viernes, diciembre 31, 2010

FIN DE AÑO

Redacto en la tarde del jueves la que seguramente será mi última anotación del 2010. En algún momento de este año me he planteado que este diario, que ya tiene una entrega publicada en libro y otras dos en imprenta, y material para otras dos, también tendría que tener fin. Pero no me atrevo a ponérselo ahora, no, precisamente cuando me está mostrando, a través del trato que en él adquiero con mi cotidianidad presente, algunas maneras de abordar literariamente la cotidianidad ajena o pasada, de cara a mis novelas, y muy especialmente la muy complicada que ahora tengo entre manos. Así que amenazo con seguir llenando cuartillas -pantallas-. Es decir: año nuevo, hábitos ya viejos.

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Y puede que ese ánimo retrospectivo tenga algo que ver con el pequeño ciclo dedicado a Neville con el que me he regalado últimamente. Domingo de Carnaval, El crimen de la calle Bordadores, La torre de los siete jorobados... Neville es, sin duda, un caso aparte en el cine español, y casi diría en el europeo, si no existiera Max Ophuls -y, quizá, el primer David Lean-, cuya nostalgia por cierta Viena inexistente es equiparable a que Neville manifiesta hacia un Madrid que tampoco existió jamás, y que acaso se parecía más a la pesadilla que retrató Solana -tan admirado por Neville, por otra parte- o a la grisura de la que dio cuenta Baroja, que a ese escenario de folletín en el que, sin embargo, el cineasta acierta a formular certeras observaciones sobre la vida, el paso del tiempo, o la posibilidad de una existencia a escala verdaderamente humana... Qué impresionante, por cierto, la secuencia del entierro de la sardina, con la que termina Domingo de Carnaval... Que estas películas hayan agradado también a C., mi hija, habitualmente muy poco complaciente con lo que conoce del cine español, es un motivo añadido de satisfacción. Y, también, que no achaque esta racha al madrileñismo retrospectivo en el que anda inmerso su padre, y del que seguramente no saldrá hasta que haya terminado su dichosa novela.

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Día realmente feo. Suelen serlo los últimos del año, por mera circunstancia meteorológica. Días que favorecen el ánimo retrospectivo. ¿Ha sido un buen año el 2010? Estamos vivos, sanos, razonablemente ilusionados. Toquemos madera...

jueves, diciembre 30, 2010

FONTANERÍA DEL ALMA

No estoy escribiendo una novela: estoy, literalmente, viviendo en ella. Y lo que parece borroso, imaginado, apenas pergeñado, es la realidad. No sé si eso es bueno o malo.

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En cuántas presentaciones de libros míos me hubiera dado por satisfecho si hubiera firmado tantos ejemplares como comprobantes de compras con tarjeta bancaria firmé ayer, en una apresurada ronda de adquisición de regalos navideños, en la que iba sin dinero en efectivo. "Esto lo guardo para cuando seas famoso", me dicen algunos amigos a quienes he dedicado un libro de puño y letra. Pero qué duda cabe de que el verdadero valor contante y sonante de mi firma es el otro.

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"No le diga usted a la compañía que le he recogido las juntas de la cocina", me dice este fontanero que me ha enviado el seguro para instalarme un grifo y hacer algunas reparaciones menores". "¿Por qué no?", le pregunto. "Porque las juntas cuya reposición incluye la póliza son sólo las del baño". Me quedo admirado de tan afinada casuística, y de las igualmente afinadas consideraciones que habrán tenido que hacerse los autores de la misma para llegar a establecerla. Luego dicen que la teología. Porque, ¿qué diferencia verdaderamente esencial hay entre extender un cordón de silicona alrededor de un fregadero y luego recoger el sobrante con el dedo, y hacer lo mismo en una bañera? Pero el mundo es complicado, y uno debe conformarse con opinar de lo que entiende. Y eso, según.

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Ahora, al terminar esta serie de anotaciones, me doy cuenta de que la primera queda invalidada por las otras dos. No, no estoy tan en Babia como parece, me puede el peso de la cotidianidad. Y lo que verdaderamente supone estar escribiendo una novela, en relación a estas menudencias de la vida diaria, es hallarse, digamos, en ánimo de trasvase. Sí, no sería extraño que un personaje de mi novela se las viera con un problema de fontanería. De fontanería del alma, se entiende, que de eso es de lo que tratan las novelas que a uno le gusta leer y escribir.

martes, diciembre 28, 2010

BASURA

Un amigo músico, Juan Antonio Verdía, ha armonizado uno de los poemillas navideños con los que suelo felicitar a los amigos. Lo "estrenó" el día 26, en un concierto navideño que ofreció al frente de una coral polifónica. Asistió uno con humildad, asumiendo la doble extrañeza de aparecer implicado en el más improbable de los géneros músico-poéticos con el que se me pudiera relacionar, y de que una pieza mía figurase al lado de otras procedentes del acervo popular, aquilatadas éstas por el tiempo y el favor de quienes las han cantado, mientras que la mía, pese a estar escrita en verso de arte menor y cumplir externamente las convenciones rítmicas necesarias, presentaba, digamos, una cierta incompatibilidad de pensamiento y espíritu con las demás. No ya por evitar intencionadamente toda referencia religiosa y sustituirla por una reflexión poética más acorde con las que suelen expresarse en mis otros poemas, sino por estar ésta plasmada en una dicción y un fraseo no del todo compatibles, creo, con el canto: oraciones largas, incisos y paréntesis, encabalgamientos... El compositor asumió estas dificultades como un reto añadido, y logró adaptar el metro a un sencillo esquema musical: una especie de sevillana lenta, a varias voces, un sí es no es irónica respecto a su letra... Me satisfizo el resultado, no ya por la mera complacencia de oír unos versos míos con música, sino por haber salido más o menos airoso del trance que se me planteaba. Porque, en efecto, quizá no sea del todo poesía aquello que no puede cantarse.

