viernes, febrero 18, 2011

UNA MULTITUD EN UNA PLAZA



Escribo estas líneas justo después de que saltara la noticia de la caída de Mubarak, el tiranuelo egipcio. La gente lo celebra en las calles de El Cairo, y la imagen algo tensa de multitud a la espera que hasta ahora habían servido las cámaras de televisión –todas ellas, sospechosamente, tomadas desde el mismo ángulo de la ya famosa plaza de la Liberación– se ha resuelto en la de una muchedumbre que canta y baila. Es difícil permanecer inmune a las reacciones masivas. Incluso cuando éstas tienen lugar a una distancia considerable, termina uno percibiendo ese extraño fenómeno, que los antropólogos han constatado, pero para el que no tienen una explicación plausible, de la emoción colectiva, de la exaltación que no reside en ningún sujeto concreto ni en un pequeño grupo de ellos, sino que brota de la masa en su conjunto y aflora en cada individuo de un modo que éste no logar explicarse si no es, precisamente, en relación a esa masa con la que vibra y siente.


Desde la soledad en la que se reflexiona y escribe, y en la que, por tanto, tienen su origen los diversos intentos individuales de explicar el mundo, suelen entenderse mal estas reacciones. Lo normal es que tengan mala prensa: hay motivos sobrados para temer que una multitud exaltada, incluso cuando la animan los más nobles motivos, acabe cometiendo desmanes o volviéndose contra sí misma. Entiende uno que los periodistas occidentales no se hayan atrevido a salir de la madriguera desde la que han mantenido enfocada esa única imagen fija de la plaza en cuestión: quien más, quien menos, todos tienen miedo de que se los trague ese mar humano.


Pero, más que miedo o imprevisibilidad, lo que inspira la visión de las masas es una cierta melancolía. Hemos asistido ya a demasiadas exaltaciones colectivas de este tipo (en Pekín, en Teherán, en tantos otros lugares) como para no saber que muchas terminan en grandes decepciones. Y sabemos también que a veces esas “primaveras de los pueblos” se resuelven en largos inviernos de represión y tiranía. No siempre, claro. En España, donde el último dictador gobernó tranquilamente durante cuarenta años y murió en su cama, y donde la transición fue pilotada –sabiamente, eso sí– por gente surgida del aparato del régimen que se pretendía liquidar, el éxito del experimento suscita aún los parabienes y elogios de casi todos los que lo han estudiado. La transición española duró entre dos y siete años, según queramos poner su desenlace en la celebración de las primeras elecciones democráticas (1977) o en el primer traspaso de poder a un partido históricamente no vinculado a la fenecida dictadura (1982). Mubarak pedía seis meses. No se lo han dado. Nosotros, que fuimos tan pacientes, podemos ahora permitirnos el melancólico placer de admirar –y envidiar– la comprensible impaciencia de los egipcios.


Publicado el martes en Diario de Cádiz

No hay comentarios: