, para sacudirme las neuras, timideces y demás excrecencias de las que le salen a uno cuando juega en campo ajeno, me metí en un cine, a ver la última de Woody Allen, Conocerás al hombre de tus sueños. Una película bastante sombría, nada apropiada para levantar un estado de ánimo que ese día estaba bastante baqueteado ya por la soledad y las inseguridades. Para colmo, a la vuelta me salté una parada de metro, lo que me obligó a desandar un larguísimo trayecto. Llegué a casa tarde y con pocas o ninguna gana de anotar las vicisitudes del día en este diario.

El día siguiente fue mejor. Fui al Archivo de la Comunidad de Madrid y allí me trataron espléndidamente; como si, en vez de estar recabando datos para una novelilla, lo estuviera haciendo para redactar el estudio definitivo que ha de sacarnos de la crisis, resolver el enredo político permanente en que vivimos y abrirnos unas inmejorables perspectivas de futuro... Una muchacha muy competente me puso sobre la pista de una colección de revistas de la época en las que encontré datos, estadísticas, fotos y artículos relativos a muchas de las cuestiones que pretendo abordar en la novela. No hubo más que revisar toda esa documentación y echar la memoria y la imaginación a volar. Para celebrarlo, almorcé fuera de casa, con I. y mi sobrinilla, que viven cerca, y la sobremesa se alargó hasta bien entrada la media tarde, así que... ese día tampoco me sentí con ánimos para acercarme a este cuaderno, aunque esta vez por motivos diametralmente opuestos a los del anterior.

Durante el fin de semana, como es mi costumbre, respeté mi autoimpuesta veda de escribir en este cuaderno en día festivo. Y eso que me hubiera gustado anotar el excelente ánimo que me llevó el sábado a la Filmoteca a ver Death of a Gunfighter, un extraordinario western que Don Siegel no reconoció como suyo, pero que lleva su sello, y que anuncia, en su oscurísima trama (que trata sobre un pueblo que decide "sacrificar" a su viejo y brutal sheriff en aras del progreso y la modernidad), anuncia otras del discípulo predilecto y aventajado de Siegel, Clint Eastwood. Por la mañana revisé el primer capítulo de mi novela, ya más o menos encauzada, y comencé la corrección de pruebas de Pintura rápida, el dietario que me va a publicar la benemérita colección Álogos. Recibí también un correo de un amigo músico, Juan Antonio Verdía, que quiere armonizar mis villancicos laicos, los que mando por navidad a los amigos, de cara a un concierto navideño que anda preparando... Tal vez por eso el domingo, con la conciencia ya tranquila después de haber constatado que los días cunden, dediqué la mañana a adecentar el piso, como una ama de casa cualquiera. Iba a decir "amo", en masculino, pero así no me salía lo que quería decir.

sábado, noviembre 06, 2010

ORO

Ya que son tantos quienes se arrogan la capacidad de predecir cuándo será el final de la crisis, o cuáles serán los indicadores que señalarán ese momento portentoso, no creo del todo inapropiado echar yo también mis cartas en el asunto. Podremos estar seguros de que la crisis habrá terminado, me atrevo a diagnosticar, cuando cierren todas las tiendas de compraventa de oro que menudean ahora en el centro de nuestras ciudades. No es que tenga yo nada contra ese negocio, que imagino perfectamente legal y respetable. Sólo que tiene uno sus, digamos, inclinaciones estéticas, y son éstas las que me llevan a postular que ese tráfico de objetos preciosos no debería haber abandonado nunca las covachas del usurero o la fría pulcritud burocrática del monte de piedad, que eran sus territorios naturales, para salir a la luz de las calles céntricas y comerciales. Ni tampoco debería haber cambiado su clientela de siempre –caballeros calaveras, hijos de buena familia arruinados, damas de la alta sociedad que empeñaban una joya para silenciar a un malvado que amenazaba con arrebatarles la honra– por la triste parroquia que uno imagina ahora haciendo cola ante sus mostradores: parados, viejos, amas de casa, dispuestos todos ellos a vender lo poco valioso que poseen para pagar con lo obtenido un plazo de una hipoteca o comer caliente una semana más.

