jueves, marzo 17, 2011

CADA UNO A SU RINCÓN

Al sueño que estaba teniendo esta mañana, justo cuando sonó el despertador, le faltaba solamente lo que a algunos libros que se quedan en puertas de publicación: un poco de editing; y, quizá, una última corrección de pruebas.


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Hace meses consigné en este cuaderno -el comentario aparece en Pintura rápida, la entrega en libro que acabo de publicar- que ya no leía periódicos. Y ahora tengo que anotar lo contrario: que, beneficiándome de la llegada a mi centro de trabajo de remesas de ejemplares de diversos diarios, locales y nacionales, he retomado la costumbre de leer de cabo a rabo al menos uno al día. Sólo que este acto, que antes me resultaba tan placentero, ahora me resulta francamente incómodo y aburrido. Quizá porque ya no hay tan buenos columnistas como antes, o porque desconfío de los que hay, o porque, después de haberlas escrito yo mismo casi sin interrupción durante decenios, sé que una columna es poco más que un capricho, un desahogo, un exabrupto contagiado del humor que pueda pesar sobre el autor en el momento de escribirla. Leo, por ejemplo, las concernientes a la sucesión de catástrofes que ha sufrido Japón en los últimos días: cuánta complacencia en el pesimismo, cuánta extrapolación gratuita de nuestros propios defectos, tan contrarios a algunas de las virtudes evidentes de los japoneses; cuánta filosofía barata a propósito de la fragilidad humana y la imprevisibilidad de la naturaleza. Las propias informaciones no son mucho mejores que las columnas: recordatorios inanes de catástrofes pasadas, infografías pretenciosas, fotos que se repiten hasta la saciedad de portada en portada, como si todos los periódicos se hubieran puesto de acuerdo en mandar un solo fotógrafo al lugar de los hechos, y no fuera posible captar otros ángulos del desastre, otros matices. Pasa con esto como con la cobertura que se hizo de la sublevación egipcia que derribó a Mubarak. Durante días no vimos otra cosa que la imagen fija, tomada desde la azotea de un hotel, de la plaza donde tuvo lugar la manifestación multitudinaria que acabó con el régimen. 


Luego dicen que los periódicos no venden. Pero la verdad es que, visto lo visto, se desengaña uno de comprarlos.


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Era de admirar el poco teatro que esos dos gatos le echaban al asunto de la cópula. Se habían enganchado bajo un coche, y allá que andaban a lo suyo, el macho muy afanoso y cumplidor, la hembra con la mirada distraída... Bastaba para quitarle las ganas a cualquiera que todavía se haga ilusiones respecto a la realización de estos menesteres. Y, sin embargo, también emanaba de esa imagen una especie de invitación general a cumplir con los mandatos de la naturaleza; así, sin alharacas, en cualquier parte. Y luego cada uno a su rincón, a lamerse las rozaduras.


Imagen: Leonora Carrington

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