lunes, marzo 21, 2011

AVIONES

El mejor momento del día fue sin duda el intervalo tras la sobremesa en el que salimos al jardín de estos amigos a tomar el último sol de la tarde. Tumbado en una butaca, bajo el alero de la casa, veo evolucionar los aviones, esos pájaros tan parecidos a las golondrinas, y que, como ellas, construyen nidos adosados a los salientes de las edificaciones. Nos llama la atención el incesante despliegue de actividad y la aparente alegría con que la llevan a cabo: van, vienen, trazan airosas circunvoluciones, rozan el nido cada vez, como para aportar una brizna de hierba a su trama o comprobar la solidez del conjunto, entonan armoniosas escalas que suenan a arengas o a cantos de trabajo... Alguien se pregunta en voz alta si todo ese ajetreo no será como el nuestro: mero tráfago agotador. Desde luego, no lo parece; como tampoco da la impresión de que, como es nuestro caso, a todo ese movimiento haya de seguir, como merecido premio o necesario contrapunto, una fase de inacción o reposo. ¿Quién ha visto una golondrina parada alguna vez? Y así pasamos la tarde, hasta que el sol termina de ocultarse y el aire frío nos desaloja.


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Estímulos contrapuestos: el último libro de Eloy Sánchez Rosillo, Sueño del origen -en el que, por cierto, hay unos versos dedicados a ese tráfago incesante y alegre de las golondrinas, que vienen a ratificar mis impresiones de la tarde del sábado-, y la discografía completa de The Velvet Underground, que me ha prestado un amigo. Se somete uno gustosamente a estas dietas de ingredientes aparentemente incompatibles entre sí, y que parecen destinados a satisfacer los anhelos de otras tantas facetas contrapuestas de la personalidad de uno. Alternativamente, simpatiza uno con el sereno discurso del poeta murciano y con el desgarro nihilista de la banda  neoyorquina. E intuye uno también que, de alguna manera, y aunque esa imposible armonía de contrarios resulte difícil de explicar, ambas cosas concuerdan misteriosamente en mí y me ayudan a explicarme.


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Esos ruidos inexplicables que hacen las casas solas. Esta vez no hemos traído a la gata; pero, acostumbrados a su presencia, nos parece que esos crujidos, chasquidos, casi imperceptibles roces, los hace ella. Con lo que constatamos que el silencio, ese fantasma inconcebible, tiene modales de gato.

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