sábado, febrero 05, 2011

UN INCENTIVO



Los “bloques” del Campo del Sur –es decir, la escollera que protege ese costado de la ciudad de los embates del mar– son ahora actualidad porque Demarcación de Costas está procediendo a su limpieza. ¿Que por qué habla uno de esto? Porque piensa en el trastorno que sufrirán los numerosos gatos que habitan este lugar hermoso y desastrado, que ofrece una de las vistas más características de la ciudad y, a la vez, es testimonio fehaciente de las abusivas y desconsideradas relaciones que muchos gaditanos mantienen con su entorno. Este artículo no quiere referirse a esta última cuestión. El incivismo, que uno sepa, no se soluciona con sermones. Y en la andadura de los objetos y desechos que están saliendo ahora a la luz –entre ellos, carros de la compra, motocicletas, piezas de coches–, posiblemente lo menos destacado sea que hayan terminado siendo arrojados al mar: mucho más lo parecen las historias a ellos asociadas. Más que para el moralista, estas campañas de limpieza proporcionan ideas para el novelista. O para el poeta, porque no hay efecto poético más acreditado que el que da en constatar el paso del tiempo, la degradación de las cosas, las ilusiones humanas a ellas asociadas. De cuántas novelas no escritas, en fin, y de cuánto poema meramente enunciado no serán depositarios los gatos de la escollera. Los únicos que, como testimonian las fotos de la susodicha operación de limpieza publicadas en este Diario, se han quedado para verla, tal vez algo fastidiados por el trasiego y un poco escamados, quizá, por la sospecha de que, como resultado de la misma, puedan perder su derecho a habitar este paraje que parece diseñado expresamente para que ellos lo disfruten.


No, no será éste un artículo de arengas cívicas. Tampoco un canto a las bellezas más o menos degradadas de la ciudad. Cuando uno se asoma a esa escollera, cabe levantar la vista y dirigirla al horizonte, o aprovechar la curva natural del contorno marítimo de la ciudad para atisbar la que es quizá la parte más hermosa del mismo, por incluir las dos catedrales, las prominencias de los barrios más antiguos y la prolongación del casco urbano a lo largo del moderno paseo marítimo y más allá, hasta los lejanos salientes litorales de Torregorda o Sancti Petri… A veces, hay que reconocerlo, un incómodo tufillo a basura viene a perturbar estos arrebatos contemplativos. Y entonces repara uno en los gatos: regios, altivos, indiferentes, pendientes sólo de ocupar una arista expuesta al sol. Reconozco que ha habido mañanas en mi vida en las que el ejemplo de esos gatos me ha ofrecido el adecuado contrapunto para relativizar mis preocupaciones y empezar el día con el ánimo bien dispuesto. Andan escamados, ya digo. Espero que, en su celo higiénico, los operarios de Demarcación de Costas no terminen por echarlos a todos al saco. Perderíamos… no sé cómo decirlo: un incentivo vital.


Publicado el martes en Diario de Cádiz

En su edición impresa, este artículo se tituló "Limpiezas"

2 comentarios:

Olga Bernad dijo...

Lo curioso es que los gatos parecen salir limpios hasta de la basura, con qué regia naturalidad viven, sin contagiarse del vulgar paisaje, entre los desperdicios y los trastos arrojados de nuestras vidas. Y cómo van dejando, como si nada, una estela de contraste y distinción entre esos paisajes urbanos desolados.
Creo que ya sabes de mi amor por los gatos, así que no te extrañará que me haya gustado especialmente este texto.
Saludos.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Compartimos esa fascinación por los gatos, Olga. Y te agradezco especialmente el comentario, porque uno se siente a veces un poco raro cuando utiliza el espacio que le conceden los periódicos para asuntos tan fuera de la actualidad.