lunes, enero 10, 2011

PELIGROS

A las seis de la tarde del sábado la tormenta está justo encima de nuestras cabezas. El intervalo entre los rayos y los consiguientes truenos es mínimo, lo que me hace suponer que es también escasa la distancia que media entre nosotros y el origen de esos rayos. Ni siquiera los vemos: sólo unas intensísimas explosiones de luz cegadora que envuelven la casa. La gata anda asustada, no es para menos. También nosotros sentimos cierto respeto ante la furia de los elementos. El agua golpea furiosamente el canalón y corre a raudales por la calle en cuesta. 


De noche, nuestra amiga S. nos cuenta que la tormenta la sorprendió en la calle, camino de la iglesia. En una plazuela vio a una anciana refugiada en un portal. Supuso que iba también a misa, así que se ofreció a acompañarla. Pero la anciana no se decidía a abandonar su refugio, y no paraba de repetir que le daba mucho miedo la tormenta. Así que nuestra amiga desistió de intentar convencerla y siguió su camino. Mientras tanto, la tormenta arreciaba, los rayos caían cerca y el viento formó en la plazuela una especie de remolino. S. apretó el paso. Y, mientras lo hacía, nos dijo, se oyó una potente voz sobre su cabeza que le gritaba: "¡El paraguas! ¡El paraguas!". No pudo detenerse a averiguar el origen de esa voz. Y sólo cuando llegó a la iglesia, dedujo que podía tratarse la de un tendero de esa plaza, que habría presenciado toda la escena y que le advertía del peligro que suponía llevar un paraguas abierto bajo una tormenta eléctrica.


Por un momento guardamos todos silencio. No por lejana, la posibilidad de ser fulminado por un rayo resulta menos ominosa. Pero, añado yo, hay que haber merecido antes la ira divina para alcanzar esa clase de muerte. Y no es el caso, como sabe cualquiera que conozca a la bondadosa S.


***


Casi tan peligrosos, en fin, como una tormenta eléctrica son los andurriales a los que pueden conducirnos ciertas impremeditadas excursiones por Internet. Nos ocurrió en la tarde del día de Reyes. Hojeaba yo el librito del prestigioso fotógrafo Nick Knight sobre skinheads londinenses que me prestaron los amigos con los que cenamos en vísperas de Nochevieja. El libro fue editado en 1982, justo cuando la indumentaria y hábitos de esta tribu urbana empezaba a ser asimilada por los seguidores del National Front británico y otros partidos neonazis. El autor parece querer partir una lanza a favor de sus modelos, y explica que esa estética, surgida en torno a 1968 en los barrios obreros de Londres y otras ciudades británicas, no tenía en principio significado político alguno, y no era más que la que adoptaban quienes se sentían ajenos al flower power, el movimiento hippy y otras modas de entonces, pronto convertidas en productos de consumo destinados a las clases medias y altas. 


Entre los textos que acompañan las fotografías hay uno dedicado a la música que escuchaban estos jóvenes. Y ahí empezó nuestra excursión: viejos temas bailables de soul y de ska, grabados por Desmond Dekker, Sam Cooke, The Skatellites, etc. Hasta ahí, todo bien. También encontramos varios temas de Symarip, un grupo creado expresamente para intentar capitalizar esta clientela; lo que, al parecer, no terminó de cuajar, más allá del éxito relativo que tuvieron canciones como Skinhead Moonstomp o Skinhead Girl. La mayoría de estos viejos temas, que encontramos en Youtube, venían asociados a imágenes de época, entre las que no faltaban las fotografías del propio Nick Knight. Pero al llegar a los ochenta la cosa cambia: la música predilecta de esta tribu urbana deja de ser intrascendente y bailable: el sonido se endurece, hasta confundirse con el punk, y las letras se llenan de contenidos xenófobos y racistas, a la vez que en las imágenes de los conciertos empiezan a proliferar las esvásticas y los saludos fascistas. Aquí la excursión empieza a resultarnos inquietante. Pero, miren por dónde, nuestro itinerario nos reserva aún un giro irónico: buscando canciones de una banda llamada Coksparrer, mencionada en el librito de Nick Knight, encontramos una grabación de un concierto suyo nada menos que en... Durango, en el País Vasco. La clientela parece la misma que la de las bandas neonazis que habíamos rastreado hasta entonces: tipos rapados, casi todos con el torso descubierto y lleno de tatuajes. Pero el signo político de los allí congregados era justo el opuesto, porque resulta que la mencionada banda se ha decantado por el radicalismo de izquierdas, y figura entre las predilectas de la peña batasuna y sus equivalentes en otros escenarios y países europeos... 


En fin. Si acaso, me conforta un poco esta nueva constatación de la escasísima diferencia que puede haber entre los fanáticos de un signo y el contrario. Y cierro el ordenador, con la vaga sospecha de que el Gran Hermano que controla nuestras excursiones por el lado oscuro de la realidad andará preguntándose qué mosca me habrá picado, y qué demonios andaba buscando yo por esos andurriales.


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Casi se me olvidaba anotar que han florecido los almendros. Otros años este apunte venía acompañado de una mención a las primeras nevadas en la Sierra. Hoy no: al blanco de la flor le falta su complementario, el de la nieve.


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Y este regalo que los Reyes me han dejado en el blog "Memoria métrica": una reseña de mi novela Vida nueva.

1 comentario:

José Luis Piquero dijo...

Te resuelvo el misterio: no son skinheads neonazis sino redskins, el ala skin opuesta, de izquierda hiperradical y, naturalmente, enemiga de la otra. De ahí el público.
Un abrazo.