sábado, enero 29, 2011

LO NUESTRO



Al mismo tiempo que el cansino terrorismo de Eta se diluye en la irrelevancia, vuelven a aflorar en la vida política y social española otras formas de violencia de apariencia más espontánea y efectos quizá no tan letales, pero que, por eso mismo, constituyen un fenómeno casi más preocupante que el terrorismo declarado, porque su rápida extensión y arraigo en determinados ámbitos podría llegar a convertirse en plaga. Vuelven las brigadas de la porra, los petardistas, los piquetes amenazantes. De todo ello ha habido ejemplos en las últimas semanas. En Murcia unos indeseables le destrozaron la cara a golpes a un consejero autonómico, en Galicia se han reiterado los ataques con explosivos caseros a las sedes del Partido Socialista, en Andalucía ha suscitado serias preocupaciones el anuncio de que algunos colectivos podrían utilizar como arma de protesta el boicot a los actos políticos en la próxima campaña electoral. Salimos, en fin, de la espiral posmoderna del terrorismo preconizado por los vástagos del mayo francés, de la que ya casi no quedan resabios en ningún país de Europa (el de Eta, en fin, si no nacido en esa oleada, pronto adoptó sus latiguillos y sus justificaciones ideológicas), y volvemos a lo nuestro, a lo de siempre: a la enrarecida atmósfera política y social de nuestro país en los años veinte y treinta. En esa época era normal que partidos políticos y sindicatos tuvieran sus milicias y brigadas de choque. El ambiente era el que se describe en la novela La verdad sobre el caso Savolta: pistoleros a sueldo de patrones y sindicatos, indiferencia policial, corrupción generalizada; y, en medio de la barahúnda, el difícil día a día de quienes intentaban contar o entender lo que sucedía.


No diré que estemos ya en esa situación: detesta este columnista la generalización abusiva o las declaraciones tremebundas. Pero sí que, al hilo de la difícil situación económica y la falta de confianza en los actuales responsables políticos, se aprecia una clara deriva hacia nuestros más indeseables atavismos. Y resulta muy preocupante que ese deterioro sea palpable sobre todo en el ámbito regional o local, donde todo el mundo se conoce y la agresión resulta por ello más sencilla, a la vez que la cadena de complicidades, la omertá de los sicarios, más difícil de acotar. Acaba de suceder en Cádiz. A un conocido periodista gaditano lo han agredido por haber expresado abiertamente su parecer sobre cierto intrincado contencioso laboral, del que la ciudadanía ha sido mudo testigo, a la vez que rehén de las protestas derivadas del mismo. No puede uno sino expresar su más enérgica condena de esta agresión, cercana y palpable. Y desear estar completamente equivocado respecto a los temores generales expresados más arriba.


Publicado el martes en Diario de Cádiz


NOTA: el texto publicado en el Diario era algo más concreto respecto a los detalles del incidente aludido en el último párrafo. En este blog he creído conveniente suprimir nombres propios y elevar, como diría d'Ors, la anécdota a categoría. De hecho, el artículo desarrolla una idea ya anotada en este cuaderno con anterioridad a dicho incidente. 


Para la lectura del artículo original, pinchar aquí. Para otros textos relacionados con este asunto, pinchar aquí

2 comentarios:

Manoly dijo...

Lo nuestro, efectivamente. Ese cainismo soterrado y cobarde que se lo pone todo fácil a los que buscan recoger sus frutos.
Buen artículo y excelente reflexión, a mi parecer.
Manoly

Sara dijo...

No sé que me aterra más: si la violencia,o nuestro silencio. Ojalá muchos otros sigan tu ejemplo.