jueves, enero 13, 2011

CANSADO

Cuando uno tenía veinte o veinticinco años, una diferencia de edad de entre tres a cinco años respecto a otras personas suponía con frecuencia gustos y experiencias muy distintas. La edad borra esas diferencias, e insistir en ellas a estas alturas sólo podría entenderse como una manifestación de extemporánea coquetería... Sin embargo, el hecho diferencial sigue ahí: aquello que, a los veinte años, nos parecía ya viejo o lejano o pasado de moda en quienes tenían veinticinco probablemente quedó entonces fuera de nuestro acervo personal, y cuesta aceptar que ahora, en nombre de esa inevitable simplificación de cuentas que nos convierte en coetáneos de quienes antes eran simplemente nuestros mayores, se nos endose sin más. Aceptamos esa herencia impuesta, en todo caso, por solidaridad generacional, y porque ya nos sentimos más cercanos a esos mayores de entonces que a los jóvenes que nos vienen pisando los talones, y porque, con el tiempo, hemos suavizado notablemente nuestros juicios y abierto nuestros gustos y renunciado a la displicencia con la que antes nos gustaba distinguirnos. 


Anoto todo esto después de escuchar la hermosa presentación que hizo ayer mi amigo y ya casi coetáneo Rafael Marín del libro sobre Joan Manuel Serrat que ha escrito mi también amigo -éste mucho más joven- Luis García Gil. Cuenta Rafael ciertas experiencias generacionales que no, no fueron las mías, pero que ya es como si lo fueran; y que, en todo caso, son más mías que otras que yo, en nombre de los pocos años de edad que nos separan, quisiera atribuirme.


Así que bienvenida sea esta memoria sobrevenida. Yo ya casi no sé quién soy. En todo caso, no aquel adolescente que grababa casi furiosamente música anglosajona de la radio -como ahora otros la descargan de Internet- y se cerraba en banda a la venerable herencia contestataria, algo redicha y en todo caso cargada de razón, que nos había dejado el franquismo... Quiero decir que, mientras mi amigo Rafael es capaz de datar con precisión la fecha en la que escuchaba sus primeras canciones de Serrat, yo creo no equivocarme al poner año a aquel ceñudo invierno en que atronaba mi casa con grabaciones de Pink Floyd, de Deep Purple, de Jimi Hendrix, de The Beatles, de los Rolling Stones... Ahora el tiempo me ha llevado a aceptar mi parte alícuota de aquella herencia rechazada. Es como haberse reconciliado con un hermano mayor y aceptado, de paso, la parte correspondiente de la finca familiar. Bienvenida sea.


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Pasaron por la calle del Desengaño y después por la Red de San Luis y la calle del Caballero de Gracia. Al ir a salir hacia la de Alcalá... Las novelas madrileñas de Baroja -copio las líneas precedentes de Las noches del Buen Retiro- abundan en estas acotaciones topográficas. Literariamente no sabe uno qué valor atribuirles. Confieren realidad a la narración, qué duda cabe; y, a quien no sea capaz de visualizar el paisaje madrileño tan detalladamente cartografiado, aportan en todo caso la sonoridad y el pintoresquismo de unos nombres de indudable capacidad evocadora. Algunas páginas de Baroja parecen sugerir la posibilidad de que una novela no requiere mucho más: un deambular de gente, unos escenarios concretos y reconocibles, un tejido de aconteceres más o menos insignificantes. Pero seguramente esta impresión, como otras que apresuradamente pudieran derivarse de la frecuentación de Baroja, sea engañosa. De momento, he aquí un valor añadido que supera ampliamente ese mero ejercicio de constatación minuciosa: la nota de extrañeza que advertimos en el narrador, su asombro de que, después de todo, haya calles que se llaman de ese modo, y gentes que pululan y alientan en ellas como en una monumental gusanera que el espectador curioso no se cansa nunca de mirar.


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¿Y a usted qué le gusta hacer los fines de semana?, me pregunta un alumno, en respuesta a mis intentos de sonsacarlo para que diga algo al respecto en inglés. Y me acuerdo de lo que anteayer escribía respecto a la intimidad: lo que no me atrevo a contarle no es porque sea demasiado íntimo, sino, por el contrario, porque es demasiado previsible, demasiado común. ¿Cómo decirle que lo que más me gusta hacer en un fin de semana es degustar una copa de vino al calor del fuego; y, si acaso, ojear al mismo tiempo un buen libro? Para suavizarlo, le digo que eso es lo que hago cuando estoy cansado; porque, cuando no... Y no encuentro enormidad lo suficientemente grande para satisfacer las expectativas inherentes a la posibilidad contraria.

5 comentarios:

RM dijo...

Qué curioso que los de la generación anterior, o sea, los de los cantautores, tardáramos luego un algo en abrazar a Los Beatle o The Police. A mí Queen cuando me empiezan a gustar es ahora...

Rafael dijo...

Respecto a la pregunta del alumno, entiendo que la respuesta debería tener cierta carga lírica: "Asomarme a Waterloo, nadar por el Cabo de Gata, combatir en Lepanto, rezar en Jerusalén o cortejar a una hermosa princesa Japonesa, depende qué libro toque. Y todo ello mientras el néctar de los dioses acaricia mi paladar."

José Manuel Benítez Ariza dijo...

RM: lo que demuestra que ese proceso de nivelación de diferencias funciona.

Rafael: Tendría que haber dicho todo eso en inglés, y entonces sí que no me hubieran entendido.

El Japón de los libros dijo...

Totalmente de acuerdo con su comentario, Sr. Rafael.

Gon dijo...

Pero hasta cierto punto no dejan de ser procesos repetidos que las nuevas generaciones también actualizan. El otro día me hizo gracia escuchar a un alumno de 2º de Bachillerato que estaba indignado porque Justin Bieber se había proclamado el Kurt Cobain de su generación. Otro alumno, a su lado, preguntó ingenuamente: ¿Quién es Kurt Cobain?"; el primero se levantó indignado y no dijo nada.
En todas las generaciones hay vueltas atrás, gustos antiguos y descubrimientos tardíos.
Un placer leerte, por cierto.