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Me pasa con ciertas acreditadas muestras del "cine artístico" de todos los tiempos lo que con algunas grandes obras literarias: puedo reconocer su mérito, sí, pero no llego a disfrutarlas. Lo comprobé ayer, de nuevo, con La gran ilusión, la conocida película de Renoir sobre unos oficiales prisioneros en la Primera Guerra Mundial. Se atreve Renoir a poner en escena la paradoja de cómo unos enemigos perfectamente civilizados, que en su trato diario se dedican las más exquisitas muestras de cortesía, y que pasan el tiempo entregados a aficiones cultivadas, tales como traducir a Píndaro o, en un terreno más lúdico, montar números de music-hall, acaban sucumbiendo a una barbarie que supera ampliamente las inclinaciones y creencias individuales de cada cual, y que los devuelve crudamente a su condición de enemigos enfrentados; o, más crudamente aún, de víctimas y verdugos. Veo la película con agrado, y asiento a su tesis, que me parece inteligente y oportuna -la película está filmada en vísperas de la Segunda Guerra Mundial-. Pero no logro implicarme en ella, no logro entender a estos hombres que parecen haber subordinado todas sus emociones a las exigencias de la situación, y parecen sobrellevar ésta con una insólita ligereza... Carencias, imagino, muy propias del cine de ideas, que se da por satisfecho si logra plantear una tesis, antes de suscitar una emoción. Y lo que es peor aún: este planteamiento está en contradicción con el modo de filmar de Renoir, con sus ampulosos planos y movimientos de cámara, que parecen incluir una promesa de mayor indagación humana y de sostenida atención hacia las cosas concretas, antes que hacia las abstracciones que éstas puedan encarnar. En fin, vuelve a decepcionarme (y van dos) esta prestigiosa película. Y vuelvo a constatar la terrible verdad de que, a la hora de hacerse con un cierto número de referencias artísticas con las que uno pueda identificarse o explicarse, de nada sirven los cánones o los repertorios hechos: hay que verlo todo, hay que explorarlo todo (o lo que buenamente uno alcance), y hacerse con un canon o repertorio propio, que es tanto como lograr una mirada propia sobre el mundo.

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Compras navideñas. La sensación, cada vez más patente, de participar en algo parecido al ataque de una bandada de aves carroñeras sobre un muladar. Y no me refiero sólo al lado moral del asunto: también a la evidencia física de que el objeto de nuestra avidez se deteriora con el manoseo, el trasiego, el amontonamiento, y termina pareciéndose demasiado a la simple basura.

lunes, diciembre 27, 2010

CRÍMENES NAVIDEÑOS

Durante tres días seguidos, la misma imagen al amanecer: el cielo despejado; y a nuestros pies, encajada en el valle, una nube densa, que nos hace pensar que cuanto queda por debajo de la cota que ocupamos está sumido en una espesa niebla. Por un raro privilegio, pues, habitamos el trozo de mundo que queda por encima de esa niebla, nos pertenece el sol, la gélida transparencia de estos días claros de invierno, los perfiles nítidos de las montañas circundantes, el azul apenas manchado aquí y allá por un girón de nube -algunos, prendidos de la falda de Sierra Alta, semejan humaredas inmóviles, procedentes de otros tantos vivaques improbables diseminados por la pared rocosa-. Sensación de naufragio, de estar rodeados por un mar encrespado y algodonoso, cuya apariencia blanda no nos engaña, pues sabemos que por debajo anida la oscuridad y el frío húmedo. Luego, hacia el mediodía, cuando no nos queda más remedio que descender a ese abismo -nuestro fin de semana ha terminado- la nube se ha disipado ya; o, simplemente, somos nosotros los que damos por bueno este nuevo cielo pasablemente turbio que cubre nuestra retirada.

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Me ha ido ganando este libro, Peatón de Madrid, de Miguel Sánchez-Ostiz, y ahora siento que sólo me queden unas decenas de páginas para terminarlo. No sé qué fortuna tuvo en su día; imagino que poca: los madrileños, en general, no entienden que su ciudad nos guste a los de fuera por razones que seguramente ellos detestan; que nos fascine su mezcla única de poblacho y megalópolis, las callejuelas sórdidas de sus barrios antiguos, la desfachatez con que en ella se manifiestan ciertos defectos de la vida nacional que en provincias, aunque quizá más patentes e insufribles, andan difuminados bajo una capa de complacencia localista que aquí no percibimos. No les gusta que nuestro catálogo de evocaciones quede reducido, entienden, a una lista de bares, medio centenar de nombres de calles y un difuso memorial de menosprecios y agravios -aquí a este hombre se le va un poco la mano- infligidos por los que llegaron antes y ocuparon las escasas plazas disponibles en el reducido anfiteatro de la preeminencia nacional... No es que quiera compararme con este escritor, más avezado que uno en ésta y otras batallas - aunque si a él le hubiese tocado situar el argumento de mi Vida nueva en su Pamplona semiabertzale, por ejemplo, no quiero pensar qué peligrosísimas enemistades hubiera sumado a las que, según confesión propia, ya ha concitado en torno a su persona-; pero me atrevería a decir que mi desdichado Sexteto de Madrid tampoco gustó a los escasos madrileños que alcanzaron a leerlo por las mismas razones. Y es que de ese Madrid sólo podemos escribir quienes no somos de allí. Lo malo es que no sabemos quiénes han de leer esos escritos.

