lunes, enero 24, 2011

GOTAS

Abrazo a esta amiga escritora que acaba de sufrir una inesperada y dolorosísima pérdida familiar. Y sólo en ese momento, el de la percepción del contacto algo trémulo de la persona que abrazo, se interrumpe el gran hiato que separa al que sufre de quienes simplemente asisten a su dolor. Ante el dolor ajeno, en general, no podemos ser otra cosa que intrusos o espectadores más o menos impotentes. Y eso, a pesar de que ciertas causas de dolor apelan muy directamente a nuestra percepción de cuánto sufriríamos nosotros mismos en esas mismas circunstancias. Hay en esa reacción algo de egoísmo, o de puro instinto de conservación: algo que da gracias, en fin, por no ser uno el receptor de ese terrible golpe que acaba de recaer sobre otro. Por suerte, y en bien de nuestra propia humanidad, hay resortes de nuestra sensibilidad que no se atienen a ese cálculo egoísta, y que son los responsables, supongo, de los accesos de emoción que nos embargan en casos como éste; y que, si no confortan al doliente, que es totalmente ajeno a ellos, si nos consuelan a nosotros mismos de esa incapacidad casi absoluta de asumir en toda su dimensión ese dolor ajeno.

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Pequeñas, agudas, heladas, casi punzantes gotas de lluvia, arrojadas con fuerza contra mi rostro por un viento seco y cortante. Parecen casi sólidas, y por ello me digo que anticipan lo que seguramente serán las primeras nevadas del año en esta latitud. Pero no, la nieve es otra cosa: si esta lluvia graneada da la impresión de ser casi sólida, la nieve, que sí  lo es, causa asombro y extrañeza precisamente por todo lo contrario: por parecer algo más ligero que el aire mismo. Algo hecho de ese mismo silencio que se impone en el momento en el que cae.

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Me doy cuenta, en fin, de que yo era d'orsiano sin haber leído la obra filosófica del gran Eugenio d'Ors. Lo constato mientras leo la cumplida recensión que ha hecho Antonino González del pensamiento estético de este autor, que en su obra dedicada a Lo barroco, por ejemplo, estableció que esa palabra no designa un movimiento artístico particular, ceñido a los siglos XVII y XVIII, sino un eón o universal del devenir artístico humano, en eterna pugna con su contrario, lo clásico. Y me acuerdo de un profesor mío que nos enseñó la sucesión de los movimientos estéticos históricos en función de esa dualidad: a una época de signo clasicista -el Renacimiento, el Neoclasicismo, etc.- invariablemente seguía otra de signo contrario -Barroco, Romanticismo, etc.-. Aquel hombre, muy leído y muy versado en Historia del Arte, seguramente sí era d'orsiano en el sentido pleno de la palabra. Sólo que él, en la confusión de la época, se sentía más bien materialista o marxista; y, en ese sentido, en vez de dirigirnos al pensador catalán -pienso lo bien que me habría venido , en mis esforzados diecisiete años, haber leído Tres horas en el museo del Prado-, prefirió dirigirnos al marxista húngaro Arnold Hauser y a su Historia social de la literatura y el arte. Cosas de la vida. En esta monografía de Antonino González sobre d'Ors no se cita a ese historiador ni una sola vez; y eso que el empeño de éste en definir y delimitar el Manierismo de los siglos XVI y principios del XVII se parece mucho al que el catalán puso en explicitar su noción de Barroco... No sé. Acabamos profesando todos una verdad mixta, compuesta de las intuiciones que tuvieron quienes nos precedieron. De algunos sabemos el nombre, de otros no. Y a otros, en fin, los relaciona uno con ciertos personajes anónimos, que fueron para nosotros los verdaderos transmisores de esa verdad: este maestro mío, por ejemplo, al que ahora pongo la cara de los dos, de Hauser y de d'Ors, en una imposible mezcla que tiene algo de caricatura.

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