martes, enero 18, 2011

FANTASMAS

No suelen gozar de muy buena prensa las películas de episodios, y parece un poco abusivo incluir en un lote de títulos de Lubitsch la titulada Si yo tuviera un millón, en la que éste sólo ha dirigido un brevísimo fragmento en el que un oficinista interpretado por Charles Laughton, al recibir la noticia de que le ha correspondido uno de los millones de dólares que un excéntrico millonario anda regalando, se levanta de su mesa, asciende a la planta noble del edificio de oficinas en el que trabaja y... le dedica una sentida pedorreta a su jefe. La payasada, no obstante, forma parte de una muy bien trabada amalgama de episodios dirigidos por distintos cineastas, entre los que destacan los dos firmados por un tal Stephen Roberts, al que yo no conocía. 


Dejo para otro día anotar algo sobre el segundo de los dos, referido a un asilo de ancianas en las que el inesperado regalo del cielo posibilita que éstas se rebelen contra la absurda tiranía a la que les somete la gobernanta de la institución. El otro, mucho más breve, muestra a una prostituta que, al recibir la noticia de que le han regalado un millón de dólares, no se le ocurre otra cosa que pasar una noche en un hotel de lujo, al que acude con el exclusivo objeto de dormir sola en una cama limpia. Desprende un tierno erotismo la secuencia en la que la muchacha se desnuda para meterse en la cama y, no contenta con haberse dejado sólo la ropa interior y las medias, vuelve a levantarse para quitarse estas últimas, en un sutil desquite, supongo, por las muchas noches en que habrá tenido que ejercer su oficio con ellas puestas.


Interpreta este episodio una tal Wynne Gibson, que, por una de esas bromas que permite el mundo azaroso de la farándula, fue mujer de James Cagney. Una mujer algo basta y de rasgos duros, pero capaz también de suavizarlos hasta alcanzar una cierta belleza melancólica. El episodio me recuerda al que interpretó Anna Magnani en Siamo Donne, otra película de episodios, en la que la famosa actriz, ataviada con una combinación oscura y sobre una cama deshecha, habla por teléfono con un amante que la ha abandonado. Los dos episodios ofrecen al espectador un atisbo de ese objeto universal de la curiosidad masculina: la intimidad de la mujer, cuando ésta se sabe no observada y aprovecha la circunstancia para tomarse su revancha de las mermas y daños infligidos en el trato diario con los hombres. 


Las dos -la hoy olvidada Wynne Gibson, la todavía recordada Anna Magnani- son hoy sólo sombras, manchas semovientes en una pared iluminada -o en su equivalente, un monitor de televisión-. Es uno de los aspectos inquietantes del cine: que esos fantasmas conserven todavía la capacidad de turbarnos.

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