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De todas las comidas navideñas, la más grata sin duda ha sido esta recena en casa de estos amigos: croquetas caseras, espárragos recién cogidos, un poco de jamón... Logran vencer estas viandas los reparos de quienes venimos ya un poco hartos de todo. Y el clima se relaja hasta alcanzar una de esas cotas de confidencialidad de las que salimos un poco abrumados, sí, pero también agradecidos por la confianza, por ese raro privilegio, a veces vertiginoso, de ser admitidos tan abiertamente en la intimidad ajena. En otros lugares, oigo al día siguiente en la radio, ha ocurrido lo de siempre: familias ha habido en las que el choque navideño ha terminado en asesinato.

domingo, diciembre 26, 2010

UN CRIMEN

Es difícil escribir sobre un crimen, y más construir sobre él la clase de argumentación algo capciosa que a veces utilizamos los articulistas para sacar punta a un suceso. Un crimen deja siempre su estela de dolor, no sólo en los allegados de la víctima, sino también en los del propio criminal, que han de bregar en adelante con ese difícil parentesco con alguien marcado por la terrible singularidad que proporciona haberse manchado las manos de sangre. Por eso mediré mis palabras… ¿Cómo diré, en fin, que los comentarios que he oído respecto al cuádruple asesinato de Olot denotan, digamos, una cierta comprensión? Matizada, claro, porque nadie compromete sin más su escala moral para alinearse con un asesino, por humanamente comprensible que resulte la desesperación que llevó a este hombre a disparar contra un antiguo jefe que le debía el sueldo de varios meses, y contra el hijo de éste, y contra dos empleados de un banco al que juzgaba cómplice de su ruina... Una tragedia común, sobre la que no hay que cargar las tintas. Tampoco quiere uno comprometer su integridad moral: un crimen es un crimen.

Lo curioso del que nos ocupa, quizá, es su relación con otras reacciones individuales a la tan traída y llevada crisis. No hace mucho, un constructor protagonizó una larga huelga de hambre ante las puertas de un ayuntamiento que le debía una suma de dinero, sin la cual su pequeña empresa no podía sobrevivir. Otro, creo recordar, hizo el amago de quemarse a lo bonzo por el mismo motivo. Ante la clase de abusos que está propiciando la actual situación económica, las únicas respuestas al alcance de algunas de sus víctimas parecen ser estas trágicas explosiones individuales, porque el caso es que los defensores tradicionales de los oprimidos (sindicatos, partidos que dicen representar a los trabajadores) miran para otro lado; y tampoco los revolucionarios de nuevo cuño, los chicuelos del turismo protestatario, que hoy rompen un escaparate en Davos y mañana queman un contenedor de basura en Barcelona, tienen mucho que ofrecer a los auténticos desesperados por la situación.

Miren por dónde, estos desgraciados sucesos parecen darnos la razón a quienes creemos en la preeminencia del individuo sobre la marea histórica: esta crisis la estamos afrontando a cuerpo, como quien dice, cada cual con sus recursos, y también con esa sorprendente y a veces terrible capacidad de reacción que posee la individualidad cuando se enfrenta a circunstancias hostiles. Caben otras alternativas, por supuesto: plegarse sobre la propia intimidad, salir de la espiral del consumo, aprender a vivir con dignidad en la pobreza sobrevenida, negarles la preeminencia social, ideológica y moral a los causantes de la misma. Quién sabe: hasta es posible que al final de esta crisis seamos mejores que cuando entramos en ella.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

viernes, diciembre 24, 2010

A UN RÍO PINTADO

(Mi villancico laico del año pasado; el de éste ha salido ya por correo.
Felicidades a todos.)


A UN RÍO PINTADO


Sobre un cuadro de J.A.Martel

Crece el río en la pared
y se desborda en los ojos.

–Con papel de plata un día
yo también trazaba arroyos
sobre un país de cartón
con horizontes de corcho.

Son historias del invierno:
Mientras tú pintas yo pongo
argumento a tu pintura,
como un niño pone asombro
a las figuras inmóviles
en el belén silencioso.

Suena el río en la pared.
Yo lo miro y me emociono.

Benaocaz, diciembre 2009
(Viñeta de C.B.)

miércoles, diciembre 22, 2010

ECLIPSE

Cuando salimos de casa, la luna está oculta tras un jirón de nube: no se ve más que una difusa mancha luminosa. Sin embargo, a los pocos minutos nuestra perspectiva ha variado: ahora la vemos nítidamente dibujada en un claro abierto en el cielo nuboso. Le falta un pedazo: el eclipse que la ha afectado esta noche, total desde otros puntos de la tierra, aquí se ha quedado en un mordisco dado en su parte superior izquierda. Parece una galleta a la que le hubiesen asestado un bocado. Pero lo que cuenta es el vértigo, la constatación de que es la esfera sobre la que estamos asentados la que proyecta su sombra sobre otra esfera lejana, al privarla de la luz proyectada por una tercera esfera, que ahora queda a nuestras espaldas. Tres pedruscos flotando en el vacío, y dos seres -M.A. y yo, en nuestro coche, antes del amanecer, atravesando la Bahía gaditana- moviéndose sobre uno de ellos y constatando su propia insignificancia entre grandes sombras estelares... Y no abruma tanto el fenómeno, como el estilo inflado que le sale a uno a la hora de contarlo.

martes, diciembre 21, 2010

NUECES

Bueno, he perdido otra vez el sombrerillo de pescador con el que me protejo de la lluvia. Me lo he dejado en el autobús. Lo que también podría consignarse de este modo: Los sombreros olvidados en el tranvía -diríamos, por situarnos en los años veinte, que es el tiempo que conviene a las greguerías- son como las cáscaras secas de una nuez que alguna vez contuvo una idea. Pues eso.

