viernes, marzo 11, 2011

MADRID, ATOCHA

Unos días después del 11-M publiqué en Diario de Cádiz esta columna. Que, ahora que lo pienso, creo que tiene mucho que ver con mis actuales pesquisas madrileñas, relacionadas con la escritura de la novela que tengo entre manos.


MADRID, ATOCHA


Llegaba uno a Atocha con la muda en una bolsa de deporte, las señas de un amigo en el bolsillo y la cartera en un lugar donde uno pudiera palparla de tanto en tanto. Llegaba uno a Atocha con apenas veinte años y unas ganas hasta indecentes de comerse el mundo que empezaba en la otra orilla de aquella inmensa glorieta que era, es todavía, como un mar. Lo sorteaba uno como podía, obediente a los semáforos y a los flujos de gente, y llegaba a la acera donde empezaba la ciudad propiamente dicha: fachadas oscurecidas por la intemperie, bares económicos, trileros que jugaban el eterno juego del guisante escondido bajo una de tres cáscaras de nuez, vendedores de tabaco, desocupados. No era un comienzo muy prometedor, pero la sugestión del mar de asfalto que acababa uno de cruzar disculpaba en cierto modo aquella visión descorazonadora: en todas las playas encuentra uno despojos, en toda costa menudean vagabundos y piratas.


También podía ser, en fin, que uno tuviera el ánimo tan maltrecho como los huesos, después de la noche sin dormir en el compartimento de segunda, en compañía de soldados, de estudiantes de provincias, de gente de paso que no venía a Madrid más que para hacer escala, rumbo a destinos todavía prestigiosos: Londres, Amsterdam... Uno no aspiraba a llegar tan lejos. Uno sólo quería que lo llevaran a la Cuesta de Moyano, al Círculo de Bellas Artes, a las Cuevas de Sésamo, a los bares de la Plaza de Santa Ana, al Museo del Prado. Y para eso, antes tenía que darse una ducha, soltar la breve impedimenta, sacudirse la murria provinciana. Lo acuciante, no obstante, era salir de Atocha, atinar con el metro, llegar a la casa donde te esperaban. Atocha no era tan complicada como ahora; los trenes se alojaban directamente bajo la marquesina decimonónica, en la que se mezclaban los expresos y los de cercanías, y la primera sensación que le invadía a uno, al bajarse de ellos, era la de un confortable anonimato, la de ser uno más de aquella humanidad que se movía a pulsaciones rítmicas, como un banco de peces. Los más venían de los pueblos cercanos. Pero a los provincianos se nos distinguía a la legua: todos, invariablemente, mirábamos como oteando el horizonte, como si en las cornisas sucias y en los misteriosos carteles de podólogos, consultas de venéreas y gestorías dudosas estuviese cifrado nuestro destino.


Llegaba uno a Atocha y sentía un imperioso deseo de quemar las naves. Porque, de algún modo, intuías que quienes habitaban el misterioso continente que comenzaba más allá de la glorieta habían llegado apenas unos días antes que tú, y pronto te reconocerían como uno de los suyos. Y entonces te echabas la bolsa al hombro y tratabas de infundirle aplomo a tus pasos, como si ya fueras de allí. Y hasta mirabas un poco por encima del hombro al que venía detrás y todavía se palpaba afanosamente los bolsillos, por si había perdido la dirección a la que iba.


Llegaba uno a Atocha y se sentía parte de aquella multitud abigarrada y diversa. Por eso hoy te sientes golpeado con ella, y ofendido: quizá a partir de ahora, el viajero anónimo no haga sino despertar sospechas. Porque una bomba ocupa lo que una muda de ropa, lo que una fantasía. Para desgracia de todos.

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