lunes, enero 03, 2011

PURGA


Sale uno algo maltrecho de estas fechas, y heme aquí, purgando los excesos en mi particular banco de galeote, que es el ordenador. Sufro de un amago de faringitis, de una dispepsia intermitente y de una acentuada, aunque quizá no del todo justificada, misantropía.

Todo empezó en las vísperas: cena en casa de esos amigos tan británicos, durante la que hojeo un interesante catálogo de fotos de skinheads londinenses -no he hablado aquí de esa parte de mi pesquisa novelística, centrada en Londres-, tengo en las manos la discografía completa de la Velvet Underground y canturreo con el anfitrión la que él dice que es su canción favorita de los Beatles -y que no compusieron ellos, por cierto-: Till there was you. Una velada deliciosa, en la que los anfitriones también nos piden nuestro parecer sobre su último proyecto: poner en marcha una sociedad de debates, como las que florecen en el mundo anglosajón. M.A. pregunta si no creen que no estamos preparados para eso, y que lo más seguro es que, en un debate un poco más enardecido de lo habitual, lleguemos todos a las manos. Pero estos amigos confían en los fundamentos de la vida civilizada, y yo, para darles ánimo, les digo que lo que deben hacer es elaborar un buen reglamento. Con un buen reglamento no hay error posible.

Sería largo de explicar por qué, después de una velada tan agradable, al llegar a casa se nos torció el ánimo. Cosas de la dispepsia, quizá, de la predisposición adquirida a hacer malas digestiones y dormir mal. El caso es que hube de afrontar la nochevieja en un pésimo estado. La cena, las copas y la buena compañía contribuyeron a que lo pasara por alto. Pero al día siguiente el cuerpo pasó factura, y por la tarde ya no había duda al respecto: el malestar se tradujo en una molesta jaqueca, unas décimas de fiebre y los inconfundibles síntomas de la garganta estragada. Ah, esos gin tonics. No he vuelto a tomar ninguno como los que sirven en la calle de la Reina, en Madrid. No es que el pub donde pasamos las primeras horas del nuevo año tuviera mucho que envidiar a los de esa afamada calle: como éstos, tiene también su solera, y en sus cuarenta años de historia ha visto tejerse y destejerse buena parte de la vidilla social, cultural y afectiva de este pueblo, que es tan celoso de sus tradiciones como cualquiera. Tanto, que en la noche de fin de año los allí congregados parecían fantasmas o reencarnaciones de gente de hace cuatro décadas. Chicos con flequillos imposibles y jerseys de vestir comprados por sus madres, parejas llamativamente desiguales, muchachas que parecían  sobrellevar con paciencia uno de aquellos largos noviazgos de posguerra... Sólo un detalle innegablemente contemporáneo: cuando una de estas chicas pidió a una amiga que posara para una foto, ésta no dudó en levantar una pierna y colocarse en una postura más propia de una de esas modelos de contraportada que posan para los periódicos deportivos...

Naturalmente, sería absurdo atribuirles a estas imágenes alguna clase de valor premonitorio respecto al año del que son ya los primerísimos recuerdos. Podían haber sucedido un día antes o un día después, y eso las hubiera situado fuera del ámbito de las simbologías. Pero uno no tenía cosa mejor que hacer, aparte de constatarlas. Y, ahora que lo pienso, no es mala imagen para colocar bajo su advocación todo un año: una muchacha muy joven, de aspecto tímido, que arquea una pierna enfundada en una media negra y abre desinhibidamente los muslos para posar ante la posteridad. Una imagen, en cierto modo, desafiante. Ya pueden venir malos tiempos, que siempre habrá quien los encare con ese bendito desparpajo.

O quizá el verdadero problema, y el que dicta el tono melancólico de esta nota, sea el que no me he atrevido aún a enunciar: que todos los que aparecen en ella, con sus proyectos, sus convencionalismos, sus extravagancias, eran, son, mucho más jóvenes que nosotros.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

José manuel, perdona la insistencia. Es que estoy esperando si tú sabrías el título. Me interesaría que dijeras si no sabes el título, para iniciar otras pesquisas:

Perdona esta intromisión anónima. Es posible que algún día haga referencia a ella si tenemos oportunidad algún día de vernos las caras.
La cuestión es la siguiente:
Hace años vi en el ciclo de Garci una película que trataba sobre muertos. En un pequeño pueblo, practicamente una calle, los muertos se instalaban espectrales, pero cercanos, en los tejados de las viviendas para recibir a los que acababan de morir. Creo que en una escena ( a no ser que mezcle películas), bajo la lluvia, la calle aparecía repleta de paraguas negros, con un reflejo lunar en sus tensas y empapadas telas negras. ¿Sabes cómo se llamaba esa película?

Y gracias de antemando. Y disculpa de nuevo esta intromisión.

José Luis Piquero dijo...

Bueno, yo diría que ha sido un fin de año lo bastante interesante y lleno de sensaciones como para aceptar su contrapartida en forma de un pequeño malestar: míralo así. A nuestra edad (pero tampoco impostemos tan pronto una excesiva "madurez") ya sabemos que todo tiene una tasa. Tú, que eres un poco cronista de nuestra generación en tus libros, sé consciente también del sentido augural de todas las cosas a todas las edades. ¿Quién ha dicho que todos los descubrientos suceden en la juventud? Al contrario: a esa edad sólo descubrimos lo que ya descubrió todo el mundo. Lo que indaga la primera madurez, lo que averiguamos tras tantos años de displicencia hacia los mayores, tiene el rasgo distintivo de no ser generacional, sino diferente en cada persona, pues llegamos con un bagage propio y otra capacidad de discernimiento, lo que no ocurre a los veinte años, cuando actuamos "generacionalmente". A los veinte pensamos como se espera de nosotros. A los cuarenta, como esperamos de nosotros. Si esperamos algo, claro. No sé, sólo divago.
Un abrazo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias, José Luis, por quitar hierro a esas melancólicas ocurrencias mías. Estoy de acuerdo contigo en que con la edad ganamos individualidad; pero el peso de esa individualidad no siempre es fácil de llevar e implica estas momentáneas caídas en la coquetería del pesimismo. Que es, como muy bien indicas, una impostura.

En cuanto a la consulta anónima, debo decir que no puedo identificar esa película, aunque un plano muy similar al descrito tiene lugar en "Sinfonía de la vida" (My Little Town) de Sam Wood, que también programó Garci, y de la que, en el consiguiente coloquio, se destacó su estética de película de fantasmas o zombies, por la que los habitantes de este pueblecito eran equiparados a muertos vivientes. Pero no sé si será ésta la película por la que me preguntas. De todos modos, en Internet he tropezado a veces con listados de las películas que emitió Garci, que podrías consultar.

Anónimo dijo...

Muchas gracias, José Manuel. Sí, era esa la película por la que preguntaba. Trasteando por internet he llegado a una página en donde he podido verla gratis. Me alegraría descubrirte, para agradecerte tu atención, esa página, aunque supongo que un cinéfilo como tú la conocerá de sobra. Es esta:
http://www.adnstream.com/video/carHtiWriX/Sinfonia-de-la-vida

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Lo dicho: mil gracias.