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Sigo con la lectura de Peatón de Madrid. Me consuela, en cierto modo, de mis torpezas de provinciano, a lo Paco Martínez Soria -actor, por cierto, que también menciona el autor de este libro-. Todos hemos incurrido en los mismos malentendidos, en las mismas admiraciones, en los mismos obligados lugares de visita, en las mismas decepciones. Es esta cercanía lo que más me fascina de este libro. Y, también, su tono de monólogo un tanto desbocado, a duras penas ceñido a un guión que tampoco ciñe demasiado, por no ser más que una serie de epígrafes generales. Pero suena a sincero, a dictado por una conciencia que siente lo que dice. Y tiene gracia, a ratos: cuando cuenta, por ejemplo, cómo dos busconas birlaron un billete de dos mil pelas a un amigo con el que paseaba el autor; o cuando carga la mano, a lo Solana, en la ristra de epítetos que endilga a la fauna habitual de tal o cual ambiente madrileño. Cabría preguntarse sobre este autor lo que Trapiello respecto a los libros madrileños de Juan Ramón: ¿le gusta Madrid a Miguel Sánchez-Ostiz? Yo diría que sí. Pero de qué manera.

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Los besos de buena hermandad entre amigos y allegados -le digo, en broma, a esta compañera que me dio uno ayer, cuando le hice entrega de mi poemilla navideño de este año- no cuentan en el cómputo general de los besos. De los besos-besos. Un compañero asiente, divertido. "Ah, ¿sí?", me dice ella. "Pues ya no te doy ni uno más".

lunes, diciembre 20, 2010

SEÑORES PECES

"Señores pájaros", llama José Jiménez Lozano a los susodichos en un poemilla que encuentro en la hermosa antología de poesía para niños que acaba de publicar Siltolá. Y no me parece nada forzado el apelativo, tan parecido al "señores peces" (zeñoreh pejeh) con el que oí una vez a un niño dirigirse a los barbos que se escondían bajo las piedras de cierto remanso del arroyo Bocaleones, en Zahara de la Sierra.

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En el mismo envío, que incluye el último número de la revista que edita dicha editorial, encuentro un poema de Pedro Sevilla dedicado a los burrillos de Fez, que al poeta le recuerdan los de su infancia en Arcos de la Frontera, con su "rastro de olor a pan y madre". También este poema cumplimenta, como el anterior, esa función de la poesía consistente en dar carta de fe de ciertas impresiones que, sin ayuda de la formulación memorable que les proporciona el lenguaje poético, parecen condenadas a la insignificancia o al olvido. ¿Quién, sin la ayuda de versos como éstos, reconocerá que a veces incluso la mera visión de ese humilde animal, tan poco prestigiado poéticamente, puede aportarle una imagen redentora? No está solo Pedro Sevilla en el intento: lo preceden, por supuesto, Juan Ramón y Chesterton, con su poema sobre el burro a cuyos lomos entró Jesucristo en Jerusalén; y José Julio Cabanillas, que retomó el asunto del de Chesterton, me atrevería a decir que incluso con mejores resultados.

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En el otro extremo del arco de las impresiones poéticas -este fin de semana ha dado para mucho en este aspecto-, los poemas que componen estos Blues de los bajos fondos, de José Luis Gracia Mosteo: poemas sobre putas y sobre los chulos de esas putas, en un libro que mereció en su día un premio literario y sobre el que, me cuenta el autor, recayó incluso cierta efímera atención mediática, dado lo llamativo del asunto. Lo leo con agrado, acordándome del Muro de las hetairas con el que el difunto Fernando Quiñones se adelantó al realismo urbano que triunfaría en poesía a lo largo de la década de los ochenta. Las lumis de Mosteo son más tiradas, si cabe, aunque sobre ellas gravita también el mismo desamparo, poéticamente muy bien aprehendido, que sobre las de Quiñones. Son otros tiempos; lo que, a efectos de constatación de ese desamparo, quiere decir que la distancia entre estas vidas marginales y la presunta raya que marcaría la normalidad es aún mayor. Las putas de Quiñones eran entrañables y maternales; éstas de Mosteo, aunque humanamente nos conmuevan tanto o más que aquellas, exudan una especie de halo tóxico.

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¿Qué decir, en cambio, de este curioso local al que me llevó la invitación de un amigo, que se disponía a presentar el libro con el que ha vuelto a la poesía después de veinticinco años? "Ambiente anarcofeminista", me dijo. Y lo cierto es que las encantadoras muchachas que allí había, y a las que parecía agradar que su local semisecreto fuera frecuentado ese día por extraños como yo -en otras circunstancias a lo mejor me hubieran tomado por un policía-, podrían haber encarnado muy bien las virtudes y encantos de la mentalidad libertaria en, pongamos, una película sobre los años de la Transición.

