viernes, marzo 11, 2011

ABANICOS

Eduardo Arroyo


Los gatos no toman el sol: se recargan.


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Nos explica esta amable representante de una editorial que las empresas del ramo no saben aún qué decisión tomarán las autoridades respecto a la prevista renovación de los libros de texto "gratuitos" que se usan en los colegios desde hace cuatro años: al parecer, alguna comunidad autónoma ha ampliado ya en un año el periodo de utilización de dichos libros, para aplazar el gasto, y alguna otra incluso ha anunciado la suspensión total de los llamados "programas de gratuidad". Ante la incertidumbre, la editorial ha optado por estar preparada para cualquier eventualidad: ha comenzado a imprimir los libros que podrían necesitarse para el año entrante, ha dispuesto la infraestructura necesaria para distribuir esos mismos libros en formato digital, en caso de que ésa sea la opción finalmente elegida por las autoridades, y ha previsto también toda una gama de opciones intermedias... Sea cual sea el desenlace de esta curiosa intriga, está claro que el precio final del producto se encarecerá por los costes añadidos generados por la incertidumbre. Y que esta situación ejemplifica bien el grado de dependencia de los sectores productivos respecto a las arbitrariedades del poder. Sale uno un tanto deprimido de la reunión. Desde luego, la imagen risueña de un mundo tecnológicamente perfecto que estos novísimos libros de texto intentan proyectar no tiene nada que ver con el ambiente de imprevisión, dependencia y arbitrariedad que rodea el lanzamiento del producto. Que, desde luego, no es el que corresponde a una sociedad emancipada y avanzada, sino el propio de un mundo en el que lo esencial para sobrevivir es adelantarse al semblante del burócrata de turno, que toma las decisiones en función del viento que sopla, de los intereses electorales inmediatos o, simplemente, del capricho del momento.


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Más triste, con todo, me pareció otra reunión similar, de la que logré escurrirme. Vendían... no sé: fregonas, o aspiradoras o cepillos. Y regalaban, a cambio de soportar la tabarra, un abanico. Me escurrí, decía, no sin algún remordimiento, porque el caso es que me daban mucha pena esos vendedores, y me atenazaba un tanto la sensación de dejà vu, el recuerdo de aquellos comisionistas llamativamente trajeados y encorbatados que recorrían el país de pensión en pensión con un muestrario de biblias o aspiradoras bajo el brazo. 

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