jueves, febrero 24, 2011

CLARIDADES



Entro ya a trabajar bajo la luz del día. Este intervalo -el que va desde que empieza a afianzarse la recobrada claridad hasta que, con la entrada en vigor en marzo del "horario de verano", ésta vuelve a perderse durante algunas semanas- es quizá el único del año en el que ánimo y luz van plenamente acompasados. La felicidad, no hay que olvidarlo, tiene un fundamento orgánico. En eso se siente uno muy igual a esas plantas que, después de haberse mustiado bajo condiciones desfavorables, recobran la lozanía con un poco de agua y unos días de sol.


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Lo más vergonzoso, quizá, de la actitud europea respecto a Gaddafi es reconocer que, en un momento dado... casi nos hacía gracia. Su megalomanía y sus extravagancias, efectivamente, entraban en el terreno de lo cómico. Si a eso se le añade que no había perdido del todo aún ese prestigio bastardo del que determinados tiranos autoproclamados "revolucionarios" gozan ante ciertas clientelas, se comprenderá que muchos ahora no sepan qué decir ante el incontrovertible hecho de que este payaso ha ordenado bombardear con aviones y con artillería pesada a su propia población, y ha traído asesinos a sueldo de toda África para que le ayuden a sofocar la revuelta contra su tiranía. Aquí se le aplaudió a rabiar; por ejemplo, en las mismas universidades que, en otras ocasiones, han boicoteado, abucheado, insultado e incluso agredido a personas como el filósofo Fernando Savater o la diputada Rosa Díez. Eso explica muchas cosas.


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Me recuerdan que últimamente escribo poco o nada sobre K. Y respondo que es por no repetirme. Los gatos -y supongo que, en mayor o menor medida, todos los animales- son de costumbres fijas, por lo que, una vez explorados sus gestos y reacciones más característicos, queda poco que contar. Aunque tal vez no esté de más, en el caso de K., constatar de vez en cuando su presencia benéfica en torno a lo mío -que me ronde, por ejemplo, cuando escribo-, su zalamería, que parece dictada por instintos rectos y perfectamente comprensibles, y, sobre todo, el hecho de que sea uno de los pocos elementos de mi cotidianidad que casi todos los días me depara un momento de buen humor e incluso de risa abierta. Tiene también sus días malos, claro. Pero, a diferencia de los que afectan a los humanos, uno no alberga susceptibilidades al respecto, y está más que predispuesto a soportárselos.

1 comentario:

Cisne Gaseoso dijo...

Sonreí al leer las últimas palabras... Miré a mi gata vieja, aquí al lado, enrollada cual ying yang viviente sobre su mantita...encima de mi mesa.