El caso es que, mientras esperaba el comienzo del acto -que, en ese ambiente anarquizante, tuvo lugar tres cuartos de hora después de lo previsto-, me fijé en los avisos y pasquines que decoraban el local. Unos conminaban a devolver los botellines vacíos al mostrador, porque en un local "autogestionado", supongo, no se concibe que unos hayan de recoger los desperdicios de los demás. Otros informaban muy atinadamente de los beneficios que se derivarían de una igualdad real entre hombres y mujeres: por cada mujer que no sea considerada débil desde el punto de vista emocional, decían, habría un hombre menos obligado a esconder sus lágrimas, etc. Menos a cuento me parecieron ciertos recortes o pasquines en los que se veía el nombre y la efigie de algún matón de la ETA y se denunciaba la actuación policial al respecto. ¿Qué tendrá que ver la ETA con el anarquismo?, se decía uno. Y lo cierto es que, cuando empezó a llegar el público propiamente dicho, entre ellos vi a algún notorio estalinista de la vieja escuela, lo que tampoco casaba muy bien con las ilusiones libertarias que uno se había hecho respecto al ambiente de la noche...

En fin. Mi amigo leyó unos poemas muy hermosos, amplios y versiculares, en los que se glosaba una doble historia de amor finiquitado y de amor renacido, construido este último sobre las ruinas del anterior. Me emocionaron los poemas de mi amigo y me emocionó aún más el hecho de saberlos obra suya, dictados por una musa esquiva que ahora, tras años de ausencia, acudía con presteza a poner voz a una crisis personal que ya parece felizmente superada. ¿Que por qué había elegido semejante escenario para presentarlos? Porque mi amigo, supongo (como yo mismo, en fin, aunque mi pesquisa siga otra metodología y otros derroteros) ha encontrado en este ambiente -sobre el que tanto ha ironizado, precisamente por conocerlo muy bien- los elementos de ese pasado al que volvemos cuando queremos hacer pie firme para reafirmarnos frente a un presente en descomposición. En esas operaciones incluso la propia capacidad para la ironía queda en suspenso. No del todo, quizá: capté destellos de esa vieja ironía en la conversación que cruzamos, en la inteligencia que gobernaba los versos que leyó, en esa timidez que no ha abandonado, y que sigue siendo su más eficaz recurso para defenderse. Fue una velada extraña e inolvidable. Y quizá haya sido la culpable de que este fin de semana yo no haya atinado a otra cosa que no sea leer versos.

viernes, diciembre 17, 2010

ILUMINACIONES

Si la función natural de una lámpara es iluminar, cabría preguntarse: ¿qué iluminan las luces navideñas? No soy yo el único en plantearse esta cuestión: en muchas ciudades españolas, leo, se ha discutido ampliamente sobre la oportunidad de gastar sumas importantes en este exorno público, cuando las arcas municipales están vacías. Y en otras, en cambio, por eso de que en tiempos apurados lo mejor es tirar la casa por la ventana, han decidido emplazar dichas luminarias incluso antes que otros años, y alargar con ellas esa melancólica temporada en la que las calles aparecen consteladas de guirnaldas luminosas que representan cirios y campanillas, trineos y siluetas de renos, coronas de rey mago y estrellas de Oriente, cuando no, en las ciudades más avanzadas y cosmopolitas, minimalistas cascadas de escarcha luminosa. Pasea la gente bajo esas luces con una sensación de empequeñecimiento: ¿por qué la ciudad resplandece –se dirán– mientras yo aquí abajo tiemblo de frío y corro abrumado por mis prisas, mis preocupaciones, mis estrecheces económicas, mi falta de ánimo para encarar la fiesta ineludible?

El caso es, ya digo, que también en torno a estas luces autosuficientes y un tanto solipsistas ha revoloteado el fantasma de la crisis. Tuve la oportunidad de asistir a la inauguración más o menos extraoficial de las mismas en la capital del reino: fue, ya digo, una semana antes de lo acostumbrado: a finales de noviembre. Pero el ánimo navideño no se improvisa. Y si otros años, al llegar el puente de la Constitución, las muchachas madrileñas se encasquetan sus gorritos de Papá Noel, y el elemento masculino, siempre falto de recursos expresivos, recurre al matasuegras mustio o a la escarapela navideña en la solapa, y juntos salen a la calle a celebrar su propia novelería, esta vez el encendido de las mencionadas cascadas minimalistas y de la escarcha lumínica pareció suceder en una ciudad que hubiera proclamado la requisa general de dichos gorritos, matasuegras y demás aditamentos: la gente iba de acá para allá enfundada en sus abrigos negros, con los cuellos levantados, como esos fugitivos que, al pasar bajo la atenta mirada del policía de turno, se esfuerzan por esconder sus facciones. En la esquina de Serrano con Goya una banda de músicos mendicantes interpretaba una animosa selección de temas de jazz, y entraban ganas de danzar al son de esa música, por tal de que se nos pasara el frío. Pero nadie lo hacía, quizá por el temor de que se les tomara por mendigos también, de los que bailan su giga friolenta en las esquinas para que los transeúntes les arrojen unas monedas.

Sí, a la vista de ese espectáculo, pensó uno que a lo mejor el ánimo colectivo no estaba para fastos lumínicos. Pero luego torcimos una esquina y fuimos a parar a una calle oscura. Y nos sentimos todavía peor.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

miércoles, diciembre 15, 2010

RICO

Ritmos vitales algo descontrolados: el sueño, la digestión. Me digo que puede deberse al mes pasado fuera de casa, y a que el regreso ha coincidido con fechas que no ayudan precisamente a recuperar las viejas regularidades: un puente festivo, seguido de días de estrés y de doble jornada laboral; noches dormidas aquí y en la sierra, en camas de distinto tacto y bajo coberturas de distinto peso... Sólo unas pocas presencias y sensaciones me salvan de la absoluta dispersión: entre ellas, amén de las que se refieren a los seres queridos, la escritura, que es ahora, más que nunca, el único cauce seguro de un pensamiento que, privado de él, parece condenado a girar en círculos, como el agua bajo determinadas confluencias de fuerzas. Y también, curiosamente, algunos hábitos de disciplina impuesta, como las horas de natación, en las que el pensamiento se subordina a las necesidades del ejercicio y el cuerpo recupera una especie de preeminencia primaria. También la compañía de la gata K., que parece haberse vuelto más cariñosa, y que ahora reparte cuidadosamente sus afectos entre todos los miembros de la familia, como temerosa de que, por descuidar alguno, la manada pueda sufrir alguna merma.

