martes, marzo 01, 2011

MI SEGUNDO TRAJE



Una de las conclusiones que se pueden sacar de los libros de vidas madrileñas que estoy leyendo (Ronda del Gijón, que he acabado hoy; y Sólo se vive una vez) es que, en la capital como en el resto del estado, no hay carrera artística o periodística posible sin que haya valedores o padrinos que intercedan por ella. Todos los entrevistados en esos libros mencionan el momento decisivo en el que conocieron a tal o cual personaje influyente, o en el que esos tales o cuales los llamaron a determinados medios o les ofrecieron una oportunidad más o menos definitiva. Esto, naturalmente, no prejuzga la valía de nadie: a muchos otros les ofrecieron las mismas oportunidades y no supieron aprovecharlas: Ni es, por supuesto, una atenuación de la responsabilidad que cada cual pueda tener en la marcha general de sus asuntos: a lo mejor, no contar con ningún valedor en un mundo tan amplio y plural como el nuestro significa, simplemente, que en el trabajo de uno no hay atractivos suficientes como para llamar la atención de nadie. Pero el hecho incontrovertible es ése: sin padrino no hay quien se bautice. Lo que tiene un segundo efecto un tanto paradójico: ese mundo aparentemente inalcanzable del éxito literario y profesional es, visto desde esa perspectiva, increíblemente pequeño; y las relaciones en él incluyen, como sucede en cualquier ámbito reducido, una cierta dosis de promiscuidad. Cuántos salen involuntariamente malparados del mero cruce de las declaraciones de unos y otros. Todos, quizá, saben demasiado de todos los demás, de los favores que deben y de las contradicciones en las que han incurrido alguna vez. Nada, por otra parte, del otro mundo: humano, demasiado humano. Que resulte, además, un tanto obsceno no es más que un juicio de valor por parte de los que observamos el cotarro desde fuera. Porque qué pretenderíamos a cambio. ¿Que hubiera oposiciones?

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Naturalmente, he sacado otras conclusiones más edificantes, si se quiere, o más útiles a la construcción del ego de quien lee. Por ejemplo, que soy un acabado ejemplar de lo que se gestó en los ochenta, en Madrid como en el resto del estado. El individualismo, el radical escepticismo político de uno, vienen de ese tiempo; como también, sobre todo, el credo artístico al que pudieran remitirse los primeros pasos de uno. Donde todos aquellos rockeros, pintores y cineastas reaccionaban contra, respectivamente, el rock sinfónico, el informalismo y la experimentación vacua, los poetas de mi tiempo lo hacíamos contra los neovanguardismos de finales de los setenta, contra el neosurrealismo huero de los postnovísimos y los coletazos últimos de la poesía contestataria o pretenciosamente social, que tanto nos aburrían. Y al igual que esos músicos, artistas plásticos y cineastas de entonces pretendieron hacer canciones, cuadros y películas básicamente comprensibles y divertidos, los poetas intentábamos hacer una poesía de base conversacional, inmediata, incluso un poco light, si se quiere, pero en todo caso firmemente asentada en las convenciones del oficio y capaz de apelar a la experiencia cotidiana del lector a quien presuntamente iba dirigida. Lo dicho, naturalmente, sólo vale para los comienzos: pongamos, para lo escrito antes del 90 o el 92; luego cada uno tiró por donde pudo, o por donde lo llevaron sus personales e intransferibles querencias. Pero el fundamento fue el mismo.

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Lo básico de todo esto, y lo verdaderamente útil, es su contribución al ánimo retrospectivo en el que ando sumergido desde que comprendí el curso que había de seguir la serie de novelas en la que ando trabajando. Y eso lo impregna todo: por ejemplo, el humor con el que disfruté, el sábado pasado, de la boda de una amiga. La propia selección de canciones elegidas para bailar fue, de alguna manera, una contribución espontánea a esa regresión voluntariamente cultivada. ¡Esas canciones de los ochenta, o esos himnos de heavy metal, que hay que bailar a saltos y, si es posible, dando gritos! Por no mencionar la luz del progresivo atardecer, visto desde un receso de la ciudad directamente orientado a su perspectiva más arrebatadora, y cuyo resultado fueron esos cielos un tanto falsos que se pusieron de moda con las películas yuppies de finales de los ochenta y principios de los noventa (ésas que fotografiaba Vittorio Storaro y sus imitadores)... 

O a lo mejor todo se debía al hecho de ir disfrazado; quiero decir, a estrenar (y además, a sentirme cómodo dentro de él) el segundo traje de chaqueta que he tenido en toda mi vida.

1 comentario:

Sara dijo...

Leer un libro no es lo mismo que escribirlo, claro; pero seguro que a sus futuros lectores, esta novela también les lleva a un conocimiento más profundo de sí mismos y de los instintos de toda una generación. Yo estoy deseando leerla.
¡Ánimo y mucha suerte!