miércoles, marzo 23, 2011

CUARTO DE SOLTERO

Mis tomitos de Rubén Darío de la coleccion Austral, en la modesta biblioteca residual de libros repetidos que he dejado en casa de mis padres... Los releo en las sobremesas de mis visitas, o en los preludios de las siestas de los días en que me quedo allí a pasar la tarde. Tienen el tacto seco y quebradizo, y han adquirido ya un venerable color tostado, que anticipa lo que parece ya un principio de desintegración, que dicen que es inminente en los libros impresos en papel ácido. Con todo, son los libros en los que de verdad he acostumbrado la vista y el oído a los versos de Darío, a los que todavía no acabo de acostumbrarme en la tipografía apretada y el tacto de ala de mosca del papel biblia de las Obras Completas que publicó Afrodisio Aguado. Por ello, cada reencuentro con ellos me devuelve al momento del descubrimiento, del primer deslumbramiento ante poemas como "Cyrano en España", "A Phocás el campesino", "Epístola a madame Lugones", etc. Debía de tener yo entonces quince o dieciséis años, y las querencias y las influencias externas que recibía parecían dirigirme a otro tipo de lecturas, más "modernas" y vanguardistas. El horizonte, entonces, era la Generación del 27, y ni siquiera se insistía en la época más serena y reposada de estos poetas, sino que se hacía hincapié en su faceta más pintoresca, en la fase de tanteos en la que se codeaban con los supervivientes del Ultraísmo, o admitían una equiparación fructífera con los pioneros de las vanguardias europeas, desde el viejo Apollinaire (ah, esa "Colombe poignardée", cuya tipografía caprichosa ilustraba todos los libros de texto) hasta los dadaístas. Se daba uno a Darío como otros se entregaban, en esos años, a otros vicios más o menos secretos. Y quizá el favor más grande que le debe uno a los "novísimos" y sus epígonos es que hicieran aflorar la fascinación por la musicalidad ampulosa del alejandrino, por el decadentismo, por cierto esteticismo asumido como valiosa herencia, a la que no se estaba dispuesto a renunciar. Pago uno todos esos débitos en un primer libro que no llegó a publicar, pero del que dejó abundantes rastros en las revistas y antologías en las que tuvo cabida a mediados de los ochenta... Todo eso es prehistoria personal y literaria, intrascendente. Pero queda de ella el fervor por el poeta nicaragüense, y estas lecturas recurrentes que, de mes en mes, un poco al azar, refrescan en mí aquellas devociones primeras. 

Escribo estas líneas después de releer "Charitas", el poema de Cantos de vida y esperanza que Darío dedicó a Vicente de Paúl. Un poema de aparente ortodoxia católica, un tanto sorprendente en el pitagórico y neopagano Darío; pero en el que la visión celeste que desarrolla no es sino una efectiva puesta al día de la cosmología dantesca. No lo recordaba. Y éste es el regalo que me traigo hoy de casa de mis padres, junto con el delicado sabor de unas muy caseras albóndigas y la impresión del ambiente casto y recogido de mi cuarto de soltero, donde he repuesto fuerzas antes de una fatigosa tarde de trabajo.

2 comentarios:

José Luis Piquero dijo...

Ah, no. ¿"El viejo Apollinaire"? Quitando los caligramas y las palomas acuchilladas, Apollinaire es un inmenso poeta. Véanse sus poemas de amor, especialmente los poemas a Lou, de una imaginería verbal increíble. Tenemos la costumbre de arrumbar a ciertos autores del vanguardismo en el anaquel de la novedad apolillada y hacemos mal. Aprovecho para recomendar el libro relativamente reciente de la correspondencia de Apollinaire con Lou, un documento fantástico.
Un abrazo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

¿Quién dice que no me gusta Apollinaire? Que lo nombre aquí un poco de pasada no significa que lo menosprecie. Lo lamentable, quizá, es que en los libros de texto sólo se le mencione por ser el autor de los caligramas -que no están nada mal, por otra parte-. A mí me gustan mucho sus "Alcools", por ejemplo. Un abrazo.