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A vueltas con lo mismo, leo ahora un libro que en su día quedó injustamente postergado por la avalancha de los que me llegaron y tuve que leer por esas fechas:
Peatón de Madrid, de Miguel Sánchez-Ostiz. Encuentro en el prólogo un buen resumen de algunas de mis experiencias recientes, pero también una especie de reproche recurrente, referido a las puertas que no se le abren al visitante, a las citas eternamente aplazadas, a los esperados devengos amistosos que, sin embargo, no acaban nunca de materializarse. Lo que me parece un tanto absurdo en los razonamientos de este autor es que atribuya al madrileño -y más, al madrileño bien situado en los ambientes literarios- lo que parece un rasgo muy frecuente de la condición humana, y uno al que es especialmente sensible, sobre todo, quien se presenta como postulante de determinados reconocimientos y atenciones, merecidos o no. Bien que me hubiera lucido yo si me hubiera paseado por Madrid con ese ánimo, y no atento a mi pesquisa, a mi trabajo, y con el ojo puesto en mi necesario puerto de arribada. La lectura de este libro, sin embargo, me está resultando estimulante y provechosa. Pero no, no quiero contagiarme de aquello que he querido evitar a toda costa, con el mismo afán con el que, en mis supersticiosas oraciones de ateo, rogaba a mi ángel protector no enfermar de gripe o de mis temidas faringitis mientras estaba fuera de casa.

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La novela ya está escrita... en mi cabeza, o casi. Lo que es como no tener nada y sentirse rico.

lunes, diciembre 13, 2010

NOSTALGIAS

Fin de semana sin pisar la calle, y, por tanto, sin nada que contar de esa realidad "objetiva" que depara lo visto y oído por ahí. Lo otro, la rutina doméstica, no cuenta para este diario. Quizá esto sí, el bullebulle interno, o lo que de éste logra uno encauzar a través de esos trasuntos de la locura que hemos convenido en llamar "vida intelectual", y que no es más que el ordenado sucederse de las pesadillas; eso sí, convertidas en lecturas, en películas vistas, en páginas escritas. Echa uno de menos el aire libre. No, eso de ahí fuera -ese cielo plomizo, esas nubes paradas- no lo es.

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Jugando con una vieja fotografía de los dos altos chopos que sitúan Casa Fardela -otra nostalgia del aire libre, en fin-, dibujo la torpe viñeta con la que quiero ilustrar mi poemilla navideño de este año, el villancico "laico" con el que felicito a los amigos. Intencionadamente -nadie podrá echármelo en cara, tan palpable es el homenaje y la diferencia de resultados- me sale un esquema compositivo propio de Ramón Gaya: los dos chopos y la silueta de la montaña que les sirve de fondo están impresos o dibujados en una cartulina doblada, apoyada en la pared, ante la que se alza una copa de cristal con una rosa dentro... El poemilla, también de contenido solipsista, lo escribí en un rato perdido del pasado puente. Me queda ahora imprimirlos en un papel bonito, preparar una docena de sobres -no más, en fin, porque tampoco es que tenga uno más amigos a quien enviárselos-. Vive uno de ritos. De ritos a fondo perdido, digamos, que son los únicos que en el fondo importan algo.

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Otros ritos de la fecha. Traigo a casa algún trabajo atrasado: ejercicios por corregir, calificaciones que poner... Quien inventó la posibilidad de hacerlo vía Internet, desde casa, estaba creando las condiciones para una nueva forma de esclavitud, por la que el trabajo ya no se circunscribe a un lugar y a un horario. Se dirá que el trabajo literario es así. Pero no: también he dedicado unas horas de este fin de semana a terminar un capítulo de mi novela en marcha. Y en esas horas no tenía la sensación de estar atado a un banco de galeote, sino, más bien, la de estar asomado a una ventana por la que no me cansaba de mirar. Eso sí, el dolor de riñones, después de permanecer tantas horas sentado ante el ordenador, es el mismo. O volviendo a la metáfora del banco de galeote: la diferencia estriba, simplemente, en que en el primer caso uno se limitaba a remar, y en el otro, además de remar, se deleitaba mirando el mar por la abertura.

viernes, diciembre 10, 2010

CHICLES

Quiero pensar que, si la noticia no ha sido más comentada, es porque a veces los columnistas que se ocupan de cosas importantes tienen la deferencia de dejarnos las minucias a los otros. No seré yo quien discuta este sensato reparto: hablen otros de la economía, de la política internacional, de las grandes cuestiones que preocupan a la humanidad doliente; que uno, consciente de sus limitaciones, se ocupará de noticias como… la decisión del gobierno de autorizar un cambio en la composición de los chicles, con objeto de que éstos sean menos pegajosos.

