jueves, febrero 03, 2011

PARA CUANDO FALTE


En esta zona de la ciudad no hay un sólo bar abierto antes de las ocho de la mañana. Así que, si uno tiene la necesidad o la imprevisión de salir de casa sin desayunar, entra al trabajo sin haber podido echarse un café al estómago. Lo que llama mucho la atención, en fin: ¿es que en este barrio todo el mundo desayuna en su casa, o no hay nadie que entre a trabajar a las horas intempestivas a las que lo hace uno? Pero se ve que el estómago tiene sus mecanismos de inhibición: después de unas horas en ayunas, ni siquiera siento deseos de salir a tomar el bocado de media mañana. Al mediodía, si acaso, más que apetito, lo que siento son deseos de gratificarme. ¿Una copa de oloroso, quizá, que dicen que es aperitivo? Pero me da la impresión de que el vino, en ayunas, no hará sino aumentar la vaga sensación de irrealidad que ya me está causando esta mañana trastocada.

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No había visto las primeras películas del cubano Tomás Gutiérrez Alea, y por eso me sorprende el desparpajo satírico de títulos como Muerte de un burócrata (1966), por ejemplo: los primeros minutos, en los que asistimos al elogio fúnebre de un "obrero ejemplar" que ha inventado una grotesca máquina que fabrica bustos de José Martí "para que en todos los hogares cubanos haya un altar patriótico", resultan realmente hilarantes. ¿Podía permitirse la Cuba de aquellos primeros tiempos de la revolución estas salidas de tono? Asiste uno a esta parodia con esa misma sensación de malvado placer que experimentaba cuando, en tiempos de Franco, percibíamos en cualquier manifestación artística un matiz satírico que hubiese escapado a la censura. Sin embargo, al igual que aquellas calculadas válvulas de escape que a veces permitían los censores, esta sátira de la burocracia termina resultándonos sospechosa. ¿Acaso su demasiado visible intención crítica no otorga una credencial de tolerancia a un régimen que ya había efectuado sus primeras purgas sangrientas, y del que, por tanto, no cabía esperar mucho en ese sentido? Pero peor aún es el efecto de focalización derivado de la propia técnica esperpéntica: la película, en efecto, transmite la impresión de que el único problema de la Cuba postrevolucionaria era la desidia y la falta de imaginación de los burócratas. Todo transcurre en un ambiente, digamos, de país desarrollado, en pulcras oficinas y entre gente trajeada. Casi no parece un país tropical. La crítica se convierte aquí en cortina de humo. No quiero decir que la película sea mala; más bien es... insuficiente; como lo fueron también Fresa y chocolate y Guantanamera, aquellas dos simpáticas películas que Gutiérrez Alea codirigió en los ochenta, y que para algunos parecían anunciar una nonata "primavera de la Habana", que se quedó en nada.


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Toco el pelaje de K. después de una de sus sesiones de sol en el balcón: arde. Y se la ve ufana con todo ese calor almacenado en el cuerpo, como en reserva para cuando falte.

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