Esta circulación del oro por el mundo dicen algunos que equivale a la de la sangre por los cuerpos: es signo de vida. Aunque hay también filosofías que igualan el oro al excremento, y que interpretan el afán de acumularlo como una manifestación sublimada del extraño reflejo que lleva a algunos a mantener bien apretados sus esfínteres, a la espera de un placentero momento de desahogo que nunca llega. Y, por lo mismo que hay quien enferma de tanto aplazar ese instante, también hay quien mantiene una relación morbosa con el preciado metal amarillo, del que nunca quisieran desprenderse. Hasta los niños reconocen la similitud: la estampa del tío Gilito nadando sobre su montaña de monedas se parece mucho a la de un cerdo revolcándose en su inmundicia.

Por eso anda uno por la calle y tiene la sensación de estar asistiendo a un tráfico obsceno. Movido por la curiosidad, atisba uno el interior de esas tiendas acristaladas, tras cuyo mostrador espera uno encontrar a un viejo encorvado que se frota las manos mientras espera a su clientela. Yo no sé ustedes: yo nunca he visto a ninguno de esos presuntos clientes. De que existen da fe la proliferación de establecimientos del ramo. Pero seguramente eligen una hora más discreta para hacer sus transacciones, o entran directamente por la puerta de atrás. Como hacían, en fin, los señoritos calaveras, los vástagos de buenas familias arruinadas, las damas en apuros. La pobreza es siempre un melodrama. Y hace llorar.


Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, noviembre 04, 2010

MENOR DE VEINTICINCO

Llamar "documentación" a lo que estoy haciendo sería sin duda muy excesivo. Utilizo la prensa del periodo sobre el que pretendo escribir, sí, pero sólo a modo de acicate de la memoria: la ojeo (la hojeo) y dejo que la mente divague y me vaya trayendo ocurrencias, recuerdos, personajes, reacciones, comentarios, etc., que tengan que ver con la historia que tengo entre manos, y respecto a la cual las cuestiones documentales no pueden ser más que un fondo lejano, difuso, porque, de lo contrario, el resultado de mi trabajo se parecería a una mera novelización de los hechos, o a ese antipático ejercicio de Historia ilustrada que lleva a cabo la serie de televisión Cuéntame (de la que, por cierto, sorprendí ayer el rodaje de una escena en plena calle).

Nada más inapropiado a mis propósitos, por tanto, que lo que pude hacer ayer en la hemeroteca municipal de Madrid. Su sede está en obras, por lo que han habilitado unas instalaciones provisionales en una especie de casetas prefabricadas. La precariedad de la instalación y la consiguiente incomodidad ya son por sí mismas incompatibles con el relajado ritual en torno a la memoria del que hablaba antes. Pero peor aún es la materialidad de la consulta, que no puede hacerse sobre periódicos impresos, ya que sólo están disponibles los fondos microfilmados. Y apenas llevo una hora ante la pantalla, visualizando imágenes y letras en negativo, cuando mi vista de présbice se da por vencida. Ahora entiendo por qué los tesinandos han de ser preferiblemente jóvenes, contra la evidencia de que la capacidad de relación que exige un trabajo de esa clase no se desarrolla hasta mucho después: para estar a la altura de los esfuerzos que exige una tesis doctoral hay que disfrutar de unos ojos incansables. Y ése no es mi caso.