Se conoció esta medida hace apenas unos días, justo antes de que comenzara una de las semanas más aciagas sufridas en los últimos tiempos por la economía española. Y quizá sea eso lo que ha impedido que se hable de ella; y que no haya habido manifestaciones de agradecimiento por parte del gremio de los barrenderos, por ejemplo; o que el simple viandante, resignado a llevar en su suela tan incómodo residuo, no haya podido hacerse una idea de las inmensas ventajas que se le ofrecerán cuando éste deje de estar presente en el entorno: la posibilidad de andar sin ir mirando el suelo, o estando atento sólo a las deposiciones caninas (aunque quizá una oportuna regulación de la composición de la comida para perros podría hacer que éstas fueran menos untuosas). Ahora que tanto se habla de movilidad laboral, por ejemplo, qué duda cabe de que un mundo donde las personas no se vieran con frecuencia literalmente pegadas al suelo predispondría a favor de la falta de adherencia a otros sustratos, tales como la patria chica, donde no siempre hay trabajo, o la vocación inicial, que tantas veces te inhabilita para buscar empleo en profesiones distintas a la libremente elegida. Un mundo sin adherencias, ése parece ser el mensaje.

También en otras medidas de similar alcance, tomadas en tiempos menos duros, el mensaje solía estar diáfano. Cuando, hace años, el gobierno pretendía prohibir las hamburguesas extragrandes, o dar al vino la consideración de bebida alcohólica de alta graduación, o clasificar al mujerío en tres fenotipos arbitrarios (la mujer cónica, la mujer cilíndrica, la mujer en forma de ocho) para simplificar el tallaje, a lo que respondía era a un voluntarioso designio de control social. Eran otros tiempos. Ahora parece claro que la realidad es vasta e incontrolable. De ahí los nuevos mensajes: aligerarnos la vida, evitar la incómoda sensación de que a nuestros pies les han crecido raíces, reales o imaginarias. Será un mundo ligero y volátil, donde vientos incontrolados podrán llevarnos y traernos a su antojo, sin que quepa el recurso de aferrarnos a cualquier resabio que ofrezca estabilidad. Quizá en nombre del equilibrio, una nueva ley debería establecer que las pieles de plátano fueran menos resbaladizas. Pero eso sería pedir demasiado.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, diciembre 09, 2010

PARENTESCOS

En el magazine del periódico El Mundo leo un reportaje sobre los worst sellers, es decir, sobre aquellos libros de los que las editoriales esperan un gran éxito de ventas -y en los que, consiguientemente, invierten grandes sumas en concepto de adquisición de derechos, promoción, etc.-, y que luego no cumplen esas expectativas. Las razones de estos garrafales errores de cálculo son variopintas, pero no del todo imprevisibles: a veces la apuesta se decide porque el libro en cuestión ha sido un gran éxito en otros países -sin tener en cuenta, en fin, que las razones idiosincráticas de ese éxito pueden no regir para el público hispano-, o porque otros libros anteriores de ese autor han sido grandes éxitos -sin considerar la posibilidad de que el público se canse, o las endebles razones coyunturales de esos éxitos anteriores-... Lee uno el reportaje con cierta satisfacción maligna. Se lo merecen, pienso. Por idiotas, por hacerle a la literatura los grandes menosprecios que se le hacen en nombre de las cuentas de resultados, por no conocer su propio mercado o no invertir lo suficiente en crear un verdadero público lector, y no una mera masa receptiva a cualquier fenómeno de moda. O por no apostar, en fin, por la propia cantera. Y esto es válido tanto para la literatura ligera como para la otra.

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Acudo a la exposición que han hecho con algunas de las fotos antiguas que reunió en vida el difunto J.C., en una paciente pesquisa para la que ahora su madre, piadosamente, busca reconocimiento... No sin algunos sinsabores, de los que la promotora de la exposición me da cumplida cuenta. Cosas de los pueblos. El caso es que las fotos tienen interés, y enfrentan al espectador con el misterio de lo que ha dejado de ser reconocible como escena cotidiana para erigirse en situación enigmática o incomprensible. Lo son estos rostros atezados, sobre los que parecen pesar en exceso las determinaciones de la herencia biológica y la circunstancia social. Lo son las ocasiones mismas que motivan las fotos. Y lo son, singularmente, algunas de ellas. Por ejemplo, ésta en la que posa un grupo de hombres armados. La figura prominente es un guardia civil de uniforme, que luce en bandolera su arma reglamentaria. Los demás portan lo que parecen escopetas de caza, y a todos los identifica una banda negra en el brazo izquierdo y una insignia en el pecho. Pregunto a la animadora de la exposición -que es también, forzosamente, la encargada de atender el local donde se celebra, un "museo" más o menos etnográfico que habitualmente permanece cerrado, y que sufre de todos los males de los edificios desatendidos, incluidas las goteras- qué representa esa foto. Me dice que seguramente esos hombres lucían esas armas e insignias porque se disponían a desfilar con ellas en la procesión del santo patrón. Pero esa explicación queda inmediatamente desmentida por las fotos en las que sí se ve al santo y a su séquito, y en las que los integrantes de éste van invariablemente endomingados, y no en la ropa de faena en la que posan los de la otra. Caigo entonces en la cuenta de que ésta me recuerda a las muchas que circulan por ahí de los antiguos somatenes catalanes, a los que correspondía, entre otras cosas, el mantenimiento de la seguridad en el campo y la caza de aquellos que la amenazaran, ya fueran meros bandidos o anarquistas. La foto que me ocupa bien puede datar, me digo, de la Dictadura de Primo de Rivera, cuando éste intentó extender la institución del somatén y sus atribuciones a todo el medio rural español. O tal vez date de la Guerra Civil -aunque no: faltan los uniformes e insignias característicos de esa circunstancia-, o de la primera posguerra, cuando se hicieron tristemente famosas en la zona las batidas de un tal "teniente Castillo" contra el maquis, de las que volvía con los cadáveres de éstos llevados a lomos de mulas... ¿Será el uniformado que preside el pelotón ese famoso teniente? Las menesterosas condiciones en las que se lleva a cabo esta exposición nos privan de toda referencia. Sea como sea, está claro que de la foto se desprende un halo intranquilizador. Las dichosas "cosas de pueblo" a las que me refería antes, ahora inofensivas, tuvieron en algún momento una dimensión fratricida. Y basta constatarlo para sentir que la distancia que nos separa de fotos como ésta, con ser grande, no lo es todavía lo suficiente.

