lunes, marzo 07, 2011

PESADILLAS


Cuando llegó la carga de leña, en octubre, ya advertimos que algunos troncos venían infestados de hormigas. No le dimos demasiada importancia: ya se irían, pensamos, o ya acabaría con ellas la lluvia. Pero el caso es que el sábado, una vez encendida la chimenea, vimos que uno de los troncos gruesos que empezaban a arder tenía todo un costado recubierto de hormigas con alas. El tronco estaba ya mordido por el fuego, por lo que no era posible retirarlo. Y resultaba muy angustioso ver que todos aquellos puntos vivos, palpitantes, no hacían absolutamente nada por escapar de su destino. C. estaba horrorizada. Improvisé una lección de entomología: "Son hormigas macho", dije, "y sólo vuelan en pos de la reina, cuando ésta abandona el hormiguero". La reina, por lo que se ve, debía de haber muerto ya, o no se decidía a salir en medio de aquel infierno. Así que no podíamos hacer otra cosa que contemplar el lento suplicio de aquella legión de machos caballerosos. En un momento dado, M.A. me suplicó que le diera la vuelta al tronco, para acortarles los sufrimientos. Así lo hice. Y me acordé de un consejo que nos daba, en la escuela, un profesor que presumía de freudiano y de haber aprendido a controlar sus sueños: cuando creas que una imagen puede convertirse en parte de una pesadilla, hazla consciente; es decir, formula en tu mente el propósito de que esa imagen no forme parte de tus sueños, y verás cómo el subconsciente la rechaza, por inservible. Pensé que difícilmente encontraría mejor ocasión para aplicarme el consejo de aquel profesor. Me dije: "No quiero encontrarme con esta imagen en ninguna pesadilla". Y, para reafirmarme en ello, lo anoto aquí.


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Dichosos ellos, que le ponen nombre y rostro al causante de sus desdichas: Gaddafi, Ben Alí, Mubarak... ¿Contra quién protestaremos nosotros, cuando llegue el día? ¿Contra las hipotecas, contra nuestra inadvertencia, contra el logotipo de un banco?


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Menos mal que a uno le quedan todavía muchas cosas por descubrir. Entre ellas, hasta hace unos días, El sol siempre brilla en Kentucky (The Sun Shines Bright), de John Ford, una película que yo no estaba seguro de no haber visto ya, porque la confundía con la otra que hizo este director sobre el mismo personaje, el inefable juez Priest, que vive y ejerce en un pueblo del susodicho estado. Ahora he visto las dos. Y, efectivamente, me estaba reservado aún el placer de asistir a esta cínica comedia de vida provinciana que, de pronto, por uno de esos milagros de naturalidad de los que sólo es capaz este director, se convierte en una sucesión encadenada de pequeñas y grandes tragedias -la violación de una niña, el intento de linchamiento de un falso culpable, el gesto del juez de ponerse al frente del inexistente cortejo que asiste al entierro de una mujer de mala fama, para lograr con ello la rehabilitación ante el pueblo de la menospreciada hija de ésta... 


Veo la película, además, con un viejo doblaje incompleto, que deja en inglés las partes que en su día posiblemente cortó la censura española: casi todas ellas, arengas políticas del cínico juez. El censor debió de pensar que aquellas prédicas a favor de la grandeza de la democracia americana, pronunciadas por un cargo público en trance de reelección, podían resultar subversivas. Pero el caso es que, bien entendidas, no son más que una cínica puesta en escena de la desconfianza hacia la democracia que cundía entre muchos espíritus avisados de los años treinta del pasado siglo. Hay una escena, en concreto -censurada, por supuesto- en la que esa puesta en solfa de los rituales democráticos es meridianamente clara: cuando el juez, que es un veterano del ejército confederado, ensalza la bandera de la Unión ante una convención de veteranos del otro bando. Entre los argumentos empleados, destaca la afirmación de que en cualquier otro país habría sido imposible que un vencido ejerciera de juez de los vencedores... Está claro que una alusión tan clara a la necesaria reconciliación entre los bandos enfrentados en una guerra civil debía resultar incómoda para la censura española de la época (la película se estrenó en 1953); pero el caso es que el juez la emplea para captar la benevolencia de sus algo bobos interlocutores, a los que, a continuación, entrega prospectos a favor de su reelección. El censor no captó el cinismo de la escena, y prefirió cortarla. Y acertó, seguramente, en su contexto, ya que intuyó que el escepticismo es, en efecto, un lujo que solamente pueden permitirse quienes viven en democracia, y difícilmente puede entenderse desde la falta de ella. 

2 comentarios:

Cisne Gaseoso dijo...

Si te pareció una pesadilla el crepitar de hormigas quemándose, Kant y Schopenhauer hubieran estado orgullosos de ti... Al margen, a mí también me hubiera dado pena, como me la imprime cualquier violencia con animales o el mismo dolor, en sí, en animales o personas.

Los Sij, en la India, son incapaces de matar a ningún animal, por pequeño que sea...claro que eso incluye a las ratas, que se les comen 1/3 de la producción anual de trigo.
C'est la vie...

E. Cabello, "Las Cumbres" de Ubrique dijo...

Controlar los sueños es algo que estaría siempre bien. Pero las pesadillas podemos encontrarlas a la vuelta de la esquina, aunque no estemos dormidos.
De todas formas intentaré aplicar ese método la próxima vez que quiera verme libre en mis sueños de algunas situaciones...