miércoles, enero 05, 2011

BARBARIDADES

Sigo viendo películas viejas que me hacen reconsiderar viejas tesituras ideológicas y morales. ¿Será el signo del año nuevo? Ayer, el musical Brigadoon, de Vincente Minnelli. Qué barbaridad. Un argumento muy común en el cine musical americano es el que cuenta las vicisitudes del bailarín de feria empeñado en hacer un espectáculo "con clase", lo que invariablemente se traduce en una revista con trajes caros, decorados amanerados y melodías empalagosas. Pues bien, ese argumento no hace sino reflejar una querencia natural del cine musical hollywoodense: renegar de sus orígenes canallas para "dignificarse" en espectáculos pretenciosos y cursis. Tal es el caso del que hoy me ocupa. No entiende uno qué hace Gene Kelly, habitualmente tan gracioso en su característico papel de dandy salido del arroyo, en esa Escocia de pastelito, plagada de esos tópicos bucólicos que los yanquis gustan de atribuir a los lejanos terruños europeos de los que muchos de ellos proceden.


Pero lo interesante aquí es la naturaleza de esos tópicos, que constituyen un verdadero desenmascaramiento de la naturaleza de los nacionalismos etnicistas, que tan bien hemos llegado a conocer en los últimos lustros del siglo pasado. La aldea de Brigadoon disfruta del extraño milagro de vivir fuera del tiempo, merced a un encantamiento que hace que pasen cien años en el mundo exterior por cada noche vivida por los lugareños. Durante esos cien años la aldea permanece sumida en una espesa niebla, que la hace inaccesible al mundo exterior. Y la única condición para que sigan disfrutando del privilegio de habitar esa burbuja es que ninguno de sus habitantes traspase jamás los límites de la aldea. Hasta tal punto que, cuando un novio despechado amenaza con hacerlo, se desata contra él una furiosa persecución, que termina con la muerte (accidental, se supone) del descontento... Un guionista más perspicaz hubiera hecho que esa muerte dejara sin efecto el milagro; pero se ve que los que escribieron este musical estaban más interesados en mantener a cualquier precio este Shangrilá de gente vestida con kilts, al que eventualmente termina regresando el hastiado protagonista de la película, un neoyorquino que se ha enamorado de una habitante de la aldea, y que está dispuesto a enterrarse en vida en ella para poder disfrutar su amor. Una película ideal, en fin, para programar en los festivales de verano de algún pueblo de la Croacia de Tudjman, por ejemplo, o la Serbia de Milosevic, por no mencionar algún que otro pueblecito bucólico del Euskadi profundo... 


Me pregunto quién embarcó al ecuánime Minnelli en el rodaje de este engendro. La historia, según leo por ahí, está basada en un relato folclórico alemán, y fue trasladada a la Escocia bucólica porque el musical en el que dio pie a la película se estrenó en 1947, cuando todavía estaba demasiado reciente el recuerdo de la guerra contra Alemania. Pero ya se sabe que los americanos ceden con facilidad a los espejismos sentimentales en los que frecuentemente se resuelve su visión de la vieja Europa. Y a veces no reparan en ciertos pequeños detalles tan obvios como el que muestra esta obra: al que intenta escapar de la asfixiante aldea simplemente lo matan.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Pero bueno, queridisimo Jose Manuel.¿De que estaba relleno su roscón de reyes? ¿De chile habanero?
Con lo que me gusta a mi Brigadoon...
Claro que yo no la intelecutalizo tanto, yo me embobo con Cyd Charisse, como siempre, y con la historieta folcklorica y en Agfacolor. Me falla Van Jonhnson, pero es que a este gachó no lo soporto nunca.

El Capador de Turleque dijo...

Vaya, por un error el anterior comentario aparece como anónimo cuando en realidad el autor soy yo, su humilde Capador.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Yo también me embobo con Cyd Charisse, amigo Turleque; pero la verdad es que en esta película no baila mucho (tampoco lo hace Gene Kelly) y ni siquiera se le ven las piernas.

Puestos a discutir, discútame la primera idea de mi entrada: esa tendencia de cierto cine musical a disimular sus orígenes golfos, y la pretensión de "ennoblecerse" a fuerza de sastrería y decorados cursis.