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En la plaza, mientras tanto, se celebra un mercadillo de pintura. En el que, milagrosamente, se venden algunos cuadros. Asisto a una de estas operaciones de compraventa: el cliente se ha prendado de un lienzo que representa la calle en que nació. No es mala razón para comprar un cuadro; por más que dicha calle no ha cambiado apenas en los últimos cincuenta años y el comprador, un hombre de esa edad, no tendría más que darse un paseo por ella para satisfacer sus ansias nostálgicas. Pero prefiere la adquisición del cuadro-fetiche; y no, por lo que parece, porque admire la competencia del pintor a la hora de representar lo único verdaderamente interesante de la escena, el juego de luces y sombras, o la impresión de tiempo detenido que se desprende de haber captado ese delicado equilibrio de un instante... No: lo que interesa a este hombre atañe únicamente a su relación personal con la realidad representada. De la extrapolación de esta actitud primaria hacia el arte derivaría, qué duda cabe, una negación del arte mismo: el único motivo por el que nos podría interesar Guerra y paz, pongo por caso, es que esta novela contara la historia de algún pariente nuestro. Pero quién sabe si, en el fondo, nuestro interés por cualquier clase de obra artística no deriva de la constatación de algún secreto parentesco, por lejano e indirecto que éste sea.

viernes, diciembre 03, 2010

IRLANDA

Desde luego, algún mérito habrá que reconocerle a la República de Irlanda: para ser un pequeño país de apenas cuatro millones y medio de habitantes, que no participó en la última guerra mundial, ni ha tenido imperio colonial, ni una economía destacable (salvo la efímera burbuja de prosperidad que acaba de liquidar), ha dado mucho que hablar en los últimos cien años. Y creo que es justo recordarlo, en la actual situación de descrédito que atraviesa. Un país no es sólo una cuenta de resultados. Un país es un accidente de la Historia. Pero en esa comunidad más o menos accidental suceden cosas que terminan proyectando al exterior una imagen más o menos certera de sus aspiraciones y logros.

Irlanda fue siempre un país pobre y castigado. Las hambrunas, las guerras de conquista y exterminio lanzadas por su poderoso vecino inglés y las sucesivas oleadas de emigración diezmaron su población e imposibilitaron su desarrollo económico hasta tiempos muy recientes. Sin embargo, ese país menesteroso y maltratado fue capaz de proyectar al exterior una imagen definida y poderosa. De ello fueron responsables, en primer término, sus escritores. ¿Quién dice que la poesía no sirve para nada? Poetas como Yeats, dramaturgos como O'Casey, narradores como James Joyce han creado más adeptos a Irlanda en todo el mundo que, pongo por caso, cualquier campaña de promoción turística que hayan podido promover los sucesivos gobiernos irlandeses.

En la mismísima Sevilla, por ejemplo, me consta que un animoso grupo de "irlandófilos" -no sé si existe esta palabra- celebra todos los 16 de junio el "Bloomsday", o conmemoración del periplo que Leopold Bloom, según cuenta Joyce en su celebrada novela, hizo por las calles dublinesas en ese día de 1904, mientras su mujer le ponía los cuernos y se sumía en el glorioso duermevela, trufado de imágenes eróticas -y de recuerdos españoles, por cierto- que cierra el Ulysses… También han hecho mucho por la imagen de Irlanda sus emigrantes, y el cine americano nos ha acostumbrado al personaje del rudo irlandés al que lo mismo vemos en el papel de sargento de caballería en una película de John Ford, que en el de policía neoyorquino desfilando orgullosamente por las calles de la ciudad en el Día de San Patricio... Al cineasta John Ford, por cierto, debemos El hombre tranquilo, una emocionada evocación de una Irlanda idílica que quizá, como la fogosa Andalucía de Carmen, no ha existido nunca, pero en la que muchos irlandeses y descendientes de irlandeses se reconocen.

Ahora toca hablar de Irlanda como piedra de escándalo y fundado motivo de temores económicos. Pero es algo más, siempre ha sido algo más. Y mucho más, en fin, de lo que podría esperarse de sus reducidas dimensiones y de su modesto y sufrido pasar por la Historia. En estos tiempos de desdicha, es justo recordarlo.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, diciembre 02, 2010

EN CASA

En casa. Después de un mes fuera, las cosas que me rodean me resultan extrañas y cotidianas a un mismo tiempo. Sólo una cosa se resiste a esta imprevista sensación de novedad: la rutina. Apenas me incorporo a ella, es como si el lapso transcurrido no hubiera tenido lugar. Lo que, después de todo, tampoco me desagrada.

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Esa hoja que sigue pegada a la rama más alta del árbol pelado, en estas mañanas frías: un pájaro rezagado; o, peor aún, congelado.

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¿Te ha cundido?, me preguntan. Y cómo decir que lo más rentable de este periodo han sido, precisamente, las horas muertas, las tardes paseadas, la charla intrascendente (o demasiado trascendente, quizá) ante un gin-tonic... Lo otro, las mañanas de escritura casi febril, las horas pasadas en bibliotecas y archivos, también lo han sido, pero menos; y de un modo que quizá no resulta del todo indispensable al propósito que me llevó a emprender el viaje.