***

Por eso, para aprovechar que estoy en el centro, me voy al Prado, a ver la exposición temporal de Renoir que tienen allí. El Impresionismo en pintura, como el Modernismo en literatura, es uno de los periodos que más me interesan, quizá porque ofrece un ejemplo práctico de cómo mantener la vigencia del empeño artístico cuando se ha perdido la fe en las convenciones y técnicas del pasado, devenidas meramente "académicas". Un paso más y estamos en la Vanguardia, es decir, en el caos. Pero a lo que iba: de todos modos, cuando el Prado ofrece su espacio a un pintor que se sale del ámbito temporal al que este museo está consagrado, siempre teme uno que éste salga perdiendo en la comparación... Paso junto a las salas dedicadas a Velázquez, a los venecianos: ¿qué hace el pobre Renoir, tan suelto, tan decorativo, tan ligero, al lado de estas pinturas macizas, imponentes, que parecen contener cada una un mundo, y no ser solamente una tela pintada?

Renoir, pese a todo, no me decepciona. O lo hace sólo en la medida en que intenta ser académico, como en sus últimos cuadros, esos desnudos que parecen (algunos, no todos) maniquíes o muñecas de cera. Pero hay otros (cierto amanecer resuelto a brochazos, cuando el pintor confiaba plenamente en que el cuadro terminaría de resolverse y mezclarse en el cerebro del espectador; o cierto retrato de adolescente, lleno de vivacidad, o ciertos paisajes asimétricos, antipictóricos, que parecen decirnos que la realidad no posa, no se ordena según esquemas compositivos, y simplemente "está ahí"), hay otros, decía, que bien justifican las largas colas y la visita masificada.

***

Pero lo que yo quería anotar (se nota que tengo tiempo, y por eso me explayo) es el segundo recordatorio de mi edad que he padecido en una misma jornada. Como al entrar en el museo vi que se anunciaba un descuento a los visitantes "debidamente acreditados", y uno anda haciendo economías, entendí que la tal acreditación bien podía referirse a mi carné de estudiante, que lo tengo, porque aún lo soy de doctorado en la UCA... Muestro el documento, muy bien hecho, con foto del interesado y textura de tarjeta bancaria... Y la joven y hermosa señorita que atiende el mostrador me dice que el descuento por tener carné de estudiante sólo se aplica a menores de veinticinco años. Ya sé que ni un ciego me atribuiría esa tierna edad, pero... En fin, como no anda uno falto de carnés y tarjetas, le enseño a la muchacha el documento casero que me hicieron hace un año en el instituto, y con el que un profesor puede identificarse cuando acompaña a sus alumnos en una excursión, por ejemplo. No es un documento homologado, y cualquiera podría diseñar uno igual con un procesador de textos y una impresora. Pero la chica lo da por bueno. Tanto, que ni siquiera me hace pagar la tarifa reducida. Entro de gorra, en fin. Y es entonces cuando caigo en la cuenta de que la función del trámite de entrada que acabo de pasar no era tanto hacer pagar a cada visitante según su condición y posibilidades, como ahuyentar las falsas expectativas que éstos puedan tener respecto a sí mismos. A lo mejor así el arte se asimila mejor.

miércoles, noviembre 03, 2010

LOGÍSTICA

En un remate de libros situado en la galería central del Carrefour de Aluche encuentro... nada menos que la Odisea en la versión inglesa de George Chapman; la misma sobre la que escribió Keats un memorable soneto, en el que compara las impresiones recibidas en su lectura con las que debió de sentir el conquistador Cortés (me imagino que el poeta quiso decir Núñez de Balboa) cuando contempló por primera vez el Pacífico desde las costas de Darién. ¿Quién dice que las grandes creaciones del espíritu rehúyen el contacto con el común de los mortales? Ahí estaba esta joya -tres, cuatro ejemplares de la misma-, en las puertas mismas del Carrefour, en un tenderete; y al mismo precio que, pongo por caso, una bolsa de nueces peladas (lo digo porque compré una, para aviarme una ensalada Waldorf para el almuerzo).

***

Tal vez este descubrimiento me resuelva el problema logístico del que hablaba ayer: sí, esta modesta edición en rústica cabe en el bolsillo de mi abrigo; con lo que, mira por dónde, mis tránsitos por el subsuelo de Madrid habrán de ajustarse a la cadencia de los endecasílabos de Chapman.

