martes, febrero 22, 2011

EL FULAR


Me pregunta esta compañera si me gustan las películas de los hermanos Coen, y se sorprende mucho cuando le digo que no es que me disgusten, pero que tampoco me interesan demasiado, por lo que muchas de ellas tienen de pastiche o chiste cinéfilo -y le cito, como ejemplos, Muerte entre las flores y El hombre que nunca estuvo allí-; aunque también termino reconociendo que sí me gustan, sin reservas, películas tan incalificables como Barton  Fink, u otras tan ortodoxas como Fargo, que vienen a certificar que sus autores, más allá de los ejercicios genialoides, saben hacer buen cine sin más... Queda flotando en el aire esa ligera incomodidad que produce un desencuentro cuando afecta -más por parte de mi interlocutora, creo, que por la mía- a algunas creencias y gustos muy acendrados. Me ha pasado otras veces. Quizá sería más sencillo, por mi parte, empezar reconociendo lo que sí comparto de los gustos ajenos, antes que con la discrepancia. Pero supongo que, para eso, me tendrían que hacer de nuevo.


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Siguiendo con las discrepancias: lo que no termino de compartir con quienes participan en este libro-coloquio sobre la movida madrileña de los ochenta es la idea de que todo empezó en la capital y luego se exportó a provincias. Uno, que anduvo metido en empresas culturales de carácter moderno desde muy a principios de la década; y que, por mor de su tierna edad, ay, conocía algo de la ajetreada vida nocturna de la época, en ningún momento tuvo sensación de que hubiera un claro desfase entre lo que se hacía por aquí y lo que hacían los de la capital. Lo de ellos, claro, era más amplio y potente, como corresponde a las dimensiones del escenario, a su centralidad a efectos de difusión, y a su capacidad para atraer a gentes de todas partes. Si acaso, ese fermento empezó a decaer cuando, por efecto centrípeto, las modas generadas desde la capital empezaron a imponerse a lo originado en la periferia. No en todo, claro: en literatura, por ejemplo, y  muy especialmente en poesía, la capital no generó nada que tuviera el menor interés, y las propuestas más innovadoras y de mayor recorrido fueron las nacidas en la periferia. Igualmente, hay que constatar aquí un curioso efecto de la centralidad madrileña: algunos, cuando llegábamos allí, teníamos la impresión de estar retrocediendo; en parte porque nuestras propias condiciones de vida (la consabida bohemia estudiantil) nos circunscribían a ambientes y lugares que permanecían fieles a la estética y valores de diez años antes; quiero decir que, mientras quienes podían iban al Rock-Ola, por ejemplo, uno se quedaba en los bares de la plaza Santa Ana y alrededores; que era como permanecer, a efectos estéticos y ambientales, en los años setenta. Lo que tenía incluso sus contrapartidas indumentarias: dejaba uno en el armario sus chaquetas y camisas modernas y, para meterse en aquellos antros oscuros, volvía al jersey de lana aborregada y al fular. 


En una cosa, de todos modos, sí andaban a la par la movida madrileña y las otras: todas fueron, pese a sus orígenes callejeros y contestatarios, fenómenos rápidamente fagocitados por el poder político y forzados a depender del apoyo y subvenciones procedentes de éste. Lo que equivale a decir que en sus semillas estaba ya el germen de lo que terminaría matándolos.


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Al hilo de lo anterior, y respecto a ciertos aniversarios: todavía anda uno asistiendo a funerales de cosas que murieron, o más bien nacieron muertas, hace veinticinco años.

2 comentarios:

Mr Quaker dijo...

Si no recuerdo mal, el libro de Gallero tiene una visión muy reduccionista de la movida, muy ligada a los primeros experimentos musicales de Kaka de Luxe, Alaska, Paraíso… para luego concentrarse en la revista ‘La Luna’. Me dio la impresión de ser un libro de autobombo, para ponerse medallas, con poca distancia histórica, pues los verdaderos artistas que dio la movida son muy pocos: Almodóvar, García Alix, ¿Ouka Lele?, ¿Ceesepe?... y pare usted de contar. Me resulta hoy de mucho mayor interés el fenómeno underground y de arte vanguardista que se coció desde comienzos de los setenta, a los que podrían ligarse los mejores de la movida (Almodóvar y Alix). La superficialidad de la movida la ha demostrado la carrera posterior de muchos de sus integrantes, que han pasado de ser jóvenes con ‘great expectations’ a dar algo de pena. Da vergüenza ajena la gloficación de gente como Carlos Berlanga, al que se dedicó una exposición hace un par de años en Madrid, que por muy simpático que fuera no llegaba ni a la definición de artista diletante. Hubo muchos otros, que no encajan en toda esta movida, que sí fueron artistas y tuvieron más que decir e hicieron mil veces más, gente por ejemplo como el diseñador Diego Lara.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Justísimo comentario. Efectivamente, este libro es un coloquio entre ex-redactores y responsables de la revista La Luna y de la que fue su continuación, Sur Exprés. Tiene, por tanto, el sesgo que usted justamente señala. Otra cosa es que a mí me sirva como recordatorio de actitudes y acontecimientos que son también parte de mi formación y mi memoria sentimental, y por eso saco ahora este libro a colación en este cuaderno.