viernes, enero 21, 2011

ALEMANIA



No se esperaba uno que volviera el día en el que emigrar a Alemania fuera la única salida para quienes no encuentran medios de vida aquí. Nada más hacerse pública la noticia de que una empresa de formación ofrecía quinientas plazas para quienes deseasen trasladarse a ese país y adquirir la preparación necesaria para vivir y trabajar en él, centenares de desempleados españoles acudieron al reclamo; y eso a pesar de que hace apenas unos meses un anuncio similar, referido a unos presuntos puestos de trabajo en Dubái, demostró ser una estafa.


Lo de Dubái, al fin y al cabo, llamó poco la atención: el emirato y su portentosa economía, basada en su riqueza petrolífera, nos resultan más bien lejanos y exóticos: un mundo de rascacielos de cristal y de pulcras oficinas presididas por ejecutivos con turbantes de seda. Nada que se decida allí nos concierne demasiado, más allá del peso que ese pequeño país de millonarios pueda tener en las subidas periódicas del petróleo, que el común de los mortales percibe más como una fatalidad geológica que como fruto de decisiones tomadas en ciertos despachos… Para ese mortal común, la noticia de que unos ilusos habían sido engañados con el señuelo de un empleo en ese improbable lugar resultaba tan ajena, en fin, como las que periódicamente dan cuenta de la inminente puesta en funcionamiento de una mina de uranio en la luna o en Marte.


Lo de Alemania, en cambio, nos toca la fibra sensible. Todavía tienen algún éxito en los programas más zafios de televisión los humoristas que, tocados por una boina y arrimados a una maleta de cartón, remedan a los inmigrantes españoles que, en los años sesenta y setenta, acudieron por millares a trabajar a ése y a otros países de la Europa desarrollada. En torno a ellos se creó toda una mitología y un imaginario sentimental. Entre quienes lo intentaron, supongo, podrán contarse algunas historias de decepción y fracaso. Pero las más, las que llegaban a los oídos de quienes se habían quedado aquí, o las que testimoniaban con su mera presencia quienes regresaban, hablaban de la posibilidad cierta de labrarse un futuro y un nivel de vida dignos. Lo ganado se invertía luego en pequeños negocios o en un piso; o, como hizo un conocido mío, en una hermosa y bien oreada huerta frayluisiana, donde resarcirse de los cielos turbios y los malos aires de Kiel o Hamburgo.


Ninguno de ellos podía imaginar que, a la vuelta del siglo, otros desempleados iban a ponderar de nuevo la posibilidad de emprender el camino hacia el norte. Cuando venían de vacaciones, aquellos nos traían chocolatinas, mantequilla, galletas danesas. Éstos otros de ahora no sé qué nos traerán. La idea de que ya no hay fronteras, quizá. O la complementaria, bastante más evidente: la de que ciertas fronteras encierran espacios muy limitados, donde muchos se asfixian.


Publicado el martes en Diario de Cádiz

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