jueves, marzo 03, 2011

MANADA

Esta coquetería de la primavera en ciernes, que juega a irse sin haber llegado, a estar y a no estar. Uno siempre ha pensado que es el ánimo quien más sufre los efectos de esta variabilidad. Pero no: también es el cuerpo; quizá porque uno va para viejo, y a los viejos siempre se les hacen un poco cuesta arriba los inviernos. O quizá porque, también por efecto del tiempo, predisposición física y predisposición anímica vienen a ser lo mismo.


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Ejemplares humanos como sólo pueden producirlos ciertas inefables barriadas de nuestra Andalucía irredenta. Por ejemplo, esta muchacha que acabo de cruzarme, y que lo mismo podría tener veinte que treinta y cinco años, porque hay fisonomías en las que un cierto encallecimiento prematuro tiene el mismo efecto que una inmadurez prolongada en exceso y no llevada a cumplimiento. Viste unos vaqueros sucísimos, zapatillas de deportes, la chaquetilla de un chándal descolorido y pasado de moda. Camina por la calle con una mano en el bolsillo y una especie de contoneo chulesco, más masculino que femenino; con la otra mano sostiene un cigarrillo informe, liado a mano, en el que a todas luces se quema algo que no es tabaco... No debe uno juzgar a nadie por su aspecto; sobre todo, porque tampoco va uno hecho un figurín precisamente, en este intervalo en el que me dirijo a almorzar a toda prisa para volver por la tarde al trabajo, y acuso todos los malestares inherentes a no haber podido descansar, echarme un poco de agua a la cara, orear el cuerpo y el espíritu. Pero, viendo a esta chica, se me ocurre que lo suyo no es ya el efecto del mero desgaste que causan el trabajo y la vida, sino el de un muy consciente proceso de haber ido dando la espalda, por inadvertencia o por imposición de las circunstancias, a toda una serie de posibilidades de, digamos, realización personal. Es joven y no lo parece; vive en un mundo cuya complejidad para ella se reduce al mero vegetar diario en estas calles hostiles; quizá pudo en su día haber seguido otros rumbos y dejó escapar la ocasión... O a lo mejor soy yo quien proyecto sobre ella los sentimientos de frustración que causan en uno determinados días, y ella, por el contrario, se siente feliz y libre por pasear tan despreocupadamente por la calle, mientras ve que otros la adelantan con un gesto abrumado cuyas posibles razones, desde luego, no le van a quitar el sueño.


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Como hacía frío, el rebaño humano que se congrega todos los días en la parada del autobús estaba hoy más apretado que nunca. En un momento dado, casi sentí que la presión de la masa que tenía detrás podría empujarme sin más a la calzada. Pero quizá, en buena ley, ese sentimiento centrípeto no podía achacársele sin más a la multitud, sino a mi propio deseo de escapar de ella. Ese impulso que lleva a determinados animales normalmente gregarios a huir de la manada, sólo para comprobar que la vida fuera de ella es infinitamente peor.

1 comentario:

Cisne Gaseoso dijo...

Yo, esta mañana, me encontré por la calle a un viejo afilador...de esos, de los de antes; de aquellos que pasaban por la calle cuando era niña. Afilador de tijeras, cuchillos, navajitas...haciendo sonar su armónica para avisar de su presencia. Se iba fumando uno liado, como tu chica del escrito...yo también los lío a veces, así me parece que fumo menos.

Meridianamente, te digo, y en pijama, que...feliz primavera incipiente.