***

No hay día, en fin, que no tenga una hora buena y otra mala. La buena de éste fue la que me deparó el hallazgo antes referido; la mala... no la contaré, pero tiene que ver con esos afanes en los que uno se emperra y que, a la postre, no sirven para nada.

***

En la Filmoteca, por último, para ver Marcado por el odio, la película de Robert Wise en la que Paul Newman da vida al boxeador Rocky Graziano. Es una película espléndida en todos los sentidos; pero el resabiado público de esta sala encuentra risibles, por ejemplo, las trapisondas en las que el protagonsta incurre continuamente, y que le llevan a pasar seis años de prisión. Uno, que ha conocido a más de un adolescente incapaz de hacer otra cosa que estropearse la vida, tiene otra visión sobre el asunto. Pero el caso es que el buen cine termina imponiéndose incluso a sus espectadores más recalcitrantes. Y, al final, la sala aplaude, después de sufrir con Newman uno de esos combates agónicos que se ganan cuando ya parecían perdidos.

***

A la puerta de la filmoteca, por cierto, un equipo de rodaje. Me informa la amable taquillera que son los de a serie Cuéntame, que han elegido el bar de enfrente -un bar anclado en el tiempo, que lo mismo podría servir para ambientar una escena de los años cuarenta que una actual- como decorado.

***

Y como voy pensando en estas cosas, me confundo de metro y acabo deshaciendo el camino desde Puerta Sur a Casa de Campo, que es mi estación de referencia. Media hora de camino. Al final, mi primer día de completa soledad se me ha quedado corto.

martes, noviembre 02, 2010

COMPAGNON

Leo Las ilusiones perdidas, de Balzac: un buen novelón para llenar muchas horas solitarias, y uno de esos compagnons que nunca dejan de proporcionar alguna idea útil a quien está en trance narrativo. Me acuerdo también de mi reciente lectura de Proust. Cuánto debe este último a Balzac. Y qué poca distancia hay entre los numerosos retratos de encuentros de sociedad que hace el primero y las páginas que su predecesor dedica, por ejemplo, a la fiesta que da madame de Bargeton para presentar en sociedad al arribista Lucien de Rubempré. (Y qué poca, también, la que separa al innominado protagonista de À la recherche... de este último personaje; sólo que, en el caso de Proust, su trasunto queda fuera de la acerada mirada que el autor dedica al resto del elenco; lo que no deja de ser una debilidad, después de todo.)

***

Para lo que no sirve este novelón de setecientas páginas, desde luego, es para distraer los largos trayectos en metro desde el menesteroso y honrado barrio de Aluche al centro de la ciudad. Entre otras cosas, porque no hay bolsillo en el que quepa. Envidia uno a estas muchachas que sacan tranquilamente de su bolso cualquier novelilla intrascendente o algún libro de autoayuda y distraen de ese modo el trayecto. Yo no tengo otra cosa a mano que el plano del metro o los juegos y recursos del teléfono móvil, y no hago uso ni de uno ni de otro, por no delatar mi condición foránea o por no parecer idiota. Tengo que buscar urgentemente un libro del tamaño de mi bolsillo. Para que me acompañe.
***

Acompaño a mi sobrina y a sus padres a pasear por el parque Tierno Galván, que está muy solitario en esta tarde de festivo. Es un parque limpio y cuidado, y, como toda la zona, respira una cierta ufanía de clase media a secas, o de clase media baja. Que, como suele suceder, produce también una inquietante sensación de fragilidad. Bastaría una pandilla de gamberros, por ejemplo, para convertir este hermoso y solitario parque en un infierno. Como bastaría, en fin, que la actual crisis económica durara unos años más para que ni siquiera hubiera una clase media capaz de disfrutarlo.

lunes, noviembre 01, 2010

APPLE MARTINI

Largo paseo matinal por Madrid. Llueve, escampa, llueve, escampa. Se enfunda uno el gorrito de pescador que saca los días de lluvia, y, cuando menos se lo espera, siente el sol calentando la tela impermeabilizada. Día extraño, un sí es no es desazonador, como la propia circunstancia en que me hallo. Tengo un mes por delante para explorar estas sensaciones de la soledad. Ah, sí, se me olvidaba: y para encarrilar una novela de la que ya tengo el ambiente, los personajes, el final..., pero no lo que ocurre en medio, que es lo que he venido a descubrir.

