viernes, enero 07, 2011

INVENTOS

Con los tópicos no hay quien pueda, como ha venido a constatar un estudio, efectuado en el Reino Unido, según el cual cuanto mayor es el desarrollo económico de un país, mayor es la incidencia de las enfermedades mentales en su población; y, entre ellas, las que se traducen en depresión y neurosis. Es decir, que los ricos también lloran, como viene demostrando ampliamente la literatura folletinesca de todos los tiempos. Las apostillas a ese estudio no tienen desperdicio, y destilan, a primera vista, un incontestable y muy británico sentido común. En 1900, dicen los investigadores, necesitábamos desarrollo económico, como lo necesita África hoy. Pero lo que no parece necesario es que ahora tengamos que estar sometidos a la presión de tener televisores más grandes o coches que corran más. De lo que se desprende que el desarrollo tiene un techo, y que, una vez alcanzado éste, lo razonable sería no plantearse nuevas metas que, a su vez, pudieran traducirse en mayores tasas de insatisfacción.


Incontestable, ya digo. Sólo que, puestos a considerar la inutilidad de cualquier invención nueva, ¿por qué no aplicar ese criterio a algunas de las  que ya usamos? Hace apenas quince años podíamos efectuar la mayor parte de nuestras acciones cotidianas sin necesidad de ordenador o Internet; hoy encendemos la fatídica máquina nada más levantarnos, para saber el tiempo que hace… Y muchas de las tareas que antes exigían nuestra presencia física en el centro de trabajo nos aguardan ahora permanentemente en el espacio virtual y podemos acceder a ellas desde cualquier lugar o en cualquier momento, incluyendo aquellos antes consagrados exclusivamente al ocio o la familia. Viendo los correos electrónicos que a veces me mandan algunos compañeros por motivos de trabajo, me horroriza comprobar que muchos han sido escritos a altas horas de la madrugada, cuando debieran estar durmiendo...


Naturalmente, no estoy sugiriendo que debiera decretarse la supresión de la informática, o el retroceso de la tecnología a la existente, pongamos, en torno a 1970. Si me apuran, por motivos estéticos yo detendría el reloj en torno a 1900, cuando las máquinas básicas de hoy (coches, prototipos de aeroplanos, telefonía, etc.) estaban ya esbozadas y eran fuente de maravilla y sorpresa, y también de fe en la inventiva humana. Pero no podemos defender seriamente ese paso atrás, como tampoco puede pretenderse la detención del progreso. A lo mejor bastaría con favorecer un uso racional de las novedades y una defensa a ultranza de la preeminencia del hombre, de su privacidad y su ocio, sobre las agotadoras posibilidades y exigencias de los nuevos inventos. Y eso sí: quien quiera enloquecer, que enloquezca, que tampoco somos nadie para dar la monserga de la vida sana y retirada y blablablá. Para eso tenemos a los ecologistas.


Publicado el martes en Diario de Cádiz

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