jueves, febrero 17, 2011

ÍNFULAS DE HEMINGWAY

En el autobús de las dos de la tarde, un inesperado olor a tortilla recién hecha. Se ve que algún pasajero acababa de retirar el envoltorio de un bocadillo comprado antes de subirse al autobús.  Esa mañana yo ni siquiera había desayunado: mi rato de descanso lo consumió una actividad imprevista; así que el mencionado olor me asaltó cuando ya empezaba a devorarme un apetito voraz. Se daba la circunstancia, además, de que venía leyendo una de las muchas historias de hambre y picaresca que conforman Ronda del Gijón, el libro de Marcos Ordóñez sobre el célebre café madrileño. Miren por donde, la lectura me encuentra en una excelente predisposición física y moral para apreciarla. Como cuando uno está desesperadamente enamorado y lee, pongo por caso, Las inquietudes del joven Werther.


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En el citado libro, por cierto, el autor pone en boca del escritor Jesús Pardo la siguiente observación sobre la crítica literaria. "En aquella época sólo se podía escribir de la gente para decir que era fenomenal. Por debajo de fenomenal ya se consideraba un insulto encubierto". Lo que valía para los años cincuenta sigue siendo válido, con algunas excepciones, para hoy. Se refería Jesús Pardo a un artículo que César González-Ruano había escrito sobre el novelista Ricardo León; y que, por no ser lo bastante elogioso, le valió una paliza por parte de los hijos de éste. No sé si las cosas hoy llegarán a tanto. Pero sí recuerdo el asombro del director del periódico para el que yo escribía hace... ¿veinticinco años?, cuando le llamó una persona muy allegada a cierto escritor del 27 -al que por cierto, admiro muchísimo- para pedirle mi cabeza, porque yo no había sido tampoco lo bastante elogioso en una reseña que hice de un libro suyo entonces recién reeditado. Aquella reclamación no tuvo ningún efecto: veinticinco años después, sigo escribiendo para el mismo periódico. Y todavía me pregunto qué esperaba el reclamante: ¿un despido fulminante, seguido de una rectificación pública? Seguramente. Lo que viene a confirmar, junto con lo anteriormente dicho, que los modales literarios de este país no han cambiado tanto en el último medio siglo; o en los últimos quinientos años, tal vez, si atendemos a algunos de los rifirrafes en los que se distraían nuestros escritores de los Siglos de Oro.


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Y esta definición de Cela, extraída del mismo libro, donde la atribuyen a un tal Blanco Tobío: "Un Jaimito con ínfulas de Hemingway".

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