lunes, febrero 21, 2011

A LA COLA



Bandadas de estorninos y piar de pájaros diversos al atardecer. La primavera siempre se adelanta a sí misma; y esta impaciencia, que es su debilidad, es también su gran argumento contra la estación oscura que viene a relevar. Le quedan aún no pocos reveses antes de su triunfo definitivo. Si es que ese triunfo, en fin, no se inscribe ya en otra estación. Como la felicidad, de la que no se tiene conciencia más que cuando parece amenazada.


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Alterno la lectura de Ronda del Gijón, de Marcos Ordóñez, con la de Sólo se vive una vez. Esplendor y ruina de la movida madrileña, de José Luis Gallero. Dos libros sobre otros tantos momentos de la vida social y cultural madrileña, y sobre el fermento humano en el que se generan las energías, las confluencias de intereses, las oportunidades y las casualidades sobre las que se alzan las individualidades que efectivamente lograron hacer en su día una obra digna de recordarse. Y lo que llama la atención, por encima de las obvias y clarísimas diferencias entre los dos periodos -los últimos veinte años del franquismo, los primeros lustros de la democracia-, son los parecidos y coincidencias. Cuando, en el segundo de los libros mencionados, Borja Casani, el que fue director de La Luna de Madrid, afirma que "el grupo de Almodóvar, McNamara, Costus, Paloma Chamorro, Ceesepe, Ouka Lele, García Alix (...) consideraba advenedizo a cualquiera que no perteneciera directamente al núcleo", y califica a éste de "hiperdogmático y duro", no puede uno dejar de acordarse del descorazonador consejo que daba Baroja a cierto joven literato que preguntaba qué había que hacer para triunfar: "Venga a Madrid y póngase a la cola"; sabiendo a ciencia cierta, en fin, que la cola avanzaba poco o nada, porque los que llegaron primero no estaban en absoluto dispuestos a cederle el puesto a los nuevos. 


Pero no es ésta la única constatación melancólica que puede extraerse de la lectura conjunta de estos dos libros. La segunda sería, quizá, que no hay aventura colectiva que no exija el sacrificio de muchos talentos en ciernes para que puedan emerger, del naufragio colectivo, una o dos trayectorias artísticas dignas de consideración. En las tertulias del Gijón y en esa especie de divertida rebatiña en la que llegó a convertirse el fermento artístico de los ochenta -uno, desde su modesta posición periférica y casi marginal, vivió algo de eso- la mayoría no hizo otra cosa que perder el tiempo y las ilusiones. Algunos, a cambio, pueden al menos decir que se divirtieron; otros, ni eso.


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Pero lo que más me llama la atención del libro de Gallero -que, lógicamente, es el que más me concierne- es la sensación, pese a todo, de hallarme ante un espejo en el que reconozco algunos gestos y modos de pensar y vivir muy característicos del tiempo en el que me tocó tener veinte años, y no pocos paralelismos entre las batallitas ajenas narradas en el libro y las que uno recuerda de primera mano. De nuevo es Borja Casani el que explica por qué a muchos de los creadores en ciernes de entonces se les miraba con desconfianza, e inmediatamente se les ponía el sambenito de "reaccionarios" o "fascistas": es que el enemigo con el que había que bregar no era otro que el concejal de cultura o el técnico municipal de turno, ambos de izquierdas... Lo que habla, en fin, de una realidad mucho más triste, de la que todavía no hemos podido sustraernos: la evidencia de que todo ese fermento, en principio espontáneo, pronto quedó sometido a la tutela de los políticos que concedían o denegaban las subvenciones correspondientes.

2 comentarios:

Profesor Franz dijo...

No estoy de acuerdo con esa última apreciación de Casani. La connotación de "fascistas" a los artistas porque no congeniaban con los programadores culturales de izquierda es algo bastante posterior (y que perdura hasta nuestros días, como bien dices). La identificación de los artistas de la movida con el fascismo estaba más generalizada y se debía sobre todo a cuestiones estéticas. Recordemos que veníamos del rock sinfónico, los cantautores y los hippies, pelos largos, paz, amor y buen rollo, tío. Y de pronto aparecen estos individuos con la cabeza rapada (Iñaki Fernández, cantante de Glutamato Ye-Ye, lucía incluso un provocador bigote hitleriano), vestidos con cuero negro y cadenas, y calzando botas Doc Martens. Recordemos también el alegre uso que hacían los susodichos artistas de esvásticas y demás simbología totalitaria, por no hablar de algunas de sus letras: Mata hippies en las Cíes (Siniestro Total), Heil Hitler! (Los ilegales), Nuclear Sí (Aviador Dro). Obviamente era todo pura provocación, pero el cadáver del Generalísimo aún no estaba frío del todo y el horno no estaba para esos bollos...

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Por supuesto, profesor. Supongo que lo uno acarreó lo otro: la incapacidad de esos gestores para aceptar esas provocaciones los desprestigió de inmediato ante los creadores del momento, y viceversa.