martes, enero 04, 2011

COORDENADAS

Primera lectura del año y primeras películas vistas, y también primer paseo por el centro de la ciudad desde hace dos meses: se superponen los rituales de comienzos de año a la reanudación de las rutinas de siempre después de un largo intervalo. Nada de esto tiene verdadera importancia; pero uno concede cierto crédito a la idea de que, si bien el arranque de un año nuevo no es más que una fecha convencional, que no implica ningún cambio real en las circunstancias de uno, la vida humana está sujeta, como casi todo lo existente, a ciertos ritmos cíclicos, que implican repeticiones y recurrencias, pero también un cierto grado de renovación al comienzo de cada ciclo. Y uno debe de estar atento a esos pequeños indicios; o, al menos, a lo que indican respecto a los cambios experimentados por el propio observador, que es uno mismo.


Pero volvamos a lo que motivaba estas líneas. Entre las lecturas, Baroja, del que no había leído ni releído casi nada en el último lustro. La lectura reciente de Peatón de Madrid, de Sánchez-Ostiz, me pone en la pista de Locuras de carnaval, una novelilla del vasco que yo no había leído, y que en realidad no es más que una gavilla de historias inconexas relacionadas con el callejeo madrileño, que tanto fascinaba al autor. Baroja logra transmitir esta fascinación, y se muestra magistral a la hora de administrar sus recursos: la sabia elección de los detalles, tan efectiva en su propósito de dar impresión de verdad vivida; la capacidad para situar el fondo histórico (en este caso, los primeros años de la Segunda República) y las grandes preocupaciones colectivas en un lejanísimo segundo plano, donde, sin embargo, los hechos adquieren su justo valor; y, ya dentro de este peculiar subgénero suyo de "novela madrileña", su atención a la topografía de la ciudad, la mención repetida de nombres de calles, la descripción detallada de paseos e itinerarios, como si la transmisión de esa familiaridad con el escenario fuera un elemento decisivo a la hora de convencer a los lectores de la verdad de lo narrado. Hay quien dice que las novelas de Baroja carecen de plan previo y están hechas un poco al tuntún. Nada más alejado de la realidad. Hay una mente poderosa gobernando estas novelas, y lo que puede desconcertar a algunos es que ese poder se utilice para dar cuenta de lo insignificante y vulgar. Pero aquí ya entramos en juicios de valores. Para Baroja, seguramente lo insignificante y vulgar sería todo aquello que a otros emocionaba y exaltaba: las psicologías complicadas, las pasiones desmedidas, los argumentos de altos vuelos... Nada de eso cuenta para él. Y eso es, quizá, lo que lo hace llegar tan lejos a partir de un repertorio temático aparentemente tan limitado.


Y hablábamos también de cine. He visto cuatro películas en lo que va de año; y, entre éstas, sólo una de ellas por primera vez. Eso es también un síntoma: vuelve uno una y otra vez sobre lo ya visto, en vez de consagrar la mayor parte del escaso tiempo disponible a explorar cosas nuevas. Pero vayamos a la estricta novedad; que no lo es, puesto que se trata de una película estrenada hace casi veinte años: Verano en Luisiana, de Robert Mulligan. También concedo cierto valor, en el terreno de las casualidades afortunadas, al hecho de haberme tropezado en esta tesitura con uno de esos directores que se esfuerzan -a mi entender, con relativo acierto- en mantener los modos narrativos y  los valores del cine clásico americano. En este caso, Mulligan se copia a sí mismo: intenta una tardía revisión del ambiente y el punto de vista de Matar a un ruiseñor; sólo que aquella película de hace medio siglo conservaba el punto crítico y agridulce de la novela de Harper Lee, mientras que la de ahora, nutrida casi exclusivamente de nostalgia, es un extemporáneo cántico a los valores morales y familiares de la América de los años cincuenta, cuya pertinencia en la estragada sociedad norteamericana de 1991 resulta más que dudosa. Es decir: miren por dónde, el tradicionalismo estético de Mulligan termina redundando en un abierto conservadurismo político y social. Mala noticia, en fin, para quienes profesamos que nada tiene que ver el tocino con la velocidad. Pero también, para quienes andamos inmersos en una cierta rememoración del pasado vivido, un oportuno aviso de que, según cuál sea el camino elegido, se termina haciendo una revisión lúcida de ese tiempo pasado o una mera estampita sentimental; como sería, respecto a los tiempos de los que yo me ocupo en mis novelas recientes, la horrenda y muy tramposa serie televisiva Cuéntame.


En fin. Doy cuenta de la disposición de mente y ánimo con la que encaro estos primeros días del año, que son también días de trabajo intenso en mi nueva novela. Forzosamente, todo lo que se me pone por delante se constituye en piedra de toque respecto a mi trabajo. Una novela es eso: una indagación, no tanto en la materia de la que explícitamente se ocupa, como de todo aquello que el autor (y eventualmente el lector) es capaz de poner en relación con aquella. Leemos Guerra y paz, no para saber algo más de las guerras napoleónicas, sino para saber algo más de nosotros mismos y nuestro tiempo. Algo que olvidan, por cierto, los autores de la nueva hornada de novelitas históricas de consumo, de ésas de leer y tirar.

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