***

Mientras tanto, mis pasos me llevan a una exposición sobre Fellini y su mundo. En principio, una recopilación algo complaciente de lugares comunes en torno al cineasta. No hay, como suele ocurrir en estas ocasiones conmemorativas, ningún intento de separar lo mejor de lo menos bueno. Y eso que lo mejor de Fellini (La Strada, Las noches de Cabiria, La dolce vita) puede figurar, sin lugar a dudas, entre lo más granado que ha deparado el séptimo arte. No así, claro, las películas narcisistas, autocomplacientes, que empezó a dirigir después de Ocho y medio. Incluso ésta puede considerarse una gran película, si no se acuerda uno de que fue el comienzo de una deriva que condujo a un cine deslavazado, improvisado, casi de amateur, dirigido sólo a los incondicionales.

De la exposición me quedo, no obstante, con dos cosas: el énfasis que alguna de sus secciones hace en que, a pesar de la predisposición de Fellini a sacar en sus películas toda una galería de fenómenos de feria, la mirada que proyecta sobre ellos no es burlona o cruel, sino básicamente compasiva; y lo que se dice en algún momento sobre su método de trabajo: que, cuando se disponía a iniciar una película, ponía un anuncio en el periódico y se sentaba a esperar que acudieran a verlo todos los chiflados que creían que podían aportar algo a la misma; hasta reunir un copioso material del que solamente aprovechaba una centésima parte, sí, aunque el resto, afirma, no podía darse por desperdiciado: había contribuido lo suyo a tejer la atmósfera, la tonalidad final de lo resultante.

Anda uno en esa etapa un poco narcisista del trabajo propio en el que, cuando lee las confidencias de otro respecto a sus creaciones, tiende a asimilarlas a las intuiciones propias. Es un reflejo vanidoso, claro, que hay que combatir. Pero qué afines me parecen, ahora, esas entrevistas a fondo perdido del cineasta, tan parecidas a mis propias indagaciones sin rumbo, ramificadas, dispersas, a a las que me cuesta imprimir un rumbo más definido, porque intuyo que todas las impresiones recibidas en este periodo previo tendrán su peso, su influencia, en el resultado final.

***

Y entre unas cosas y otras, me llega la hora de comer, y no me veo con ánimo de hacerlo en el centro, en medio de las multitudes ruidosas que ha congregado aquí el puente festivo. Me alejo de esas calles atestadas, voy descartando uno a uno un sinfín de restaurantes y bares muy prometedores, sí, pero en los que desentona claramente la presencia de un solitario; al que, a lo mejor, como ya me ha sucedido en otras ocasiones, ni siquiera le dan mesa, por eso de no comprometer un espacio con quien va a dejar tan poca ganancia. Dudando, dudando, llego a la periferia, donde el caso es justo el contrario: los bares desiertos tampoco invitan a entrar. Finalmente, llego a casa; y, gracias a la laboriosidad de los tenderos chinos, que nunca cierran, me procuro un paquete de spaghetti, unas cebollas y una lata de atún, y con eso avío el almuerzo.

***

Y la noche, que termina en Del Diego, en la calle de la Reina. Mi acompañante me dice que no cambiaría a una cincuentona por ninguna otra mujer, y la verdad es que aquí las hay elegantísimas, muy guapas, muy ricas. Se diría que aquí nadie se pregunta por el precio de los cócteles, y por eso no figuran en la carta. Tomamos unos cuantos apple Martini. Y con eso el día, que había empezado bajo una tonalidad más bien pesimista, cambia de signo.