lunes, enero 31, 2011

UNA MIRADA



Un médico, un simple jefe de negociado, un empleado parapetado tras una ventanilla, incluso un portero o un bedel: durante el franquismo, había capas de la población para las que esas figuras podían representar la autoridad, el respeto debido, el poder omnímodo, por depender de ellas decisiones vitales para quien se ponía en sus manos, y porque en ellas estaba la posibilidad de actuar arbitrariamente contra los intereses del postulante, sin que, en el sistema jerárquico entonces en vigor, éste pudiera plantearse siquiera la posibilidad de elevar una queja. 

Naturalmente, no estoy achacando conductas de esa clase a todos los integrantes de los gremios mencionados; ni, por extensión, a cualquiera que detentase entonces alguna clase de responsabilidad profesional o pública (no sé: abogados, profesores...) de parecido alcance. Pero ésa era la esencia de las relaciones sociales en la España de entonces; y por eso me han llamado poderosamente la atención, en estos últimos días, las noticias que han ido surgiendo sobre la posible existencia, durante buena parte de ese periodo, de una trama organizada de robos de recién nacidos para darlos en adopción, y sobre la presunta implicación en ella de médicos, enfermeras, matronas, curas... En los últimos tiempos se ha discutido  -agriamente, como casi siempre ocurre en nuestra vida pública- sobre la posibilidad de abrir una causa penal contra el franquismo y sus responsables. No digo yo que no; pero, ante casos como el que motiva este apunte, se me ocurre que el verdadero proceso penal al franquismo, y el único que podría dar lugar a una verdadera reflexión sobre el papel que cada cual jugó en esos años, vendrá de la mano de denuncias como ésta, aparentemente ajena a intereses políticos. 

Mi imagen de esos tiempos, al menos, se corresponde con lo que evocan hechos como los ahora denunciados: un extraño temor general a ser juzgado por el vecino, a ser arbitrariamente ignorado por el funcionario de turno, a incurrir en innominadas e impredecibles faltas contra los códigos de conducta vigentes, o a ser víctima de maquinaciones contra las que nada se podía hacer, por estar respaldadas por personas o instituciones poco menos que incuestionables. De todo esto se ha hablado poco, porque lo más fácil hasta ahora ha sido centrarse en la fachada política o en determinadas situaciones arquetípicas (de ésas, en fin, en las que intervienen tricornios, sotanas, camisas azules...), sin ir más allá.


Modestamente, quien esto escribe intentó el otro camino en su novela Vacaciones de invierno, la primera de una trilogía en marcha sobre el periodo histórico que incluye los últimos años del franquismo y los primeros de la transición democrática. A esta inmersión literaria en ese mundo debo, quizá, mi actual interés por noticias como la comentada. Escribir -no es la primera vez que lo constato- es la manera que tenemos algunos de ir con los tiempos, de entenderlos y entendernos. Un modo un poco complicado, tal vez. Pero, en cualquier caso, el que corresponde a un modo de ser que quizá -hay que reconocerlo- no sea todo lo resolutivo y práctico que demanda la realidad; pero que, a pesar de eso, aporta una mirada sobre ésta que de algún modo completa o modifica la de quienes inciden sobre ella sin tantas rémoras ni miramientos.

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