El sol de invierno constituye siempre un consuelo. Insuficiente, sí, pero que se agradece igual.
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Cada vez que nos paseamos con abrigo en un día soleado el sol siente que le hacemos un reproche.
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Los pusilánimes no serviríamos para hacer el oficio del sol: mediado noviembre, desistiríamos.
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Quienes mejor entienden el sol son los gatos.
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Nadie más solidario que estos gatos amontonados al sol: la parte alícuota de calor que recibe cada uno redunda en beneficio de todos.
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El color preferido del sol es el verde: es el que mejor le sale cuando pinta la mañana, y el que mejor luce cuando los demás aparecen ya un poco gastados o requemados, al mediodía.
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Al sol no le gusta que lo miremos cuando se proyecta en una pared blanca: se siente desnudo. Por eso nos ciega.
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Esas manchitas solares que quedan en la retina cuando nos deslumbramos: islas de un archipiélago incandescente, por el que navega Caronte.
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Cuando está nublado el sol se ríe a través de esas rendijas luminosas que vemos entre las nubes.
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Pese a la existencia de los soláriums, el sol es gratis.

4 comentarios:
En estos días en que hace tanto frío (o por lo menos frío para nosotros) es cuando más se agradece la luz, la claridad y el calor...
Especialmente en nuestra querida Sierra,E.
Muy bueno. Te lo dice un amante del sol, un entendido.
Un abrazo.
Muy bien estas greguerías por sol-eares.
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